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2 de julio de 1923 Premio Nobel 1996 |
Busco
la palabra
Quiero definirlos en una sola palabra:
¿Cómo son?
Tomo las palabras corrientes, robo de
los diccionarios,
mido, peso e investigo.
Ninguna
responde
La más valiente – cobarde,
La más desdeñosa – aún santa
La más cruel – demasiado
misericordiosa,
La más odiosa - poco porfiada.
Esta palabra debe ser como un volcán,
que pegue, arrastre y derribe,
como la temerosa ira de Dios,
como el hervor del odio.
Quiero que ésta una sola palabra
esté impregnada de sangre,
que como los muros del calabozo
encierre en sí cada tumba colectiva.
Que describa precisa y claramente
quienes eran - todo lo que pasó.
Porque lo que oigo,
lo que se escribe,
resulta poco,
siempre poco.
Nuestra habla es endeble,
sus sonidos de pronto - pobres.
Con empeño busco ideas,
busco esta palabra -
y no la encuentro.
No la encuentro.
Escrito por Wislawa Szymborska cuando no había cumplido 22
años.
Publicado el 14 de marzo de 1945 en Dziennik Krakowski
(Diario de Cracovia).
MUSEO
Hay
platos, pero no apetito.
Hay
anillos, pero no amor correspondido,
desde
hace al menos tres siglos.
Hay
un abanico, pero ¿qué fue del arrebol?
Hay
espadas, pero ¿qué fue de la ira?
Y el
laúd no suena entre dos luces.
Donde
no hay eternidad se acumulan
diez
mil antigüedades muy antiguas.
Un
polvoriento portero dulcemente dormita
con
el bigote pegado al cristal de su garita.
Metales,
arcilla y una pluma de ave
vencen
al tiempo con su quietud suave.
El
broche de una egipcia alocada
ríe
por nada.
La
corona duró más que la cabeza.
La
mano perdió contra el guante.
El
zapato derecho venció sobre el pie.
¿Qué
decir de mí? De morirme, ni hablar.
Contra
mi traje lucho en incruenta contienda.
¡Qué
aguante tiene la prenda!
¡Qué
tenaz afán de más que yo durar!
CONVERSACIÓN CON UNA PIEDRA
Llamo
a la puerta de una piedra.
—Soy
yo, déjame entrar.
Quiero
penetrar en tu interior,
echar
un vistazo,
respirarte.
—Vete
—dice la piedra—.
Estoy
herméticamente cerrada.
Incluso
hecha añicos,
sería
añicos cerrados.
Incluso
hecha polvo,
sería
polvo cerrado.
Llamo
a la puerta de una piedra.
—Soy
yo, déjame entrar.
Vengo
por mera curiosidad.
Sólo
la vida permite satisfacerla.
Quisiera
pasearme por tu palacio,
y
luego visitar una hoja y una gota de agua.
No me
queda mucho tiempo.
Mi
mortalidad debería ablandarte.
—Soy
de piedra —dice la piedra—.
Imposible
perturbar mi seriedad.
Vete,
no
tengo músculos risorios.
Llamo
a la puerta de una piedra.
—Soy
yo, déjame entrar.
Me
han dicho que encierras salas enormes y vacías,
nunca
vistas y bellas en vano,
mudas,
donde nunca han retumbado los pasos de nadie.
Confiésalo:
ni tú misma lo sabías.
—Salas
enormes y vacías —dice la piedra—.
Pero
no hay espacio disponible.
Bellas,
quizá, pero no para el gusto
de
tus limitados sentidos.
Puedes
verme, pero nunca catarme.
Mi
superficie te da la cara,
pero
mi interior te vuelve la espalda.
Llamo
a la puerta de una piedra.
—Soy
yo, déjame entrar.
En ti
no busco refugio para la eternidad.
No
soy desdichado.
Ni
carezco de techo.
Mi
mundo merece el regreso.
Quiero
entrar y salir con las manos vacías.
La
prueba de haber estado en ti
se
limitará a mis palabras
en las
que nadie creerá.
—No
entrarás —dice la piedra—.
Te
falta el sentido de la participación.
