lunes, 22 de julio de 2013

“Yo siempre trato de escribir siguiendo el principio del iceberg” - Ernest Hemingway

21 de julio de 1899











Un gato bajo la lluvia

Sólo dos americanos paraban en el hotel. No conocían a ninguna de las personas que subían y bajaban por las escaleras hacia y desde sus habitaciones. La suya estaba en el segundo piso, frente al mar y al monumento de la guerra, en el jardín público de grandes palmeras y verdes bancos. Cuando hacía buen tiempo, no faltaba algún pintor con su caballete. A los artistas les gustaban aquellos árboles y los brillantes colores de los hoteles situados frente al mar.
Los italianos venían de lejos para contemplar el monumento a la guerra, hecho de bronce, que resplandecía bajo la lluvia. El agua se deslizaba por las palmeras y formaba charcos en los senderos de piedra. Las olas se rompían en una larga línea y el mar se retiraba de la playa, para regresar y volver a romperse bajo la lluvia.
Los automóviles se alejaron de la plaza donde estaba el monumento. Del otro lado, a la entrada de un café, un mozo estaba contemplando el lugar ahora solitario.
La dama americana lo observó todo desde la ventana.
En el suelo, a la derecha, un gato se había acurrucado bajo uno de los bancos verdes. Trataba de achicarse todo lo posible para evitar las gotas de agua que caían a los lados de su refugio. El gato tenía que estar a la derecha. Tal vez pudiese acercarse protegida por los aleros.
–Voy a buscar a ese gatito –dijo ella.
–Iré yo, si quieres –se ofreció su marido desde la cama.
–No, voy yo. El pobre minino se ha acurrucado bajo el banco para no mojarse. ¡Pobrecito!
El hombre continuó leyendo, apoyado en dos almohadas, al pie de la cama.
–No te mojes –le advirtió.
La mujer bajó y el dueño del hotel se levantó y le hizo una reverencia cuando ella pasó delante de su oficina, que tenía el escritorio al fondo. El propietario era un hombre viejo y muy alto.
–Il piove –expresó la americana.
El dueño del hotel le resultaba simpático.
–Sí, sí, signora, brutto tempo. Es un tiempo muy malo.
Cuando la americana pasó frente a la oficina, el padrone se inclinó desde su escritorio. Ella experimentó una rara sensación. Se quedó detrás del escritorio, al fondo de la oscura habitación. A la mujer le gustaba. Le gustaba la seriedad con que recibía cualquier queja. Le gustaba su dignidad y su manera de servirla y de desempeñar su papel de hotelero. Le gustaba su rostro viejo y triste y sus manos grandes.
Estaba pensando en aquello cuando abrió la puerta y asomó la cabeza. La lluvia había arreciado. Un hombre con un impermeable cruzó la plaza vacía y entró en el café. El gato tenía que estar a la derecha. Tal vez pudiese acercarse protegida por los aleros.
Mientras tanto, un paraguas se abrió detrás. Era la sirvienta encargada de su habitación, mandada, sin duda, por el hotelero.
–No debe mojarse –dijo la muchacha en italiano, sonriendo.
Mientras la criada sostenía el paraguas a su lado, la americana marchó por el sendero de piedra hasta llegar al sitio indicado, bajo la ventana. El banco estaba allí, brillando bajo la lluvia, pero el gato se había ido. La mujer se sintió desilusionada. La criada la miró con curiosidad.
–Ha perduto qualque cosa, signora?
–Había un gato aquí –contestó la americana.
–¿Un gato?
–Sí, il gatto.
–¿Un gato? –la sirvienta se echó a reír – ¿Un gato? ¿Bajo la lluvia?
–Sí; se había refugiado en el banco –y después– ¡Oh! ¡Me gustaba tanto! Quería tener un gatito.
Cuando habló en inglés, la doncella se puso seria.
–Venga, signora. Tenemos que regresar. Si no, se mojará.
–Me lo imagino –dijo la extranjera.
Volvieron al hotel por el sendero de piedra. La muchacha se detuvo en la puerta para cerrar el paraguas. Cuando la americana pasó frente a la oficina, el padrone se inclinó desde su escritorio. Ella experimentó una rara sensación. El padrone la hacía sentirse muy pequeña y, a la vez, importante. Tuvo la impresión de tener una gran importancia.
Después de subir por la escalera, abrió la puerta de su cuarto. George seguía leyendo en la cama.
–¿Y el gato? –preguntó, abandonando la lectura.
–Se ha ido.
–¿Y donde puede haberse ido? –dijo él, descansando un poco la vista.
La mujer se sentó en la cama.
–¡Me gustaba tanto! No sé por qué lo quería tanto. Me gustaba ese pobre gatito. No debe resultar agradable ser un pobre minino bajo la lluvia.
George se puso a leer de nuevo. Su mujer se sentó frente al espejo del tocador y empezó a mirarse con el espejo de mano. Se estudió el perfil, primero de un lado y después del otro y, por último, se fijó en la nuca y en el cuello.
–¿No te parece que me convendría dejarme crecer el pelo? –le preguntó, volviendo a mirarse de perfil.
George levantó la vista y vio la nuca de su mujer, rapada como la de un muchacho.
–A mí me gusta como está.
–¡Estoy cansada de llevarlo tan corto! Ya estoy harta de parecer siempre un muchacho.
George cambió de posición en la cama. No le había quitado la mirada de encima desde que ella empezó a hablar.
–¡Caramba! Si estás muy bonita – dijo.
La mujer dejó el espejo sobre el tocador y se fue a mirar por la ventana. Anochecía ya.
–Quisiera tener el pelo más largo, para poder hacerme moño. Estoy cansada de sentir la nuca desnuda cada vez que me la toco. Y también quisiera tener un gatito que se acostara en mi falda y ronroneara cuando yo lo acariciara.
–¿Sí? –dijo George.
–Y, además, quiero comer en una mesa con velas y con mi propia vajilla. Y quiero que sea primavera y cepillarme el cabello frente al espejo, tener un gatito y algunos vestidos nuevos. Quisiera tener todo eso.
–¡Oh! ¿Por qué no te callas y lees algo? –dijo George, reanudando su lectura.
Su mujer miraba desde la ventana. Ya era de noche y todavía llovía a través de las palmeras.
–De todos modos, quiero un gato –dijo–. Quiero un gato. Quiero un gato. Ahora mismo. Si no puedo tener el pelo largo ni divertirme, por lo menos necesito un gato.
George no la escuchaba. Estaba leyendo su libro. Desde la ventana, ella vio que la luz se había encendido en la plaza. Alguien llamó a la puerta
–Avanti –dijo George, mirando por encima del libro.
En la puerta estaba la sirvienta. Traía un gran gato de color de carey que pugnaba por zafarse de los brazos que lo sujetaban.
–Con permiso –dijo la muchacha– el padrone me encargó que trajera esto para la signora.





