miércoles, 3 de julio de 2013

Amado Franz Kafka

3 de julio de 1883






















Consideraciones acerca del pecado


 1 

El camino verdadero pasa por una cuerda, que no está extendida en lo alto sino sobre el suelo. Parece preparada más para tropezar que para que siga su rumbo. 



2 

Todos los errores humanos son fruto de la impaciencia, interrupción prematura de un proceso ordenado, obstáculo artificial levantado al derredor de una realidad artificial. 



3 

Dos pecados capitales existen en el hombre, a partir de los cuales se engendran todos los demás: impaciencia e indolencia. Fue a causa de la impaciencia que lo han expulsado del paraíso, al que no puede volver por culpa de la indolencia. Aunque quizá no existe más que un solo pecado capital: la impaciencia. La impaciencia hizo que lo expulsaran, es con motivo de la impaciencia que no regresa. 



4 

Muchos espectros de cadáveres no hacen más que lamer las ondas del río de los muertos, porque llega de nuestro mundo y retiene el gusto salobre de nuestros mares. Entonces, el río, detenido por el asco, se pone a correr hacia atrás y empuja a los muertos de vuelta a la vida. Mas ellos están felices, entonan himnos de gratitud y acarician las aguas perturbadas. 



5 

A partir de cierto punto no hay retorno. Ese es el punto que hay que alcanzar. 



6 

En transcurso se halla el instante decisivo de la evolución humana. Por eso no carecen de razón aquellos movimientos espirituales revoliucionarios que denuncian como poco significativo todo lo anterior, ya que, en efecto, aún no ha ocurrido nada. 



7 

La incitación a la lucha es uno de los medios de seducción más eficaces del mal. 



8 

Es como la disputa con las mujeres, que termina en la cama. 



9 

A. es harto presumido: se considera muy aventajado en el bien, porque, siendo ciertamente un sujeto seductor, se siente expuesto a tentaciones cada vez más numerosas, nacidas de orígenes hasta ahora desconocidos para él. 



10 

Pero la interpretación correcta es esta: se ha aposentado en él un demonio grande, y una infinidad de demonios pequeños son siervos de ese grande. 



11/12 

Diferencia de las opiniones que se pueden tener (por ejemplo) sobre una manzana. la del niño pequeño, que debe extender el cuello para apenas verla sobre la mesa, y la del dueño de casa, que coge la manzana y la ofrece libremente a los comensales. 



13 

El deseo de la muerte es uno de los primeros indicios que empezamos a descernir. Esta vida nos parece intolerable, la otra inaccesible. Ya no se siente vergüenza de querer morir; se implora desde la vieja celda que se odia, ser trasladado a otra nueva, que tendremos todavía que aprender a odiar. Se da en esto también un poquitillo de fe, en que durante el traslado, el Señor aparezca por el castillo, observe la cara del prisionero y diga: "A este no debeis encerrarle más. Que venga a mí." 



14 

Si tuvieses toda la buena voluntad de avanzar y, no obstante fueras hacia atrás, tu situación sería desesperada en caso de que caminaras por una llanura; pero dado que trepas por una pendiente tortuosa, tan áspera como te muestras tu mismo a quien te observa desde abajo, tus retrocesos se pueden atribuir a la conformación del suelo y por tanto no debes desesperar. 



15 

Como un camino en otoño: no se alcanza a barrerlo, que ya está de nuevo todo cubierto de hojas marchitas. 



16 

Una jaula fue en busca de un pájaro. 



17 

Nunca había estado en este lugar: se respira de otra manera, a su lado una estrella fulgura con más resplandor que el sol. 



18 

Si hubiera sido posible construir la Torre de Babel sin escalarla, le habría sido permitido. 



19 

No consentir que el mal te haga pretender que puedes guardar secretos ante él. 



20 

Los leopardos irrumpen en el templo y beben hasta la última gota de los cálices del sacrificio; esto acontece repetidamente; al cabo se prevé que acontecerá y se incorpora a la ceremonia del templo. 



21 

Con vigor, la mano sostiene la piedra. Pero la sostiene con tanto vigor sólo para poder arrojarla más lejos. Pero el camino conduce aún a esa lejanía 



22 

El deber escolar eres tú. No se ve un alumno por ninguna parte. 