Y no
existe otro sentido que pueda sustituirlo.
Incluso
la vista omnividente
te
resultará inútil si eres incapaz de participar.
No
entrarás; ese sentido, en ti, es sólo deseo,
mero
intento, vaga fantasía.
Llamo
a la puerta de una piedra.
—Soy
yo, déjame entrar.
No
puedo esperar mil siglos
para
estar entre tus paredes.
—Si
no crees en mis palabras —dice la piedra—,
acude
a la hoja, que te dirá lo mismo que yo
o a
la gota de agua, que te dirá lo mismo que la hoja.
Pregunta
también a un cabello de tu cabeza.
Estoy
a punto de reír a carcajadas,
de
reír como mi naturaleza me impide reír.
Llamo
a la puerta de una piedra.
—Soy
yo, déjame entrar.
—No
tengo puerta —dice la piedra.
FIN Y
PRINCIPIO
Después de cada guerra
alguien tiene que hacer la limpieza.
Un mínimo orden
no se hará solo.
Alguien tiene que apartar los escombros
de los caminos
para que puedan pasar
carros llenos de cadáveres.
Alguien tiene que hundirse
en el fango y en la ceniza,
en los muelles de los sofás,
en las esquirlas de vidrio
y en los trapos ensangrentados.
Alguien tiene que arrastrar una viga
para apuntalar la pared,
alguien debe poner cristales en las ventanas
y colocar la puerta en los goznes.
Es una labor nada fotogénica
y requiere años.
Las cámaras ya se han ido
a otra guerra.
Otra vez puentes,
de nuevo estaciones.
Las mangas se deshilacharán
a fuerza de arremangarse.
Alguien, escoba en mano,
recuerda aún cómo era todo.
Alguien escucha
y asiente con la cabeza que no le arrancaron.
Pero pronto, muy cerca,
empiezan a pulular
quienes lo encuentran aburrido.
Alguien todavía a veces
de debajo de una mata desentierra
argumentos oxidados
y los arroja al montón de desechos.
Quienes saben
la trama de la historia
tienen que ceder
a quienes apenas la conocen.
Y menos que apenas.
E incluso casi nada.
En la hierba que ha crecido
sobre causas y efectos
alguien debe tumbarse
con una espiga entre los dientes
para contemplar las nubes.
Elogio
de la mala conciencia de uno mismo
El buitre no tiene nada que reprocharse.
Los escrúpulos le son ajenos a la pantera negra.
No dudan de lo apropiado de sus actos las pirañas.
El crótalo se acepta sin complejos a sí mismo.
No existe un chacal autocrítico.
El tábano, la langosta, la tenia y el caimán
viven como viven y así están satisfechos.
De cien kilos es el corazón de la orca,
pero no le pesa.
Nada más animal
que una conciencia limpia
en el tercer planeta del Sol.
(Traducción de Abel a. Murcia Soriano)
Prospecto
Soy un tranquilizante.
Funciono en casa,
Soy eficaz en la oficina,
me siento en los exámenes,
Comparezco ante los tribunales,
pego cuidadosamente las tazas rotas:
sólo tienes que tomarme,
¡ disolverme bajo la lengua,
tragarme,
sólo tienes que beber un poco de agua.
Sé qué hacer con la desgracia,
cómo sobrellevar una mala noticia,
disminuir la injusticia,
iluminar la ausencia de Dios,
escoger un sombrero de luto que quede bien con una cara.
A qué esperas,
confía en la piedad química.
Eres todavía un hombre (una mujer) joven,
deberías sentar la cabeza de algún modo.
¿Quién ha dicho
que la vida hay que vivirla arriesgadamente?
Entrégame tu abismo,
lo cubriré de sueño,
me estarás agradecido (agradecida)
por haber caído de pies.
Véndeme tu alma.
No habrá más comprador.
Ya no hay otro demonio.
Fuente: El malpensante. En la
sección de Artículos, Traduce: Cristina Esguerra
Cómo escribir y cómo no escribir poesía - Wislawa
Szymborska
Durante tres
décadas, Wislawa Szymborska escribió una columna en el periodico polaco Vida
Literaria. En ella respondía las preguntas de personas interesadas en escribir
versos. Esta selección es una muestra de esta paciente y prolongada pedagogía
poética.
