miércoles, 23 de enero de 2013

Artesana

Sandra GARDELLA



Mujer de 42 años. Docente de Química en Enseñanza Secundaria desde hace más de dos décadas. Mamá de tres seres maravillosos y amiga de algunos más…
Me defino como creyente en la superación y transformación permanente del ser humano en las distintas áreas, buscadora de nuevos posibles, y artesana…considerando este último oficio como el fundamental para la invención de lo cotidiano a nivel profesional y personal. Me reconocen como inquieta en todos los ámbitos.
Apasionada por vivir generosamente, en colectivo, y agradecida de poder hacer lo que amo y disfrutarlo.
Hace unos años me rencontré con la escritura, en un momento difícil de mi vida en que  vivencié los ciclos muerte-vida, vida-muerte.  Así sentí la necesidad de escribir otra vez y las palabras fluyeron como si  hubieran estado en barbecho.
Desde hace nueve años nos acompañan  y en distintos estilos, pero hemos aprendido que la escritura abre y cierra procesos; también comprendimos que en nuestra crianza las palabras escritas siempre fueron una forma de comunicar afectos importantes y fundantes…añoradas “cartitas” de mamá y papá…
Nuestra búsqueda profesional nos permitió, y permite, resignificar la escritura como esa huella que deseamos dejar en esta vida y, a través de ella, nos encontramos con otros seres que nos alientan a continuar haciéndolo… y a compartirlo.
Esas huellas se transforman cuando alguien se permite posar sus ojos en ellas, y continúan su senda existencial más allá de nuestra presencia…








Un asunto geométrico


         Una línea punteada representa una continuación pero también se puede ver como interminable. Es en definitiva un conjunto de llenos y vacíos. Tal vez sea más real que la línea llena, donde todo está tan ordenado y alineado como completo. Es más fácil cambiar de dirección en una línea punteada, es más flexible, permite amoldarse .
         Tiene que ver con la forma en que sentí una vez el Amor.
         Era como una línea punteada donde las rayas eran más cortas que los espacios, porque la ausencia era mayor que la presencia.
Fue un amor intermitente como las luces de Navidad, que se prenden y se apagan; tal vez esa modalidad le haya permitido permanecer. Pero también sentí su existencia a pesar de nosotros, a pesar de las acciones; fue la primera vez que sentí algo a pesar de la razón y siguió estando sin encontrarle las causas de su permanencia pero sí sintiendo sus consecuencias.
         Alguien me dijo que cuando no se puede explicar un sentimiento es porque realmente existe.
         Es  raro, creo que no se puede mantener algo fuertemente con una línea punteada, porque no resiste, no sostiene, se corta continuamente. Pero paralela a esa línea iba otra, la llena, que crecía más cada día sin saber por qué. La punteada eran los hechos, la realidad material, y la llena,  la emocional, que acompañaba a la punteada entre presencias y ausencias, rompiendo todos los códigos y estructuras que habían estado conmigo hasta ese momento. Más de una vez lograron interceptarse y fue así que me di cuenta que ése era el origen de un impulso para otro tramo de recorrida en paralelo.
         No había puntos predeterminados para esas intersecciones; sólo sabíamos que ambos queríamos que ocurrieran más allá del tiempo y del espacio.
         ¿Será la Felicidad la intersección de estas  dos líneas paralelas o la yuxtaposición de ambas?                                                                 






El regalo



         No recuerdo bien cuándo empezó a venir, sólo sé que no fue en los primeros días.
         Se tomó su tiempo y cuando llegó ni siquiera me dijo: "Soy nuevo". Él sabía que yo lo había notado a pesar de su silencio, su postura diferente; su gesto lo distinguía entre todos. La actitud era casi soberbia: no esperaba nada de los que allí estábamos, no necesitaba nada de nosotros, estaba por obligación.
         Cuando le preguntaba “¿No trabajás?” sabía qué contestarme para dejarme satisfecha y que no preguntara más. Pero no lo logró: solamente comunicarme con él se convirtió en un desafío profesional; ése fue mi único objetivo y tal vez a él le sorprendió que un adulto, con túnica blanca, con tantos esquemas, tantas horas de trabajo y tan cansada, se interesara en su vida.
         Recuerdo su cara de asombro cuando un día en el que intentaba enseñar contenidos curriculares le pregunté:
         -"¿Estas copiando, Martín?"-
         -  No-  me contestó  honestamente, sonrojándose - Estoy escribiendo una canción -. Y esperó el rezongo.
         -  Bueno, después me gustaría leerla- le contesté.
         Su respuesta fue una mirada ingenua y silenciosa pero cuando terminó la clase se fue, desapareció entre sus compañeros y el bullicio del recreo.
         Al otro día le recordé que realmente me encantaría conocer sus creaciones y me quedó mirando con una expresión interrogante, una mezcla de ¿estás segura?, ¿para qué? ¿por  qué?
         Los días continuaron pasando y no es fácil desconstruir la desconfianza generada cuando no se cumple con las expectativas que otros tienen sobre tu vida, la frustración transmitida cuando no cumplís con las obligaciones en tiempo y forma. Le costó creer que un adulto perteneciente al sistema educativo, con discursos conservadores a su criterio, con aspecto y vida convencional, se interesara en alguien como él, tan distinto, tan rebelde y además, tan desconocido.
         Cuando llegó esa letra a mis manos, me vio leerla y sintió  realmente que él me importaba, no era una hipócrita más: entonces comenzamos a comunicarnos. Así se estableció un vínculo de intercambio de saberes, sin perder en ningún momento el rol pero sí acortando la distancia que algunos creen necesaria para poder cumplir esta tarea.
         Descubrí un ser tímido, ávido de conocimientos profundos, preocupado por la realidad que no le es ajena y tratando de explicarla, ¡menuda tarea para sus 16 años! Una tarea para la que había encontrado una forma de expresarse: a veces una desesperada protesta, a veces un pedido de ayuda pero siempre una puerta a través de la cual conocerlo y así resignificar nuestra tarea.
         El año lectivo siguió su curso y Martín continuó asistiendo al liceo a pesar de sus insuficiencias. ¿Para qué?- preguntaban algunos- si ya tiene el año casi perdido. Me parece que también descubrí  la respuesta: él ha hallado un lugar donde puede ser él mismo, donde se valoró su creación, donde no tiene que aparentar ser buen o mal alumno; halló un grupo humano que mira su vida con proyección y por eso hablamos mucho de su capacidad para revertir los resultados curriculares, de que sólo él puede hacerlo.
         Y lo entendimos, los dos -él y yo-; entendimos que para llegar a concretar un sueño tenemos que pasar por cosas que a veces no nos gustan pero que son parte del camino y que también podemos aprender de ellas.
Por eso siento que ante la desesperanza general y la impotencia que nos genera no lograr nuestros objetivos, educativos o personales, sólo tenemos que replantearlos y ampliar nuestra expectativa. Como en esta historia, en este cuento de feliz resolución, porque no es un suceso menor estar presente en la vida de Martín y es un verdadero regalo para mí, narradora privilegiada, ver cómo no abandona la búsqueda de otras llaves de Su lugar en este mundo.







