domingo, 12 de enero de 2014

Un clásico de la literatura juvenil de principios del XX



(...)  Los que entienden de cosas de comercio saben que los precios suben cuando el negocio que se explota corre algún riesgo. Por ejemplo el té de la India y Ceylán es caro porque lo transportan caravanas que atraviesan regiones infestadas de bandidos. Los europeos deben pagar este riesgo. El hombre que vendía la miel turca tenía sin duda alguna, espíritu comercial. Sabía que pensaban prohibirle que se estacionara cerca de la escuela. Sabía también que si lo habían pensado lo harían y sabía también que pese a su gran surtido de golosinas no conseguiría engolosinar a los profesores y convencerlos de que no era un enemigo de la juventud.

"Los chicos se gastan todo el dinero con el italiano", decían. Y el italiano se dio cuenta que su comercio no duraría mucho tiempo. Entonces aumentó los precios. Si lo obligaban a irse, al menos habría ganado algún dinero. Por ello le explicó a Chele

—Hasta ahora todo costaba diez centavos, pero a partir de hoy cuesta veinte.

Y diciendo esto trabajosamente en una lengua extranjera no cesaba de blandir el hacha pequeñita. Guereb le murmuró a Chele:

— Tira la gorra sobre los caramelos.

Chele estaba encantado con la idea. ¡Lo que se reirían los chicos! ¡Cómo se desparramarían las golosinas! La broma valía la pena. Guereb seguía tentándolo con sus palabras, como tienta el diablo.

— Tira la gorra, ¿no ves que es un usurero?

Chele se quitó la gorra.

— ¿Esta gorra mía tan bonita?, dijo.

El golpe ya había fallado. Guereb cayó mal. Chele era un presumido que se traía las hojas sueltas de los libros de texto.

— ¿Te da mucha lástima la gorra?, preguntó Guereb.

— Claro, dijo Chele. Pero no te vayas a imaginar que tengo miedo. No soy ningún cobarde, pero me da lástima la gorra. Para que veas, si me das la tuya la tiro en seguida.

A Guereb no se le decían semejantes cosas. Era casi como una ofensa. Resopló fuerte y dijo:

— Para tirar mi gorra me basto yo. Es un usurero y si te da miedo te vas. Y con un gesto que demostraba que estaba listo para el combate se arrancó la gorra y se dispuso a lanzarla sobre el puesto cargado de golosinas. Una mano apretó la suya en el mismo instante en que iba a alcanzar su objetivo. Una voz casi varonil preguntó:

— ¿Qué vas a hacer?

Guereb miró para atrás. Boka estaba a sus espaldas.

— ¿Qué vas a hacer?, volvió a preguntar.

Y lo miró con ojos suaves y serios. Guereb gruñó como un león cuando el domador le clava los ojos. Se encogió. Volvió a ponerse la gorra y se sacudió los hombros. Boka dijo despacio:

— No le hagas nada a ese hombre. A mí me gusta la gente valiente, pero aquí no tiene gracia. Vamos.

Y le tendió la mano. La mano estaba llena de tinta. El tintero se había derramado mansamente en el bolsillo y Boka al sacar la mano no se dio cuenta. Pero no tenía ninguna importancia. Pasó la mano por la pared para limpiársela: el resultado fue que la pared quedó marcada y la mano de Boka tan sucia como al principio. Pero el asunto de la tinta quedó liquidado. Boka tomó a Guereb del brazo y juntos se fueron andando. Chele, el niño bonito, se quedó rezagado. Todavía le oyeron decir con voz ahogada, con la amarga resignación del vencido:

— Y bueno, si es verdad que ahora todo cuesta veinte, déme veinte de miel turca.

El vendedor de miel turca
El vendedor de miel turca
Dibujo de Károly Reich
Y para pagar sacó su lindo portamonedas verde. El italiano se sonrió y quizá llegó a pensar en lo que ocurriría si mañana todo costase treinta. Pero no era más que un bello sueño. Igual que cuando uno sueña que los billetes de a uno se convierten en billetes de cien. Dejó caer su hachita sobre la miel turca y envolvió en un papel el trozo cortado.