23 

De tu verdadero adversario te llega un valor sin límites. 



24 

Entender que fortuna es para ti, que el espacio en el cual estás erguido no puede ser más amplio que el suelo abarcado por sus pies. 



25 

¿Cómo podemos regocijarnos del mundo salvo cuando nos refugiamos en él? 



26 

Los refugios son numerosos, la salvación es una sola, pero las probabilidades de salvación tornan a ser tantas como los refugios. 



27 

Realizar los preceptos negativos es aún una carga que se nos ha impuesto; acatar los positivos es ya una virtud. 



28 

Una vez escogido el mal, éste no pretende más que lograr que creamos en él. 



29 

Las intenciones con las que en ti adoptas, no son tuyas sino del mal. El animal arranca el látigo de manos del amo y se castiga a sí mismo para convertirse en amo de sí mismo y no comprende que no es más que una ilusión producida por un nuevo nudo en la correa del látigo del amo. 



30 

Desalentador es el bien, considerado de alguna forma.
 







1910
Sin fecha.

“Es totalmente cierto que escribo esto porque estoy desesperado a causa de mi cuerpo y del futuro con este cuerpo”.

15 de diciembre.

“Simplemente no puedo creer en mis deducciones sobre mi actual estado, que dura ya casi un año (...) La verdad es que soy como de piedra, soy como mi propio mausoleo; no queda ningún resquicio para la duda o para la fe, para el amor o para la repulsión, para el valor o para el miedo, en lo concreto  o en lo general; vive únicamente una vaga esperanza, pero no mejor que las inscripciones de los mausoleos...”


1911

28 de marzo.
        

 “Mi felicidad, mis aptitudes y cualquier posibilidad de ser útil en algún aspecto residen desde siempre en lo literario. Y es en este campo donde, por lo demás, he vivido situaciones (no muchas) que, en mi opinión, están muy cerca de los estados visionarios (...) A estos estados solo les faltaba, aunque  tampoco les faltaba del todo, esa serenidad del entusiasmo que probablemente es propia del vidente. De hecho deduzco que no he escrito lo mejor de mis obras en tales estados. – O sea que no puedo entregarme completamente a este  trabajo literario, como debería ser, y no puedo hacerlo así por razones diversas. Al margen  de mis relaciones familiares, yo no podría vivir de la literatura a  causa de la larga gestación de mis trabajos y de su carácter insólito; además, mi salud y mi carácter me impiden asimismo entregarme a una vida que, en el mejor de los casos, sería incierta. Por ello soy funcionario de un organismo de seguros sociales. Pero resulta que estas dos profesiones nunca pueden tolerarse entre sí ni dar lugar a una feliz convivencia. La mejor suerte en una de ellas viene a convertirse en una gran desgracia en la otra. Si una noche he escrito algo bueno, lo quemo al día siguiente en la oficina y no puedo acabar nada. Este ir y venir es cada vez más desagradable. En la oficina cumplo con mis obligaciones externas, pero no con mis obligaciones internas, y toda obligación interna  no cumplida se convierte en una desdicha que ya no se aparta de mí”.

17 de octubre.

“No termino nunca nada, porque no tengo tiempo y esto me oprime mucho. Si tuviese todo el día libre y esta inquietud matinal pudiese crecer en mí hasta mediodía y agotarse hasta la caída de la tarde, entonces podría dormir”.

1 de noviembre.

“Es indudable mi avidez por los libros. No tanto por poseerlos o leerlos como por verlos, por convencerme de su permanente existencia en los estantes de una librería. Si en alguna parte hay varios ejemplares del mismo libro, cada uno de ellos me alegra”.

13 de diciembre.

“Cuando me pongo a escribir después de cierto tiempo, atrapo  las palabras como si las sacase del aire vacío. Cuando consigo una, sólo la tengo a ella y todo el trabajo empieza de nuevo desde el principio”.

19 de diciembre.