El anciano del puente

Un anciano con anteojos de armazón de acero y ropa llena de polvo estaba sentado a un costado del camino. Un puente de pontones atravesaba el río, y carros, camiones, hombres, mujeres y niños cruzaban en ese instante. Los carros tirados por mulas se tambaleaban en la empinada orilla, al salir del puente, y los soldados prestaban ayuda empujando los rayos de las ruedas. Los camiones subían y se alejaban rápidamente, y los paisanos caminaban con esfuerzo por la polvareda, enterrándose hasta los tobillos. Pero el anciano permanecía en su sitio, sin moverse. Estaba demasiado cansado como para seguir adelante.

Mi tarea consistía en cruzar el puente, explorar la cabeza del mismo y comprobar hasta qué punto había avanzado el enemigo. Después de realizar este trabajo, regresé por el puente. Ya no había tantos carros, y muy poca gente cruzaba a pie, pero el anciano permanecía allí todavía.

—¿De dónde viene usted? —le pregunté.

—De San Carlos —respondió con una sonrisa.

Era su pueblo natal y, por lo tanto, le complacía mencionarlo. Ese fue el motivo de su sonrisa.

—Estaba cuidando animales —explicó.

— ¡Ah! —exclamé, sin comprender del todo.

—Sí. Como verá, me quedé cuidando animales. Fui el último en abandonar la ciudad de San Carlos.

No parecía, en realidad, ni pastor ni vaquero. Entonces miré sus ropas negras de tierra, su rostro gris por el polvo, y sus anteojos con armazón de acero, y dije:

— ¿Qué animales eran?

—Varios animales —contestó mientras sacudía la cabeza—. Tuve que abandonarlos.

Yo estaba observando el puente y la región de aspecto africano del delta del Ebro, y me pregunté cuánto faltaría para que viésemos al enemigo, y todo el rato estuve esperando los primeros ruidos que señalarían ese acontecimiento siempre misterioso llamado contacto. El anciano no se movía de allí.

— ¿Qué animales eran? —pregunté.

 —Eran tres animales, en total —me replicó. Eran dos cabras y un gato, y también cuatro pares de palomas.

— ¿Y tuvo que abandonarlos?

—Sí. Por la artillería. El capitán me dijo que me fuese a causa de la artillería.

— ¿Y no tiene familia? —le pregunté mientras observaba el extremo más alejado del puente, donde los últimos carros se apresuraban a bajar por la pendiente de la ribera.

—No —dijo—, sólo los animales que mencioné. El gato, por supuesto, se salvará. Un gato puede cuidarse solo. Pero no quiero ni pensar qué será de los otros.

— ¿Y de qué bando político es partidario?

—De ninguno. No me interesa la política. Tengo sesenta y seis años. He caminado doce kilómetros y creo que no puedo seguir más.

—Este no es un sitio apropiado para detenerse. Si puede llegar hasta la parte donde el camino se bifurca hacia Tortosa, allí encontrará varios camiones que lo llevarán.

—Esperaré un rato —dijo—, y después iré. ¿Y adónde van los camiones?

—A Barcelona —le respondí.

—No conozco a nadie en ese lugar, pero se lo agradezco mucho. Gracias, muchísimas gracias.

Me miró con una expresión de cansancio en sus facciones y, como tenía que compartir con alguien su preocupación, me dijo:

—El gato se salvará. Estoy seguro de eso. No hay necesidad de inquietarse por el gato. ¿Pero los otros? A ver, ¿qué le parece? ¿Qué será de los otros?

—¡Caramba! Es posible que también se salven.

—¿De veras?

—¿Por qué no, pues? —dije, observando la orilla opuesta, donde ya no quedaba ningún carro.

—¿Pero qué pueden hacer bajo la artillería si yo no he podido quedarme a causa de eso?

—¿Dejó el palomar abierto?

—Sí.

—Entonces volarán.

—Sí, es claro que volarán. ¿Pero los otros? Es mejor no pensar en los otros.

—Ya ha descansado bastante —le indiqué—. Levántese y trate de caminar.

—Gracias —dijo mientras se ponía de pie, tambaleaba de un lado a otro y volvía a caer sentado en el polvo

—Estaba cuidando animales —expresó lentamente, aunque ya no se dirigía a mí—. Estaba cuidando animales, nada más... nada más...

No había nada que hacer con él. Era domingo de Resurrección y los fascistas avanzaban hacia el Ebro. Era un día gris y nublado, y el cielo bajo impedía la acción de los aeroplanos. Eso y el hecho de que los gatos supieran cuidarse representaba toda la buena suerte que podía esperar el anciano.



En esta finca vivió en Cuba





 
Sus esposas