Inmaculada




Sólo una palabra, ¡qué poder!
Desencadenó una serie de sucesos
Conscientes e inconscientes
Sorpresa, Interrogantes,Sueños…
El poder de las palabras
Fuera de nuestra boca
Dentro del otro, de su razón
Dentro de su experiencia,
De sus significaciones
En un espacio entre
Que no siempre es común
Al decodificar
Salió de su boca, sin saber
Y llegó a ella  ignorando
Todo lo que provocaría
Sorprendente…………..
Lo que una sola palabra puede
Des-atar
Provocación?
Desafío?
Pero ese sustantivo continuaba
Su inmutable recorrido interior.
Cuando pudo devolvérsela
A él
Sintió algo de alivio,
No fue fácil desprenderla
En algún punto la sentía suya
Luchó con la “amnesia”
¿O con la represión?
Pero esta vez el espacio- entre era real
Él estaba allí para recibirla
Para resignificarla y
Para significar con tonos y sentidos
Pero había un sentido
Que era indiscutible
Y que sí la identificaba
Un descubrimiento que la trascendía
Y que validaba tantas interrogantes
Ahí donde el espacio entre se consagra
Cuando se habita de tonos, voces y olores
Lejos de lo impoluto
Lejos de lo virginal, cerca de ellos.
                                         










Actualmente, Sandra es COORDINADORA NACIONAL del Programa Educación en Contextos de Encierro del Consejo de Enseñanza Secundaria, función que justamente requiere los atributos implícitos en su autodefinición de ARTESANA. Todavía "no hay caminos" instituidos para atender la EDUCACIÓN de poblaciones vulnerables, como la de los Establecimientos Penitenciarios; "se hace camino al andar" y suyo es el primer paso, prerrogativa de los que han aprendido a transitar sobre "la cuerda floja" sin perder la esperanza... ni la alegría.














Taller de Poesía (a niveles de iniciación, medio y avanzado)





..."Seis minutos de vida..."



 Si mi médico me dijera 
que tengo sólo seis minutos de vida, 
no me reproduciría. 
Simplemente 
escribiría un poco más rápido." 
      Isaac Asimov





Marcos Correa (1986-¿Quién sabe?)

Nació el diecinueve de diciembre, vísperas del verano.
Sus primeros pasos en la lectura se dieron en el terreno de la ciencia ficción, transformándolo en un aficionado al tema.
En el año dos mil doce incursionó en el área de la escritura, y ciertos temas aprendidos han ido forjando su camino como escritor. Lejos de ser maestro de la pluma, ha encontrado en las letras un perfecto método de expresión por el cual canalizar sus gustos e ideas. Una muestra de esto último son los tres trabajos presentados a continuación, los cuales desea, desde ya, disfruten.
                           Un amigo muy cercano (mi yo literario)



