domingo, 15 de noviembre de 2015

Juan Ocos, de regreso en su Ítaca.


















Para ser justo conmigo, no estaba pensando convenientemente ayer, cuando Ana me propuso presentarme yo mismo y le respondí de inmediato que sí, que no habría problema. Pues bien, ahora acabo de descubrir que sí, que lo hay. Presentarse a uno mismo resulta un problema bastante complejo si uno pretende hacerlo bien y adelante de buenos escritores anónimos desconocidos.
Pero no importa. Ya estoy en esto y supongo que podría empezar por dar unos datos. Puedo decir, por ejemplo, que mi nombre es Juan, que tengo aproximadamente 32 años y que voy a los talleres de Ana porque me gusta mucho escribir.
Escribo chotadas desde que era chiquito. El primer texto de pretensiones literarias del que tengo constancia lo escribí a los ocho. Escribo desde entonces, a menudo y en intervalos regulares, y por lo general me limito a aburrir a mis allegados con las cosas que escribo. De todas formas, y sin idealizar ni un poco este “hábito de escribir cosas con pretensión literaria”, la verdad es que dicho hábito me ha hecho siempre muchísimo bien.
Desde chiquito quiero ser escritor entonces. Durante mi niñez en las vacaciones tenía la costumbre de reclamar a mis padres que me compraran cuadernos. Me encantaban los cuadernos en blanco y lo siguen haciendo pero no viene al caso. En aquellas vacaciones usaba los cuadernos Ipusa vacíos para convertirlos en una especie de novela. Numeraba las páginas, ilustraba alguna escena, y escribía las historias. Por alguna razón las historias que escribía en esa época indefectiblemente y sin excepciones tenían que ser consecuentes con la tapa que tuviera el cuaderno. Por eso eran historias de animales africanos por lo general, a veces historias de motociclistas con casco que hacían acrobacias, o simples historias acerca de pelotas de tenis alternando con pelotas de básquet.
Pero no importa mucho; la cosa es que todavía no he cambiado: antes en los cuadernos Ipusa y ahora frente al monitor, el motivo es siempre una cierta íntima felicidad y una pérdida del registro del tiempo que experimento cuando estoy escribiendo.
Siento ahora que si soy consecuente entonces con este objetivo auto-impuesto de las presentaciones honestas, debería admitir que no maduré demasiado luego de más de dos décadas y en todo este tiempo solo sumé algunos vicios. Soy el mismísimo niño raro que odiaba la playa (nervioso, pedante, antipático, soñador y misántropo) solo que con este muy agraciado y genial bigotito que incorporé hace unos años.
Puedo contar también, ya que estoy, que llegué al taller de Ana luego de que problemas personales, crisis introspectivas, distracción multimedia y pereza hicieran que durante muchísimos meses no fuera yo capaz de escribir ni un solo textito.
Quería escribir pero no era capaz de hacerlo. Y descubría mi profunda tristeza por sentir que abandonaba yo definitivamente la literatura cuando me acordé de Ana. Una muy macanuda escritora amiga de mi papá me había mencionado en casa sus talleres recomendándolos mucho.
Y estaba aburrido seguramente ese día, varios meses después, cuando mandé un mail para averiguar costos y horarios de los talleres. Y resultó que me involucré finalmente y luego de alguna ida y vuelta, llegué aquella tarde hasta el taller de Ana Milán.
Llegué, reconozco, cargado de prejuicios acerca de los talleres literarios en general, probablemente porque nunca había asistido a uno. En primer lugar pensé que quizás por mi manera de escribir, por mis intereses, por distancia generacional, o por creer que los talleres se desenvolvían solamente sobre algún “altar bien pensante de las cosas bonitas” para mí sería inútil y en extremo aburrido. (Soy un poco insoportable a veces)
 Pues bien: me equivocaba de plano en todo. Alcanza decir al respecto que entusiasmado una vez, llegué a exceder hasta en dos horas y media la hora de salida sin haberlo notado. Y si bien me sentí un poco mal por Ana cuando lo descubrí, el tiempo pasó rapidísimo porque Ana es brillante, interesante, buena gente y además sabe muchísimo en serio. En definitiva las dos horas y media extra fueron culpa de Ana.
Para mi sorpresa el taller resultó ser rico, útil y divertidísimo. Ana es genial, definitivamente me encanta el taller y no soy de los que suelen sentirse encantados fácilmente por la gente o las cosas. En un nivel general maravilla empezar a escribir otra vez luego de muchísimos meses. Y en el nivel específico, es un taller individual, y eso me permite pedirle a Ana trabajar cosas específicas.
El otro día, por ejemplo, le pedí si era posible trabajar en los diálogos. Durante años casi todos mis textos carecieron de diálogos, no me gustaba escribir diálogos, no sabía escribir diálogos y eran como una frontera infranqueable para mí frente al texto. Le comenté esa limitación a Ana y bastaron dos encuentros para resolver definitivamente ese tema. Recuerdo que charlamos mucho ese día acerca de escritores que brillaban en los diálogos, me contó cosas clave acerca del arte de escribir diálogos, escribí cosas allí en función de consignas, me mandó por mail la bibliografía correcta, me motivé finalmente y se produjo la magia: estoy ahora escribiendo diálogos en mis textos y de verdad siento que ya no tengo problemas con eso. Ana es, además, un ser humano excepcional y tengo una deuda de gratitud hacia ella.

