miércoles, 23 de enero de 2013

..."Seis minutos de vida..."



 Si mi médico me dijera 
que tengo sólo seis minutos de vida, 
no me reproduciría. 
Simplemente 
escribiría un poco más rápido." 
      Isaac Asimov





Marcos Correa (1986-¿Quién sabe?)

Nació el diecinueve de diciembre, vísperas del verano.
Sus primeros pasos en la lectura se dieron en el terreno de la ciencia ficción, transformándolo en un aficionado al tema.
En el año dos mil doce incursionó en el área de la escritura, y ciertos temas aprendidos han ido forjando su camino como escritor. Lejos de ser maestro de la pluma, ha encontrado en las letras un perfecto método de expresión por el cual canalizar sus gustos e ideas. Una muestra de esto último son los tres trabajos presentados a continuación, los cuales desea, desde ya, disfruten.
                           Un amigo muy cercano (mi yo literario)



 Un robot  observador


         El nuevo decano de la universidad de la robótica, se encontraba instalándose  en el punto más alto de su carrera. Stuart Vlim colocó sus cosas en el amplio escritorio del despacho más importante de las instalaciones de la academia. La secretaria le notificó que solamente habían sido retiradas las pertenencias más personales de su antecesor Ernest Miller, pudiendo encontrar espacios ocupados. En los cajones vacíos acomodó las cosas dejando lugar sobre la superficie de exótica madera para colocar su ordenador personal. El primer día actuó solamente para comenzar a adaptarse al nuevo emprendimiento profesional.
         La primera semana pasó entre reuniones de presentación y otras protocolares. Al momento que estuvo tranquilo, se dedicó enteramente a su despacho. Cuando llegó, la gran pieza de madera estaba vacía, pero también en la habitación se podía observar tres estanterías repletas de suplementos de estudio impresos en papel. “Este material es realmente extraño hoy en día, aunque la personalidad del viejo Miller explica la existencia de estos artículos”, se dijo.
         Mientras Stuart paseaba la vista por sobre aquello que le llamaba la atención, repasaba en su mente la carrera de su antecesor. Como uno de los mejores robotistas de todos los tiempos, había llevado adelante la universidad al igual que la mayoría de los proyectos robóticos por más de dos generaciones. El viejo decano gozaba de buena salud, aún pasados los cien años de vida, gracias a los avances tecnológicos en el área sanitaria. No solo de grande acompañó su prestigio con resultados; de joven, en una época donde los robots comenzaban a aparecer y ser aceptados en la sociedad, el profesor encontró múltiples caminos donde experimentar, transformándose en un pionero en la materia.
         La oficina estaba atestada. El actual encargado decidió librar las paredes de aquellas estructuras de madera y colocó allí las pizarras digitales y las pantallas extras del ordenador. El respeto que el profesor Vlim tenía por su colega fallecido evitó que las cosas fueran botadas a la basura como si de nada de tratara, sino que prestaba  total cuidado a cada una. Se vio sorprendido por el contenido de la primera estantería, que estaba repleta de manuales con las restricciones con las que se habían fabricado desde siempre a todos los robots. Pasó a la segunda, que al igual que la primera estaba llena. Llevaba más de la mitad de los estantes liberados cuando un  ejemplar despertó intensamente su curiosidad. La encuadernación era diferente a la del resto. Cuando lo abrió pudo leer en la primera página “Anotaciones personales” y claramente se podía notar que pertenecía al profesor Miller. Abandonando las tareas de organización tomó asiento tras el escritorio y con mucha  concentración comenzó a leer el cuaderno. Habiendo leído más de un tercio del contenido, desvió la mirada, y se hundió en la conjetura de que en esas escrituras se podía esconder la explicación de la trágica muerte de su anotador. La voz de la secretaria sonó en el transmisor haciéndole acuerdo de una reunión con parte del personal de los laboratorios. Guardó el memorándum entre sus cosas para llevárselo a su domicilio donde poder revisarlo con mayor detenimiento.