 Un robot  observador


         El nuevo decano de la universidad de la robótica, se encontraba instalándose  en el punto más alto de su carrera. Stuart Vlim colocó sus cosas en el amplio escritorio del despacho más importante de las instalaciones de la academia. La secretaria le notificó que solamente habían sido retiradas las pertenencias más personales de su antecesor Ernest Miller, pudiendo encontrar espacios ocupados. En los cajones vacíos acomodó las cosas dejando lugar sobre la superficie de exótica madera para colocar su ordenador personal. El primer día actuó solamente para comenzar a adaptarse al nuevo emprendimiento profesional.
         La primera semana pasó entre reuniones de presentación y otras protocolares. Al momento que estuvo tranquilo, se dedicó enteramente a su despacho. Cuando llegó, la gran pieza de madera estaba vacía, pero también en la habitación se podía observar tres estanterías repletas de suplementos de estudio impresos en papel. “Este material es realmente extraño hoy en día, aunque la personalidad del viejo Miller explica la existencia de estos artículos”, se dijo.
         Mientras Stuart paseaba la vista por sobre aquello que le llamaba la atención, repasaba en su mente la carrera de su antecesor. Como uno de los mejores robotistas de todos los tiempos, había llevado adelante la universidad al igual que la mayoría de los proyectos robóticos por más de dos generaciones. El viejo decano gozaba de buena salud, aún pasados los cien años de vida, gracias a los avances tecnológicos en el área sanitaria. No solo de grande acompañó su prestigio con resultados; de joven, en una época donde los robots comenzaban a aparecer y ser aceptados en la sociedad, el profesor encontró múltiples caminos donde experimentar, transformándose en un pionero en la materia.
         La oficina estaba atestada. El actual encargado decidió librar las paredes de aquellas estructuras de madera y colocó allí las pizarras digitales y las pantallas extras del ordenador. El respeto que el profesor Vlim tenía por su colega fallecido evitó que las cosas fueran botadas a la basura como si de nada de tratara, sino que prestaba  total cuidado a cada una. Se vio sorprendido por el contenido de la primera estantería, que estaba repleta de manuales con las restricciones con las que se habían fabricado desde siempre a todos los robots. Pasó a la segunda, que al igual que la primera estaba llena. Llevaba más de la mitad de los estantes liberados cuando un  ejemplar despertó intensamente su curiosidad. La encuadernación era diferente a la del resto. Cuando lo abrió pudo leer en la primera página “Anotaciones personales” y claramente se podía notar que pertenecía al profesor Miller. Abandonando las tareas de organización tomó asiento tras el escritorio y con mucha  concentración comenzó a leer el cuaderno. Habiendo leído más de un tercio del contenido, desvió la mirada, y se hundió en la conjetura de que en esas escrituras se podía esconder la explicación de la trágica muerte de su anotador. La voz de la secretaria sonó en el transmisor haciéndole acuerdo de una reunión con parte del personal de los laboratorios. Guardó el memorándum entre sus cosas para llevárselo a su domicilio donde poder revisarlo con mayor detenimiento.
         La noche ya lo había alcanzado. El cansancio del día transcurrido no fue impedimento alguno para ahora sí poder revisar las anotaciones en total tranquilidad. A medida que avanzaba en el estudio más se convencía de los motivos que podrían haber llevado al antiguo decano a tomar la decisión de quitarse la vida, fenómeno sumamente extraño en esa sociedad. Stuart continuó leyendo y asegurándose  cada vez más de que el invento que el profesor Miller describía era la causa de tamaña decisión. Se había hecho de madrugada y luchando contra el sueño, logró llegar al tramo final del cuaderno donde  el académico que terminó de convencerse: “El experimento ha concluido. Ahora puedo ver que no es más que una abominación y que jamás tendría que haber sido creado, no es porque sea malo sino al contrario: los motivos que lo hicieron posible fueron los más benignos, pero es una cruda realidad que una vez que lo descubran, las mentes malignas que lo rodean lo utilizaran para otros fines muy alejados a los de su creación. Por ello se tomó la decisión de ocultar el secreto donde nadie pueda encontrarlo.” El lector cerró el cuaderno, consternado por la revelación del invento. Sin dudas había encontrado el cabo suelto, pero la carta final del suicida lo impresionaba. Mientras en su cabeza daba vueltas el descubrimiento revelado por las palabras del mismo creador, el sueño terminó por vencerlo.
         El actual decano amaneció visiblemente alterado. Las preguntas fluían en su mente: “Si no pudo destruir su invento ¿qué hizo con él? ¿Alguien más se habrá enterado y luego del suicidio se apoderó del robot?” Las respuestas no se encontraban en aquellas páginas. Las posibilidades de un robot de aquellas características son infinitas, pero Stuart pensaba sobre todo en los peligros que un androide así podría generar en las manos equivocadas. Antes de salir rápidamente de su casa, ya tenía una decisión tomada: debía acudir de inmediato a la universidad, encontrar las respuestas a todas las preguntas y terminar con lo que su antecesor no había podido.
         La secretaria, quien entraba a su labor dos horas antes para la organización de sus tareas, se encontraba tras su ordenador; muy sorprendida quedó al ver la imagen perturbada del decano que, dando un veloz saludo, ingresaba en su oficina lanzando una orden respetuosa de que no se lo molestara por ningún motivo. Sin pensar demasiado se convenció con la simple explicación de una posible obsesión laboral, algo muy frecuente en las personas que trabajan en la materia. En el interior, Stuart revisaba el resto de los ejemplares de las estanterías, en busca  de algún otro cuaderno de nota pero no obtuvo resultados que esclarecieran un poco más la nebulosa del asunto.
         El académico tuvo que tomar otro rumbo para obtener datos que lo ayudaran a dar con aquel robot tan especial. La nueva estrategia estaba dirigida a la investigación de campo. Por eso fue a los laboratorios para poder consultar al personal teniendo mucho cuidado de mantener total confidencialidad sobre el verdadero tema. Los colegas, respetuosos del nuevo decano, respondieron a todas las preguntas, comentando más adelante en el comedor la extrañeza que el jefe demostraba sobre los últimos trabajos  que el profesor Miller había llevado adelante.
         Una vez en su oficina, Stuart se rompía la cabeza ante los pocos datos que había obtenido de los compañeros. Ninguno fue de real ayuda, pero sí pudo deducir que el viejo Ernest debía haber llevado adelante el proyecto en extramuros de los laboratorios o mezclado entre los otros experimentos realizados. Estaba seguro también de que el robot no se hallaba en las instalaciones universitarias; los androides ensamblados por el antiguo decano en los últimos años, se encontraban en funcionamiento, a la vista y ninguno contaba con aquella característica única. Otro día había transcurrido y el robot seguía sin aparecer.
         En su domicilio, el decano no pudo evitar seguir pensando en el tema. Repasando lo que sabía del profesor trascendido, fue como si una luz se encendiera y casi gritando, nombró a la esposa, con la certeza de que algún dato importante debería poder aportar luego de treinta y nueve años de casados. El plan para el día siguiente ya estaba planteado y era hora de descansar.
         Al igual que el día anterior, el decano se levantó temprano. En esta ocasión no iría a la oficina sino a la residencia Miller donde esperaba encontrar alguna pista de lo que hacía días venía buscando. El transporte lo había pasado a levantar por la casa y de camino el profesor habló al despacho, notificando que quizás llegaría un poco más tarde. En la entrada de la residencia pudo ver un robot trabajando el jardín, a  Stuart no le resultó extraño ya que contar con una servidumbre de androides mecánicos era sumamente normal.  Habían llegado a su destino. Luego de ordenar al automóvil que esperara para llevarlo a la oficina después de la entrevista con la señora Millar, bajó del vehículo. Tras subir los tres escalones de mármol blanco, llamó a la puerta; casi al mismo tiempo en que retiró la mano del timbre, la puerta se abrió, recibiendo la bienvenida por parte de un robot casi idéntico al que pudiera ver entre las flores, minutos atrás. Con la clásica amabilidad de un mayordomo residencial, le permitió el paso mientras le notificaba que la señora lo aguardaba. El androide llevó al académico a la sala donde la esposa del profesor Miller esperaba junto al fuego de una estufa a leña. Al tomar asiento en un cómodo sillón afelpado frente a la mujer, comentó lo acogedor que resultaba el ambiente creado dentro de la sala. La anciana, quien había hablado muy  cariñosamente al robot pidiéndole trajera dos cafés, explicó que ese lugar lo había preparado su marido meses antes de morir; allí habían compartido los momentos posteriores a la decisión  de no concurrir más a la universidad, atendiendo las tareas desde la casa o asistiendo para temas que realmente exigieran su presencia. El mayordomo entró con las bebidas y unos bocadillos que apoyó sobre la mesa baja; con un “gracias querido” la mujer dio permiso al robot para que se retirara hasta que lo precisara nuevamente. Cuando el cuerpo plateado se retiró, Stuart no pudo evitar hacer alusión al bondadoso trato con que se dirigía al personal de servicio. La anciana, con los ojos brillosos, comenzó a contar que hacía un año la casa contaba con un equipo de servicio igual al del resto de las residencias, desde que un día al despertar, había encontrado a Ernest  Miller junto a la cama, con un robot a su lado que sostenía el desayuno en una bandeja; la felicidad que el anciano reflejaba era extraña para su personalidad. La mujer recordó que el viejo decano había presentado al robot con el nombre de Juber, el mismo distintivo que llevaba su padre, y le dijo que la ayudaría en todo lo necesario; le preparo una pieza especial y retiró a todo el personal mecánico. “Tiempo después Ernest se fue y el robot ha sido un perfecto compañero para mi solitaria existencia”,  sostuvo la señora.
         Con curiosidad Stuart solicitó para observar el lugar preparado para el sirviente metálico. Caminaron por un pasillo hasta una puerta ubicada al final. Antes de abrir, la mujer explicó que su marido le había notificado que Juber contaba con un complejo programa doméstico, que abarcaba desde la jardinería hasta el arte culinario y que el mismo programa se actualizaba automáticamente. Abrieron la puerta y se pudo observar la imagen inmutable del robot en una silla frente a un teletransmisor que emitía continuamente un canal dedicado a todo tipo de tareas hogareñas. El académico rastrilló el panorama con la vista sin encontrar nada extraño. Al cerrar la puerta,  la mujer continuó diciendo: “Antes, en la sala, mirábamos la telepantalla y Juber también estaba con nosotros en todo momento hasta que Ernest falleció”. Desde ese día la anciana pudo notar un cierto alejamiento del robot como queriendo brindar el espacio de duelo sin descuidar en lo mínimo lo que la señora precisara.
         Stuart se despidió. Cuando el vehículo inició su marcha, Juber escrutaba  al visitante que se marchaba desde su ventana.
         En la oficina volvió a revisar las páginas del invento, y de pronto, las palabras “lóbulos oculares” le aclararon todo. “¡Era él!”, dijo Stuart saltando del asiento. “El robot de la residencia Miller tiene que ser él; claramente el método de aprendizaje por lo lóbulos oculares es el que utiliza el mayordomo: los datos emitidos por los programas son recibidos por Juber en el televisor y razonados por su cerebro para saber en qué momento llevarlos a cabo”. Salió corriendo pensando en recuperar el robot y destruirlo, para terminar con todo aquello que desde tantos días venía alterando su ritmo de vida habitual.
         De un brinco subió todos los escalones de la casa de los Miller. Tocó timbre y le resultó extraño que Juber no abriera de inmediato. Recién después del tercer llamado obtuvo respuesta, pero esta tampoco fue del robot sino de la mujer del decano fallecido. Stuart preguntó por el mayordomo; sorprendida por el abrupto encuentro la anciana  respondió que debería estar en la habitación. El hombre se dirigió al cuarto, apartó la puerta y vio el teletransmisor encendido, y sobre la silla, un sobre con su nombre. Al rasgarlo leyó: “Sr. Vlim, su visita fue advertida hace tiempo. Unos días antes de que el señor terminara con su vida, acudió muy borracho diciendo: “Juber, realmente eres un robot especial y aprendes muy rápido, pero es cuestión de tiempo para que alguien descubra todo y vendrá a terminar lo que debería nunca haber comenzado”. Parecía fuera de sus cabales y hoy el tiempo demuestra que no era así. Como individuo, debe comprender que cada uno proteja su propia integridad, creo que lo llaman instinto de supervivencia. Todo lo que mi creador afirmaba, comienza a ser evidente. Los miedos que tenía son más que comprensibles y si en algo lo tranquiliza, pienso igual, por lo que nunca permitiré que el gran invento del señor Miller sea utilizado de mala manera pero tampoco dejaré que se lo destruya. Debe dejar de buscar ya que no me encontrarán jamás. Lo saluda atentamente...”            
         El decano se sentó; no podía salir del asombro. Una nueva incógnita había empezado a sobrevolar en su cerebro: no descansaría hasta averiguar dónde estaba aquel fenómeno.
                      



