sábado, 15 de junio de 2013

Una visita impostergable

AUCH presenta al público una exposición retrospectiva del trabajo de los historietistas uruguayos en estas últimas cuatro décadas. Es a la vez un homenaje a los grandes maestros, representados por una selección de originales cedidos por el Museo del Humor y la Historieta de Minas y una muestra de los creadores de historietas de nuestro tiempo. La exposición se realiza en el marco de Montevideo Capital Cultural de Iberoamérica 2013. Abre sus puertas en la Sala X del Centro de Exposiciones Subte el jueves 13 de junio a las 19 hs y estará abierta al público con entrada gratuita hasta el 28 de julio.











UY! Cuatro Décadas de Cómic Uruguayo
La Asociación Uruguaya de Creadores de Historietas – AUCH – presenta al público una exposición retrospectiva del trabajo de los historietistas uruguayos en estas últimas cuatro décadas. Es a la vez un homenaje a los grandes maestros,  representados por una selección de originales cedidos por el Museo del Humor y la Historieta de Minas y una muestra de los creadores de historietas de nuestro tiempo. La exposición se realiza en el marco de Montevideo Capital Cultural de Iberoamérica 2013. Abre sus puertas  en la Sala X del Centro de Exposiciones Subte el jueves 13 de junio a las 19 hs y estará abierta al público con entrada gratuita hasta el 28 de julio.
Escribe el Lic.Rulfo Alvarez, curador de la Exposición:
“El Cómic o Historieta (así lo llamamos en el Río de la Plata), es una secuencia de cuadros gráficos que unidos por una narrativa, logran armar pequeñas e inesperadas o grandes y sorprendentes historias.
Hoy, a 41 años de aquella Primera Muestra de Historietas Uruguayas de 1972, vuelve a presentarse en el Subte,  un recorrido de cuatro décadas de autores uruguayos. Nuevamente veremos a Poumé, Gezzio, Peloduro y Barreto, entre otros, que junto a  quienes se destacaron a mediados de la década del ´80 (posdictadura) o a aquellos que publican de forma activa, constatan una continuidad intencional con logros estéticos considerables.
Los temas y las formas de narrar han cambiado, la pasión por el trazo y la historieta es la misma.”

Por más información:
Centro de Exposiciones Subte
Lic. Rosana Carrete (directora)
2908 7643
AUCH
Alejandro Rodríguez Juele 094 774 975
Matías Bergara 098 868 323
Nicolás Peruzzo 095 604 318
directiva@auchistorietas.com.uy
Montevideo Capital Cultural de Iberoamérica 2013
Víctor Cunha 1950-3471


 UY! Cuatro Décadas de Cómic Uruguayo

Imágenes para difusión.

Peloduro
Viñeta de la novela gráfica “Del Campito a la Olimpíada” con guión y dibujos de Julio E. Suárez (1909 - 1965), publicada en El País entre 1933 y 1935 y en El Diario entre 1935 y 1950.

Barreto
Viñeta de “The Crash of 88”, con guión de Mark Verheiden y dibujos del uruguayo Eduardo Barreto (1954 - 2011), publicada en Action Comics Weekly en 1989.

Vayra
Viñeta de “Cucumelo Fútbol Club” con guión y dibujos de Renzo Vayra (1971) publicada en El Manglar en 2008.








bandasorientales.com.uy


¡Lindo pa´plegarnos!, ¿no es zierto?
Bueno, allá loz ezperamoz!
Curtura ez curtura, ¡ke no ni no!

















Terapia para corazones cansados: la pintura naif

Para volver a ser niños y disfrutar, por un instante,  la belleza de la simplicidad:





































                                                                                 
                                           ¡Hasta mañanaaaa!

viernes, 14 de junio de 2013

“¡Así que tú eres la pequeña mujer que escribió el libro que inició esta gran guerra!"- Abraham Lincoln

14 de junio de 1811



L A C A B A Ñ A D E L T Í O T O M

CAPITULO 1
EN EL CUAL EL LECTOR ES PRESENTADO A UN HOMBRE MUY HUMANITARIO

UNA tarde desapacible del mes de febrero se hallaban sentados frente a una botella de vino dos caballeros en el comedor de una casa del distrito del..., del Estado de
Kentucky. Los sirvientes se habían retirado. Parecían discutir un asunto serio.