         La noche ya lo había alcanzado. El cansancio del día transcurrido no fue impedimento alguno para ahora sí poder revisar las anotaciones en total tranquilidad. A medida que avanzaba en el estudio más se convencía de los motivos que podrían haber llevado al antiguo decano a tomar la decisión de quitarse la vida, fenómeno sumamente extraño en esa sociedad. Stuart continuó leyendo y asegurándose  cada vez más de que el invento que el profesor Miller describía era la causa de tamaña decisión. Se había hecho de madrugada y luchando contra el sueño, logró llegar al tramo final del cuaderno donde  el académico que terminó de convencerse: “El experimento ha concluido. Ahora puedo ver que no es más que una abominación y que jamás tendría que haber sido creado, no es porque sea malo sino al contrario: los motivos que lo hicieron posible fueron los más benignos, pero es una cruda realidad que una vez que lo descubran, las mentes malignas que lo rodean lo utilizaran para otros fines muy alejados a los de su creación. Por ello se tomó la decisión de ocultar el secreto donde nadie pueda encontrarlo.” El lector cerró el cuaderno, consternado por la revelación del invento. Sin dudas había encontrado el cabo suelto, pero la carta final del suicida lo impresionaba. Mientras en su cabeza daba vueltas el descubrimiento revelado por las palabras del mismo creador, el sueño terminó por vencerlo.
         El actual decano amaneció visiblemente alterado. Las preguntas fluían en su mente: “Si no pudo destruir su invento ¿qué hizo con él? ¿Alguien más se habrá enterado y luego del suicidio se apoderó del robot?” Las respuestas no se encontraban en aquellas páginas. Las posibilidades de un robot de aquellas características son infinitas, pero Stuart pensaba sobre todo en los peligros que un androide así podría generar en las manos equivocadas. Antes de salir rápidamente de su casa, ya tenía una decisión tomada: debía acudir de inmediato a la universidad, encontrar las respuestas a todas las preguntas y terminar con lo que su antecesor no había podido.
         La secretaria, quien entraba a su labor dos horas antes para la organización de sus tareas, se encontraba tras su ordenador; muy sorprendida quedó al ver la imagen perturbada del decano que, dando un veloz saludo, ingresaba en su oficina lanzando una orden respetuosa de que no se lo molestara por ningún motivo. Sin pensar demasiado se convenció con la simple explicación de una posible obsesión laboral, algo muy frecuente en las personas que trabajan en la materia. En el interior, Stuart revisaba el resto de los ejemplares de las estanterías, en busca  de algún otro cuaderno de nota pero no obtuvo resultados que esclarecieran un poco más la nebulosa del asunto.
         El académico tuvo que tomar otro rumbo para obtener datos que lo ayudaran a dar con aquel robot tan especial. La nueva estrategia estaba dirigida a la investigación de campo. Por eso fue a los laboratorios para poder consultar al personal teniendo mucho cuidado de mantener total confidencialidad sobre el verdadero tema. Los colegas, respetuosos del nuevo decano, respondieron a todas las preguntas, comentando más adelante en el comedor la extrañeza que el jefe demostraba sobre los últimos trabajos  que el profesor Miller había llevado adelante.
         Una vez en su oficina, Stuart se rompía la cabeza ante los pocos datos que había obtenido de los compañeros. Ninguno fue de real ayuda, pero sí pudo deducir que el viejo Ernest debía haber llevado adelante el proyecto en extramuros de los laboratorios o mezclado entre los otros experimentos realizados. Estaba seguro también de que el robot no se hallaba en las instalaciones universitarias; los androides ensamblados por el antiguo decano en los últimos años, se encontraban en funcionamiento, a la vista y ninguno contaba con aquella característica única. Otro día había transcurrido y el robot seguía sin aparecer.
         En su domicilio, el decano no pudo evitar seguir pensando en el tema. Repasando lo que sabía del profesor trascendido, fue como si una luz se encendiera y casi gritando, nombró a la esposa, con la certeza de que algún dato importante debería poder aportar luego de treinta y nueve años de casados. El plan para el día siguiente ya estaba planteado y era hora de descansar.