Chele lo miró con ojos desolados.

— ¡Resulta que ahora da menos que antes!

Al italiano le habían crecido las ínfulas. Dijo sarcásticamente

— Ahora, como está más caro hay que dar menos.

Sin mayores explicaciones se dirigió a otro comprador que aleccionado por lo que acababa de escuchar, traía los veinte centavos en la mano. Paseaba el hacha pequeñita con movimientos tan raros sobre la superficie de azúcar, que parecía el verdugo de ese cuento donde un hombre grande decapita a infinidad de hombrecillos del tamaño del pulgar, que tienen cabezas del grosor de una avellana.

Hacía una verdadera matanza en la miel turca.

— ¡Puf!, le dijo Chele al nuevo cliente, no le compre. Es un usurero.

Con las mismas, se metió el pedazo de miel turca en la boca, con papel y todo, porque no se podía arrancar el papel con la mano y con la saliva se despegaba en seguida.

— Esperadme, les gritó a los otros y salió corriendo.

Los alcanzó en la esquina y doblaron por una calle lateral para ir a la calle Soroksa: iban del brazo. Boka caminaba entre los dos y explicaba algo con la voz blanda y seria que le era habitual. Boka tenía catorce años y su rostro mostraba todavía pocos rasgos varoniles. Pero cuando hablaba parecía mayor. Su voz era profunda, suave y severa. Todo lo que decía era igual a su voz. Rara vez hablaba de tonterías y no era nada aficionado a los líos callejeros. Nunca se mezclaba en los pequeños barullos; si le querían hacer árbitro en alguna pelea trataba de esquivarse. La experiencia le había enseñado que nunca se puede satisfacer a las dos partes con el fallo y que el juez acaba por pagar los platos rotos. Sólo cuando se armaba alguna pelea descomunal y los ánimos estaban tan exacerbados que había peligro de intervención docente, mediaba Boka para restablecer la calma. Para decirlo de una vez, Boka parecía un muchacho inteligente y su comportamiento hacía pensar que tendría siempre la actitud de un hombre de honor en la vida, aun cuando esto no le trajese gran provecho.

Para llegar a su casa debían desembocar en la calle Köztelek. La callejuela silenciosa estaba envuelta en un sol primaveral y de la fábrica de tabaco que se alzaba sobre una de las aceras llegaba un suave zumbido. En la calle Köztelek vieron dos siluetas; estaban allí en el medio de la calle y esperaban. Uno era Chonakos, el grandote, y el otro era el rubio Nemechek.

Cuando Chonakos vio llegar a los tres chicos del brazo, se metió los dedos en la boca con un gesto de mal humor y silbó como una locomotora. Este silbido era su especialidad. En cuarto año ninguno podía imitarlo. Un silbido de cochero así, tan agudo, no había en todo el colegio quien supiera imitarlo. La verdad es que el único que llegaba a silbar más o menos de manera parecida era Cinder, el presidente de la "Asociación cultural", pero desde que era presidente, Cinder dejó de silbar. A partir de su nombramiento no volvió a meterse los dedos en la boca. Para un presidente de una asociación cultural que todos los miércoles por la tarde se sentaba en la cátedra, al lado del profesor de literatura, francamente hubiese quedado mal eso de silbar.

Decíamos que Chonakos lanzó un silbido estridente. Los muchachos se le acercaron y formaron grupo en medio de la calle.

Chonakos se dirigió a Nemechek .

— ¿Se lo has dicho a algún otro?

— No, dijo Nemechek .

Los demás preguntaron todos a una

— ¿Qué?

En lugar del rubiecito contestó Chonakos.

— ¡En el Museo ayer volvieron a hacer una barrida!

— ¿Quiénes?

— ¿Y quiénes habían de ser? Los dos Pasztor.

Siguió un gran silencio.

Es necesario que expliquemos qué significa la palabra barrida.