“Hoy, durante el desayuno, hablaba casualmente con mi madre de niños y matrimonios, sólo unas palabras, pero por primera vez advertí con toda claridad hasta qué punto es errónea y pueril la idea que mi madre se hace de mí. Me cree un joven sano, que tiene un poco la ilusión de estar enfermo. Esta ilusión desaparecerá por si sola con el tiempo. Y sin duda un matrimonio y unos hijos que educar acabarían con ella del modo más radical. También entonces se reduciría el interés por la literatura a la proporción que conviene a una persona educada. El interés por mi trabajo o por la fábrica, o por lo que tenga entre manos en cada ocasión, se impondrá con una presencia natural e ininterrumpida. De ahí que, para una desesperación permanente respecto a mi futuro, no exista el menor motivo, nada que roce el menor presentimiento; hay un pretexto para una desesperación temporal, que tampoco va muy lejos, cuando creo tener nuevamente el estómago mal, o cuando no puedo escribir porque escribo demasiado. Posibilidades de solución las hay a millares. La más probable es que me enamore repentinamente de una muchacha y no quiera ya abandonarla ni renunciar a ella. Entonces veré que todo lo que ellos hacían era para bien y que no ponen impedimentos. En cambio, si me quedo soltero como el tío de Madrid, tampoco será una desgracia, porque con mi buen juicio yo sabré arreglármelas”.


1912

2 de enero.

“En consecuencia, también en mi actitud cedí al dominio de aquellos feos trajes; andaba con la espalda encorvada, los hombros torcidos, los brazos y las manos puestos de cualquier manera y en cualquier sitio: tenía miedo de verme en los espejos, porque éstos me reflejaban con una fealdad que en mi opinión era  inevitable, y que además no podía ser reflejada de un modo totalmente objetivo, ya que, si aquél hubiese sido realmente mi aspecto, habría tenido que llamar la atención aún más (...) Sobre todo, me faltaba en absoluto la capacidad de tomar la menor disposición de cara a un futuro real. Mis pensamientos se detenían en las cosas presentes y en sus situaciones presentes, no por escrupulosidad o por un interés excesivamente firme, sino más bien —cuando la causa no era la endeblez de mis ideas— por tristeza y por temor; por tristeza, ya que, siendo tan triste el presente, no me creía con derecho a abandonarlo antes de que se hubiese resuelto en felicidad; por temor, ya que, al tener miedo de dar el menor paso en el presente, me consideraba asimismo indigno, con mi lamentable aspecto infantil, de enjuiciar seriamente, con responsabilidad, el vasto porvenir viril, que además me parecía generalmente tan imposible, que el menor avance hacia él se me aparecía como una falsificación, y lo más inmediato como inalcanzable “.

3 de enero.

“En mí se puede reconocer perfectamente una concentración apta para escribir. Cuando se hizo evidente en mi organismo que la literatura era la manifestación más productiva de mi personalidad, todo tendió a ella y dejó vacías todas las facultades que se orientaban hacia los placeres del sexo, de la comida, de la bebida, de la meditación filosófica, y principalmente de la música. Me atrofiaba en todos los aspectos. Esto era necesario, porque mis energías, en su totalidad, eran tan escasas que únicamente reunidas podían ser medianamente utilizables para la finalidad de escribir. Naturalmente, no di con esta finalidad de un modo autónomo y consciente; fue ella la que se encontró a sí misma y ahora se ve obstaculizada únicamente, pero de un modo radical, por la oficina. En cualquier caso no debo lamentarme porque no pueda soportar una amante, porque entiendo casi tanto de amor como de música y tengo que contentarme con los efectos más superficiales y fugaces”

7 de enero.

“Así se me va el domingo tranquilo, lluvioso; estoy sentado en el dormitorio y tengo silencio, pero en lugar de decidirme a escribir, actividad en la que anteayer, por ejemplo, hubiese querido volcarme con todo lo que soy, me he quedado ahora largo rato mirando fijamente mis dedos”.

2 de marzo.

“Sólo causa de mi vocación literaria carezco de cualquier otro interés y, por consiguiente, soy insensible”.

9 de mayo.

“Cómo, contra todas las inquietudes, me aferro a mi novela, igual que la figura de un monumento que mira a lo lejos y se aferra al bloque de piedra”. ( Kafka trabajaba entonces en su novela El desaparecido. Cuyo título definitivo sería  América).

1913

21 de julio.