Hemos dicho dos "caballeros" por conveniencia del lenguaje, porque a uno de los interlocutores no se le hubiera creído perteneciente a la clase de hombres a 
quienes generalmente se aplica ese titulo. Era un individuo de baja estatura, tosco, 
de facciones ordinarias, y con ese aire petulante de los hombres de baja estofa encumbrados por la fortuna. Iba ostentosamente vestido con prendas de 
diversos colores. Los dedos, grandes y ordinarios , estaban cuajados de anillos y llevaba una gruesa cadena de oro con un puñado de dijes de portentoso tamaño. 
Su lenguaje estaba salpicado de expresiones groseras.

Su interlocutor, el señor Shelby, tenía, por el contrario, todo el aspecto de un caballero, y el de su casa indicaba opulencia.
-El asunto puede quedar arreglado en la forma que le digo -dijo Shelby.
-No puedo cerrar trato en esas condiciones, señor Shelby -repuso el otro, interponiendo una copa de vino entre la luz y sus ojos.
-Ha de tener usted en cuenta, Haley, que Tom es un hombre que sale de lo corriente, y vale esa cantidad; es trabajador, honrado y capaz, y maneja mi granja con la
precisión de un reloj.

-Esa honradez será como la de todos los negros.

-No; digo que es honrado en la verdadera acepción de la Palabra. Tom es bueno, trabajador, de buen corazón y religioso. Se le bautizó hace cuatro años y creo que siente de veras la religión. Yo le he confiado todo cuanto poseo y siempre lo he hallado leal y recto.

-No va usted a deducir que yo sea de los que no creen en la religiosidad de los negros -dijo Haley-. En el último envío que hice a Nueva Orleáns iba uno que era un santo,
por lo bueno, amable y pacífico. Por cierto que hice un buen negocio con él, porque lo había comprado barato y lo revendí en seiscientos dólares. Sí, señor, sí; la religión es una cualidad muy recomendable en un negro si es auténticamente religioso, sin fingimiento.
...


Casa natal de esta primera escritora abolicionista.
De: www.ohiohistory.org



















En similar actitud mental a la de Lincoln, 
el héroe y poeta  
José Martí expresaba: 

"Mi verso es un puñal / que por el puño echa flor..."

jueves, 13 de junio de 2013

¿Coincidencias?

Tendría nueve o diez años cuando terminé por desear la hora de la siesta, tan detestada en un principio.

Vivíamos en el Prado, frente al arroyo Miguelete, un predio baldío desbordado de yuyitos, flores, mariposas y pájaros: mi infinito jardín. Bajo la sombra fresca y azul de los paraísos que acariciaba la celosía de la ventana apenas entreabierta, fui feliz. Una felicidad sencilla, secreta, de a ratos hasta punzante, pero tan cálida que hasta hoy me abriga.


Al calor de las dos de la tarde, mientras las chicharras me avisaban que era ya tiempo, abría mi Heidi por centésima vez desde que me lo habían regalado y buscaba morosamente la parte que más me gustaba, aquella en que la luna asomaba por la ventana del desván donde dormía la niña en la cabaña de su abuelo... Entonces soñaba con los ojos bien abiertos; soñaba que, algún día, podría vivir en una casa donde pediría que me construyeran una ventana en el techo, sobre la cama, para que todas las luces del cielo se posaran en mis párpados... Quizás los estaba defendiendo de las imágenes oscuras, atroces, que la vida adulta nos va preparando a todos. No tuve que esperar demasiado.