Para Heliodor, de
Przemysl
Escribes: “Sé que
mis poemas tienen muchos errores, ¿y qué con eso? No voy a parar a
corregirlos”. ¿Y por qué no, querido Heliodor? ¿Será que para ti la poesía es
sagrada? ¿O tal vez la consideras algo insignificante? Ambos modos de acercarse
a ella son errados, y lo peor es que liberan al neófito de la necesidad de
trabajar en sus versos. Es gratificante y placentero decir a nuestros conocidos
que el espíritu se apoderó de nosotros el viernes a las 2:45 p.m. y comenzó a
susurrarnos misteriosos secretos al oído. Lo hizo con tal vehemencia que
escasamente tuvimos tiempo de anotarlos. Pero en casa, a puerta cerrada,
corregimos con ahínco. Tachamos y revisamos esas expresiones que parecen de
otro mundo. Los espíritus son una maravilla, pero hasta la poesía tiene su lado
prosaico.
Para H. O., de
Poznan, un posible traductor
El traductor no
está obligado a serle fiel al texto únicamente. Debe dejar ver la belleza de la
poesía conservando su forma y reteniendo, en la medida de lo posible, el estilo
y el espíritu de la época.
Para Grazyna, de
Starachowice
Quitémosnos las
alas y tratemos de escribir con los pies sobre la tierra, ¿sí?
Para el señor G.
Kr., de Varsovia
Necesitas un
bolígrafo nuevo. El que tienes comete muchos errores. Debe ser extranjero.
Para Pegaso, de
Niepolomice
En rima, preguntas
si la vida tiene centavos. Mi diccionario responde que no.
Para el señor K.
K., de Bytom
Utilizas el verso
libre como si su libertad fuera absoluta. Pero la poesía (a pesar de lo que
pueda decirse) es, era y será un juego. Y, como todos los niños saben, los
juegos tienen reglas. ¿Por qué lo olvidan los adultos?
Pequeños detalles de Szymborska
"Todo termina
siendo metafísico", pero un único apunte puede hacer que un poema resista
al tiempo, afirma la Nobel polaca, de 86 años, poseedora de un humor afilado y
certero, que publica en España su último poemario y su obra en prosa
JAVIER RODRÍGUEZ MARCOS 5 DIC 2009
Archivado en: Literatura Cultura
Wislawa Szymborska
está en su casa, pero pide permiso para fumar. "Una vez", cuenta, "recibí
una carta de varias páginas en la que una mujer me pedía que dejara de fumar.
Me hubiera gustado responderle: he ido a tantos entierros de gente que nunca
había fumado y que era más joven que yo... Me limité a decirle que le agradecía
que se preocupara por mí". Szymborska nació hace 86 años en Kórnik, cerca
de Poznan, al oeste de Polonia. Ahora vive en un bloque descolorido sin
ascensor -una especie de vivienda de protección oficial- en un suburbio de
Cracovia, la ciudad de la que no se ha movido desde que su familia emigró allí
cuando ella tenía ocho años, en 1931.
La memoria, de
hecho, está muy presente en su último libro de poemas, Aquí (Bartleby),
publicado en Polonia este mismo año. Su aparición en España coincide con la
primera traducción de su prosa, Lecturas no obligatorias (Alfabia), una
selección de las vibrantes notas que durante años publicó en una particular
sección de los periódicos. Allí, y en un par de folios, comentó a Jüng y a
Montaigne, pero también libros de jardinería, pájaros y decoración. El
resultado es pura chispa. Así, del Poema del Cid dice: "Fue escrito por un
Balzac medieval. La guerra es para él, ante todo, una empresa financiera. Dado
que la guerra es costosa, ésta debe ser rentable. La cabeza del caballero,
hasta que alguien se la corta, estaba siempre llena de cálculos". Y al
comentar un manual de ideogramas chinos apunta: "Esposa es una mujer y una
escoba; amante, una mujer y una flauta. Desconozco la existencia de un signo
que represente el ideal al que nos conducen todas las revistas europeas para
mujeres: la fusión de la escoba y la flauta".
