jueves, 9 de enero de 2014

Le sobraba pecho para amanecer



En 1982, en París, una indígena kiche de 23 años que estaba de paso por la ciudad, Rigoberta Menchú, contó a la antropóloga venezolana Elisabeth Burgos-Debray la historia de su vida. Durante varios días Burgos grabó las historias de Menchú, las transcribió, ordenó cronológicamente y las convirtió en un libro que se publicó en 1983: Me llamo Rigoberta Menchú y así me nació la conciencia1. La impresionante narración de Menchú, donde describía la represión de los indígenas guatemaltecos a manos del ejército y en particular el asesinato de más de la mitad de su familia inmediata, hizo que el libro adquiriera una rápida notoriedad y proporcionara reconocimiento internacional a su protagonista. En 1992 le fue concedido el Premio Nobel de la Paz, y sin duda su autobiografía (aunque en la concesión no se hace referencia al libro) impulsó su causa. Con el tiempo Me llamo Rigoberta Menchú... se ha convertido en un clásico de la literatura testimonial. 

El libro de David Stoll, antropólogo norteamericano, es en parte una refutación del testimonio de Rigoberta, pero de manera más general es un incisivo estudio sobre las condiciones en las que el libro fue producido y recibido. Se puede dividir grosso modo en dos partes. La primera está dedicada a comparar la narración de Menchú de 1982 con testimonios locales y fuentes documentales. La segunda inquiere en las razones por las cuales Rigoberta contó su historia de la forma en que lo hizo y, quizá más importante, por qué su relato tuvo un eco tan extraordinario en Europa y los Estados Unidos. Lo cierto es que Stoll no pone ni por un momento en duda la represión y las atrocidades cometidas por el ejército. Tampoco pone en duda lo esencial del relato de Rigoberta: que su padre Vicente Menchú, su madre Juana y su hermano Petrocinio fueron asesinados por el ejército en los cinco meses que van desde diciembre de 1979 a abril de 1980. Pero sí impugna algunos aspectos y episodios del testimonio; por ejemplo, el hecho de que su familia fuera muy pobre, que pasara parte de su infancia como peón en las plantaciones de la costa del Pacífico, que no aprendiera español o que nunca asistiera a la escuela. 

En realidad, ¿qué importancia puede tener saber que algunos aspectos concretos de la autobiografía de Menchú no son verídicos? Parte de la dificultad de Me llamo Rigoberta Menchú... tiene que ver con el hecho de que sea un «testimonio», el género biográfico gracias al cual en América latina personas relativamente marginales –mineros del cobre, vendedoras del mercado– y a menudo mujeres, cuentan una historia de vida personal que a la vez ilumina la forma de vida más general de su clase social, de su grupo étnico, de su género. De hecho, según Arturo Taracena (quien intervino decisivamente en la elaboración del texto Me llamo Rigoberta Menchú..., pero cuyos créditos desaparecieron del libro por su vinculación política con la organización Ejército Guerrillero de los Pobres), tanto él como Elisabeth Burgos se inspiraron en el testimonio de Domitila Chungara, la sindicalista minera boliviana. Los testimonios poseen un carácter ambivalente. Por una parte reflejan la vida personal de la persona que cuenta su vida, pero a la vez aspiran a presentar la voz y la experiencia de grupos sociales enteros: en el caso de Menchú, los indígenas guatemaltecos. En realidad, la verdad o falsedad del relato es algo que tiende a considerarse secundario, cuando no completamente irrelevante. Lo que interesa (por lo general a los antropólogos, quienes más cultivan este género) es la capacidad del narrador de mostrar su forma de entender el mundo y, por extensión, la vida del grupo social al que pertenece. El testimonio puede tener mucho de ficción, pero no por ello es falso. Desde este punto de vista, la impugnación de Stoll no tiene demasiado sentido, a condición de que el testimonio de Menchú se tenga por tal y no por un modelo de exactitud biográfica. Ahora bien, Me llamo RigobertaMenchú... no es sólo una historia de vida y una denuncia de la represión, es también una versión de los acontecimientos con objetivos políticos específicos. Y aquí el asunto se complica. En 1982 Rigoberta Menchú se había unido al Comité de Unidad Campesina (CUC) que era, por así decir, la rama política del Ejército Guerrillero de los Pobres (EGP). Su estancia en París formaba parte de una gira de representantes de la guerrilla por Europa y su testimonio fue diseñado para convenir a las necesidades propagandísticas de su organización. Ello explica, según Stoll, los ocultamientos y distorsiones del relato. Por ejemplo, según Rigoberta, su familia luchó con y perdió la tierra a manos de funcionarios y terratenientes ladinos (no indígenas), y en esas condiciones los miembros de su aldea no tuvieron otra alternativa que organizarse y llamar a la guerrilla en su auxilio. 