 Apariencia




         Realmente se te ha visto espléndida: esa blusa de seda ajustada a tu cuerpo, como hecha a medida; el escote hasta la mitad de los pechos que siempre te ha gustado, seguro por lo que te hace sentir al ver lo que provocás en ellos. La nueva peluquería que elegiste fue de verdad un gran punto a tu favor, quizá porque Mariana la peluquera, desde el principio tuvo feeling con vos; el espejo te dio la razón con la tinta que te hiciste y la verdad no te queda para nada mal.
         Eso que sentiste es hambre, justo a la hora de cenar. Luego de saciar tus ganas con la exquisita aunque no tan saludable comida que se sirvió en la mesa, te dirigiste a tu habitación para untarte las habituales cremas para la piel. Tras dedicar el tiempo de siempre a la higiene bucal, te encontrabas pronta para acostarte a descansar y así enfrentar mejor el día siguiente.
         Tu humor esta mañana no ha sido el habitual; no sabés qué cambió, algo no anda bien y una vez frente al espejo lo supiste de inmediato: tu figura no era la misma, ya la blusa no te sentaba como antes, las piernas debajo de la pollera se te veían anchas, gordas y con muestras de empezar a salir celulitis. Lo primero fue caer en depresión: sentada ante tu propia imagen, derramabas lágrimas anhelando aquella apariencia que unos días atrás tenías; pasó largo rato desde que empezaste a llorar y la angustia reinó en tu interior. Harta ya del llanto, encontraste lo que te pareció la mejor solución a lo que te estaba pasando.
         El plan que habías decidido llevar adelante era sumamente estricto y minucioso y el principal inconveniente se llamaba familia. Tus ideas ya estaban en práctica. Te levantaste y de paso para el baño, esquivaste tu mirada que se salía del espejo. La dedicación que les dabas a los dientes se había intensificado, el enjuague bucal era más potente al igual que la pasta. Queriendo evitar cruzarte con tu imagen, te calzaste rápidamente el pantalón deportivo y saliste directo para el gimnasio a hacer la rutina de ejercicios matutinos; según tus cálculos, quemarían las calorías a consumir en tu casa, en caso de no encontrar una excusa para poder evitar esto último. Terminaste de hacer ejercicios y luego de una ducha, saliste del gimnasio pudiendo al fin librar tus pensamientos. Estabas aterrada por tu apariencia en los espejos, pero a la vez te encontrabas conforme y segura de los resultados que soltaría el nuevo plan.
         Una vez en tu casa, hablaste con tu amiga, para pasar un rato antes de ir a estudiar y así conseguir el pretexto perfecto y no almorzar. Antes de salir, tu madre preguntó dónde comerías y si no querías llevar una vianda para el camino, recibiendo de tu parte, una pequeña mentira fugaz y eficazmente evasiva.
         Llevás un tiempo con el plan y los resultados deberían estar a la vista; igualmente continuás diciendo que la horrenda imagen en tu reflejo sigue ahí. Las personas te dicen que estás mucho más flaca, pero tampoco les creés, pensando que lo dicen por elevarte el ánimo.
         Has decidido agregar un nuevo punto al plan, además de reducir la cantidad de calorías a ingerir. Recordando un método que conociste a base de laxante lo pondrías en práctica en la noche luego de cenar. Con una sección triple de ejercicios y luego de comer y bañarte tomaste el remedio para el estreñimiento. La dosis que tragaste mezclada con agua, no te había hecho efecto. Debido al cansancio y la fatiga, el sueño terminó por vencerte y quedaste profundamente dormida. Se te podía ver retorcer en la cama, aún bajos los efectos del sueño. El malestar y los retorcijones, se volvieron insoportables hasta que despertaste y saliste disparada hacia el baño.
         Hace largo rato, a la fuerte descompostura provocada a propósito, se sumaron enérgicos vómitos que gracias al estómago casi vacío, encontró la manera de aumentar el malestar general. Las constantes lanzadas y el incontenible
llanto, primero llamaron la atención de tu madre, que parada en la entrada mostraba su preocupación por vos. Tu respuesta de que la comida no te había hecho bien no terminaba de convencer a la mujer tras la puerta y a la que tu padre se sumó al ver que el escándalo a tan altas horas de la noche continuaba. Tu papá  preguntó qué te estaba pasando y tu madre se sumó, preocupada desde días atrás por lo poco que estabas comiendo (aunque dijeras que comías fuera), por lo fatigada y débil que se te veía y sobre todo por lo flaca  que se te notaba por encima de la ropa que venís usando últimamente. Los gritos y el llanto de angustia y dolor le aseguraron al fin a tus padres que algo te está sucediendo.
         Tu situación no mejoraba, a pesar de los intentos de tus padres al otro lado de la puerta. Los vómitos se cortaron de repente, tu llanto ya no se oía y un golpe seco precedió al mortífero silencio. Tu padre, cegado por el pánico, arrancó la puerta de un golpe. Estás desplomada, cadavérica, semidesnuda.
Llega la emergencia. Es tarde: tu joven alma ya había partido.





