sábado, 21 de septiembre de 2013

Una metáfora del fascismo siempre latente: El Señor de las Moscas




William Golding
19 de setiembre de 1911 - Inglaterra

Jack fue el primero en hacerse oír. No tenía la caracola y, por tanto, rompía las reglas, pero a nadie le importó.
- ¿Y qué hay de esa fiera?
Algo raro le ocurría a Percival. Bostezó y se tambaleó de tal modo que Jack le agarró por los brazos y le sacudió.
- ¿Dónde vive la fiera?
El cuerpo de Percival se escurría inerme.
- Tiene que ser una fiera muy lista - dijo Piggy en guasa - si puede esconderse en esta isla.
- Jack ha estado por todas partes...
- ¿Dónde podría vivir una fiera?
- ¿Qué fiera ni que ocho cuartos? Percival masculló algo y la asamblea volvió a reír.
Ralph se inclinó.
- ¿Qué dice?
Jack escuchó la respuesta de Percival y después le soltó. El niño, al verse libre y rodeado de la confortable presencia de otros seres humanos, se dejó caer sobre la  tupida hierba y se durmió:
Jack se aclaró la garganta y les comunicó tranquilamente:
- Dice que la fiera sale del mar.
Se desvaneció la última risa. Ralph, a quien veían como una forma negra y encorvada frente a la laguna, se volvió sin querer. Toda la asamblea siguió la dirección de su mirada; contemplaron la vasta superficie de agua y la alta mar detrás, la misteriosa  extensión añil de infinitas posibilidades; escucharon en silencio los murmullos y el  susurro del arrecife.
Habló Maurice, en un tono tan alto que se sobresaltaron.
- Papá me ha dicho que todavía no se conocen todos los animales que viven en el mar.
Comenzó de nuevo la polémica. Ralph ofreció la centellante caracola a Maurice, quien la recibió obedientemente. La reunión se apaciguó.
- Quiero decir que lo que nos ha dicho Jack, que uno tiene miedo porque la gente siempre tiene miedo, es verdad. Pero eso de que sólo hay cerdos en esta isla supongo que será cierto, pero nadie puede saberlo, no lo puede saber del todo. Quiero decir que no se puede estar seguro - Maurice tomó aliento -. Papá dice que hay cosas, esas cosas que echan tinta, los calamares, que miden cien tos de metros y se comen ballenas enteras.
De nuevo guardó silencio y rió alegremente.
- Yo no creo que exista esa fiera, claro que no. Como dice Piggy, la vida es una cosa científica, pero no se puede estar seguro de nada, ¿verdad? Quiero decir, no de) todo.
Alguien gritó:
- ¡Un calamar no puede salir del agua!
- ¡Sí que puede!
- ¡No puede!
Pronto se llenó la plataforma de sombras que discutían y se agitaban. Ralph, que aún permanecía sentado, temió que todo aquello fuese el comienzo de la locura. Miedo y fieras... pero no se reconocía que lo esencial era la hoguera, y cuando uno trataba de aclarar las cosas la discusión se desgarraba hacia un asunto nuevo y desagradable.
Logró ver algo blanco en la oscuridad, cerca de él. Le arrebató la caracola a Maurice y sopló con todas sus fuerzas. La asamblea, sobresaltada, quedó en silencio. Simón estaba a su lado, extendiendo las manos hacia la caracola. Sentía una arriesgada necesidad de hablar, pero hablar ante una asamblea le resultaba algo aterrador.
- Quizá - dijo con vacilación -, quizá haya una fiera. La asamblea lanzó un grito terrible y Ralph se levantó asombrado.
- ¿Tú, Simón? ¿Tú crees en eso?
- No lo sé - dijo Simón. Los latidos del corazón le ahogaban -. Pero... Estalló la tormenta.
- ¡Siéntate!
- ¡Cállate la boca!
- ¡Coge la caracola!
- ¡Que te den por...!
- ¡Cállate! Ralph gritó:
- ¡Escuchadle! ¡Tiene la caracola!
- Lo que quiero decir es que... a lo mejor somos nosotros.
- ¡Narices!
Era Piggy, a quien el asombro le había hecho olvidarse de todo decoro. Simón prosiguió:
- Puede que seamos algo...
A pesar de su esfuerzo por expresar la debilidad fundamental de la humanidad, Simón no encontraba palabras. De pronto, se sintió inspirado.
- ¿Cuál es la cosa más sucia que hay?
Como respuesta, Jack dejó caer en el turbado silencio que siguió una palabra tan vulgar como expresiva. La sensación de alivio que todos sintieron fue como un paroxismo.
Los pequeños, que se habían vuelto a sentar en el columpio, se cayeron de nuevo, sin importarles. Los cazadores gritaban divertidos.
El vano esfuerzo de Simón se desplomó sobre él en ruinas; las risas le herían como golpes crueles y, acobardado e indefenso, regresó a su asiento.
Por fin reinó de nuevo el silencio.
Alguien habló fuera de turno.
- A lo mejor quiere decir que es algún fantasma.