“Recopilación de todo lo que se puede decir a favor y en contra de mi matrimonio:
1. Incapacidad de soportar la vida solo, aunque no incapacidad de vivir, sino al contrario; quizás es improbable que sepa vivir con alguien; pero sí soy incapaz de soportar a solas el embate de mi propia vida, las exigencias de mi propia persona, la ofensiva del tiempo y de la edad, la vaga afluencia del gusto por escribir, el insomnio, la proximidad de la locura. Puede que, naturalmente, lo mezcle todo. La unión con F. daría a mi existencia mayor capacidad de resistir. (...)
3. Necesito estar solo por mucho tiempo. Lo que he realizado hasta ahora no es más que un triunfo de la soledad.
4. Odio todo lo que no tiene ninguna relación con la literatura, me aburre sostener conversaciones (aunque sea sobre literatura), me aburre ir de visita; las penas y las alegrías de mis parientes me llenan el alma de aburrimiento. Las conversaciones quitan la importancia, la seriedad, la verdad a todo lo que pienso.
5. El miedo a la unión, a dar el paso. Ya nunca más estaré solo. (...)
7. Solo, es posible que alguna vez pudiese dejar mi empleo. Casado, nunca será posible.”

13 de agosto.

“Puede que ahora todo haya terminado y que carta de ayer fuese la última. Sin duda sería lo correcto. Lo yo sufriré, lo que sufrirá ella... no es nada comparado con el sufrimiento común que vendría después. Yo me repondré poco a  poco, ella se casará: es la única salida posible entre los vivos podíamos abrir para los dos un camino en una roca, basta con que nos hayamos pasado un año llorando y atormentándonos. Se dará cuenta de ello por mis cartas. Si no es así, sin duda me casaré con ella, porque soy demasiado débil para oponerme a su opinión sobre nuestra felicidad común, y no estoy en condiciones de dejar de realizar, en lo que de mí depende, unas cosas que ella considera posibles”.

14 de agosto.

“El coito como castigo por la felicidad de estar juntos. Vivir lo más ascéticamente posible, más ascéticamente que un soltero; ésta es para mí la única posibilidad de soportar el matrimonio. Pero, ¿y ella?.”
(En estos dos fragmentos habla de Felice Bauer, su prometida de esa época)

21 de agosto (Borrador de carta al padre de Felice)

“Mi empleo me resulta insoportable, porque contradice mi único anhelo y mi única profesión, que es la literatura. Puesto que no soy otra cosa que literatura, y no puedo ni quiero ser otra cosa, mi empleo no podrá nunca atraerme, pudiendo en cambio destrozarme totalmente. No estoy muy lejos de esta situación. Alteraciones nerviosas de la peor especie me dominan sin interrupción, y este año de preocupaciones y torturas en torno a mi futuro y al de su hija ha puesto totalmente de manifiesto mi falta de resistencia. Podría usted preguntarme por qué no dejo mi puesto y no intento mantenerme —no tengo medios de fortuna— con mis trabajos literarios. A esto sólo puedo dar la lamentable respuesta de que no tengo fuerzas para ello y, en lo que alcanzo a ver de mi actual situación, sucumbiré más bien en este mismo empleo, aunque al menos sucumbiré en poco tiempo.

Y ahora, compáreme usted con su hija, con esa muchacha sana, alegre, natural, vigorosa. Aunque se lo he repetido muchas veces en unas quinientas cartas, y aunque ella me haya tranquilizado otras tantas con un “no” que no tiene unas motivaciones demasiado convincentes..., lo cierto es que conmigo debe ser desgraciada, por lo que a mí se me alcanza. No sólo por mis circunstancias externas, sino mucho más por mi propia manera de ser; soy una persona reservada, silenciosa, insociable, insatisfecha, sin que pueda definirlo para mí como una desgracia, puesto que sólo se trata del reflejo de mis objetivos. De la forma de vida que llevo en mi casa se pueden sacar al menos algunas conclusiones. Así, vivo en el seno de mi familia, en medio de las personas mejores y más amables, sintiéndome más extranjero que un extranjero. Con mi madre, en los últimos años, habré intercambiado por término medio unas veinte palabras diarias; con mi padre, nunca cambiamos apenas más que palabras de saludo. Con mis hermanas casadas y los cuñados no hablo en absoluto, sin que esté enfadado con ellos. El motivo es simplemente que no tengo ni una sola palabra que decirles. Todo lo que no sea literatura me aburre y lo odio, porque me demora o me estorba, aunque solo me lo figure así. Por otra parte, para la vida familiar carezco del menor sentido, como no sea el de observación, en el mejor de los casos.
No tengo ninguna sensación de parentesco; en las visitas veo una malignidad literalmente dirigida contra mí.
Un matrimonio no podría cambiarme, como tampoco puede cambiarme mi empleo”

3 de mayo.