Íntima, política e
irónica
Cuando Szymborska
ganó el Premio Nobel en 1996 no había más que un puñado de poemas suyos
traducidos al español en una antología colectiva. Hoy lo está toda su poesía.
No hace tanto, además, tuvo su minuto en las crónicas políticas. Fue el día que
Patxi López leyó su poema Nada dos veces en su toma de posesión como
lehendakari.
Son las 11 de la
mañana y en una mesa hay café, galletas y chocolatinas. Ella añade una botella
de coñac que abre para la ocasión. Antes de servirse una copa, sirve a los
demás: Abel Murcia, traductor de sus libros al español, director del Instituto
Cervantes de Cracovia e intérprete durante la charla; el fotógrafo, venido
desde Varsovia, y el periodista. Mientras dura el primer café está también
Michal Rusinek, secretario de Szymborska y escritor y traductor él mismo.
"Michal, con todo lo que escribe y el montón de temas que lleva, dentro de
poco necesitará usted una secretaria. Tal vez podría contratarme", bromea
la escritora. Él contesta arqueando las cejas: "No sé si me
convence".
Rusinek es quien
lidia con los mil compromisos que acechan a la poeta desde el Nobel. "¿Que
si el premio me cambió la vida? Y tanto. Para bien y para mal. Para bien,
porque multiplicó el número de cartas que me envían, de paquetes con libros, de
invitaciones, de propuestas y de preguntas a las que hay que responder en las
entrevistas". Y socarrona, añade: "Para mal, porque multiplicó el
número de cartas que me envían, de paquetes con libros, de invitaciones, de
propuestas y de preguntas a las que hay que responder en las entrevistas. A las
invitaciones para viajar a otros países siempre respondo lo mismo: cuando sea
más joven".
Días antes de la
cita, Wislawa Szymborska había pedido la lista de temas sobre los que tendría
que hablar en Cracovia. Una vez allí aclara el porqué: "Aunque luego
hablemos de lo que sea, así al menos puedo pensar y decirle a usted algo
coherente. No crea que soy brillante. Hay preguntas para las que no tengo
respuesta". No le gustan las fotos, así es que trata de distraer al
fotógrafo cuanto puede: "Si hubiera venido hace 30 años... con esa cámara
tan aparatosa me sacará todas las arrugas, ¿verdad? ¿No podría retocarlas un
poco, como hacen con Sharon Stone?". Al cabo de unos minutos vuelve al
ataque: "¿Es usted tan alto porque no fuma? ¿Hizo el servicio militar?
Descanse un poco, deje la cámara y tome otro coñac".
Café, coñac,
chocolatinas. Parece un buen momento para hablar de la muerte. Sobre la muerte
sin exagerar, como dice uno de sus poemas más célebres, escrito con esa mezcla
de emoción e ironía -poesía sin lirismos de manual- que sorprendió al mundo
cuando su obra fue distinguida por la Academia sueca. En Aquí, Szymborska dice
que hay temas sobre los que debe escribir sin demorarse mucho porque "el
tiempo apremia".
PREGUNTA. ¿Al
escribir este libro pensaba en la muerte?
RESPUESTA. Para mí
la vida es una aventura con fecha de caducidad. Cuando estaba en la escuela
murió una profesora y tuve conciencia de la muerte como algo natural. Con 86
años pienso igual que con 8.
P. ¿Y eso influye
cuando escribe?
R. Yo no escribo
sobre la muerte. Es una de las cosas más fáciles de hacer en poesía. Y no es
verdad que tenga un poder ilimitado. No consigue todo lo que quiere y cuando
quiere. Es cierto que hay poemas buenísimos sobre la muerte, pero en general es
fácil porque despierta sentimientos y emociones fáciles, la ternura y todo eso.
P. ¿El amor también
es un tema facilón?