Ralph alzó la caracola y escudriñó en la penumbra..El lugar más alumbrado era la pálida  playa. ¿Estarían los peques con ellos? Sí, no había duda, se habían acurrucado en el centro, sobre la hierba, formando un apretado nudo de cuerpos. Una ráfaga de aire sacudió las palmeras, cuyo murmullo se agigantó ahora en la oscuridad y el silencio. Dos troncos grises rozaron uno contra otro, con un agorero crujido que nadie había percibido durante el día.
Piggy le quitó la caracola. Su voz parecía indignada.
- ¡Nunca he creído en fantasmas..., nunca! También Jack se había levantado, absolutamente furioso.
- ¿Qué nos importa lo que tú creas? ¡Gordo!
- ¡Tengo la caracola!
Se oyó el ruido de una breve escaramuza y la caracola cruzó de un lado a otro.
- ¡Devuélveme la caracola!
Ralph se interpuso y recibió un golpe en el pecho. Logró recuperar la caracola, sin saber cómo, y se sentó sin aliento.
- Ya hemos hablado bastante de fantasmas. Debíamos haber dejado todo esto para la mañana.
Una voz apagada y anónima le interrumpió.
- A lo mejor la fiera es eso..., un fantasma. La asamblea se sintió como sacudida por un fuerte viento.
- Estáis hablando todos fuera de turno - dijo Ralph -, y no se puede tener una asamblea como es debido si no se guardan las reglas.
Calló una vez más. Su cuidadoso programa para aquella asamblea se había venido a tierra.
- ¿Qué puedo deciros? Hice mal en convocar una asamblea a estas horas. Pero  podemos votar sobre eso; sobre los fantasmas, quiero decir. Y después nos vamos todos a los refugios, porque estamos cansados. No... ¿eres tú, Jack?... espera un momento. Os voy a decir aquí y ahora que no creo en fantasmas. Por lo menos eso me parece. Pero no
me gusta pensar en ellos. Digo ahora, en la oscuridad. Bueno, pero íbamos a arreglar las cosas.
Alzó la caracola.
- Y supongo que una de esas cosas que hay que arreglar es saber si existen fantasmas o no...
Se paró un momento a pensar y después formuló la pregunta:
- ¿Quién cree que pueden existir fantasmas?
Hubo un largo silencio y aparente inmovilidad. Después, Ralph contó en la penumbra las manos que se habían alzado. Dijo con sequedad:
- Ya.
El mundo, aquel mundo comprensible y racional, se escapaba sin sentir. Antes se podía distinguir una cosa de otra, pero ahora... y, además, el barco se había ido.
Alguien le arrebató la caracola de las manos y la voz de Piggy chilló.
- ¡Yo no voté por ningún fantasma! Se volvió hacia la asamblea.
- ¡Ya podéis acordaros de eso! Le oyeron patalear.
- ¿Qué es lo que somos? ¿Personas? ¿O animales? ¿O salvajes? ¿Que van a pensar
de nosotros los mayores? Corriendo por ahí..., cazando cerdos..., dejando que se apague la hoguera..., ¡y ahora!
Una sombra tempestuosa se le enfrentó.
- ¡Cállate ya, gordo asqueroso!
Hubo un momento de lucha y la caracola brilló en movimiento.
Ralph saltó de su asiento.
- ¡Jack! ¡Jack! ¡Tú no tienes la caracola! Déjale hablar.
El rostro de Jack flotaba junto al suyo.
- ¡Y tú también te callas! ¿Quién te has creído que eres? Ahí sentado... diciéndole a la gente lo que tiene que hacer. No sabes cazar, ni cantar.
- Soy el jefe. Me eligieron.
- ¿Y que más da que te elijan o no? No haces más que dar órdenes estúpidas...
- Piggy tiene la caracola.
- ¡Eso es, dale la razón a Piggy, como siempre!
- ¡Jack!
La voz de Jack sonó con amarga mímica:
- ¡Jack! ¡Jack!
- ¡Las reglas! - gritó Ralph - ¡Estás rompiendo las reglas!
- ¿Y qué importa?
Ralph apeló a su propio buen juicio.
- ¡Las reglas son lo único que tenemos! Jack le rebatía a gritos.
- ¡Al cuerno las reglas! ¡Somos fuertes..., cazamos! ¡Si hay una fiera, iremos por ella!
¡La cercaremos, y con un golpe, y otro, y otro...!
Con un alarido frenético saltó hacia la pálida arena. Al instante se llenó la plataforma de ruido y animación, de brincos, gritos y risas. La asamblea se dispersó; todos salieron corriendo en alocada desbandada desde las palmeras en dirección a la playa y después a lo largo de ella, hasta perderse en la oscuridad de la noche. Ralph, sintiendo la caracola junto a su mejilla, se la quitó a Piggy.
- ¿Qué van a decir las personas mayores? - exclamó Piggy de nuevo -. ¡Mira esos!
De la playa llegaba el ruido de una fingida cacería, de risas histéricas y de auténtico terror.
- Que suene la caracola, Ralph. Piggy se encontraba tan cerca que Ralph pudo ver el
destello de su único cristal
- Tenemos que cuidar del fuego, ¿es que no se dan cuenta? Ahora tienes que ponerte