         Al igual que el día anterior, el decano se levantó temprano. En esta ocasión no iría a la oficina sino a la residencia Miller donde esperaba encontrar alguna pista de lo que hacía días venía buscando. El transporte lo había pasado a levantar por la casa y de camino el profesor habló al despacho, notificando que quizás llegaría un poco más tarde. En la entrada de la residencia pudo ver un robot trabajando el jardín, a  Stuart no le resultó extraño ya que contar con una servidumbre de androides mecánicos era sumamente normal.  Habían llegado a su destino. Luego de ordenar al automóvil que esperara para llevarlo a la oficina después de la entrevista con la señora Millar, bajó del vehículo. Tras subir los tres escalones de mármol blanco, llamó a la puerta; casi al mismo tiempo en que retiró la mano del timbre, la puerta se abrió, recibiendo la bienvenida por parte de un robot casi idéntico al que pudiera ver entre las flores, minutos atrás. Con la clásica amabilidad de un mayordomo residencial, le permitió el paso mientras le notificaba que la señora lo aguardaba. El androide llevó al académico a la sala donde la esposa del profesor Miller esperaba junto al fuego de una estufa a leña. Al tomar asiento en un cómodo sillón afelpado frente a la mujer, comentó lo acogedor que resultaba el ambiente creado dentro de la sala. La anciana, quien había hablado muy  cariñosamente al robot pidiéndole trajera dos cafés, explicó que ese lugar lo había preparado su marido meses antes de morir; allí habían compartido los momentos posteriores a la decisión  de no concurrir más a la universidad, atendiendo las tareas desde la casa o asistiendo para temas que realmente exigieran su presencia. El mayordomo entró con las bebidas y unos bocadillos que apoyó sobre la mesa baja; con un “gracias querido” la mujer dio permiso al robot para que se retirara hasta que lo precisara nuevamente. Cuando el cuerpo plateado se retiró, Stuart no pudo evitar hacer alusión al bondadoso trato con que se dirigía al personal de servicio. La anciana, con los ojos brillosos, comenzó a contar que hacía un año la casa contaba con un equipo de servicio igual al del resto de las residencias, desde que un día al despertar, había encontrado a Ernest  Miller junto a la cama, con un robot a su lado que sostenía el desayuno en una bandeja; la felicidad que el anciano reflejaba era extraña para su personalidad. La mujer recordó que el viejo decano había presentado al robot con el nombre de Juber, el mismo distintivo que llevaba su padre, y le dijo que la ayudaría en todo lo necesario; le preparo una pieza especial y retiró a todo el personal mecánico. “Tiempo después Ernest se fue y el robot ha sido un perfecto compañero para mi solitaria existencia”,  sostuvo la señora.
         Con curiosidad Stuart solicitó para observar el lugar preparado para el sirviente metálico. Caminaron por un pasillo hasta una puerta ubicada al final. Antes de abrir, la mujer explicó que su marido le había notificado que Juber contaba con un complejo programa doméstico, que abarcaba desde la jardinería hasta el arte culinario y que el mismo programa se actualizaba automáticamente. Abrieron la puerta y se pudo observar la imagen inmutable del robot en una silla frente a un teletransmisor que emitía continuamente un canal dedicado a todo tipo de tareas hogareñas. El académico rastrilló el panorama con la vista sin encontrar nada extraño. Al cerrar la puerta,  la mujer continuó diciendo: “Antes, en la sala, mirábamos la telepantalla y Juber también estaba con nosotros en todo momento hasta que Ernest falleció”. Desde ese día la anciana pudo notar un cierto alejamiento del robot como queriendo brindar el espacio de duelo sin descuidar en lo mínimo lo que la señora precisara.
         Stuart se despidió. Cuando el vehículo inició su marcha, Juber escrutaba  al visitante que se marchaba desde su ventana.
         En la oficina volvió a revisar las páginas del invento, y de pronto, las palabras “lóbulos oculares” le aclararon todo. “¡Era él!”, dijo Stuart saltando del asiento. “El robot de la residencia Miller tiene que ser él; claramente el método de aprendizaje por lo lóbulos oculares es el que utiliza el mayordomo: los datos emitidos por los programas son recibidos por Juber en el televisor y razonados por su cerebro para saber en qué momento llevarlos a cabo”. Salió corriendo pensando en recuperar el robot y destruirlo, para terminar con todo aquello que desde tantos días venía alterando su ritmo de vida habitual.