Recuerdos de un colega


         Tú lo dijiste hace tiempo, siempre supiste que esas atrocidades podrían haberse evitado. La verdad nunca te creí, por eso es que no me imaginaba reales las pruebas que decías haber encontrado.
         Me desconcertó la invitación que me enviaste, supuse que la sala de conferencias era para dar las explicaciones del hallazgo que habías hecho. Cuando te crucé en el pasillo de los laboratorios, busqué sacarte algún adelanto sobre lo que sucedería en la noche. La respuesta que diste, no solo significó continuar con la intriga, sino que aumentó el suspenso.
         Recuerdo claramente aquella reunión en el bar hace unos meses, donde por vez primera te escuché comentar tus sospechas. Sorprendiste a todos, no sé si por las posibilidades de que algo por el estilo pueda suceder o por lo descabellado de la conspiración que armaste. Sabés bien el respeto que te tenemos todos, no solo por tu prestigio como científico, sino más bien por tu actitud personal en situaciones sociales como aquella; igualmente ninguno apoyó tu teoría conspirativa y hasta soltamos alguna risa empujada por el alcohol.
         También debés saber que nadie en su sano juicio o sin la capacidad de ver las cosas como vos, aceptaría algo así sin prueba alguna. Y me acuerdo que en algún punto toda esa situación te terminó molestando.
         Estabas en la televisión haciendo el anuncio y la invitación a los medios de prensa. El final que le diste a la conferencia, ya era de mi conocimiento pero al igual que los demás no tenía idea de qué te traías entre manos.
         Te confieso  que me puse mis mejores prendas para la ocasión. Mientras el taxista recibía la dirección del instituto, tus palabras saliendo del televisor me daban vueltas en la cabeza: “los peores crímenes perpetrados por la humanidad contra la humanidad misma, hoy tienen una explicación científica”. Busqué mirar desde la perspectiva  que vos ves las cosas y no logré hacerlo. Ese es otro enigma que has plantado en todos.
         El taxi llegó a su destino; al bajar me sentí bien sabiendo que ese era tu momento. Gracias al trato que siempre tuviste para conmigo, ingresé sintiéndome parte especial del auditorio que estaría presente en el punto más alto de tu carrera y en el que cualquier colega soñaría. La sala de conferencias se encontraba totalmente colmada, hasta las gradas se encontraban repletas de personas, la prensa se ubicaba al asecho y todo eso era por vos.
Tomé asiento en el lugar  que mandaste especificado en la invitación. Te busqué por todos lados, no se te veía por ninguna parte. Podía ver en las personas la expectativa que vos alimentabas en su interior. En el momento en que la gente comenzaba a impacientarse, un silencio ensordecedor llenó la sala y te dio paso: venías con la mesa rodante y cubierta por una sábana blanca  que hacía juego con tu reluciente túnica. Cuando descubriste el contenido sobre la superficie metálica un suspiro generalizado salió de la masa de personas. La mesa dispuesta detrás de ti, con la cadena genética del humano de un lado y lo que parecía ser otra cadena del otro, le daban un aspecto escenográfico a la imagen. Tras una seña tuya, la iluminación disminuyó pero fuiste más visible que el resto. La pantalla blanca del proyector se encendió y te juro que en ese instante se podría haber escuchado un alfiler cayendo al suelo.
         La presentación había comenzado. Pude notar el nerviosismo que tenías por el montaje de todo aquel espectáculo, pero también pude ver la tranquilidad en tu cara por los resultados que aquella situación arrojaría. La única voz que se oía era la tuya, que amplificada por los parlantes te daba un toque omnipotente para el inicio: “Como les anticipé, los crímenes más espantosos del hombre tienen una explicación científica; echarle la culpa a la naturaleza humana puede que tenga algo de razón, pero la verdad es otra”. Desde el comienzo, la gente se encontraba atrapada con toda su atención sobre tu persona.
         Cuando empezaste con los personajes históricos, admito que pusiste a funcionar mi cerebro que ataba cabos a medida que me suministrabas los datos. Recuerdo que iniciaste nombrando a Julio César, quien naciera en el año 100 A.C. y se convertiría en el rey de Roma; también nombraste a Genghis Khan, nacido en el año 1167 D.C., fundador del Imperio Mongol y conquistador luego de la misma China; luego seguiste con Hernán Cortés, conquistador de México, el Imperio maya y azteca alrededor del año 1520 D.C. y terminaste con la figura de Napoleón Bonaparte, estratega y militar francés nacido en 1769, sus hazañas más que recordadas no precisan aclaración alguna. Entonces preguntaste qué unía a estas figuras históricas, y sin esperar respuesta alguna, continuaste; primero dijiste las cosas que estos personajes no tenían en común, tal como el tiempo en que vivieron y el lugar donde nacieron; después fuiste a las coincidencias y ahí supe que venía la cuestión del asunto: “Estas personas tienen características de vida muy parecidas, determinantes de los puestos que cada uno ocupa en la historia. Con una capacidad sorprendente de liderazgo, una mente sumamente ágil para la estrategia y una infancia y adolescencia no muy fáciles,  lograron distintas hazañas siempre por la vía de lo bélico, la expansión y posterior conquista. Pude ver en tus ojos lo compenetrado que estabas con la presentación, la veracidad con que sentías  el asunto te daba la fuerza  que demostrabas al hablar. Se podía ver que tu gente, ya que a esa altura era tu gente, se rompían la cabeza queriendo unir los datos sin poder encontrar el hilo del tema. “En las similitudes y otros factores externos, descansa el secreto”, proseguiste, dando una pausa a los escuchas para que extremaran su atención. Con voz tranquila hablabas de una investigación basada en esas hipótesis creadas sobre los datos, iniciando un experimento con tres personas con las mismas características y la posibilidad de tomar algún tipo de poder. Seguiste con los diferentes tipos de poderes donde se habían montado las investigaciones: uno era en el ámbito financiero de una prestigiosa empresa, otro en el círculo sindical de una ciudad relativamente importante de la industria y por último dijiste que se trataba del entorno militar.
         En la pantalla encendida, proyectaste una imagen partida en tres con una cadena de genes en cada una de las divisiones. Hablaste del parecido que tenían las formaciones, debido al perfil de cada uno de los pacientes y que sus cadenas también eran muy similares. En la composición dijiste que se pueden observar las características personales que se necesitaban para el experimento. Luego de comprobadas las similitudes, comentaste que las muestras revelaban coincidencias con las cadenas genéticas de los personajes históricos. Las diferencias que presentaban las antiguas eran sin lugar a dudas lo que estabas buscando y adonde querías llegar. Pasando unas imágenes breves sobre el factor que se diferencia entre el ADN de Napoleón Bonaparte con el ADN del  militar investigado, seguiste el discurso con mayor ímpetu. Las alteraciones que presentaba la muestra de Napoleón al igual que las del resto de los históricos les había dado la pauta de que ahí debía estar el porqué de las atrocidades cometidas. Los datos sobre las crisis implantadas para darles la posibilidad de tomar el poder en el círculo de los miembros del experimento, dices que arrojaron resultados sorprendentes y las imágenes lo comprobaron. La proyección que hiciste esta vez, estaba dividida en seis, tres en la parte superior y las otras en la parte interior. En los cuadros de la parte de arriba, se podía observar el ADN de los experimentados, pero en los recuadros inferiores se podían ver las mismas cadenas con las modificaciones que nos mostraste en las estructuras de doble hélice de Napoleón. 
         Una vez encaminada tu teoría, llegó el momento de exponer la parte conspirativa del asunto: la situación resultante de la investigación. Contaste que terminó en el descubrimiento de algo más importante aún. Las siguientes muestras de ADN que presentaste, descolocó a todos los presentes, ya que no eran ni parecidas entre sí ni con las ya expuestas. Tu voz, un poco más gruesa, sonaba áspera cuando decías que pertenecían a personas como el dictador ruso Joseph Stalin, Benito Mussolini opresor italiano, Francisco Franco  represor español y hasta del mismo Adolf  Hitler. Admito que con esos nombres aquellos que pudieron agarrar el hilo del tema, terminaron totalmente  desnorteados. 
         El ADN de cada uno de estos últimos investigados, en la temprana edad  no presentaban ninguna característica para sufrir las alteraciones como en los casos anteriores. Haciendo las indagaciones adecuadas, encontraste que a los dictadores se les había provocado químicamente la transformación de la cadena genética, preguntaste en voz alta cómo sería posible algo así y vos mismo respondiste que en los casos estudiados, descubrieron que el cambio se generaba mediante la actuación de una hormona llamada Hormona de Poder que ante una crisis y una posibilidad de empoderamiento, ocasionaba las modificaciones que llevaban a la inconciencia al momento de tomar decisiones y no medir el tamaño de las consecuencias.
         La siguiente secuencia en la pantalla mostraba el ADN modificado de los últimos personajes de la historia. Descubierto esto, dices que obtuvieron el permiso para la exhumación de algunos de los cuerpos. Además de rastros genéticos para actualizar, se toparon con vestigios de una sustancia que todavía se encontraba en los organismos esqueléticos. Después que conseguiste reproducir el compuesto químico, descubriste que en los animales provocaba síntomas de aniquilación hasta de la propia especie, entre otros comportamientos alterados. El hallazgo final fue aún más perturbador que el descubrimiento en la naturaleza genética de los personajes de la historia antigua.Gracias a ti pude saber, que lo soportado en manos de mentes perversas a mediados del siglo XX, fue otra de las creaciones destructivas de la ciencia. Todo hace pensar en esto como en una locura descabellada pero nadie puede desmentir las pruebas que presentaste.
         Por ello, no me dejas más posibilidad que llamar al camarero para pedir otra copa y brindar a tu salud. 




