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26 de marzo de 1911- Estados Unidos Dramaturgo |
EL ZOO DE CRISTAL
ACTO PRIMERO
ESCENA PRIMERA
vida celular semejante a una colmena, que florecen
como
excrecencias en los centros urbanos superpoblados de la
clase media
inferior y son un síntoma del impulso que
empuja a ese sector de la
sociedad norteamericana, el más
grande y fundamentalmente esclavizado, a
evitar la fluidez y
la diferenciación, y a existir y funcionar como una
entretejida masa de automatismo.
entretejida masa de automatismo.
El apartamento da
sobre una callejuela y penetra en él una escalera de emergencia para casos de
incendio, una estructura cuyo nombre es un rasgo de verdad poética accidental,
porque en todos esos enormes edificios arden siempre los lentos e implacables
fuegos de la desesperación humana. La escalera de emergencia está incluida en
el escenario; es decir, lo están su rellano y los peldaños que bajan de él.
Nótese que el callejón de la izquierda puede omitirse totalmente, ya que sólo
se usa para la primera entrada de Tom, la cual puede efectuarse por la derecha.
El escenario es el
recuerdo y por lo tanto no es realista. El recuerdo permite muchas licencias poéticas.
Omite algunos detalles, otros se exageran, según el valor sentimental de los
objetos que toca, ya que la memoria radica preferentemente en el corazón. Por
eso, el interior es bastante oscuro y poético.
(Apenas se apagan las
luces de la sala, llega por la derecha la música de un salón de baile. Vieja música
popular del periodo 1915-1920, digamos. Ésta continúa hasta que Tom aparece en
el rellano de la escalera de emergencia, enciende un cigarrillo y empieza a hablar)
Al levantarse el telón:
El público se enfrenta
con la oscura y ceñuda pared de los fondos de la casa de alojamiento de los
Wingfield. (El escenario propiamente dicho está separado de ella por una
cortina de gasa, que sugiere el frente del edificio) Este edificio, paralelo a
las candilejas, está flanqueado por dos callejuelas sombrías y angostas que se
internan en lóbregos desfiladeros de marañas de ropa colgada, latas con
desperdicios y el siniestro enrejado de las escaleras de emergencia vecinas. (Las
callejuelas están en realidad en las tinieblas y los objetos que acaban de
mencionarse no son visibles) Las entradas de la calle y los mutis se hacen por esas
callejuelas laterales. Al acabar el comentario inicial de Tom, el oscuro muro
de la casa de alojamiento muestra poco a poco (por medio de un transparente) el
interior del departamento de los Wingfield en la planta baja. La cortina de
gasa, que sugiere el frente del edificio, se levanta sobre el decorado
interior. En primer término está la sala, que le sirve también de dormitorio a Laura,
abriéndose un sofá-cama que utiliza de lecho. Más allá, hay un taburete o mesa
en donde se halla un teléfono. Al foro, en el centro y separado por un ancho
arco o un segundo proscenio de cortinajes transparentes y ajados (o segundo
cortinaje: el «segundo cortinaje» es en realidad el de gasa interior intermedio
entre la sala y el comedor, que se halla en el foro) está el comedor.
En una anticuada
rinconera de la sala, hay muchos animales de vidrio transparente. Una empañada
fotografía del padre de los Wingfield, de frente al público, a la izquierda del
arco. Es el rostro de un joven muy guapo, con el quepis de un infante
norteamericano de la Primera Guerra Mundial. Sonríe valerosamente, con una
sonrisita irresistible, como si dijera: «Sonreiré siempre.» (Adviértase que, en
cuanto concierne al salón de baile, sólo es esencial que se vea la ventana
iluminando la parte lejana de la callejuela. No es necesario mostrar una
sección considerable del salón de baile)
El público oye y ve la
escena inicial del comedor tanto a través del transparente cuarto muro (éste es
la cortina de gasa que sugiere el frente del edificio) y los cortinajes
transparentes de gasa del arco del comedor. Durante esta reveladora escena sube
lentamente el cuarto muro, hasta perderse de vista. Este muro exterior
transparente no vuelve a bajar hasta el final de la pieza, durante el discurso
final de Tom.