Las versiones recogidas por Stoll en la aldea de Chimel presentan, sin embargo, un panorama distinto: los responsables de la pérdida de la tierra de los Menchú fueron los propios vecinos indígenas, entre ellos familiares de la madre de Rigoberta, en una clásica disputa entre campesinos necesitados de tierra. Pero los conflictos internos entre vecinos desaparecieron del relato, para dar la impresión de que la lucha armada era la única reacción posible de unos campesinos colocados en una situación desesperada. Es mediante este tipo de explicación –la ausencia de otra opción– como las organizaciones guerrilleras y sus partidarios acostumbran a justificar el coste de la lucha armada. Así, su testimonio ayudó a fijar una versión de la guerra que se ha mantenido fuera de Guatemala, entre la izquierda y los circuitos de solidaridad, prácticamente inalterada. Tuvo que pasar bastante tiempo para que comenzaran a publicarse estudios más rigurosos y matizados –como los de Carmack2, de Le Bot3 y el anterior libro de Stoll4 – que superan las estrechas versiones de la guerra civil, tanto la de la derecha y el ejército («La causa de la guerra fue la subversión y el comunismo»), como la de las guerrillas («La guerra fue el resultado de la represión del ejército de los capitalistas e imperialistas contra un pueblo que se defiende»). En los años siguientes, el testimonio de Rigoberta se reveló como un medio excepcional para movilizar ayuda internacional en favor del movimiento revolucionario de Guatemala. Una de las ventajas del relato es que alimentaba los estereotipos de autenticidad y pureza que en Europa y los Estados Unidos se asocian con los indígenas (y en este sentido la promoción del testimonio representa un precedente de la puesta en escena indigenista del Ejército Zapatista en Chiapas). Stoll cita a este respecto el comentario, por otra parte característico, de un profesor norteamericano: «[Me llamo Rigoberta Menchú...] es uno de los libros más impresionantes que he leído... Mis estudiantes se identificaron enseguida con la historia de Menchú. Muchos de ellos descubrieron en la sociedad indígena de Guatemala rasgos atractivos que faltaban en sus propias vidas, fuertes lazos familiares, solidaridad comunitaria, una íntima relación con la naturaleza, el compromiso con los demás y la fidelidad a las creencias propias» (pág. 234). En efecto, el testimonio de Menchú tiende a presentar un mundo indígena idílico, fundado en una vida comunitaria armoniosa y el rechazo de la tecnología moderna. Y este sesgo quizá explica también los silencios sobre ciertos aspectos de su vida. Por ejemplo, la insistencia en presentarse como una persona iletrada y monolingüe. Rasgos así ayudaban a proporcionar la imagen de indígena incontaminado que se requería. En este sentido, el relato de Rigoberta es una víctima de los prejuicios, del racismo al revés: si los indígenas no se presentan ante los movimientos de solidaridad internacionales de acuerdo con las imágenes formularias que se les atribuye, la posibilidad de atraer su atención y ayuda se complica. Hacia 1994 Rigoberta Menchú se distanció públicamente de la guerrilla guatemalteca, responsabilizándola también de la violencia durante la guerra civil. El valor de Rigoberta no reside en que haya sido una víctima. Las víctimas no tienen una virtud superior por el hecho de serlo. Su mérito reside más bien en haber empleado la autoridad simbólica que le otorga su Premio Nobel en tender puentes en la fragmentada sociedad guatemalteca: entre indígenas y no indígenas, entre indígenas afines al movimiento guerrillero e indígenas contrarios, entre el sistema político y una mayoría de la población desilusionada con él. Pero el testimonio de 1982 que la puso en el camino del reconocimiento público también se ha convertido en una carga. Su reacción a la publicación del libro de Stoll (en realidad a un artículo del New York Times que lo resumía) supuso por un momento un retorno a la lógica de la guerra en Guatemala: la CIA, insinuó, podría estar detrás del trabajo de Stoll. La reacción de Menchú y algunas personas de su entorno evidencia la dificultad en Guatemala (pero no sólo allí: la reacción contra Stoll, aun sin leer su libro, ha sido más fuerte en Europa y Estados Unidos) de abordar la violencia política en la que se sumió el país en la segunda mitad de este siglo. Ésta está todavía demasiado envuelta en símbolos que impiden una discusión abierta, que dan por supuesto lo que en realidad necesita ser puesto en cuestión. El libro de Stoll no reduce en nada la figura de Rigoberta Menchú. Por el contrario, presenta el retrato de una mujer extraordinaria atrapada en unas circunstancias políticas difíciles. Cuando una persona se convierte en símbolo de una causa, la complejidad de su vida personal se deja a un lado para aparecer como una vida modelo. Y con ello también se oculta la complejidad de la situación representada mediante esa historia de vida.

1. Elisabeth Burgos, Me llamo RigobertaMenchú y así me nació la conciencia, Guatemala, Arcoiris, 1983 (edición original). ↩
2. Robert Carmack (ed.), Harvest of Violence. The Maya Indians and the Guatemalan Crisis, Norman, University of Oklahoma Press, 1988.
3. Yvon Le Bot, La guerra en tierras mayas.Comunidad, violencia y modernidad en Guatemala (1970-1992), México, Fondo de Cultura Económica, 1995. ↩
4. David Stoll, Between Two Armies in theIxil Towns of Guatemala, Nueva York, Columbia University Press, 1993.























Y amanecimos: Ella, todo un Pueblo Originario, todos los Pueblo Originarios,
y nosotros, los mestizos con conciencia...


No hay comentarios: