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30 de agosto de 1797 Mary Wollstonecraft Godwin / Mary Shelley Escritora, filósofa, política. |
(...) ¡Dios de dioses! ¡Qué escena acabo de ver con mis
propios ojos! Estoy desconcertado y no sé si tendré la fuerza suficiente para
contarte con detalle lo sucedido. Voy a tratar de hacerlo porque, de lo
contrario, cuanto te he dicho perdería parte de su sentido.
He penetrado en el camarote de Frankenstein y he podido ver
a una figura gigantesca, inclinada sobre su cadáver. No sé como describirla,
pero era un ser desproporcionado y no podía verle la cara. Cuando se inclinaba,
le caían, colgando, unos mechones de pelo lacio y espeso. La mano que tendía
hacia el cuerpo inerme era enorme y parecía, por su color y su aspecto, la de
una momia. Cuando me acerqué, y al darse cuenta de mi presencia, ese horrible
ser dejó de lamentarse, para intentar huir por la ventana del camarote. En ese
mismo instante cerré los ojos instintivamente, en un esfuerzo por recordar mi
deber para con el enemigo de mi buen Frankenstein. Entonces le ordené que se
detuviese, cosa que él hizo no sin mirarme con aire sorprendido y volviendo en
seguida su horrible faz hacia el inanimado cuerpo de su creador. Cada uno de
sus gestos parecía el fruto de una pasión incontrolable.
- ¡He aquí una de mis víctimas! -exclamó-. En su muerte se
consuma mi ansia de venganza y se cierra el ciclo de mi mísera existencia.
¡Frankenstein, generoso y devoto espíritu! ¿Acaso me serviría de algo pedirte
perdón? Yo, que sin consideración a nada ni a nadie destruí a tus seres
queridos ... ¡Pero ya estás frío y no puedes responderme!
Su voz estaba dominada por el dolor, y mi primer impulso ha
sido cumplir con la voluntad de mi amigo y destruir al monstruo. Pero no lo he
hecho porque me lo ha impedido un sentimiento de compasión, mezclado con la
curiosidad. Aun cuando me acerqué a él, no osé levantar los ojos hacia su cara
ultraterrena, capaz de atormentar al más tranquilo y sereno de los mortales.
Intenté hablarle, pero las palabras se helaron en mis labios, mientras aquel
ser continuaba lamentándose. Finalmente, aprovechando un silencio en su letanía
de lamentos y tras de muchos esfuerzos, le dije:
- Tu arrepentimiento no es ya necesario. Si hubieras
escuchado la voz de la conciencia y atendido los aguijonazos del remordimiento,
antes de llevar a cabo tu demoniaca venganza, Frankenstein estaria aún vivo.
- ¿Acaso creéis -me interrumpió- que nunca me he sentido
embargado por el remordimiento? Este hombre -añadió, señalando el cadáver- no
tuvo que sufrir mientras realizaba su tarea... El no experimentó ni una
pequeñísima parte de la angustia que yo he sufrido cuando llevaba a cabo mis
atroces asesinatos. Un egoísmo ciego me empujaba a la acción, al tiempo que mi
corazón se arrepentía. ¿Acaso creéis que los estertores de Clerval fueron para
mí una música celestial? Yo deseaba amor y simpatía. Y cuando me vi obligado al
odio y al vicio, por causa de la desgracia, tuve que soportar torturas
inigualadas por nadie y que vos no podéis ni tan siquiera imaginar ...
Así, después del asesinato de Clerval volví a Suiza con el
corazón destrozado, y tuve tanta compasión de Frankenstein que hasta yo me
sentí aterrorizado. Pero cuando supe que el autor de mis días y de mis
innumerables tormentos osaba concebir ideas de felicidad mientras sobre mí se
acumulaba desgracia tras desgracia, cuando vi que se disponia a disfrutar de
una felicidad que a mí me estaba negada, me sentí dominado por una envidia
impotente y por una amarga indignación que acicatearon mi deseo de venganza.