El narrador es un
franco convencionalismo de la pieza. Se toma todas las libertades que convienen
a su propósito con los convencionalismos dramáticos.
Tom entra de la
callejuela de la izquierda (o de la derecha, si se omite la de la izquierda).
Viste indumentaria de marinero de la marina mercante y va despaciosamente por
el frente del escenario hacia la escalera de emergencia. (Tom puede inclinarse
contra el enrejado de la escalera cuando enciende el cigarrillo) Allí, se
detiene y enciende un cigarrillo. Le habla al público.
TOM:
Tengo trucos en el bolsillo —y cosas bajo
la manga—pero soy todo lo contrario del prestidigitador común. Éste, les brinda
a ustedes una linda ilusión con las apariencias de la verdad. Yo, les doy la
verdad con las gratas apariencias de la ilusión. Los llevo a una callejuela de
Saint Louis. La época en que transcurre la
acción es el lejano período en que la
enorme clase media de los Estados Unidos se matriculaba en una escuela para
ciegos. Sus ojos les fallaban, o ellos fallaban a sus ojos, y por eso se les
oprimía enérgicamente los dedos sobre el feroz alfabeto Braille de una economía
en desintegración. En España, había revolución. Aquí, sólo había gritos y
confusión y conflictos obreros, a veces violentos, en ciudades por lo demás
pacíficas como Cleveland... Chicago... Detroit... Ésa es la atmósfera social en
que se desarrolla la acción de esta comedia. Esta comedia son los recuerdos.
(Se oye música) Como es una comedia de recuerdos, hay poca luz, es sentimental,
no es realista. En la memoria, todo parece acontecer con música. Ello explica
el violín que se oye, entre bastidores. Yo soy el narrador de la comedia y también
uno de sus personajes. Los otros son mi madre Amanda, mi hermana Laura y un
candidato matrimonial que aparece en las escenas finales. Este es el personaje
más realista de la pieza, por ser el emisario de un mundo del cual, en cierto
modo, estábamos separados. Pero como tengo la debilidad de un poeta por los
símbolos, uso a este personaje como el demorado pero siempre esperado algo por
el cual vivimos. Hay un quinto personaje que sólo aparece en una fotografía colgada
de la pared. Cuando vean la imagen de este sonriente caballero, sírvanse recordar
que es nuestro padre, que nos abandonó hace mucho tiempo. Era un telefonista
que se enamoró de la larga distancia: de modo que renunció a su empleo en la
compañía telefónica y huyó de la ciudad... La última noticia que tuvimos de él
fue una postal de la costa mexicana del Pacífico, con un mensaje de dos
palabras: «¡Hola, adiós!», y sin dirección. Creo que el resto de la comedia se explicará
por sí mismo.
(Se encienden las luces en el comedor. Tom
sale por la derecha. Hace mutis por el primer término, se quita su abrigo de
marinero y su ajustado gorro tejido y se queda junto a la puerta de la derecha
del comedor, esperando el momento de entrar en escena. Se oye la voz de Amanda
a través de los cortinajes, esto es, de las cortinas de gasa que separan al
comedor de la sala. Amanda y Laura están sentadas junto a una
mesa-libro. Amanda ocupa la silla del centro y Laura la de la izquierda. El acto
de comer se indica con gestos, sin
viandas ni utensilios. Amanda está de
frente al público. El interior del comedor, se ha iluminado suavemente y a
través de las cortinas de gasa, vemos a Amanda y a Laura sentadas a la mesa en
la zona del foro)
AMANDA: ¿Sabes una cosa, Laura? El domingo
pasado, me sucedió algo graciosísimo en la iglesia. El recinto estaba atestado
y sólo quedaba libre uno de los primeros bancos y allí se veía apenas a una
mujercita. Le sonreí muy dulcemente y le dije:
Perdóneme usted... ¿Tendría inconveniente
en que yo compartiera este banco? «Sí —me dijo—. Este espacio está alquilado.»