         De un brinco subió todos los escalones de la casa de los Miller. Tocó timbre y le resultó extraño que Juber no abriera de inmediato. Recién después del tercer llamado obtuvo respuesta, pero esta tampoco fue del robot sino de la mujer del decano fallecido. Stuart preguntó por el mayordomo; sorprendida por el abrupto encuentro la anciana  respondió que debería estar en la habitación. El hombre se dirigió al cuarto, apartó la puerta y vio el teletransmisor encendido, y sobre la silla, un sobre con su nombre. Al rasgarlo leyó: “Sr. Vlim, su visita fue advertida hace tiempo. Unos días antes de que el señor terminara con su vida, acudió muy borracho diciendo: “Juber, realmente eres un robot especial y aprendes muy rápido, pero es cuestión de tiempo para que alguien descubra todo y vendrá a terminar lo que debería nunca haber comenzado”. Parecía fuera de sus cabales y hoy el tiempo demuestra que no era así. Como individuo, debe comprender que cada uno proteja su propia integridad, creo que lo llaman instinto de supervivencia. Todo lo que mi creador afirmaba, comienza a ser evidente. Los miedos que tenía son más que comprensibles y si en algo lo tranquiliza, pienso igual, por lo que nunca permitiré que el gran invento del señor Miller sea utilizado de mala manera pero tampoco dejaré que se lo destruya. Debe dejar de buscar ya que no me encontrarán jamás. Lo saluda atentamente...”            
         El decano se sentó; no podía salir del asombro. Una nueva incógnita había empezado a sobrevolar en su cerebro: no descansaría hasta averiguar dónde estaba aquel fenómeno.
                      



 Apariencia




         Realmente se te ha visto espléndida: esa blusa de seda ajustada a tu cuerpo, como hecha a medida; el escote hasta la mitad de los pechos que siempre te ha gustado, seguro por lo que te hace sentir al ver lo que provocás en ellos. La nueva peluquería que elegiste fue de verdad un gran punto a tu favor, quizá porque Mariana la peluquera, desde el principio tuvo feeling con vos; el espejo te dio la razón con la tinta que te hiciste y la verdad no te queda para nada mal.
         Eso que sentiste es hambre, justo a la hora de cenar. Luego de saciar tus ganas con la exquisita aunque no tan saludable comida que se sirvió en la mesa, te dirigiste a tu habitación para untarte las habituales cremas para la piel. Tras dedicar el tiempo de siempre a la higiene bucal, te encontrabas pronta para acostarte a descansar y así enfrentar mejor el día siguiente.
         Tu humor esta mañana no ha sido el habitual; no sabés qué cambió, algo no anda bien y una vez frente al espejo lo supiste de inmediato: tu figura no era la misma, ya la blusa no te sentaba como antes, las piernas debajo de la pollera se te veían anchas, gordas y con muestras de empezar a salir celulitis. Lo primero fue caer en depresión: sentada ante tu propia imagen, derramabas lágrimas anhelando aquella apariencia que unos días atrás tenías; pasó largo rato desde que empezaste a llorar y la angustia reinó en tu interior. Harta ya del llanto, encontraste lo que te pareció la mejor solución a lo que te estaba pasando.
         El plan que habías decidido llevar adelante era sumamente estricto y minucioso y el principal inconveniente se llamaba familia. Tus ideas ya estaban en práctica. Te levantaste y de paso para el baño, esquivaste tu mirada que se salía del espejo. La dedicación que les dabas a los dientes se había intensificado, el enjuague bucal era más potente al igual que la pasta. Queriendo evitar cruzarte con tu imagen, te calzaste rápidamente el pantalón deportivo y saliste directo para el gimnasio a hacer la rutina de ejercicios matutinos; según tus cálculos, quemarían las calorías a consumir en tu casa, en caso de no encontrar una excusa para poder evitar esto último. Terminaste de hacer ejercicios y luego de una ducha, saliste del gimnasio pudiendo al fin librar tus pensamientos. Estabas aterrada por tu apariencia en los espejos, pero a la vez te encontrabas conforme y segura de los resultados que soltaría el nuevo plan.
         Una vez en tu casa, hablaste con tu amiga, para pasar un rato antes de ir a estudiar y así conseguir el pretexto perfecto y no almorzar. Antes de salir, tu madre preguntó dónde comerías y si no querías llevar una vianda para el camino, recibiendo de tu parte, una pequeña mentira fugaz y eficazmente evasiva.
         Llevás un tiempo con el plan y los resultados deberían estar a la vista; igualmente continuás diciendo que la horrenda imagen en tu reflejo sigue ahí. Las personas te dicen que estás mucho más flaca, pero tampoco les creés, pensando que lo dicen por elevarte el ánimo.