“La terrible inseguridad de mi existencia interior”.

21 de Junio.

“El mundo tremendo que tengo en mi cabeza. Pero, cómo liberarme y liberarlo sin que se desgarre y me desgarre. Y mil veces preferible desgarrarse que retenerlo y enterrarlo dentro de mí. Para eso estoy aquí, esto me resulta perfectamente claro.”

12 de diciembre.

“Hace poco me he mirado detenidamente en el espejo, y —aunque lo he hecho sólo con luz artificial y con el foco luminoso colocado detrás de mí, de suerte que sólo quedaba realmente iluminado el vello de los bordes de las orejas— me ha dado la impresión de que, en mi fisonomía, aun después de un examen más detenido, soy mejor de lo que yo mismo creía saber. Un rostro claro, distintamente formado, de contornos casi bellos. El negro del cabello, las cejas y las órbitas de los ojos son como vida que sale de la masa restante, que está a la expectativa. La mirada no es desolada, no hay de ello el menor síntoma, pero tampoco es infantil, sino más bien de una energía increíble, aunque quizás era una mirada simplemente observadora, porque precisamente me estaba observando a mí mismo y quería infundirme miedo”

"La señorita F.B. El 13 de agosto (1912), cuando llegué a casa de Brod, estaba sentada a la mesa con ellos y sin embargo la tomé por una criada. Tampoco sentí curiosidad alguna por saber quién era, pero en seguida me sentí cómodo con ella. Rostro huesudo, vacío, que llevaba su vacío al descubierto. Cuello despejado. Blusa que le caía de cualquier manera. Parecía vestida muy de estar en casa, aunque, como después se demostró no era así (...) Nariz casi quebrada. Rubia, cabello algo tieso y sin encanto, barbilla robusta...”. (Diarios 20 de agosto de 1912)


1915

24 de enero.

“No renuncio en absoluto a mi exigencia de una vida de fantasía, pensada en función de mi trabajo; ella (Felice) es sorda a toda suplica muda y quiere la medianía la vivienda cómoda el interés por la fábrica, la comida abundante, el sueño desde las once de la noche, la habitación caldeada...”.
“F. dijo: ‘Qué bien estamos aquí juntos.’ Yo me callé, como si hubiese desconectado mi oído durante esta exclamación. Estuvimos solos dos horas enteras en la habitación. A mi alrededor, sólo aburrimiento y desconsuelo. Los dos juntos no hemos pasado ni un solo momento bueno, durante el cual yo hubiese respirado libremente. Fuera de las cartas, nunca he sentido con F. la dulzura de la relación con una  mujer amada (...)
Las dificultades que tengo para hablar con la gente —seguramente increíbles para otras personas— se deben a que mi pensamiento, o mejor dicho, el contenido de mi conciencia, es totalmente nebuloso; a que dentro de él, en lo que me afecta sólo a mí, descanso sin perturbaciones y a veces satisfecho de mí mismo; a que una conversación humana necesita una agudización, una cohesión y una tensión interna que no poseo. Nadie va a tumbarse conmigo entre nubes vaporosas, y aunque alguien quisiera hacerlo, no puedo expulsar de mi frente la niebla que debe disiparse entre dos personas, y no queda nada. F. (...) tiene que soportarme después de pasar una noche en vela, y encima escuchar una lectura, y todo ello sin sentido. ¿Será tan grande su sufrimiento como el mío? No, ciertamente, aun suponiéndole el mismo grado de sensibilidad. Es indudable que ella no tiene sensación de culpa”.

7 de febrero.

“Paralización absoluta. Martirios sin fin”.