¿Sabes que es la primera vez que oigo decir que el Señor alquila espacio? (Las
cortinas de gasa del comedor se descorren automáticamente) ¡Esos
episcopales del Norte! Comprendo a los del Sur, pero a los del Norte, no. (Tom entra
en el comedor por la derecha, se desliza hacia la mesa y se sienta a la
derecha) Querido, no empujes la comida con los dedos. Si es forzoso que la
empujes con algo, usa una corteza de pan. Debes masticar lo que comes. Los
animales tienen en el estómago secreciones que les permiten digerir su comida
sin masticarla, pero los seres humanos, antes de tragarla, deben masticarla y
masticarla. Oh, come sin prisa. Come sin prisa. Una comida bien preparada tiene
muchos sabores delicados que conviene retener en la boca para apreciarlos, y no
limitarse a engullirlos. ¡Oh, mastica, mastica, mastica!
(A esta altura, la cortina de gasa —si el
director decide usarla—, la que sugiere la pared externa, se levanta y no vuelve a
bajar hasta el fin de la comedia) ¿No quieres darles oportunidad de funcionar a
tus glándulas salivales?
TOM:
Mamá, no he disfrutado de un solo bocado de
la cena a causa de tus constantes instrucciones sobre la manera de comerla.
Eres tú quien me obliga a comer precipitadamente, con tu atención de
gavilán sobre todos mis bocados. Resulta repulsiva... toda esa disertación sobre la
secreción de los animales... las glándulas salivales... ¡la masticación! (Va
hacia la butaca de la sala, enciende un cigarrillo)
AMANDA:
¡Tienes temperamento, como un divo del
Metropolitan! No te he permitido que te retires de la mesa.
TOM:
Voy a fumar un cigarrillo.
AMANDA: Fumas demasiado.
LAURA: (levantándose)
Mamá, traeré el café.
AMANDA:
No, no, no. Tú, siéntate. Hoy, yo seré el
negrito que sirve y tú serás la dama.
LAURA:
Ya me he levantado
AMANDA:
Pues vuelve a sentarte. Vuelve a sentarte.
Consérvate fresca y linda para los candidatos. (Laura se sienta)
LAURA:
No espero la visita de ningún candidato.
AMANDA: (que ha estado recogiendo los
platos de la mesa y poniéndolos sobre la bandeja):
Lo gracioso, es que vienen cuando menos se
los espera. Recuerdo una tarde de domingo, en Blue Mountain, cuando tu madre
era niña... (Sale en busca del café, por el foro derecha)
TOM:
¡Sé qué se avecina! (Laura se levanta)
LAURA:
Sí. Pero más vale que se lo dejes decir.
(Va hacia la izquierda del sofá-cama y se sienta)
TOM:
¿De nuevo?
LAURA:
Le gusta decirlo.
AMANDA: (entrando por la derecha al comedor
y pasando a la sala con la bandeja y el café)
Recuerdo que un domingo por la tarde, en
Blue Mountain, cuando tu madre era una niña, la visitaron... ¡diecisiete
candidatos! (Se acerca a Tom, le da café y va al centro del escenario. Laura se
le aproxima, toma la tacita y vuelve a su sitio. Amanda pone la bandeja sobre la mesita que
está a la derecha del sofá-cama y se sienta junto a ella. La cortina interior
se corre, las luces se apagan)
AMANDA:
Lo cierto es que, a veces, no había sillas
suficientes para todos ellos y teníamos que mandar al negrito a casa del cura en
busca de sillas plegables.
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