Finalmente y sin más que decir, creyendo haberme extendido ahora más allá de la medida aceptable, me despido del intimidante escritor internauta desconocido adjuntando el textito que escribí aquella tarde en que, junto a Ana, trabajábamos diálogos.  



Soledad circular de dos mozos a oscuras


    El blanco recién estrenado del traje de Tony desplaza al de Ernesto hacia los tonos de gris. Ambos mozos resaltan en la oscuridad.
   
—Imposible —dice Tony sin acomodarse del todo en la silla. Pareciera estar listo para retomar sus labores en cualquier momento.

— ¡Te digo que es así! — le insiste Ernesto dando golpecitos de puño sobre la mesa en un intento de énfasis hacia las últimas sílabas.  

—No. No puede ser. —Tony se permite dar eventuales sorbos a su café cada tanto.

—Entonces, si no puede ser, explicámelo vos —Ernesto se cruza de brazos y se reclina hacia atrás desafiante aguardando la respuesta que demora en llegar.

      Pensativo, sin mover el codo de su punto de apoyo en la mesa, Tony toma lentamente su pocillo de café por el asa y da pequeñísimos sorbos. Su mirada se pierde sobre la bandeja circular de acero que yace en el piso.

—Por ahí es el efecto de alguna droga nueva o algo así—declara por fin luego de varios segundos. Sostiene el pocillo de café frente a su nariz unos instantes y lo devuelve al platito. Silencio. Tony levanta los ojos para buscar la mirada de Ernesto.

—No pueden ser drogas. Ninguna droga hace eso, Tony. Ya deberías darte cuenta. Lo único que sabemos es que somos los mozos acá. Decime vos: ¿Cómo carajo llegamos? ¿A quién le servimos? ¿Por qué somos mozos? ¿Desde cuándo? —El vaso de Ernesto siempre permanece vacío— Las drogas no explican ni la mitad de las cosas, Tony. Por ejemplo: ¿Por qué no nos vamos de acá?

—No sé. No sé… Esperemos.

— ¡Es que no podemos hacer otra cosa que esperar! ¡Tony! A ver… Contestáme: ¿Vos sabés algo más aparte de que somos los mozos?

   Tony se mantiene inmóvil como toda respuesta.

— ¿Qué hicimos hoy, Tony? ¿Cómo se llama este bar? ¿Tiene nombre?

—Ahora no me acuerdo. Pero debe tener un nombre… Estoy seguro de que ya nos acordaremos cuál es…

— ¿Es que a vos se te ocurre alguna otra explicación lógica? ¿Te acordás de algo más?   

—No, pero siento que puedo acordarme en cualquier momento...

— ¿Entonces por qué mierda estás tan tranquilo? Fijáte que lo único que sabemos es que somos los mozos, sabemos nuestros nombres de pila y prácticamente más nada… ¿A vos te parece normal eso, Tony? ¿No te preocupa ni un poco saber tu apellido? Decime… ¿Dónde carajo es tu casa, Tony? ¿Tenés familia? ¿Amigos? ¿Qué día es hoy? ¿En qué año vivimos, Tony?

—Seguro que nos vamos a acordar de todo en su debido momento. Sentáte. No deberías gritar tanto.

—Estoy muerto, Tony. Y vos también estás muerto.

El blanco recién estrenado del traje de Tony desplaza al de Ernesto hacia los tonos de gris. Ambos mozos resaltan en la oscuridad.

—Imposible —dice Tony sin acomodarse del todo en la silla. Pareciera estar listo para retomar sus labores en cualquier momento.

— ¡Te digo que es así! — le insiste Ernesto dando golpecitos de puño sobre la mesa en un intento de énfasis hacia las últimas sílabas.  

Juan Ocos
Taller Literario Personalizado
Ctro. Fción. Humanística PERRAS NEGRAS

















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