“A un cierto nivel del conocimiento de uno mismo y en unas circunstancias inherentes, favorables para la observación, debe ocurrir normalmente que uno se encuentre a sí mismo detestable. Toda medida para lo bueno —por muy diversas que sean las opiniones al respecto— parecerá demasiado grande. Nos daremos cuenta de que no somos más que un nido de ratas, de pensamientos ocultos y maliciosos. Estos pensamientos serán tan sucios que ni siquiera se decidirá uno a pensarlo hasta el fin, al observarse a sí mismo, sino que se limitará a contemplarlos a distancia. Estos pensamientos no implican únicamente egoísmo; frente a ellos, el egoísmo nos parecerá un ideal de bondad y de belleza. La suciedad con que uno se enfrenta es algo que existe por sí mismo; descubriremos que venimos al mundo llenos hasta rebosar de tal inmundicia, y que, por su causa, dejaremos el mundo sin ser reconocidos, o demasiado reconocidos. Esta suciedad es lo más bajo que encontraremos; el fondo del fondo no contiene lava, sino suciedad. Será lo más bajo y lo más alto, e incluso las dudas provocadas por la observación de uno mismo serán muy pronto tan débiles y autosatisfechas como el revolverse de un cerdo en el estiércol”.

13 de marzo.

“A veces, sensación de una desdicha que casi me desgarra, y al mismo tiempo la convicción de la necesidad de la misma y de un objetivo a través de todas las formas con que me atrae la desdicha”.

27 de abril.

“Incapaz de convivir, de hablar con la gente. Totalmente abismado, pensando en mí. Embotado, aturdido, temeroso. No tengo nada que comunicar, nunca, a nadie”.

4 de mayo.

“Reflexión sobre las relaciones de los demás conmigo. Por poco que yo sea, aquí no hay nadie que manifieste hacia mí una comprensión total. Tener a una persona que poseyese dicha comprensión significaría tener un sostén en todos los aspectos, tener a Dios. Ottla comprende algo, incluso muchas cosas; Max,  Félix, también comprenden ciertas cosas; algunos, como E., sólo comprenden aspectos aislados, pero con una intensidad odiosa. Es probable que F. no entienda nada de nada, lo que produce en este aspecto, en el que existe una innegable relación de intimidad, una posición muy especial. Más de una vez he creído que me comprende sin saberlo; por ejemplo aquella vez en que yo anhelaba de un modo insoportable su compañía, cuando ella me esperaba en la estación del metro; yo andaba en su busca con el deseo de estar con ella lo antes posible; creía que ella estaba arriba, iba a pasar ya por su lado sin verla y ella me tomó en silencio de la mano”.
(F. es Felice Bauer, prometida de Kafka)

25 de diciembre.

“He abierto el diario con la intención especial de facilitarme el sueño. Veo precisamente la última anotación y podría imaginar miles de anotaciones de idéntico contenido escritas durante los últimos tres o cuatro años. Me consumo sin sentido; me haría dichoso poder escribir; no escribo.  Jamás me libraré de los dolores de cabeza. Realmente me he devastado a mí mismo”.




El grito- E. Munch


La Praga de Kafka



Casa de K en la Calle del Oro

Cafés a los que concurría
asiduamente Franz



Durante muchas décadas, la imagen 
imperante de Franz Kafka 
fue la de una persona que se negaba 
al contacto social 
y se comportaba como "un tipo raro". 
Las investigaciones de muchos estudiosos 
están perfilando a un joven 
totalmente diferente.
Por ejemplo, hoy se sabe que 
jugaba al tenis, se reunía con amigos en cafés 
y viajaba por Praga
en la moto de la ilustración.
También le gustaba andar en bici,
la de la foto.


Y para quienes lo tacharon de insensible a la problemática social de su época, sirva de argumento irrebatible el que se puede consultar en 
www.ri-ol.com/bloga/2007/08/15, que dice: 

