viernes, 13 de junio de 2014

Un lecho de heno para ver las estrellas



Juana Spyri
12 de junio de 1827- Suiza


















II
EN CASA DEL ABUELO


Una vez que Dete hubo desaparecido, el Viejo sentóse otra vez sobre el banco y empezó a lanzar grandes bocanadas de humo blanco de su pipa; tenía la mirada fija en el suelo y no decía ni palabra. Mientras él se hallaba sumido en sus meditaciones, Heidi examinó con visible satisfacción todo cuanto la rodeaba y llegó al grupo de los tres grandes abetos que se alzaban detrás de la cabaña. El viento soplaba con fuerza y sus ráfagas doblaban el espeso ramaje de los árboles, produciendo un sonido profundo que sonaba como el aullido quejumbroso de un lobo. Heidi se detuvo a escuchar aquel para ella inusitado ruido. Luego, cuando el viento amainó, el ruido menguó y la niña dio nuevamente la vuelta a la cabaña y se encontró otra vez frente a su abuelo. Heidi se colocó delante de él y, con las manos a la espalda, le contempló silenciosamente. El abuelo alzó al fin los ojos.
-¿Qué quieres hacer ahora? -preguntó a la niña, que permanecía inmóvil.
-Quisiera ver lo que hay dentro de la cabaña -dijo Heidi.
-Ven -exclamó el Viejo, al tiempo que se levantaba y se dirigía hacia la puerta-. Coge tu ropa -añadió antes de entrar en la casa.
-¡Ya no la necesito! -declaró Heidi.
-¿Por qué no la necesitas ahora?
-Porque me gusta ir más como esas cabritas de patas ligeras.
-Está bien, pero de todos modos ve a coger la ropa -le contestó el anciano-, porque vamos a guardarla en el armario.
Heidi obedeció. El Viejo abrió la puerta y la niña entró con él en una habitación de regular tamaño que ocupaba todo el ancho de la casita. En ella no había muchos enseres: una mesa y un taburete; en un rincón, la cama del abuelo; en la pared opuesta a la
entrada se abría otra puerta. El anciano la abrió; era un armario empotrado. En él guardaba su ropa. Sobre uno de los estantes había camisas, algunos calcetines y pañuelos; en otro estaban los platos, tazas y vasos, y en el estante inferior un gran pan, carne ahumada y queso. El armario contenía todo lo que el Viejo de los Alpes necesitaba para vivir.
Cuando Heidi vio abierto el armario, acudió corriendo y tiró el paquete de ropa en un rincón, detrás de la de su abuelo, donde no era fácil que se perdiera. Luego examinó atentamente la habitación y los enseres, y por fin dijo:
-¿Dónde dormiré yo, abuelito?
-Donde quieras -respondió éste.
Cerca del rincón en el que estaba la cama del abuelo había una escalera de mano apoyada contra la pared, que conducía al desván de la cabaña. Por ella subió Heidi ágilmente y descubrió arriba un montón de oloroso heno. Una pequeña ventana redonda permitía ver desde el desván todo el valle.
-¡Qué bien se está aquí! -exclamó gozosa la pequeña -Aquí quiero dormir, abuelito. ¡Sube y verás qué bonito es esto! -Ya lo conozco -contestó el Viejo.
-Ahora voy a hacerme la cama -volvió a decir la niña, corriendo de un lado para otro-, pero es preciso que subas y me traigas una sábana.
-¡Está bien, ahora voy! -respondió el abuelo, y en seguida se dirigió al armario.
Rebuscó en su interior durante un rato y por fin extrajo un gran trozo de tela basta. El lecho que Heidi se había preparado sobre el suelo del desván no desagradó al anciano.
-Muy bien, así me gusta -dijo el abuelo-; aquí traigo la sábana, pero antes de ponerla, espera un poco.
Y diciendo esto, cogió más heno y aumentó el espesor del lecho para que la niña no notara la dureza del suelo.
Su abuelo la ayudó a extender la sábana y una vez colocada, Heidi se detuvo pensativa ante su obra.
-Nos hemos olvidado una cosa, abuelito -dijo a poco.
-¿Qué es?
-La manta.
-Espera un momento -dijo el anciano, y descendió la escalera; se dirigió a su cama y volvió poco después con un gran saco de pesado lienzo.
Pronto quedó extendida la tela de saco sobre el lecho improvisado. Heidi quedó de nuevo contemplando la obra y por fin exclamó:
-La manta es muy bonita y la cama me gusta mucho, mucho. Quisiera que fuera de noche, para poder acostarme ya en ella.
-Creo que será mejor que vayamos a comer algo -respondió el abuelo-. ¿Qué te parece a ti?
En su afán de prepararse la cama, Heidi había olvidado todo lo demás. Pero al oír hablar de comida, advirtió de pronto que, en efecto, sentía hambre.
-Sí, sí, vámonos a comer algo. (...)



De: http://www.bibliotecasvirtuales.com

Gracias, Juanita,
por las primeras estrellas imaginarias
con que iluminaste
mis párpados niños.



Publicar un comentario