 Pronto la casualidad quiso probar mi resistencia y me invadieron las escenas angustiadas del Diario de Ana Frank; sin duda estaba creciendo: llegué a leerlo tantas veces como a mi otro favorito; a leerlo, a llorarlo letra a letra y a prometerme mil acciones heroicas contra la injusticia, ésas que muy sincera pero cómodamente imaginamos bajo la sombra fresca de unos paraísos azulados por la primavera.


Hasta hoy no sabía que el doce de junio de cada año se conmemoran los nacimientos de Johanna Spyri y de Anita. Parecería que la casualidad se ha desnudado y es sólo pura causalidad. 


12 de junio de 1827 - Suiza



12 de junio de 1929




La página El Bibliófilo Enmascarado
es una muy interesante fuente de información.
¡Recomendada!

HEIDI (Fragmento)

Cerca del rincón en el que estaba la cama del abuelo había una escalera de mano apoyada contra la pared, que conducía al desván de la cabaña. Por ella subió Heidi ágilmente y descubrió arriba un montón de oloroso heno. Una pequeña ventana redonda permitía ver desde el desván todo el valle.
-¡Qué bien se está aquí! -exclamó gozosa la pequeña -Aquí quiero dormir, abuelito. ¡Sube y verás qué bonito es esto! -Ya lo conozco -contestó el Viejo.
-Ahora voy a hacerme la cama -volvió a decir la niña, corriendo de un lado para otro-, pero es preciso que subas y me traigas una sábana.
-¡Está bien, ahora voy! -respondió el abuelo, y en seguida se dirigió al armario.
Rebuscó en su interior durante un rato y por fin extrajo un gran trozo de tela basta. El lecho que Heidi se había preparado sobre el suelo del desván no desagradó al anciano.
-Muy bien, así me gusta -dijo el abuelo-; aquí traigo la sábana, pero antes de ponerla, espera un poco.
Y diciendo esto, cogió más heno y aumentó el espesor del lecho para que la niña no notara la dureza del suelo.
Su abuelo la ayudó a extender la sábana y una vez colocada, Heidi se detuvo pensativa ante su obra.
-Nos hemos olvidado una cosa, abuelito -dijo a poco.
-¿Qué es?
-La manta.
-Espera un momento -dijo el anciano, y descendió la escalera; se dirigió a su cama y volvió poco después con un gran saco de pesado lienzo.
Pronto quedó extendida la tela de saco sobre el lecho improvisado. Heidi quedó de nuevo contemplando la obra y por fin exclamó:
-La manta es muy bonita y la cama me gusta mucho, mucho. Quisiera que fuera de noche, para poder acostarme ya en ella.
-Creo que será mejor que vayamos a comer algo -respondió el abuelo-. ¿Qué te parece a ti?
En su afán de prepararse la cama, Heidi había olvidado todo lo demás. Pero al oír hablar de comida, advirtió de pronto que, en efecto, sentía hambre.
-Sí, sí, vámonos a comer algo.
El Viejo se dirigió al hogar, descolgó un caldero grande que estaba suspendido de la cadena sobre los rescoldos del hogar, lo reemplazó por uno más pequeño y se sentó sobre un taburetito para avivar el fuego. Pronto empezó a hervir el contenido del pequeño caldero; mientras tanto, el abuelo había cogido unas tenazas de hierro y sostenía sobre el fuego un gran trozo de queso, dándole vueltas con lentitud hasta que estuvo dorado. Heidi había seguido aquellos preparativos con mucha atención, tuvo una idea y se alejó del hogar y empezó a ir y venir del armario a la mesa. El  abuelo concluyó por fin su faena junto al hogar y se acercó a la mesa con un cazo en la mano y el queso asado en la otra sujeto al extremo de las tenazas. Cuando se aproximó a la mesa, la halló ya puesta; sobre ella reposaba un pan, dos platos hondos y dos cuchillos.
-Muy bien, pequeña; me gusta que sepas pensar un poco -dijo el anciano en tono de alabanza-, pero aún falta algo en la mesa.
Al reparar en el vapor delicioso que salía del cazo, Heidi comprendió lo que quería su abuelo y se dirigió rápidamente al armario. En él, sólo había un tazón, pero en el mismo estante había dos vasos; la pequeña regresó a la mesa y colocó allí la taza y un vaso.
-Muy bien, veo que sabes salir del paso, pero ¿dónde vas a sentarte?
El único asiento alto que había en la casita era el del abuelo. Heidi corrió como una flecha hacia el hogar, cogió el taburetito y lo colocó ante la mesa, sentándose en él.
-Ahora ya tienes asiento, es verdad, pero es muy bajo y apenas llegas a la mesa -dijo el anciano, añadiendo en seguida-: Espera un poco que voy a arreglarlo.