Franz Kafka, el connotado escritor checo, autor de “El Proceso” y “La Metamorfosis” fue un destacado profesional de la prevención. Así lo indica el artículo que publicó en el periódico Gablonzer Zeitung, el 2 de mayo de 1910 bajo el título “Indicaciones de prevención de lesiones en trabajos de maquinarias para elaboración de la madera”. En su crónica, Kafka determina que la frecuencia de accidentes es mayor en la máquina canteadora y recomienda otro tipo de cuchillos.
Destaca, en un artículo titulado “Medidas para la prevención de accidentes” el ejemplo de cómo el cuchillo en la cepilladora reduce la cantidad de accidentes a los operadores.
Demuestra asimismo que la frecuencia de accidentes y lesiones se puede minimizar en los trabajos de diferentes máquinas, con la colocación de protecciones en los puntos de transmisión y operación.
En su papel de prevencionista creó y seleccionó varios elementos de protección de máquinas, en original o como modelo; seleccionó elementos de protección personal, material que se mantuvo en oferta para cualquiera que se interesara. Además, preparó las dispositivas en material para la capacitación de diferentes arreglos de seguridad y elementos de protección personal. Fue funcionario de la Oficina Aseguradora de Trabajadores para el caso de Accidentes, con sede en Praga, en donde trabajó durante 14 años hasta ser pensionado por invalidez en 1922.
Lo que hizo Kafka fue intervenir directamente, no solo en la formulación de las necesidades de prevención, sino que él mismo identificó los peligros, diseñó equipos de protección, tanto para maquinaria como para personal, y especificó procedimientos de prevención, además de que educó a los trabajadores en métodos de prevención de ACCIDENTES Y ENFERMEDADES. Y esto lo hizo a comienzos del siglo XX cuando no había mucha tecnología desarrollada, tanto para producir bienes de consumo como para prevenir riesgos en la actividad productiva.
Cuando Kafka estaba en plena madurez preventiva, nació la Organización Internacional del Trabajo (OIT) en 1919, como fruto del Tratado de Versalles que puso fin definitivo a la Primera Guerra Mundial, para iniciar tímidamente la gran tarea que cumple actualmente en defensa y protección de los trabajadores contra los riesgos existentes en los lugares de trabajo.
Como dato adicional, de gran importancia, Peter Drucker, el llamado Padre de la Administración, revela en su libro “Managing in Next Society” que Franz Kafka inventó el casco de seguridad. Por ese invento recibió una medalla, en 1912, debido a que se comprobó que su uso produjo una reducción en lesiones mortales en la fábrica de acero de Bohemia, a menos de 25 por cada 1000 trabajadores.

(No olvidemos que Kafka era abogado)



Ante la Ley
Versión de Jorge Luis Borges, 27 de mayo de 1938 en "El Hogar"
Borges en El Hogar 1935-1958: Jorge Luis Borges. Emece. Febrero del año 2000.



"Hay un guardián ante la Ley. A ese guardián llega un hombre de la campaña que pide ser admitido a la Ley. El guardián le responde que ese día no puede permitirle la entrada. El hombre reflexiona y pregunta si luego podrá entrar. 'Es posible', dice el guardián, 'pero no ahora'. Como la puerta de la Ley sigue abierta y el guardián está a un lado, el hombre se agacha para espiar. El guardián se ríe, y le dice: 'Fíjate bien: soy muy fuerte. Y soy el más subalterno de los guardianes. Adentro no hay una sala que no esté custodiada por su guardián, cada uno más fuerte que el anterior. Ya el tercero tiene un aspecto que yo mismo no puedo soportar'. El hombre no ha previsto esas trabas. Piensa que la Ley debe ser accesible en todo momento a todos los hombres, pero al fijarse en el guardián con su capa de piel, su gran nariz aguda y su larga y deshilachada barba de tártaro, resuelve que más vale esperar. El guardián le da un banco y lo deja sentarse junto a la puerta. Ahí, pasa los días y los años. Intenta muchas veces ser admitido y fatiga al guardián con sus peticiones. El guardián entabla con él diálogos limitados y lo interroga acerca de su hogar y de otros asuntos, pero de una manera impersonal, como de señor poderoso, y siempre acaba repitiendo que no puede pasar todavía. El hombre, que se había equipado de muchas cosas para su viaje, se va despojando de todas ellas para sobornar al guardián. Éste no las rehúsa  pero declara: 'Acepto para que no te figures que has omitido algún empeño.' En los muchos años el hombre no le quita los ojos de encima al guardián. Se olvida de los otros y piensa que éste es la única traba que lo separa de la Ley. En los primeros años maldice a gritos su destino perverso; con la vejez, la maldición decae en rezongo. El hombre se vuelve infantil, y como en su vigilia de años ha llegado a reconocer las pulgas en la capa de piel, acaba por pedirles que lo socorran y que intercedan con el guardián. Al cabo se le nublan los ojos y no sabe si éstos lo engañan o si se ha obscurecido el mundo. Apenas si percibe en la sombra una claridad que fluye inmortalmente de la puerta de la Ley. Ya no le queda mucho que vivir. En su agonía los recuerdos forman una sola pregunta, que no ha propuesto aún al guardián. Como no puede incorporarse, tiene que llamarlo por señas. El guardián se agacha profundamente, pues la disparidad de las estaturas ha aumentado muchísimo. '¿Qué pretendes ahora?', dice el guardián; 'eres insaciable', 'Todos se esfuerzan por la Ley', dice el hombre. '¿Será posible que en los años que espero nadie ha querido entrar sino yo?' El guardián entiende que el hombre se está acabando, y tiene que gritarle para que le oiga: 'Nadie ha querido entrar por aquí, porque a ti solo estaba destinada esta puerta. Ahora voy a cerrarla'."