R. Ah, ése ya no es
tan fácil. Y lo más difícil es el erotismo, que de hecho se ha tocado muy poco
en poesía. Nunca he leído un poema que sea capaz de trasladar lo que sucede
entre dos personas. Hablo del erotismo puro, no del amor como sentimiento, que sí
es más fácil de expresar.
P. Hay más
literatura en los amores difíciles.
R. Tal vez, pero yo
he tenido la gran suerte de vivir algunos amores, y mis recuerdos son muy
felices. Pero no hablemos de mí, que todo eso ya está en los poemas.
P. ¿Hay palabras
que trata de evitar especialmente cuando escribe?
R. Las arcaicas y
las grandilocuentes. Pero hay palabras que utilizo raramente y con ciertas
dudas. Cuando intento describir algo como "bello", por ejemplo. La
belleza es una idea relativa, que depende de la tradición y de las costumbres,
y sobre todo de los gustos personales, que el lector puede no compartir. Para
mí, las catedrales románicas son más bonitas que las góticas, la cerámica más
bonita que la más refinada de las porcelanas y la muñeca de trapo con la que en
mi infancia podía hablar de cualquier cosa, mil veces más bonita que esa
horrorosa Barbie. Porque, a ver, ¿sobre qué se puede hablar con una de esas
Barbies? Bueno, a lo mejor de trapitos y esmalte para las uñas.
P. Sus poemas
hablan de los grandes temas, pero parecen huir de las abstracciones.
R. Cualquier poema
bueno se convierte de alguna manera en algo abstracto. Pero siempre tiene que
ver con la realidad, con la vida del poeta o con la vida de otros. Las cosas
bellas tienen también algo de metafísicas... No le veo muy de acuerdo.
P. Me refería a que
en el poema
Metafísica habla
usted de los fideos con tocino.
R. Es que todo
termina siendo metafísico. Pero más que por los grandes temas, la poesía se
salva por los pequeños detalles. Hay poemas antiguos que han pervivido gracias
a un solo detalle. Pero me temo que estoy generalizando... sobre los detalles
[se ríe].
P. ¿El humor le
sirve para escribir sin vergüenza sobre temas más serios?
R. Es mi forma de
ser. Desde niña he tenido tendencia a darle vueltas a un asunto y a buscarle la
parte cómica. Hay cuestiones, sin embargo, que ni me hacen gracia, ni me han
hecho nunca gracia, ni me la harán: el odio, la violencia, la estupidez
agresiva.
P. ¿De niña leía
poesía?
R. No. En mi casa
había sólo dos libros de poemas del siglo XIX. Y tampoco los leía. Siempre
quise escribir novelas gordas. Al principio creía que si alguien aspiraba al
título de escritor tenía que ser autor de novelas de varios tomos y cientos de
páginas. No pasé de relatos mediocres. Un día escribí un poema, horroroso, y se
lo pasé a la gente que trabajaba conmigo en el periódico. Me preguntaron: ¿pero
tú qué lees? Resultó que no conocía los poetas contemporáneos. Había leído
mucha narrativa, a Thomas Mann, a Proust, a Dostoievski, pero de poesía, ni
idea. Me tuve que formar un poco.
P. ¿Aprendió algo
como poeta escribiendo sus
Lecturas no
obligatorias?
R. Mis Lecturas no
obligatorias no son realmente prosa seria. Son una especie de artículos, a
veces serios, a veces divertidos, en ocasiones incluso parecidos a mi poesía.
Aunque, como le dije, empecé escribiendo relatos. Pero eso fue justo después de
la guerra.
P. ¿Cómo recuerda
la guerra?
R. Lo mejor que
puedo decir es que sobreviví. Recuerdo el hambre, el frío. Tuve que trabajar
haciendo zanjas en la calle. Mi padre fue inteligente: mucha gente huyó de
Cracovia y se fue a Lvov, en la actual Ucrania, y pasaron a formar parte de la
ocupación soviética. Sobreviví, sí. Pero hubo gente que murió. Mi primó cayó en
el levantamiento de Varsovia.
P. ¿Qué función
cumple la poesía ante la crueldad del mundo?