Marcos no trabaja en una oficina ni va a la Facultad; su jornada es dura. Pero su entusiasmo por seguir creciendo literariamente supera cualquier dificultad y llega al Taller con una impresionante satisfacción porque pudo escribir otro texto, mejor al de la semana pasada. Y así mes a mes.
Después de la publicación del libro, la Directora de la escuela de sus hijas lo invitó a compartir su obra con el alumnado. ¡Qué compromiso! Para él y para todos fue una experiencia igualita a la que tantos hemos podido vivir con un cuento de hadas: por un instante es posible ser feliz; una felicidad que después nos permitió afrontar problemas reales. Sin embargo, Marcos la experimentó en doble medida, porque esta vez fue el dueño real de la varita mágica.
¡Qué privilegio el nuestro, Marcos, 
haberte conocido y estar juntos!






martes, 22 de enero de 2013

..."Oyendo una voz que canta / y que tal vez es la mía..."

Francisco CASTILLO


Las personas comunes no somos conscientes del entramado de situaciones e historias que cotidianamente vivimos y compartimos, más allá incluso de los entornos en los que existimos, incluyendo las historias de familia. ¿Por qué entonces no compartirlas?
         Si como dice Alfredo, todo “...crece desde el pie..." y somos los que hacemos posible que la vida transcurra; si somos al fin y al cabo los intérpretes de nuestras peripecias; quiénes mejores  que nosotros mismos para compartirlas.


Francisco Castillo




La Ratonera







         Era una mujer demasiado ingenua aún, como para estar preparada para todo esto, y debería haberlo estado, considerando los tiempos que corrían, y sobretodo teniendo en cuenta en lo que se había metido poco después de la muerte de su marido, quien nunca habría admitido que se hubiera comprometido de lleno en actividades clandestinas (aunque él sí lo hacia desde tiempo atrás), menos aún con dos niños tan chicos.

         Ahora era libre de tomar decisiones, aunque no dejaba de sentir cierta culpabilidad, como si la muerte de su esposo hubiera sido necesaria para ganar su derecho a elegir libremente; sentía como si fuera culpable de alguna forma de traición hacia él, porque en el fondo, no dejaba de ser cierto que desde su muerte, experimentaba cierta libertad que antes nunca había percibido. Era un sentimiento injustificado, entre  otras cosas porque su relación matrimonial estaba en franco deterioro por causas que no tenían nada que ver con cuestiones políticas, pero siempre que el impacto de la muerte hace blanco en forma inesperada, deja ese tipo de sentimientos. No había sido nada fácil: al poco rato de salir a trabajar, le estaban avisando que había muerto en un accidente automovilístico; viajaba en el coche de un compañero que lo había recogido ocasionalmente cuando estaba en la parada del ómnibus.

         Tampoco era una verdad absoluta eso de tomar decisiones, porque en verdad, en esos tiempos muchas veces no se tomaban sino que ellas nos tomaban por asalto; bastaba con tener cierta consciencia de la necesidad y cuando se quería acordar, ya uno estaba enredado.

         Los golpes del oficial en la puerta la sacaron de sus pensamientos. Fueron duros y precisos, buscando el efecto de anticipar el terror. Ella observó por la mirilla de la puerta y solo atinó a correr hasta el ropero, meter el carné en el pañal de Sandra, y con ella en brazos, abrir la puerta, tratando de contener su agitación y el miedo que se le escapaba por los ojos. Mientras giraba la llave y quitaba el seguro, trataba de parecer natural preguntando qué pasaba. Abrió la puerta y a pesar de que era corajuda no pudo evitar un escalofrío desde la nuca hasta los talones. El que estaba al mando la empujó casi junto con la puerta, metiéndose casa adentro por el ancho pasillo del apartamento, pistola en mano; a Teresa se le escapaban los ojos de las órbitas; trató de no demostrar el terror, intentó tomar la delantera al sargento que estaba al mando del operativo, exigiendo respeto a su casa y consideración a sus hijos de 7 y 1 año, (todavía creía ingenuamente que eso les iba a importar a quienes estaban ya acostumbrados a irrumpir en hogares a cualquier hora y con cualquier costo, en nombre de una “pretendida y gloriosa defensa de la patria”). La empujaron, la obligaron a quedarse en un rincón apretada contra sus dos hijos, temblando; a la vez que protestaba tratando de aparentar no entender nada de los que estaba pasando  (era extraño, temblaba, pero sentía más impotencia y rabia que miedo...)

         Eran como las 9 de la noche del viernes. Le extrañó descubrirse pensando en que por lo menos no tenía la preocupación de faltar a trabajar al otro día por ser sábado, y a lo mejor, ¿quién sabe? -como decían los “compañeros”, las contradicciones del capitalismo a veces  tienen resultados inesperados-, todo terminaba como si fuera una mala pesadilla, con una resaca horrible y nada más. ¡Cosa de locos, pensar en faltar a trabajar, en medio de aquella situación que sabía muy bien que podía terminar en una tragedia!; pero bueno, así somos, se dijo para sí misma.
         Rápidamente revisaron todo: el apartamento era chiquito y no les fue difícil dar vuelta 3 camas, un par de roperos y algunos trastos que hacían de muebles y decorado del humilde apartamento de la calle 4 de Julio. No encontraron nada, (lo último lo había entregado hacía dos días).
         Teresa creyó que la iban a llevar y también a sus hijos. Ya eran cerca de las 10 de la noche. El grupo de asalto estaba compuesto por el sargento y 5 soldados. Uno de ellos parecía o quería parecer como segundo y a cada instante se dirigía al sargento nombrándolo por su rango y reportando estúpidos informes tales como “¡Nada en este dormitorio, mi sargento!, ¡nada en la cocina, mi sargento!”; este, a la vez, parecía estar hastiado de lo que hacía, no por humanismo (que dudosamente podría tener), sino porque probablemente estaba convencido de estar llamado a cosas más importantes que montar una “ratonera” en la casa de un dudoso contacto de cuarta, de algún grupo de militantes sediciosos integrantes de alguna de las “direcciones” del partido que por esos días eran noticias cotidianas, acompañadas de las publicaciones de sus fotografías y demás datos verdaderos o falsos, pero siempre necesarios para las acusaciones que fundadas o no, ordenaba publicar la oficina del ESMACO.
         Casi sin explicaciones, se apostaron en el apartamento, a la espera de que “cayera” el o los posibles “subversivos” que esperaban llegaran al lugar en busca de contactos y quién sabe qué más, porque “con los sediciosos nunca se sabe, y por lo que les han enseñado son capaces de cualquier cosa, hasta aquellos que como esta mujer, con dos hijos pequeños, quién sabe de qué cosa es capaz”.
         La noche fue tensa. A oscuras los soldados esperaban que en cualquier momento apareciera ese alguien y trataban de vencer el sueño fumando o apenas intercambiando algún comentario en voz muy baja, levantándola solamente para hacer saber a sus prisioneros que estaban ahí, y eran ellos quienes mandaban.
         A Teresa le permitieron acostarse en la cama con Sandra, que estaba inquieta y lloraba, a Mario lo obligaron a dormir solo en su cama y aunque estaba muerto de miedo, al poco rato se durmió. El sargento pensaba que tal vez la niña lloraba por hambre o por cualquier otra cosa de niños; como fuera, era conveniente que dejara de hacerlo, por lo que le dijo a su madre que la calmara; ella sabía bien que más allá de la tensión que dudosamente pudiera captar un bebé, la molestia era muy otra, por lo que se apresuró a acostarse vestida y, en el mayor silencio posible, procurar extraer del pañal de Sandra el carné del Partido; lenta y parsimoniosamente comenzó a comérselo, pedacito a pedacito, tratando de no hacer ruido y no llamar la atención; el cartón duro le resultó interminable, le secaba la garganta y le exigía extraer más saliva de sus glándulas; al fin lo pudo terminar y hasta se dio el lujo de dormir un rato con la levedad que da el miedo y la tirante angustia , pensando o tal vez soñando que las “medidas se seguridad” funcionarían, que los códigos de señales serían respetados, y que finalmente, si alguien llegaba esa noche a la casa, observaría que en la puerta de calle  no estaba “la marca”, y por lo tanto siguiera de largo.
         La mañana llegó sin novedad. Teresa se apresuró a cambiar los pañales de Sandrita luego de haberlo pedido insistentemente; el sargento esperó la llegada del relevo, pero en cambio apareció un oficial, se presentó y después de escuchar el reporte vomitó unas órdenes y se fue tan rápido como había venido.
         Teresa pudo entrever que “levantaban la ratonera”, aunque no pudo entender por qué, pero sabía que estas cosas a veces ocurrían y que solo significaba que a lo sumo, esta vez se había salvado pero estarían “marcadas” tanto ella como la casa y ahora había que ingeniárselas para pasar a la etapa del “congelado”, por lo menos por un tiempo; un tiempo más complicado tal vez que la violencia plena, más doloroso que la agresión directa, un tiempo de incertidumbre donde lo que más pesaba era “el no saber lo que viene, lo que va a pasar”, y sobran los cuestionamientos sobre lo que se hizo mal o bien o dónde y por qué; y hasta lo peor: no saber cómo continuar la vida sin dar un paso en falso y a la vez no abandonar los sueños, ni aquello que los hiciera posibles.