Esta palabra tiene, en la jerga de los colegiales de Budapest, un sentido particular. Cuando un muchacho grande ve que otros más pequeños están jugando por bolitas, por plumas o algarrobas y quiere llevarse todo este material de juego, dice: barro. Es tal la importancia de esta palabra que el muchachón que la pronuncia significa con ella que considera todo lo que está en juego como botín de guerra y que empleará la fuerza si no se lo ceden de buen grado. La barrida es algo así como una declaración de guerra. Es un anuncio corto, pero contundente, de estado de sitio, una proclamación del derecho del más fuerte y de la piratería.

Chele fue quien tomó la palabra primero. Tembloroso, dijo el dulce Chele:

— ¿Así que hicieron barrida?

— Sí. dijo Nemechek  muy serio al ver el efecto que producían sus palabras.

Guereb explotó:

— ¡No podemos seguir aguantando estas cosas! Lo he dicho hace mucho. Tenemos que hacer algo, pero Boka nunca nos lo permite. Si los dejamos estar llegarán a pegarnos.

Chonakos se metió los dos dedos en la boca para silbar de alegría. Siempre estaba dispuesto a tomar parte en revoluciones. Pero Boka le hizo bajar las manos.

— No nos aturdas, le dijo, y con un tono más serio se dirigió al rubiecito:

— Dime cómo fue.

— La barrida?

— Sí. ¿Cuándo fue?

— ¡Ayer por la tarde!

— ¿Dónde?

— En el Museo.

Llamaban así al Jardín del Museo.

— Bueno, cuenta cómo pasó, pero tal como fue, porque necesitamos saber la pura verdad si queremos hacer algo...


Niños de Budapest jugando a las bolitas.
Fotografía de la época
Nemechek  estaba excitadísimo, porque vió que era el centro de un acontecimiento tan importante. Pocas veces le ocurría algo parecido. Siempre era algo así como un cero a la izquierda o como el número 1 en las operaciones de multiplicar o dividir. Ni divisor, ni multiplicador, ni nada. Nadie le hacía caso. Era un muchachito insignificante, flacucho, una criatura débil, muy indicado para pagar culpas ajenas. Empezó a contar y los muchachos juntaron las cabezas.

— Empezó así, dijo. Después de almorzar nos fuimos al Jardín del Museo, Weiss y yo, Richter, Kolnay y Barabas. Primero quisimos ir a la calle Eszterhazy al frontón, para jugar a la pelota, pero la pelota era de los del colegio Central y no nos la quisieron prestar. Entonces Barabas dijo "Vámonos al Museo a jugar a las bolitas." Entonces nos fuimos al Museo y nos pusimos a jugar con bolitas contra la pared. Jugábamos a tirar una bolita cada uno. El que le pegaba a cualquiera de las que ya estaban en el suelo se ganaba un montón. Tirábamos por turno. Cerca de la pared se habían juntado como quince, y dos eran de vidrio. En eso Richter gritó: "Se acabó. ¡Vienen los Pasztor!" Y sí que eran ellos. Caminaban con las manos en los bolsillos, con la cabeza gacha, y venían tan despacito, tan despacito que a mí se me helaron las piernas de miedo. De balde éramos cinco. Esos dos tienen tanta fuerza que nos pueden a los cinco. Y tampoco hay que contar que éramos cinco, porque cuando las cosas se ponen feas Kolnay echa a correr y Barabas también, y no quedan más que tres. Y a veces yo también escapo y no quedan más que dos. Y aunque los cinco hubiésemos querido salir corriendo de nada valdría, porque los Pasztor son los corredores más veloces de todo el Museo y de qué sirve correr si lo pescan a uno. Y bueno, como les decía, los Pasztor llegaron cada vez más cerca, más cerca y venga mirar las bolitas. Yo le dije a Kolnay "¡Oye, parece que a estos les gustan las bolitas!" Y el más listo de todos fue Weiss porque dijo en seguida "¡Si éstos llegan hasta aquí habrá una barrida!" Pero yo pensé que no nos harían nada. ¿Y por qué habrían de hacernos algo si no les decíamos nada? Y al principio no nos dijeron nada, se pararon y estuvieron mirando el juego. Kolnay me murmuró al oído "¡Oye, Nemechek , será mejor que paremos!'' Yo le dije "Claro, esto quisieras tú porque acabas de tirar y no le diste. ¡Ahora me toca a mí! ¡Si gano paramos!" El que estaba apuntando era Richter, pero ya le temblaba la mano de tanto mirar a los Pasztor y por supuesto no le dió. Los Pasztor no se movían. Se estaban ahí con las manos en los bolsillos. Entonces tiré yo y gané. Había un montón de bolitas. Quise recogerlas ¡eran como treinta! pero uno de los Pasztor, el más chico, saltó y me gritó "¡Barro!" Cuando me di vuelta Kolnay y Barabas ya se habían escapado, Weiss estaba junto a la pared, más pálido que un muerto, Richter no se había decidido todavía a echar a correr. Yo quise arreglarlo primero por las buenas. Le dije "Disculpe, pero usted no tiene ningún derecho." Pero con las mismas ya se había venido el otro Pasztor y se puso a recoger las bolitas y a metérselas en el bolsillo. El más chico me agarró por las solapas y me gritó "¿No me has oído que he dicho barro?" ¡Y ya para qué iba a decir yo nada! Weiss se puso a llorar. Kolnay y Kende desde la esquina del Museo miraban lo que ocurría. Los Pasztor juntaron todas las bolitas y sin decir ni una palabra se fueron. Esto fue lo que pasó.