Recordé las amenazas que yo mismo había proferido, y decidí cumplirlas. Sabia
de antemano que me conducirian a una nueva y mortal tortura, pero yo me sentía
el esclavo, y no el dueño, de un apasionamiento que no podia abandonar, aun
cuando me resultase aborrecible. Y cuando ella murió ... No, aquella vez no me
sentí miserable. Cometí aquel crimen renegando de toda clase de sentimientos y
movido por el afán de venganza. A partir de aquel momento, el mal se convirtió
para mí en bien, y llegado a este extremo era obvio que no tenia elección. Por
lo tanto, me fue necesario adaptar mi naturaleza a algo que yo mismo habla
elegido voluntariamente, y desde entonces el cumplimiento de mis diabólicos
proyectos no ha sido más que una pasión insaciable. Ahora, por fin, he rematado
mi obra. ¡Esta ha sido mi última víctima!
Estas manifestaciones comenzaron por conmoverme, pero al
recordar lo que me había dicho Frankenstein respecto a su elocuencia y a su
capacidad de convicción y viendo el cuerpo de mi amigo exánime, sentí como la
indignación se apoderó nuevamente de mí.
- ¡Monstruo mil veces maldito! -le dije-. ¿Por qué vienes a
llorar la muerte de tu última víctima? Tú que arrojaste una brasa ardiendo al
techo de una cabaña, y luego te quedaste para contemplar tu obra destructora a
la vez que te lamentabas. ¡Maldito hipócrita! Si aquel a quien lloras volviese
a la vida, se convertiría de nuevo en el blanco de tu venganza. No es piedad lo
que sientes. No. Tus lamentos se deben a la desesperación que te produce verle
fuera de tu poder.
- ¡Oh, no, esto no es verdad! -me interrumpió-. No busco
simpatía alguna en mi dolor, porque sé perfectamente que jamás la encontraría.
La primera vez que la busqué fue en el amor y la virtud; quise participar de
las sensaciones de la felicidad y el afecto. Pero ahora, la virtud es para mí
un espejismo y la felicidad se ha convertido en odio. ¿Dónde creéis que puedo
encontrar simpatía? Me basta con sufrir en solitario, mientras duren mis
padecimientos, pues sé que cuando muera los únicos recuerdos que acompañarán mi
memoria estarán teñidos de vergüenza y horror. Hubo un tiempo en que mi imaginación
se alimentaba con sueños de virtud, fama y felicidad, en que esperaba con
candorosa ilusión encontrar en mi vida seres capaces de olvidar mi malformación
y de amarme por las excelencias de mi alma. Pero el crimen me ha reducido a un
nivel peor que el de las alimañas. No hay en el mundo maldad, ni desgracia, ni
miseria, que sean comparables a la mía. A veces examino la senda de mis
horribles crímenes, y no puedo creer que los haya cometido la misma criatura
que en otro tiempo tuvO sublimes y trascendentes visiones de la belleza y la
majestad que caracterizan a la virtud. Estaba escrito: el ángel caído se
convierte en el espíritu del mal. Pero él, enemigo de Dios y de los hombres
como fue, tiene amigos que le consuelan en su desolaci6n, mientras que yo estoy
completamente solo.
Vos os llamáis amigo de Frankenstein, y parecéis tener algún
conocimiento de mis crímenes y de mis penas. Pero por muchos detalles que él os
haya podido dar, nunca serán sino el resumen de horas, de meses en los que se
han acumulado las miserias y he desperdiciado mis energías en inútiles
apasionamientos. Porque, mientras iba consumando la venganza, yo no conseguía
calmar mis ardientes deseos. Bullía por encontrar amor y afecto, y lo único que
hallaba era el desprecio y el horror. ¿Acaso no es esto una cruel injusticia? ¿
Por qué solamente yo tenía que ser tachado de criminal, cuando toda la
humanidad pecaba contra mí? ¿Por qué no odiáis a Félix, que tan violentamente
me expulsó de su lado? ¿Por qué aquel gañán intentó matar al salvador de su
hija? ¡Ay! Aquéllos eran unos seres inmaculados, y sólo yo soy el miserable, el
proscrito, un monstruo que merece ser pisoteado. Ahora, cuando recuerdo esto y
me arrepiento de mis acciones, no puedo evitar que la sangre bulla en mis
venas.