Se levantó, llenó la taza de leche y la puso sobre el taburete grande acercando a éste el taburetito, en el que mandó sentarse a la niña; de aquella forma el asiento mayor servía de mesa a Heidi. Después colocó en él un gran pedazo de pan y un trozo de queso dorado.
-Ahora come, hija mía -dijo y se sentó en una esquina de la mesa para comer él también.
Heidi no se hizo repetir dos veces la orden; asió la taza y bebió el contenido de un tirón.
-¿Te gusta esta leche? -preguntó el abuelo, satisfecho al ver con qué apetito había bebido la niña.
-Nunca la he bebido tan buena -contestó Heidi.
-Pues entonces quiero que bebas más -dijo el Viejo, y llenó la taza otra vez hasta el borde.
Heidi comía con gran apetito el pan, sobre el que había extendido el queso asado, tierno como la mantequilla.
Terminada la comida, el Viejo salió para limpiar y poner en orden el establo de las cabras. Heidi no le perdía de vista mientras hacía aquel trabajo. Después de poner en el suelo paja fresca para los animales, el abuelo se dirigió a un pequeño cuarto adosado en la parte posterior de la casa. Allí cogió madera, aserró tres trozos de igual tamaño y luego cortó una tabla redonda, en la que hizo tres agujeros, introdujo en ellos los trozos que antes había cortado y los sujetó con clavos.
-¿Sabes lo que estoy haciendo? -preguntó el abuelo.
-Un taburete para mí, porque es muy alto. ¡Y en qué poco tiempo lo has terminado! -exclamó la pequeña, que no salía de su asombro.
«Ella comprende lo que ve, tiene buenos ojos», se dijo el abuelo al dar la vuelta a la casa, armado de sus herramientas y de algunos trozos de madera, dando aquí y allá un martillazo, asegurando la puerta, reparando un desperfecto aquí y otro allá. Heidi le seguía paso a paso, sin quitarle el ojo de encima y encontrándolo todo muy divertido, tanto que llegó la noche sin que se hubiera dado cuenta del tiempo transcurrido.
De pronto sonó un agudo silbido. Heidi vio que su abuelo avanzaba hacia el sendero. Eran Pedro y sus cabras que bajaban, como todas las noches, de los prados de pasto. Heidi se colocó en medio del rebaño, dando gritos de alegría y acariciando una tras otra a sus amigas de la mañana. Dos lindas cabras, blanca la una y de color castaño la otra, avanzaron y fueron a lamer la mano del Viejo, que les ofreció un poco de sal. Luego Pedro desapareció con el resto del rebaño. Heidi acarició tiernamente a las dos cabritas y empezó a dar saltos a su alrededor llena de alegría. Después comenzó a hacer preguntas:
-¿Son nuestras estas cabritas, abuelito? ¿Duermen en el establo? ¿Las tendremos siempre aquí?
El abuelo apenas tenía tiempo de responder con un «sí» lacónico al torrente de preguntas de la pequeña.
Cuando las cabritas terminaron de lamer la sal, el Viejo dijo a Heidi:
-Ve a buscar tu tazón y tráete el pan.
Heidi obedeció y regresó al instante. El abuelo empezó a ordeñar la cabrita blanca y cuando tuvo el tazón lleno, cortó un trozo de pan y dijo:
-Esto es para ti; tómalo pronto y vete a dormir. Yo ahora voy a meter las cabras en el establo. Buenas noches, Heidi.
-Buenas noches, abuelito, y que descanses. ¿Cómo se llaman, abuelito? Dime sus nombres -exclamó la pequeña corriendo detrás del Viejo y de las cabras.
-Esta se llama Blanquita y aquélla Diana -replicó el abuelo.
-¡Adiós, Blanquita; adiós, Diana! -gritó Heidi con todas sus fuerzas mientras las cabras entraban en el establo.
Heidi se sentó después en el banco que había delante de la casa, para beber la leche y comer el pan. Apenas se metió en el lecho quedó profundamente dormida y tan bien como si se hubiera hallado en la cama de una princesa.
Un momento después, y antes de que anocheciera por completo, el Viejo se acostó también, porque se levantaba todas las mañanas a la salida del sol.
A media noche el Viejo se despertó murmurando para sí: «Seguramente tendrá miedo allí arriba», y trepó por la escalera para ver lo que hacía la pequeña.
La luna brillaba en el firmamento, y a veces su disco plateado quedaba oculto por grandes nubes que el viento arrastraba en loca carrera. De pronto la blanca claridad del astro de la noche penetró por la ventana del desván y proyectó sus rayos sobre el lecho en que descansaba la niña. Heidi dormía profunda y tranquilamente. Parecía que soñaba con cosas agradables, porque una expresión de feliz satisfacción resplandecía en su carita de ángel.
El abuelo contempló largo rato a la niña; luego la luna volvió a esconderse detrás de las nubes y, sin hacer ruido, el Viejo volvió a su lecho en la oscuridad

