viernes, 3 de enero de 2014

“La desesperación es una quimera, esto es lo que la hace tan parecida a la esperanza” - Sandor Petöfi

1º de enero de 1823 - Kiskorös


Tú fuiste mi única flor


Tú fuiste mi única flor;
Ya, marchita, mi vida es un desierto.
Tú fuiste luz de mi esplendente sol;
Apagada, yo en noche me convierto.
Tú fuiste el ala de mi inspiración;
Rota, ni puedo ni volar ansío.
Tú fuiste de mi sangre único ardor;
Ya fría estás, y muérome de frío.

(Pest, enero de 1845)

Versión de Juan Luis Estelrich



Días ensangrentados los que sueño


Días ensangrentados los que sueño,
días que el mundo van a derrumbar
y sobre los escombros de este mundo
vetusto, el mundo nuevo erigirán.

¡Ojalá que ya suene, que ya suene
la tronante trompeta de batalla!
¡El son de la pelea, el son guerrero
cuánto lo anhela mi alma arrebatada!

¡De un salto me coloco alegremente
en el lomo ensillado de mi potro,
entre las huestes de los adalides
galoparé borracho de alborozo!

Si mi pecho llegara a ser herido,
alguien sin duda vendará mi pecho,
alguien capaz de suturar sus bordes
con el bálsamo dulce de su beso.

Y si me atrapan alguien ha de haber
que venga hasta mi oscura bartolina
y la ilumine toda con sus ojos
brillantes como estrellas matutinas.

(Berkesz, 6 de noviembre de 1846)

Versión de Fayad jamás


La canción de los perros


Ruge y retumba ronca la tormenta
Por la enlutada bóveda del cielo,
Y sobre el dorso de impetuosas ráfagas
Cabalgan las deidades del invierno.

¿Qué nos importa?... Un rincón
Tenemos en la cocina,
Que, graciosamente, el dueño
Nos señaló por guarida.

No nos inquieta el sustento,
Que así que el amo se harta
Quedan sobras en la mesa
Y esos mendrugos nos bastan.

Verdad que a ratos, sin causa,
Puntapiés nos lanza fiero;
Pero, ¿qué importa?... ¡Muy pronto
Sana la carne de perro!

Y al cabo se va la ira
Y entonces riendo nos llama,
Y vamos quedos…, queditos
Y le lamemos las plantas.

(Pest, enero de 1847)

Versión de Eugenio de Escalante



Canción de lobos


Ruge y retumba ronca la tormenta
Por la enlutada bóveda del cielo,
Y sobre el dorso de impetuosas ráfagas
Cabalgan las deidades del invierno.

En el frígido erial donde vagamos
Sin acierto buscando alguna senda,
Ni un arbusto descubre la mirada
Que el suspirado abrigo nos ofrezca.

Allá en la cueva el hambre que nos mata,
Y fuera de ella el frío que nos hiela:
Entrambos, como rudos cazadores,
Sin piedad nos acosan por doquiera.

Y júntaseles otro en la batida:
Del cargado fusil la saña fiera
Deja sobre la nieve señaladas
Con nuestra roja sangre nuestras huellas…

Tenemos frío, sí; tenemos hambre
Y el morífero plomo nos asedia;
Pero, ¿qué importa?... En cambio somos libres
¡Oh santa Libertad! ¡Bendita seas!

(Buda, enero de 1847)

Versión de Isaías E. Muñoz


Nacido con el nombre de Sándor Petrovics –hungarizó su apellido en 1842– en Kiskőrös (Hungría centro-meridional) el 1 de enero de 1823, en el seno de una familia luterana de ascendencia eslovaca; murió después de ser malherido en la batalla de Segesvár (hoy Sighişoara, en Rumania), durante la guerra por la independencia húngara contra las tropas austriacas, el 31 de julio de 1849.


De: Impedimenta.blogspot.com