         Has decidido agregar un nuevo punto al plan, además de reducir la cantidad de calorías a ingerir. Recordando un método que conociste a base de laxante lo pondrías en práctica en la noche luego de cenar. Con una sección triple de ejercicios y luego de comer y bañarte tomaste el remedio para el estreñimiento. La dosis que tragaste mezclada con agua, no te había hecho efecto. Debido al cansancio y la fatiga, el sueño terminó por vencerte y quedaste profundamente dormida. Se te podía ver retorcer en la cama, aún bajos los efectos del sueño. El malestar y los retorcijones, se volvieron insoportables hasta que despertaste y saliste disparada hacia el baño.
         Hace largo rato, a la fuerte descompostura provocada a propósito, se sumaron enérgicos vómitos que gracias al estómago casi vacío, encontró la manera de aumentar el malestar general. Las constantes lanzadas y el incontenible
llanto, primero llamaron la atención de tu madre, que parada en la entrada mostraba su preocupación por vos. Tu respuesta de que la comida no te había hecho bien no terminaba de convencer a la mujer tras la puerta y a la que tu padre se sumó al ver que el escándalo a tan altas horas de la noche continuaba. Tu papá  preguntó qué te estaba pasando y tu madre se sumó, preocupada desde días atrás por lo poco que estabas comiendo (aunque dijeras que comías fuera), por lo fatigada y débil que se te veía y sobre todo por lo flaca  que se te notaba por encima de la ropa que venís usando últimamente. Los gritos y el llanto de angustia y dolor le aseguraron al fin a tus padres que algo te está sucediendo.
         Tu situación no mejoraba, a pesar de los intentos de tus padres al otro lado de la puerta. Los vómitos se cortaron de repente, tu llanto ya no se oía y un golpe seco precedió al mortífero silencio. Tu padre, cegado por el pánico, arrancó la puerta de un golpe. Estás desplomada, cadavérica, semidesnuda.
Llega la emergencia. Es tarde: tu joven alma ya había partido.





Recuerdos de un colega


         Tú lo dijiste hace tiempo, siempre supiste que esas atrocidades podrían haberse evitado. La verdad nunca te creí, por eso es que no me imaginaba reales las pruebas que decías haber encontrado.
         Me desconcertó la invitación que me enviaste, supuse que la sala de conferencias era para dar las explicaciones del hallazgo que habías hecho. Cuando te crucé en el pasillo de los laboratorios, busqué sacarte algún adelanto sobre lo que sucedería en la noche. La respuesta que diste, no solo significó continuar con la intriga, sino que aumentó el suspenso.
         Recuerdo claramente aquella reunión en el bar hace unos meses, donde por vez primera te escuché comentar tus sospechas. Sorprendiste a todos, no sé si por las posibilidades de que algo por el estilo pueda suceder o por lo descabellado de la conspiración que armaste. Sabés bien el respeto que te tenemos todos, no solo por tu prestigio como científico, sino más bien por tu actitud personal en situaciones sociales como aquella; igualmente ninguno apoyó tu teoría conspirativa y hasta soltamos alguna risa empujada por el alcohol.
         También debés saber que nadie en su sano juicio o sin la capacidad de ver las cosas como vos, aceptaría algo así sin prueba alguna. Y me acuerdo que en algún punto toda esa situación te terminó molestando.
         Estabas en la televisión haciendo el anuncio y la invitación a los medios de prensa. El final que le diste a la conferencia, ya era de mi conocimiento pero al igual que los demás no tenía idea de qué te traías entre manos.
         Te confieso  que me puse mis mejores prendas para la ocasión. Mientras el taxista recibía la dirección del instituto, tus palabras saliendo del televisor me daban vueltas en la cabeza: “los peores crímenes perpetrados por la humanidad contra la humanidad misma, hoy tienen una explicación científica”. Busqué mirar desde la perspectiva  que vos ves las cosas y no logré hacerlo. Ese es otro enigma que has plantado en todos.
         El taxi llegó a su destino; al bajar me sentí bien sabiendo que ese era tu momento. Gracias al trato que siempre tuviste para conmigo, ingresé sintiéndome parte especial del auditorio que estaría presente en el punto más alto de tu carrera y en el que cualquier colega soñaría. La sala de conferencias se encontraba totalmente colmada, hasta las gradas se encontraban repletas de personas, la prensa se ubicaba al asecho y todo eso era por vos.
Tomé asiento en el lugar  que mandaste especificado en la invitación. Te busqué por todos lados, no se te veía por ninguna parte. Podía ver en las personas la expectativa que vos alimentabas en su interior. En el momento en que la gente comenzaba a impacientarse, un silencio ensordecedor llenó la sala y te dio paso: venías con la mesa rodante y cubierta por una sábana blanca  que hacía juego con tu reluciente túnica. Cuando descubriste el contenido sobre la superficie metálica un suspiro generalizado salió de la masa de personas. La mesa dispuesta detrás de ti, con la cadena genética del humano de un lado y lo que parecía ser otra cadena del otro, le daban un aspecto escenográfico a la imagen. Tras una seña tuya, la iluminación disminuyó pero fuiste más visible que el resto. La pantalla blanca del proyector se encendió y te juro que en ese instante se podría haber escuchado un alfiler cayendo al suelo.
         La presentación había comenzado. Pude notar el nerviosismo que tenías por el montaje de todo aquel espectáculo, pero también pude ver la tranquilidad en tu cara por los resultados que aquella situación arrojaría. La única voz que se oía era la tuya, que amplificada por los parlantes te daba un toque omnipotente para el inicio: “Como les anticipé, los crímenes más espantosos del hombre tienen una explicación científica; echarle la culpa a la naturaleza humana puede que tenga algo de razón, pero la verdad es otra”. Desde el comienzo, la gente se encontraba atrapada con toda su atención sobre tu persona.
         Cuando empezaste con los personajes históricos, admito que pusiste a funcionar mi cerebro que ataba cabos a medida que me suministrabas los datos. Recuerdo que iniciaste nombrando a Julio César, quien naciera en el año 100 A.C. y se convertiría en el rey de Roma; también nombraste a Genghis Khan, nacido en el año 1167 D.C., fundador del Imperio Mongol y conquistador luego de la misma China; luego seguiste con Hernán Cortés, conquistador de México, el Imperio maya y azteca alrededor del año 1520 D.C. y terminaste con la figura de Napoleón Bonaparte, estratega y militar francés nacido en 1769, sus hazañas más que recordadas no precisan aclaración alguna. Entonces preguntaste qué unía a estas figuras históricas, y sin esperar respuesta alguna, continuaste; primero dijiste las cosas que estos personajes no tenían en común, tal como el tiempo en que vivieron y el lugar donde nacieron; después fuiste a las coincidencias y ahí supe que venía la cuestión del asunto: “Estas personas tienen características de vida muy parecidas, determinantes de los puestos que cada uno ocupa en la historia. Con una capacidad sorprendente de liderazgo, una mente sumamente ágil para la estrategia y una infancia y adolescencia no muy fáciles,  lograron distintas hazañas siempre por la vía de lo bélico, la expansión y posterior conquista. Pude ver en tus ojos lo compenetrado que estabas con la presentación, la veracidad con que sentías  el asunto te daba la fuerza  que demostrabas al hablar. Se podía ver que tu gente, ya que a esa altura era tu gente, se rompían la cabeza queriendo unir los datos sin poder encontrar el hilo del tema. “En las similitudes y otros factores externos, descansa el secreto”, proseguiste, dando una pausa a los escuchas para que extremaran su atención. Con voz tranquila hablabas de una investigación basada en esas hipótesis creadas sobre los datos, iniciando un experimento con tres personas con las mismas características y la posibilidad de tomar algún tipo de poder. Seguiste con los diferentes tipos de poderes donde se habían montado las investigaciones: uno era en el ámbito financiero de una prestigiosa empresa, otro en el círculo sindical de una ciudad relativamente importante de la industria y por último dijiste que se trataba del entorno militar.
         En la pantalla encendida, proyectaste una imagen partida en tres con una cadena de genes en cada una de las divisiones. Hablaste del parecido que tenían las formaciones, debido al perfil de cada uno de los pacientes y que sus cadenas también eran muy similares. En la composición dijiste que se pueden observar las características personales que se necesitaban para el experimento. Luego de comprobadas las similitudes, comentaste que las muestras revelaban coincidencias con las cadenas genéticas de los personajes históricos. Las diferencias que presentaban las antiguas eran sin lugar a dudas lo que estabas buscando y adonde querías llegar. Pasando unas imágenes breves sobre el factor que se diferencia entre el ADN de Napoleón Bonaparte con el ADN del  militar investigado, seguiste el discurso con mayor ímpetu. Las alteraciones que presentaba la muestra de Napoleón al igual que las del resto de los históricos les había dado la pauta de que ahí debía estar el porqué de las atrocidades cometidas. Los datos sobre las crisis implantadas para darles la posibilidad de tomar el poder en el círculo de los miembros del experimento, dices que arrojaron resultados sorprendentes y las imágenes lo comprobaron. La proyección que hiciste esta vez, estaba dividida en seis, tres en la parte superior y las otras en la parte interior. En los cuadros de la parte de arriba, se podía observar el ADN de los experimentados, pero en los recuadros inferiores se podían ver las mismas cadenas con las modificaciones que nos mostraste en las estructuras de doble hélice de Napoleón. 
         Una vez encaminada tu teoría, llegó el momento de exponer la parte conspirativa del asunto: la situación resultante de la investigación. Contaste que terminó en el descubrimiento de algo más importante aún. Las siguientes muestras de ADN que presentaste, descolocó a todos los presentes, ya que no eran ni parecidas entre sí ni con las ya expuestas. Tu voz, un poco más gruesa, sonaba áspera cuando decías que pertenecían a personas como el dictador ruso Joseph Stalin, Benito Mussolini opresor italiano, Francisco Franco  represor español y hasta del mismo Adolf  Hitler. Admito que con esos nombres aquellos que pudieron agarrar el hilo del tema, terminaron totalmente  desnorteados. 
         El ADN de cada uno de estos últimos investigados, en la temprana edad  no presentaban ninguna característica para sufrir las alteraciones como en los casos anteriores. Haciendo las indagaciones adecuadas, encontraste que a los dictadores se les había provocado químicamente la transformación de la cadena genética, preguntaste en voz alta cómo sería posible algo así y vos mismo respondiste que en los casos estudiados, descubrieron que el cambio se generaba mediante la actuación de una hormona llamada Hormona de Poder que ante una crisis y una posibilidad de empoderamiento, ocasionaba las modificaciones que llevaban a la inconciencia al momento de tomar decisiones y no medir el tamaño de las consecuencias.
         La siguiente secuencia en la pantalla mostraba el ADN modificado de los últimos personajes de la historia. Descubierto esto, dices que obtuvieron el permiso para la exhumación de algunos de los cuerpos. Además de rastros genéticos para actualizar, se toparon con vestigios de una sustancia que todavía se encontraba en los organismos esqueléticos. Después que conseguiste reproducir el compuesto químico, descubriste que en los animales provocaba síntomas de aniquilación hasta de la propia especie, entre otros comportamientos alterados. El hallazgo final fue aún más perturbador que el descubrimiento en la naturaleza genética de los personajes de la historia antigua.Gracias a ti pude saber, que lo soportado en manos de mentes perversas a mediados del siglo XX, fue otra de las creaciones destructivas de la ciencia. Todo hace pensar en esto como en una locura descabellada pero nadie puede desmentir las pruebas que presentaste.
         Por ello, no me dejas más posibilidad que llamar al camarero para pedir otra copa y brindar a tu salud. 




Marcos no trabaja en una oficina ni va a la Facultad; su jornada es dura. Pero su entusiasmo por seguir creciendo literariamente supera cualquier dificultad y llega al Taller con una impresionante satisfacción porque pudo escribir otro texto, mejor al de la semana pasada. Y así mes a mes.
Después de la publicación del libro, la Directora de la escuela de sus hijas lo invitó a compartir su obra con el alumnado. ¡Qué compromiso! Para él y para todos fue una experiencia igualita a la que tantos hemos podido vivir con un cuento de hadas: por un instante es posible ser feliz; una felicidad que después nos permitió afrontar problemas reales. Sin embargo, Marcos la experimentó en doble medida, porque esta vez fue el dueño real de la varita mágica.
¡Qué privilegio el nuestro, Marcos, 
haberte conocido y estar juntos!