De: La máquina del tiempo.com



EL TROMPO


Un filósofo solía frecuentar los juegos de los niños. Y cuando veía a un chico con un trompo, se ponía al acecho. Apenas estaba el trompo en movimiento, el filósofo lo perseguía para atraparlo. Que los niños hicie­ran bulla y procurasen alejarlo de su juego le tenía sin cuidado, y era feliz sujetándolo tras giraba, pero esto duraba sólo un instante, entonces lo arrojaba al suelo y se marchaba. Creía, en efecto, que el conocimiento de cualquier bagatela, como por ejemplo un trompo que giraba sobre sí mismo, bastaba para alcanzar el conocimiento de lo general. De ahí que se desentendiera de los grandes problemas, que no le parecían provechosos. Conocer realmente la bagatela más insignificante, era conocer el todo, por lo cual se ocupaba tan sólo del trompo casi inmóvil. Y cuando se hacían los preparativos para hacer girar el trompo, tenía siempre la esperanza de que todo saliera bien y, si el trompo giraba, en medio de las carreras sin aliento, su esperanza se convertía en certeza, pero cuando se quedaba con el inmóvil trozo de madera en la mano, se sentía mal, y el griterío de los niños, que hasta entonces no oyera y que ahora, de súbito, le atronaba los oídos, lo arrojaba fuera de allí, y se tambaleaba como un trompo bajo una cuerda torpe.





UNA PEQUEÑA FABULA

"Ay", dijo el ratón, "el mundo se está haciendo más chiquito cada día. Al principio era tan grande que yo tenía miedo, corría y corría, y me alegraba cuando al fin veía paredes a lo lejos a diestra y siniestra, pero estas largas paredes se han achicado tanto que ya estoy en la última cámara, y ahí en la esquina está la trampa a la cual yo debo caer".

"Solamente tienes que cambiar tu dirección", dijo el gato, y se lo comió.




EL TIMONEL


¿Acaso no soy timonel? ?exclamé. ? ¿Tú? ?preguntó un hombre alto y moreno, y se pasó la mano por los ojos, como si disipara un sueño. Yo había estado al timón en noches oscuras, la débil luz del farol sobre mi cabeza, y ahora había venido aquel hombre y quería apartarme. Y como yo no cediera, me puso el pie en el pecho y me empujó lentamente contra el suelo, mientras yo seguía aferrado al timón y lo arrancaba al caer. Entonces el hombre se apoderó de el, lo puso en su lugar y me dio un empujón, alejándome. Me rehice de inmediato fui hasta la escotilla que llevaba a la cámara de la tripulación y grité: ¡Tripulantes! ¡Camaradas! ¡Venid pronto! ¡Un extraño me ha quitado el timón! Llegaron lentamente, subiendo por la escalerilla, eran unas formas poderosas, oscilantes, cansadas. ? ¿No soy yo el timonel? ?pregunté. Asintieron, pero sólo tenían miradas para el extraño, a quien rodeaban en semicírculo, y cuando con voz de mando él dijo: "No me molestéis", se reunieron, me observaron asintiendo con la cabeza y bajaron otra vez la escalerilla. ¿Qué pueblo es éste? ¿Piensan también, o sólo se arrastran sin sentido sobre la tierra?


De: HotelKafka.com