R. El mundo es
cruel, pero merece también otros calificativos más compasivos. Si únicamente
fuera cruel, la gente hace mucho tiempo que no estaría aquí. Habría aquí y allá
algunos escombros y crecerían algunas plantas. Plantas anónimas, porque no
habría nadie que les diera nombre.
P. ¿Qué piensa de
la idea de Adorno de que no se puede escribir poesía después de Auschwitz?
Supongo que para una escritora polaca que vive a 70 kilómetros de ese campo de
concentración la frase tiene un significado especial.
R. Adorno no tenía
razón, y eso lo pudo comprobar personalmente, porque vivió todavía más de
veinte años después de terminar la guerra. En ese tiempo hubo poetas nada
desdeñables que escribieron poemas nada desdeñables. Si ese trabajo hubiera
carecido de sentido, ¿para qué habría servido?
P. ¿Y puede un
poeta escribir sobre la historia?
R. Aunque su deseo
de no escribir sobre ella fuera muy grande, es imposible evitarlo. Hay poetas
para los que la historia es una fuente directa de inspiración. Para mí los
mejores en ese aspecto son Cavafis y Zbigniew Herbert. Pero incluso la poesía
que carece de cualquier referente histórico se inscribe para siempre en la
historia, ya que utiliza un lenguaje que determina de forma exacta dónde y
cuándo nace. La poesía supratemporal es una ilusión idiota.
P. ¿La política
está destrozando el lenguaje?
R. Siempre lo ha
destrozado. El lenguaje de los políticos suele servir para ocultar y no para
expresar pensamientos. Pero a algunos políticos no intentaría yo convencerlos
de que fueran sinceros: podría darse el caso de que no hubiese nada que
ocultar.
P. ¿Recuerda el día
en que cayó el muro de Berlín?
R. Estaba en
Cracovia y fue un momento maravilloso. Aquéllos fueron unos tiempos
inolvidables. La gente de Solidaridad era maravillosa. Luego eso cambió y
empezaron a surgir cosas desagradables, pero entonces eran jóvenes y bellos.
Estábamos todos eufóricos
... Bueno, ahora
pregunto yo: ¿Está usted casado? ¿Tiene hijos? ¿De qué parte de España es?
P. ¿Es verdad que
estudió español?
R. Claro. Iba a
clase con un profesor que tengo la impresión de que se aprendía de memoria lo
que iba a decir porque no sabía mucho. En una época en la que entendía algo me
empeñaba en leer a Cervantes con diccionario. Ya sólo recuerdo algunas frases:
¡hasta la vista! Me parece una lengua muy bonita. Un latín bellamente
estropeado.
P. ¿Ahora qué lee?
R. Siempre he leído
poca poesía. Nunca he sido capaz de leer un libro de poesía desde el principio
hasta el final. Y hablo de los buenos. Lo que hago es leer un poema y dejarlo.
Luego retomo el libro, y así. Como se puede imaginar, a veces quedo fatal con
gente que me ha mandado sus libros porque tardo un año en contestarles con mi
opinión, pero ésa es mi forma de leer.
P. ¿Y escribe?
R. Como tengo poco
talento, necesito un silencio de varios días: sin llamadas, sin visitas.
Conozco pintores que pueden trabajar mientras llevan una conversación. En
poesía eso es absolutamente imposible. Pensé que cuando pasara el Nobel el
trajín se reduciría, pero no.
P. ¿Y sus
collages?
R. Me inventé esas
postales precisamente para que todo el mundo reciba algo personal sin que yo
tenga que escribir. ¿Ya hemos terminado?
P. Creo que sí.
R. No se vaya sin
terminarse la copa. Por cierto, no me ha preguntado por el feminismo. Es que
siempre me preguntan si soy feminista o no.
P. ¿Es usted
feminista?
R. Yo me niego a
tener ninguna etiqueta, pero en Polonia las feministas tienen muchísima razón y
muchas cosas por las que luchar: por los sueldos, por derechos que tienen que
ver con su cuerpo, porque todavía hay resortes reaccionarios en la Iglesia...
Sueño con el momento en que las feministas no sean necesarias.
P. ¿Ha cambiado
Polonia con la entrada en la Unión Europea?