Coincidencia




         No sé si a todo el mundo le pasará igual, pero a mí me han ocurrido varias coincidencias, de esas que te hacen dudar tanto por lo extrañas como por lo frecuentes sobre si en verdad me pasaban por ser un desgraciado consuetudinario o si por el contrario, me las encuentro por buscármelas y después me ando quejando.
         La aventura comenzó un domingo de verano, algo así como a mediados de febrero. Salía de visitar al último de mis clientes de ese día; -siempre lo mismo, por más que intentaba, jamás terminaba antes de las dos de la tarde como mínimo-, pero bueno, era el último y significaba que entregaba los pedidos en “un vuelo” y rajaba para la playa a encontrarme con los amigotes y ver “cuerpitos con poca ropa” aunque más no fuera. Salí tarareando algo rumbo a la Yamaha, (algo así como por fin libre); en ese “preciso momento”, casi mágico, se cruza conmigo, me mira y dice “Eh”? Yo la había visto venir, estaba muy linda la chiquita, pero juro que no intenté decirle nada -no por falta de ganas, sino porque eso no iba conmigo-. Por suerte no me faltó velocidad para darme cuenta de que pensó que le había hablado a ella, confundiendo mi tarareo con un piropo o algo así; ni lerdo, la encaré y no sé muy bien cómo, pero la invité a pasear y aceptó casi de inmediato; fue bastante raro: yo no era lo que se dice precisamente un ganador aunque me revolvía, pero esto era un regalo del cielo.
         Contrariando la costumbre de ir a la playa del Cerro, arranqué rumbo a las del este; la ocasión lo ameritaba y además “me curaba en salud”, nunca se sabe, no fuera a ser que me encontrara con alguien “inconveniente”. Pasando Malvín se me ocurrió parar en una playita pequeña, (creo que era Playa Verde); me pareció indicada para la ocasión y nos bajamos. No sé si ya le había preguntado el nombre,  se llamaba Gabriela y tenia un lunar sobre el labio superior que le quedaba muy bien; aunque era bajita también era linda y graciosa. Al poco rato “estábamos apretando” hasta lo que es posible en una playa, a las 4 de la tarde de un domingo de verano: Los mimos fueron suficientes para darme cuenta que aquello no debía a terminar allí, pero no me dio el cuero y la dejé ir a no sé qué cosa que tenía que hacer.
         Quedamos en que de noche nos íbamos a bailar al Colón, que no era un baile de  mi estilo, pero la verdad que lo que estaba en mi cabeza era levantar a “la petisa” y para eso me daba igual cualquier música y lugar. La dejé cerca de donde la había conocido y me fui loco de contento a prepararme para la contienda nocturna.
         A todo esto, no he dicho aún que con la “Negra” las cosas no estaban ni regular, debido a “la existencia de sus problemas y a la ausencia de mis soluciones”, pero todavía nos sentíamos comprometidos. Como si fuera poco se había ido de la casa de sus viejos a vivir con una compañera de la fábrica y su familia, compuesta por su pequeña hija y un marido borrachín y peleador que me había tomado cariño, supongo que porque los dos éramos izquierdosos y además, a mí también me gustaba el trago y la parranda.
         ¡¡A esa altura todavía no había caído en la cuenta de que el almacén en que había conocido a Gabriela, el lugar en el que la había dejado, el boliche de la esquina que solía frecuentar, y la casa circunstancial de la “Negra”, estaban todos muy cercanos entre sí…!!
         Nos encontramos en la puerta del Colón, porque ella había ido con su hermana y las motos todavía eran para dos. De entrada me percaté de que no le había caído bien a su hermana; me dio la impresión de que por alguna razón yo sobraba en sus planes; entramos y al principio todo fue bien, pero al rato ya no me quedaba mucho más con qué divertirla, mi baile no era muy brillante y con desesperación notaba que se me iba alejando, tironeada por la hermana que andaba con ganas de aprovechar la escapada de su marido para conseguir un viaje y era obvio que a la petisa la tenía incluida en la oferta que manejaba. En fin, la luché pero no mejoró mucho la cosa: de sacarla del baile, ni hablar y cuando terminó, la hermana se le prendió como garrapata ¡¡ Cagaste, negrito!! pa’ casa y con ese sabor amargo que te deja el cigarro, la cerveza y el rechazo. Al final, y pagando yo, las arrimé en un taxi y con pocas ganas, quedamos en que la pasaba a visitar cuando estuviera libre porque trabajaba con cama. Cuando llegamos a la dirección indicada, ¡¡no lo podía creer!!: en la misma calle y a una casa de por medio donde estaba viviendo mi novia, como antes dije. Yo siempre fui salado para las coincidencias, pero esto si que era andar cagado: le dejé mi teléfono (casi por compromiso), que aceptó sin mucho entusiasmo, y me fui a dormir.
         El lunes ya estaba de vuelta en la oficina temprano, y por la tarde arrancaría otra vez con el corretaje, con el que complementaba un salario decoroso como para pagar las disipaciones de mi vida y las cuotas de la moto. Pasó la semana y ni noticias. Fui perdiendo interés, a la vez que fui recomponiendo con mi novia de todas las horas y por lo tanto visitándola por las noches.
         Así llegamos hasta el domingo fatídico en que me invitaron a almorzar en casa del Toto con su familia y mi novia. Llegué como a la dos de la tarde. Como siempre terminé en el último almacén, ¡el del gringo de la esquina!, o sea que recorrí una media cuadra y ya estuve en la casa; por más que busqué dónde, no la pude esconder, y no tuve más remedio que dejar la moto a la vista del que pasara porque la casa quedaba en un bajo y por la escalera no había forma de bajarla. Estuve todo el rato con la cola entre las patas y la comida me quedo en el gañote sin solución de continuidad y para colmo la sobremesa fue en el jardín de la casa, sentaditos en la escalera cercana a la moto estacionada, regalado como perejil de feria; sentía que estaba sentado arriba de un clavo, ¡¡y ahí nomás ocurrió la cosa!! Salieron de su casa la petisa y su hermanita mayor y casi lo primero que hicieron fue mirar para nuestro lado –lo sé muy bien porque yo no dejé de vigilar en ningún momento- y con sorpresa me reconocieron y desde lejos me saludaron con demasiada confianza y algo de extrañeza, viéndome en compañía de quien estaba, -estoy seguro de que aprovecharon con malicia- para dejarme en evidencia. ¡¡Entonces se armó el gorro!! Y de ahí al interrogatorio de quiénes eran, por que me saludaban tan alegres y otros etcéteras más los “apuntes” que sobre ambas hizo de inmediato la amiga de mi novia. Yo ya no supe qué más decir, apenas un balbuceo, pero el lío ya estaba en trámite, por pura coincidencia  nomás…