— ¡Parece increíble!, dijo Guereb indignado.

— ¡Un verdadero asalto de piratas!

Esto lo dijo Chele. Chonakos silbó para hacer ver que olía pólvora en el aire. Boka estaba silencioso y pensaba. Todos lo observaban. Todos tenían curiosidad por saber lo que diría de estas cosas que venían ocurriendo hacía meses ya, y que él nunca quiso tomar en serio. El incidente que acababa de escuchar era tan indignante que lo sacó de sus casillas. Dijo con voz muy lenta:

— Vámonos a comer. Por la tarde nos reuniremos en el solar. Allí hablaremos despacio. Ahora yo también digo: ¡es inaudito!

Estas palabras gustaron a todos. En este momento todos sentían una gran simpatía por Boka. Los chicos lo miraban con cariño, observaban sonrientes su cabecita inteligente, sus ojos negros y chispeantes donde ahora ardía un resplandor de combate. Hubiesen querido abrazarlo porque al fin lo veían indignado.

Se pusieron en camino. En algún lugar de la calle Josef sonaba una campanita alegre, el sol brillaba y todo era hermoso y todo estaba lleno de alegría. Los muchachos esperaban grandes acontecimientos. En todos ardía el ansia de lucha y la curiosidad por saber lo que ocurriría. Porque cuando Boka decía que iba a pasar algo, entonces sí que pasaba.

Se fueron andando por la calle Ülloi. Chonakos se quedó atrás con Nemechek. Cuando Boka se volvió para mirarlos estaban los dos parados junto a la ventana de la fábrica de tabaco. Una capa de polvo amarillento cubría las maderas.

— ¡Tabaco!, exclamó alegremente Chonakos, silbó y se metió en la nariz un puñadito de polvo amarillo.

Nemechek , el monito esmirriado, también recogió un poco de polvo y con la punta de sus deditos flacos se lo acercó a la nariz. Los dos se fueron estornudando por la calle Köztelek llenos de alegría a causa del descubrimiento que acababan de hacer. Los estornudos de Chonakos parecían truenos o cañonazos. Los del rubiecito sonaban como los bufidos de un cobayo enfadado. Bufaban, se reían, corrían y eran tan felices en estos momentos que hasta se olvidaron de la tremenda injusticia que llegó a conmover al silencioso y severo Boka, al punto de hacerle decir que era una cosa inaudita.

Fragmento del Capítulo 1 de Los chicos de la calle Pal

De: La Editorial Virtual.com (Para continuar leyendo)


Una novela de
Ferenc Molnár
Budapest, Hungría - 12 de enero de 1878
Corresponsal de guerra, periodista, escritor.