duro. Oblígales a hacer lo que les mandas.
Ralph respondió con el indeciso tono de quien está aprendiéndose un teorema.
- Si toco la caracola y no vuelven, entonces sí que se acabó todo. Ya no habrá hoguera. Seremos igual que los animales. No nos rescatarán jamás.
- Si no llamas vamos a ser como animales de todos modos, y muy pronto. No puedo ver lo que hacen, pero les oigo.
Las dispersas figuras se habían reunido de nuevo en la arena y formaban una masa compacta y negra en continuo movimiento. Canturreaban algo, pero los pequeños, cansados ya, se iban alejando con pasos torpes y llorando a viva voz. Ralph se llevó la caracola a los labios, pero en seguida bajó el brazo.
- Lo malo es que... ¿Existen los fantasmas, Piggy? ¿O los monstruos?
- Pues claro que no.
- ¿Por qué estás tan seguro?
- Porque si no las cosas no tendrían sentido. Las casas, y las calles, y... la tele..., nada de eso funcionaría.
Los muchachos se habían alejado bailando y cantando, y las palabras de su cántico se perdían con ellos en la lejanía.
- ¡Pero suponte que no tengan sentido! ¡Que no tengan sentido aquí en la isla!
¡Suponte que hay cosas que nos están viendo y que esperan!
Ralph, sacudido por un temblor, se arrimó a Piggy y ambos se sobresaltaron al sentir el roce de sus cuerpos.
- ¡Deja de hablar así! Ya tenemos bastantes problemas, Ralph, y ya no aguanto más. Si hay fantasmas...
- Debería renunciar a ser jefe. Tú escúchales.
- ¡No, Ralph! ¡Por favor! Piggy apretó el brazo de Ralph.
- Si Jack fuese jefe no haríamos otra cosa que cazar, y no habría hoguera. Tendríamos que quedarnos aquí hasta la muerte.
Su voz se elevó en un chillido.
- ¿Quién está ahí sentado?
- Yo, Simón.
- Pues vaya un grupo que hacemos - dijo Ralph -. Tres ratones ciegos. Voy a renunciar.
- Si renuncias - dijo Piggy en un aterrado murmullo -, ¿qué me va a pasar a mí?
- Nada.
- Me odia. No sé por qué; pero si se le deja hacer lo que quiere... A ti no te pasaría
nada, te tiene respeto. Además, tú podrías defenderte.
- Tú tampoco te quedaste corto hace un momento en esa pelea.
- Yo tenía la caracola - dijo Piggy sencillamente -. Tenía derecho a hablar.
Simón se agitó en la oscuridad.
- Sigue de jefe.
- ¡Cállate, Simón! ¿Por qué no fuiste capaz de decirles que no había ningún monstruo?
- Le tengo miedo - dijo Piggy - y por eso le conozco. Si tienes miedo de alguien le odias, pero no puedes dejar de pensar en él. Te engañas diciéndote que de verdad no es
tan malo, pero luego, cuando vuelves a verle... es como el asma, no te deja respirar. Te voy a decir una cosa. A tí también te odia, Ralph.
- ¿A mí? ¿Por qué a mí?
- No lo sé. Le regañaste por lo de la hoguera; además, tú eres jefe y él no.
- ¡Pero él es... él es Jack Merridew!
- Me he pasado tanto tiempo en la cama que he podido pensar algo. Conozco a la gente. Y me conozco. Y a él también. A ti no te puede hacer daño, pero si te echas a un
lado, le hará daño al que tienes más cerca. Y ese soy yo.
- Piggy tiene razón, Ralph. Estáis tú y Jack. Tienes que seguir siendo jefe
- Cada uno se va por su lado y las cosas van fatal. En casa siempre había alguna persona mayor. Por favor, señor; por favor, señorita, y te daban una respuesta.  ¡Cómo me gustaría...!
- Me gustaría que estuviese aquí mi tía.
- Me gustaría que mi padre... ¡Bueno, esto es perder el tiempo!
- Hay que mantener vivo el fuego. La danza había terminado y los cazadores regresaban ahora a los refugios.
- Los mayores saben cómo son las cosas - dijo Piggy -. No tienen miedo de la oscuridad. Aquí se habrían reunido a tomar el té y hablar. Así ¡o habrían arreglado todo.
- No prenderían fuego a la isla. Ni perderían...
- Habrían construido un barco... Los tres muchachos, en la oscuridad, se esforzaban en vano por expresar la majestad de la edad adulta.
- No regañarían...
- Ni me romperían las gafas...
- Ni hablarían de fieras...
- Si pudieran mandarnos un mensaje - gritó Ralph desesperadamente -. Si pudieran mandarnos algo suyo..., una señal o algo.
Un gemido tenue salido de la oscuridad les heló la sangre y les arrojó a los unos en brazos de los otros. Entonces el gemido aumentó, remoto y espectral, hasta convertirse
en un balbuceo incomprensible. Percival Wemys Madison, de La Vicaría, en Hartcourt St. Anthony, tumbado en la espesa hierba, vivía unos momentos que ni el conjuro de su
nombre y dirección podía aliviar.

Fragmento de la novela





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