Johanna Spyri



Diario de Ana Frank

Sábado, 20 de junio de 1942

Para alguien como yo es una sensación muy extraña escribir un diario. No sólo porque nunca he escrito, sino porque me da la impresión de que más tarde ni a mí ni a ninguna otra persona le interesarán las confidencias de una colegiala de trece años. Pero eso en realidad da igual, tengo ganas de escribir y mucho más aún de desahogarme y sacarme de una vez unas cuantas espinas. «El papel es más paciente que los hombres.» Me acordé de esta frase uno de esos días medio melancólicos en que estaba sentada con la cabeza apoyada entre las manos, aburrida y desganada, sin saber si salir o quedarme en casa, y finalmente me puse a cavilar sin moverme de donde estaba. Sí, es cierto, el papel es paciente, pero como no tengo intención de enseñarle nunca a nadie este cuaderno de tapas
duras llamado pomposamente «diario», a no ser que alguna vez en mi vida tenga un amigo o una amiga que se convierta en el amigo o la amiga «del alma», lo más probable es que a nadie le interese.
He llegado al punto donde nace toda esta idea de escribir un diario: no tengo ninguna amiga.
Para ser más clara tendré que añadir una explicación, porque nadie entenderá cómo una chica de trece años puede estar sola en el mundo. Es que tampoco es tan así: tengo unos padres muy buenos y una hermana de dieciséis, y tengo como treinta amigas en total, entre buenas y menos buenas. Tengo un montón de admiradores que tratan de que nuestras miradas se crucen o que, cuando no hay otra posibilidad, intentan mirarme durante la clase a través de un espejito roto. Tengo a mis parientes, a mis tías, que son muy buenas, y un buen hogar. Al parecer no me falta nada, salvo la amiga del alma. Con las chicas que conozco lo único que puedo hacer es divertirme y pasarlo bien. Nunca hablamos de otras cosas que no sean las cotidianas, nunca llegamos a hablar de cosas íntimas.
Y ahí está justamente el quid de la cuestión. Tal vez la falta de confidencialidad sea culpa mía, el asunto es que las cosas son como son y lamentablemente no se pueden cambiar. De ahí este diario.
Para realzar todavía más en mi fantasía la idea de la amiga tan anhelada, no quisiera apuntar en este diario los hechos sin más, como hace todo el mundo, sino que haré que el propio diario sea esa amiga, y esa amiga se llamará Kitty.
¡Mi historia! (¡Cómo podría ser tan tonta de olvidármela!)
Como nadie entendería nada de lo que fuera a contarle a Kitty si lo hiciera así, sin ninguna introducción, tendré que relatar brevemente la historia de mi vida, por poco que me plazca hacerlo.
...

De: Librodot.com


martes, 11 de junio de 2013

"Yo me siento más contento de haberme hecho solo que protegido" - Salvador Garmendia

11 de junio de 1928 - Barquisimeto, Venezuela

Personaje II


Hacía tiempo que había perdido todo interés en escuchar las notas embrolladas del organito. Empezaban a sonar por la tarde, a eso de las cinco, hora en que la Madama le entraba de frente a su primer frasco de caña blanca. Dos horas después, en los días de semana, bajaba yo a la calle para ir a la imprenta a ocuparme de mis galeradas y a la mitad del foso, en lo más agudo de aquella fetidez mohosa desprendida de las paredes, la veía aparecer en el codo de la escalera. (Mis sonrisas anticipadas de los primeros días, el ademán de saludo que iba a quedarse amedrentado a mitad de camino, privando de destino a aquella mano levantada que serviría acaso para estrujarme tontamente la nariz o sacudir un polvo imaginario en la solapa, dejaron de tener lugar en cuanto me convencí de que la Madama no iba a reconocerme y que ni siquiera me dedicaría una mirada). Era ya un gran montón de trapos inflados de fatiga y vapores de alcohol. El pelo rizado, de un tono rubio desvaído (una cabellera y una boca menuda, encapullada, y unos ojos vidriados y redondos que la aproximaban a un doloroso parecido con las beldades del cuplé), se le venía a la cara formando crespos rígidos, que subían y bajaban a los impulsos de una ascensión deliberadamente agotadora. Tal vez hubiera podido ahorrarse la mitad de aquel esfuerzo, pero ella se obstinaba en demostrar una especie de furor penitente, trepando con celeridad frenética, más aparente que efectiva dado el escaso número de peldaños ganados entre bufidos y palabras truncas e incomprensibles, aunque llenas de furia.

(Yo había tomado posesión de aquella escalera, en la que me divertía practicar el juego del ciego, una de mis manías gratuitas. Era una manera de confiarme a las delicias del tacto y establecer por esa vía una relación personal con los objetos. Durante la acción, mis ojos continuaban abiertos, aunque en cierta forma paralizados; entre tanto, el poder de absorción de mi mente era alimentado a través de la mano y por allí se propagaba a todos los conductos de la percepción y el conocimiento; era un juego liviano -aunque a veces podía volverse terriblemente enmarañado-, que ponía en actividad mis más secretas reservas de memoria. Un roce cualquiera era capaz de despertar, sólo por una vez, sensaciones insospechadas, regresiones insólitas en el olfato o en los genitales. Golpes de miedo o de tristeza eran sentimientos diluidos que escapaban de sus celdas y repetían, por unos instantes, sus viejos cometidos. En la escalera, el juego tenía la ventaja de extenderse a un territorio inmenso, cuyos relieves y lastimaduras eran recorridos por las puntas de mis dedos. A la altura de los primeros peldaños, una pequeña zona virulenta y húmeda, escamosa un poco más abajo, el paso de una grieta, trozos fríos y resbaladizos, un hoyuelo tierno donde cabía la yema del dedo… mientras la memoria devolvía el tacto de otras superficies, que a su vez traían adheridos lugares y gentes, voces y emanaciones diferentes).
Con una mano se agarraba del muslo para impulsarse, la otra apretaba el frasco de relevo envuelto en un papel de estraza. A mi regreso, poco después de media noche, al pasar cerca de su puerta, la sentía moverse y tropezar entre los muebles como una ciega atarantada. La oía toda, de manera que los sonidos llegaban a formar en mi cabeza una imagen perfectamente delineada: el roce de los trapos, la voz quebrada que tosía o cantaba o ensartaba mitades de palabras, interjecciones salidas de la maraña del cerebro que no volvería a escucharse otra vez… y el frote de sus sandalias sobre el trozo de alfombra y el sonido doble y aspirado de sus narices en forma de una eñe acatarrada.
El organito ya había parado de sonar.
Lo escuché por primera vez cuando vine a alquilar el cuarto hace unos meses. Las notas rodaban por el aire acidulado del callejón que ya empezaba a ensombrecerse y pensé en unas bolitas livianas que se perseguían sin llegar a alinearse, tropezaban y se amontonaban, corrían de nuevo dando tumbos y apenas conseguían mantener el hilo de la melodía, que era, al parecer, un pasodoble viejo y desmadejado.   Prometí perfeccionar esta imagen, podarla de la mitad de las palabras y utilizarla a la primera oportunidad. Todo el callejón era en verdad un buen escenario de novela; tenía lo que me agradaba poner en palabras; palabras con sabor, con tacto, con emanaciones y asperezas.
Era un gran trozo del decorado viejo de la ciudad salvado del desbande general. (Sé que un día acabarán por derribar, moler y arrojar bien lejos, convertido en polvo y cascajos, lo poco que todavía permanece en pie de una albañilería marchita. Una ciudad habrá muerto y otra ocupará su lugar. Sus habitantes irán de un sitio a otro como en una trampa descomunal sin sosiego posible. El recuerdo, despojado de ese elemento, será humo de memoria). Los grandes edificios de la avenida, cuyo jadeo se volvía imperceptible a la mitad del estrecho canal, mostraban sólo sus espaldas lisas y blancas, detrás de un amontonamiento impenetrable de chatarra urbana: ladrillos desnudos, yacijas de madera y platabandas sin frisar con tendederos y despojos de muebles.
Mi caserón de cuatro pisos parecía estar allí para demostrar, por medio de una caligrafía minuciosa, lo que muchos años de intemperie son capaces de producir en una capa de pintura al óleo. Tenía hileras de balcones, con las barriguitas salientes como palcos de teatro, y destacaba de las otras edificaciones, todas de una sola planta, casas de tejado y cuerpo ático, de una misma edad. Mi cuarto, en el tercer piso, era de verdad inmenso, aunque nada sombrío. En las paredes no hubiera podido poner nada de mi parte: me entregaban una escritura heterogénea, llena de borrones y tachaduras, como si hubiesen vuelto muchas veces sobre ella hasta hacerla ilegible. Fue un desencanto encontrarme la puerta que daba al balcón condenada a punta de listones y clavos.