Es cierto, ¡soy un miserable/ He asesinado a criaturas
indefensas; he estrangulado al inocente mientras reposaba; he arrancado la vida
de quienes no me habían ofendido jamás; he conseguido que mi creador se
convirtiera en un alma en pena después de haber sido un magnífico ejemplo de
admiración y amor ... Le he perseguido hasta acosarle, y ahora yace aquí, sin
vida. Vos podéis odiarme, pero nunca llegará vuestro odio al nivel que llega el
que yo siento por mí mismo. Miro estas manos asesinas, escucho el corazón que
concibió tales planes, y espero con ansia el momento en que ni mis ojos ni mis
oídos serán capaces de ver u oír.
No debéis temer que sea todavía instrumento de desgracias
ajenas. He terminado, casi, mi trabajo. No me hace falta ni vuestra vida ni la
de ningún otro hombre para completar lo que es necesario completar. La única
vida que preciso es la mía, y no tardaré mucho en obtenerla. Voy a abandonar
vuestro barco en el mismo témpano que me trajo a él, y me dirigiré al extremo
más alejado del hemisferio. Allí reuniré el material que adornará mi pira
funeraria, y en ella convertiré este cuerpo deforme y horrendo en cenizas, para
que no sirva de curiosidad a ningún buscador de gloria que desee crear otro ser
tan desgraciado como yo he sido. Moriré, y muriendo no sentiré ningún dolor ni
experimentaré insatisfacción alguna ... Quien me dio la vida ha muerto; así
pues, cuando yo haya desaparecido, el recuerdo de ambos desaparecerá también.
El sol no volverá a calentarme, la brisa no acariciará ya nunca más mis
mejillas y las estrellas no me servirán de guía. La luz, el sentimiento y los
sentidos formarán parte del pasado, y sólo cuando esto suceda podré encontrar
mi auténtica felicidad. Hace algunos años, cuando pude apreciar por primera vez
la cálida alegría de la primavera y escuchar el murmullo de las hojas y el piar
de los pájaros, cuando creí que todo aquello también había sido creado para mi
disfrute! podía haber muerto de felicidad. Pero ahora, emponzoñado como estoy
por mis crímenes, destrozados como tengo todos mis sentimientos, ¿dónde podré
encontrar el reposo que necesito si no es en la muerte?
¡Adiós, os dejo! Por última vez dirijo mis ojos hacia el ser
humano. ¡Adiós, Frankenstein! Si te fuera posible volver a la vida, si todavía
quedase en tu alma un rescoldo que alimentase sentimientos de venganza hacia
mí, te juro que quedarías más satisfecho con mi triste vida que con mi muerte.
Pero las cosas no serán así, porque tú has buscado mi destrucción para poner
fin a nuevas y mayores desgracias. Y aun suponiendo que no hayas dejado de
sentir, dondequiera que estés no querrás imponerme un castigo mayor que el que
padece mi existencia. Tu vida fue desgraciada y miserable; pero peor fue la
mía, porque el dolor del remordimiento me seguirá clavando sus puñales hasta
que la muerte cierre para siempre las heridas de mi alma.
Pronto, muy pronto -exclamó con solemne entusiasmo-, moriré
y dejaré de experimentar lo que ahora siento. Pronto acabaré con estos
pensamientos. Ascenderé, gozoso, a mi pira funeraria, y gozaré del dolor que me
produzcan las llamas. El fulgor de esta conflagradón se apagará lentamente, el
viento recogerá mis cenizas para llevarlas hasta el mar, y mi espíritu
encontrará al fin la paz ... Aunque me sea posible pensar, estoy seguro de que
ya no será lo mismo, de que todo será distinto a como es ahora. ¡Adiós!
Y saltó por la ventana del camarote al terminar de
pronunciar estas palabras, cayendo sobre el témpano de hielo que flotaba a uno
de los costados del buque. Las olas le arrastraron en una especie de torbellino
y se perdió en la oscuridad de la distancia.
De: Continuación del
Diario de Robert Walton - de Frankestein de Mary Shelley
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