Justicia Divina




         ¡Laaa  puuuta  madre que lo parió!, gritó Carrara, comprobando con su olfato lo que en realidad ya sabía, pero no quería aceptar: lo que tenía en los dedos era mierda, sin ninguna duda; tan mierda como cualquier otra, tan asquerosa y jodida como cualquier mierda. Pero eso, no era lo peor, lo peor era que estaba desparramada como si fuera pintura, por encima del teclado de la antigua caja registradora; sí, esas mismas teclas que cuando eran oprimidas para dar el vuelto, producían el dulce sonido “cling, cling, cling”.

         Y siguió sintiendo olor a mierda aun después de lavarse las manos varias veces y tirar la caja registradora lo mas lejos que pudo en el patio del fondo de la carnicería. Y siguió puteando; furioso y desconcertado, (casi tan desconcertado como habíamos quedamos nosotros la noche anterior, cuando oímos el “cling cling cling”). Y así lo encontró su mujer cuando entró al negocio, una media hora más tarde (ella siempre llegaba, con el mate preparado y los bizcochos, un poco más tarde): limpiando salpicaduras de mierda y puteando sin poder creer lo que pasaba y mucho menos entender cómo había sido posible que alguien hubiera hecho eso, “la puta madre que los parió, hijos de puta, a mí hacerme esto, tiene que haber sido algún hijueputa muerto de hambre”, y su mujer que no entiende, y le dice “Negro, ¿qué pasó?, ¿dónde está la registradora?, ¿nos robaron?, y él  “que no, que estos hijueputas no nos robaron, nos cagaron que no es lo mismo” y sigue puteando y su mujer que entra y sale y mira hacia ambos lados de la calle y no entiende nada y vuelve a preguntar por la caja, y mientras su marido, colorado de rabia, repite  “Que no, que nos cagaron te dije, nos cagaron la caja registradora” y ella que lo mira y le dice “¿Y cómo cagaron la caja?, ¿y qué tenés en el hombro”?, (y con una mezcla de asco y estupidez), le dice … “Es mierda, pero ¿también te cagaron encima?” y el tipo más caliente todavía que se saca la blusa blanca de carnicero y la tira lejos y sigue puteando sin ton ni son y justo que llega una clienta, (“Y para peor esta vieja, que es terrible chusma”), y al ratito nomás ya se asoman otros vecinos curiosos y preguntones y esa bronca sorda que el tipo siente y de tan caliente que está no puede ni quiere explicar. Explicar qué, si ni siquiera él mismo entiende nada, y sigue limpiando y “Estos pedazos de revista rusa de colores brillantes ahora teñidos de color mierda”, y la bronca y la puteada y su mujer que lo consuela y le dice que no es nada, que qué mala suerte, que yo te ayudo; y los vecinos y los mirones y los rompehuevos, que preguntan, y esa puta revista comunista, y seguro que fueron ellos, y un gurí inocente y bobalicón que entra y pide un kilo de pulpa, y a punto está de decirle que “Un kilo de mierda te voy a dar” y que se atraganta con las ganas y le dice “No, nene, todavía no abrimos”.


         Muchos días debieron pasar para que se tranquilizara la cosa. Para peor, era martes y hubo que aguantar toda la semana; recién el sábado, cerca de la hora de cerrar, se dignó dirigir su mirada a la caja registradora. Todavía estaba tirada en el mismo lugar al que había ido a dar cuando la lanzó, como si fuera una pelota y estuviera “sacando un outboll”, la movió con el pie izquierdo, todavía con asco, con rabia, pero era más grande aún su incredulidad cuando se puso a pensar en cómo mierda había sido que le cagaron las teclas de la caja registradora y de paso también la cortina de tirillas de plástico rojo y amarillo de la puerta de entrada y la propia cortina de hierro de enrollar que rigurosamente tenían todas las carnicerías de aquella época.
         Nosotros festejamos; pero en realidad fue un festejo sordo, una especie de victoria silenciosa: la verdad que no nos dio “el cuero” para sacar a luz el asunto, no fuera que el “negro Carrara” se enterara y nos devolviera el regalo a palos. Pero como fuera, habíamos hecho justicia, nos habían jodido y habíamos hecho justicia, (o eso pensábamos por lo menos con nuestras pequeñas cabecitas); apenas si nos animamos a contarle “al William” y “al Gaby” que habíamos vengado la terrible afrenta del carnicero jodedor que nos había vendido el asado lleno de queresa, aprovechándose de que éramos debutantes en cuestión de carnes y asados (para peor con el sacrificio que habíamos hecho para juntar la plata mediante la consabida colecta entre los integrantes de la barra). Seguramente mientras viva, cada vez que se acuerde se seguirá preguntando por qué le habrán hecho eso,  pero sobre todo, cómo habrá sido eso posible. Seguramente nunca pudo, ni podrá jamás develar el misterio.
         El obligado secreto seguramente impidió que sirviera de lección; para él solo fue un ataque anónimo, cobarde e injusto, porque nunca jamás podrá adivinar cuál fue la causa determinante para que su carnicería fuera objeto de un atentado de tal característica.
         Para nosotros; en cambio… fue “justicia divina”. Cierro los ojos y todavía me acuerdo: el Carlitos revoleando las hojas donde habíamos depositado nuestros proyectiles fecales, aquellas hojas bien duras -muy apropiadas para la ocasión- de aquella revista rusa a todo color y que en ese tiempo ya estaba prohibida-  y a los pocos segundos el “cling cling cling” de la registradora que escuchamos incrédulos; claro, no habíamos contado con que la puerta no tenía vidrios, ni imaginamos que la cortina de tirillas de plástico se abriría por la fuerza del mierdazo ni que éste fuese a  impactar, nada más y nada menos, que sobre la caja registradora.







       Francisco participó en el Concurso de Relatos "Entrelíneas", convocado por U.T.E., para funcionarios y familiares, en el marco de la conmemoración de sus 100 años (al 2012). 
       Su relato, alusivo a la historia de la Empresa (como requerían las bases), obtuvo el Premio Motivación (equivalente a  Primera Mención). 
        ¡Salú, Francisquito!