La Madama era otra persona en las mañanas. Se recorría el edificio entero, regando su olor a tintura de árnica, cacareando, riendo sin parar. Me llamaba “mijit” por mijito, y me hablaba de su hijo, un muchacho gordo y grosero que con frecuencia me adelantaba en la escalera, hediondo a sol y expeliendo un canto horrible a base de trompetillas. No puedo asegurar que le entendiera, pero su charla no era en modo alguno fastidiosa: por el contrario, me divertía escucharla, me hacía reír, me comunicaba un ánimo ligero y festivo. Pero si es que algo entendía en el momento, lo olvidaba todo apenas ella desaparecía de mi vista. Lo que mi memoria era capaz de reproducir después se reducía a un sonido confuso, indescifrable, pues ella debía expresarse en una lengua única, comunicable sólo en el momento de producirse, irrepetible, imposible de memorizar; era una sola pasta de gestos y sonidos, mezclada con sus ojitos rojos y parpadeantes, su cara hinchada de donde casi desaparecían los rasgos, sus trapos y su olor a árnica.
Su cuarto parecía mucho más pequeño que el mío, a causa de la multitud de objetos que lo cubrían: el moblaje completo de una casa comprimido entre aquellas cuatro paredes; completo, digo, si se le miraba en conjunto; pero en detalles descalabrado y maltrecho. El aire era denso, difícil de respirar al principio.
Toqué la manija del organito, aunque no me atreví a moverla. La Madama estaba de espaldas a mí, colocando la loza en el aparador. Tocaba cada pieza con primor entre las yemas de los dedos, la hacía dar vueltas, soplaba en las molduras para quitar un polvo inexistente y la devolvía a su lugar. El artefacto, aquel molinillo de música, no tenía gran cosa que ver: era un cajón oscuro, sin mayores resaltes, sostenido por una paticas labradas. Unos dibujos dorados luchaban por sobrevivir ahogados en la niebla que se hundía en la madera. La Madama no se daba punto de reposo cambiando de sitio floreros y figuras de pasta.
Hoy, como dije, la música del organito ha dejado de enternecerme. Estoy tratando de escribir un cuento con la Madama de personaje principal. Siento moverse en mi cabeza todo el asunto, percibo la textura de la pasta, el calor de esa masa con vida que palpita allá adentro y presiona con deseos de salir y, sin embargo, me resisto al intento. ¿Cómo empezar?… Diez años antes, su entrada a la casona seguida por una troupe fantástica como los personajes desterrados de una comedia de época: aquel mobiliario anacrónico que a duras penas pudo encontrar alojo en la habitación. La Madama en plena florescencia, madura y perfumada, posible todavía de reconstruir a partir de sus manos, que se conservaban rosadas y frescas. O salir de dentro de ella misma, aquí, ahora, en el momento en que abre los ojos en medio de sus ruinas; la fiebre de las mañanas que la lanza a una vertiginosa correría por todos los habitáculos del caserón, sin parar de hablar y de reír. El paso de las horas, que al término del día deben traerle algún momento de tregua antes de la caída: quizás el tránsito por alguna comarca apacible que la hace languidecer en medio de recuerdos tímidos, cosas vagas e insípidas, escenas que apenas sobrepasan el blanco como el color de las viñetas viejas. La música de organito. Ha empezado a sonar ahora. Abandono el papel donde aún no he acabado una línea. Quizás me venga bien un pequeño paseo. Salgo, paso frente a su puerta, me detengo un trecho más allá, regreso y llamo, llamo por dos veces sis recibir respuesta.   Abro, sólo lo suficiente para asomar la cara y al instante las bolitas de música me rebasan y salen trotando hacia el pasillo. La Madama aparece sentada en uno de sus sillones floreados, hundida en él más bien, las piernas extendidas y abiertas, el vestido sobre las rodillas, la barba encajada en la hinchazón del pecho. Un brazo que cuelga indolente la pone en contacto con el organito. Sin moverse, alza los ojos hacia mí y hace una contracción rabiosa como si quisiera escupirme.
-¡Sucio, vete de aquí, puegco!
Me siento descubierto y humillado, perseguido por una sensación de torpe vergüenza, como si una mano en la nuca me empujara escaleras abajo. Jamás he debido asomarme. Casi a saltos, vengo a dar a la acera. Salgo al aire fresco del atardecer y apenas he caminado una cuadra, siento que a mi alrededor todo es armonioso y distante. La casa, el callejón se hallan lejos, inmovilizados en un aire inviolable para ojos extraños. En este momento, la Madama es una figura de paja, un trasto relegado a un rincón entre otros muchos que puedo mover, colocar, disponer a mi antojo. Creo que mañana me decida finalmente a escribir.

En Difuntos, extraños y volátiles, Editorial Tiempo Nuevo, Caracas, 1970.