R. Ha pasado hace
tan poco que es demasiado pronto para valorarlo. Hay problemas, claro está,
porque incluso en países más desarrollados que el nuestro los hay. Aquí tenemos
problemas con la Iglesia, precisamente, que ya no sigue el paso del desarrollo
de la ciencia y de la democratización de la sociedad. Para mí el día en que
Polonia entró en la Unión Europea fue un día feliz. Estaba sola en casa y no
tenía con quién brindar por el futuro. Pero me serví una copa de coñac y pasé
por delante de todas las fotografías de los seres queridos que tengo en casa, y
que no llegaron a ver este día.
Wislawa Szymborska. Aquí. Traducción de
Gerardo Beltrán y Abel A. Murcia Soriano. Bartleby. Madrid, 2009. 72 páginas.
15 euros. Lecturas no obligatorias. Traducción de Manel Bellmunt Serrano.
Alfabia. Barcelona, 2009. 254 páginas. 22 euros.
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Los que se
preguntan para qué sirve el premio Nobel encontraron una respuesta en octubre
de 1996. Ese año el secretario de la Academia Sueca nombró a una poeta polaca
cuyo apellido todavía estamos aprendiendo a pronunciar. Wislawa Szymborska
falleció este miércoles a los 88 años de edad en su casa de Cracovia. Los que
suelen dudar del olfato de los académicos de Estocolmo tuvieron que darles la
razón cuando leyeron a una autora cuya poesía está hecha de una mezcla de
emoción e ironía, metafísica y cotidianidad: “Lee a Jaspers y revistas de
mujeres", escribió en un poema. Un ejemplo: "Alma se tiene a veces. /
Nadie la posee sin pausa / y para siempre. / Día tras día, / año tras año /
pueden transcurrir sin ella. / A veces solo en el arrobo / y los miedos de la
infancia / anida por más tiempo. / A veces nada más en el asombro / de haber
envejecido”.
“El poeta de hoy es
escéptico e incluso desconfiado”, dijo en su discurso de recepción del
galardón, uno de los más breves e irónicos que se recuerdan. “Cuando escribo
siempre tengo la sensación de que alguien está detrás de mí haciendo muecas.
Por eso huyo, todo lo que puedo, de las grandes palabra”, afirmó también una escritora
cuyos versos están llenos de paréntesis que contradicen, retocan y matizan cada
una de los términos que va anotando. El resultado es una obra memorable que
cabe entera en un tomo de 300 páginas. Cualquier lector la puede encontrar
cumplidamente traducida al español -sobre todo por Abel Murcia y Gerardo
Beltrán- en las editoriales Igitur, Hiperión, Alfabia, Bartleby, Fondo de
Cultura Económica y Lumen. Patxi López, por ejemplo, leyó su poema Nada dos
veces en su toma de posesión como lehendakari.
Wislawa Szymborska,
un verdadero mito en Polonia, nació el 2 de julio de 1923 en Bnin (Kórnik),
cerca de Poznan, pero la mayor parte de su vida transcurrió en Cracovia. Allí
pasó sus últimos años, recluida en un piso sin lujo alguno y con aires de
vivienda de protección oficial pero en el que nunca faltaban ni los bombones ni
el brandy. En él recibía a sus amigos, a sus traductores y a periodistas a los
que preguntaba ella para evitar tener que ponerse demasiado seria.
Autora de una
decena de libros de poemas, Szymborska repudió los dos que publicó antes de
1957 por demasiado apegados al realismo socialista. A partir de esa fecha —y en
títulos como El gran número, Fin y principio, Instante o Aquí, el último que
publicó, de 2009— su voz cambió poco. En los últimos años, además, autorizó la
traducción de las agudas y desternillantes notas de lecturas que publicó
durante 30 años en la prensa polaca y en las que un día hablaba del Mío Cid y
otro de un libro sobre jardinería. Ella, que siempre dudaba de todo y cuya
expresión favorita era “no sé”, nunca las consideró “prosa seria”. Y eso que
respondían a un viejo aviso suyo: "Solo las preguntas un poco ingenuas son
verdaderamente profundas".
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