jueves, 18 de julio de 2013

¡El Plata! ¡El Plata!

José Enrique Rodó
15 de julio de 1871
De:
www.cervantesvirtual.com 
A los 10 años, José Enrique
publicaba una hoja periodística
escrita a mano,
titulada El Plata.
Aún no había ingresado
a la escuela formal;
recibía instrucción en su casa
a cargo del maestro Pedro Vidal.
A los 4 años había aprendido a leer.



























Leer a Rodó a los doce años parece hoy una situación casi de ciencia-ficción. Pero cuando yo ingresaba a la adolescencia, muchos/as pares solíamos acceder a éste y otros autores con la naturalidad con que actualmente maneja una computadora 
un niño de muy corta edad.
Mi página preferida era La Pampa de granito. Una especie de corto cinematográfico que unas veces me llenaba de pavor, y otras, de un entusiasmo que tardé en descifrar.
Rodó era el autor de cabecera de mi padre, aunque sólo se reconocía amante de las matemáticas y de la astronomía. También tardé en descifrar esta aparente dicotomía.
En fin, cuestión de pedagogías, nada más... 
















Casa paterna de José Enrique, en Canelones


Las ideas que importan no son las ideas que se obtienen sino las ideas que se tienen. Se puede recoger una idea, adoptarla o dejarla, modificarla o dejarla como está. Sin embargo, las ideas que definen nuestra personalidad son las ideas elaboradas por nosotros mismos y llevadas a la práctica o a la conducta a partir de nuestro propio esfuerzo y de nuestra única experiencia. Ellas son las que definen la personalidad humana y la idiosincrasia de un pueblo. Rodó no se impone la labor de fijar los rasgos de "nuestra" personalidad sino la de definir la importancia de conquistar su conocimiento. De allí que se le haya llamado, como se dijo anteriormente, "principio de personalidad", un principio fundamental en la construcción de la sociedad.
            Pero, ¿de dónde nace la capacidad de tener ideas, de poseerlas arraigadas hasta hacerse carne? ¿Cómo nace la "conversión"? Rodó no ha dado recetas, sólo ha dado lineamientos, de los que Ariel es el más sensible de los modelos. Previene sobre la imitación mecánica de las culturas nórdicas; sugiere el cultivo de lo espiritual en oposición al cultivo de lo práctico y de la sola voluntad (que con frecuencia es ciega); prefiere la cultura general en oposición al especialismo; la construcción frente a la implantación; el principio de autenticidad frente al snobismo y al rastacuerismo; el liberalismo, pero diferente al del siglo XIX, que defendía la libertad de acción, principalmente en el plano de la economía. El mensaje de Ariel exhorta a la independencia de criterio y a la lucha contra los dogmatismos doctrinarios, sobre la base de la tolerancia y merced al relevamiento y crítica de todas las ideas, con especial atención de las que tienen dimensión pública.
«Sólo cuando penetréis dentro del inviolable seguro podréis llamaros, en realidad, hombres libres». Luego, la alusión al antiguo concepto de ocio, que no aparta al lector atento del escenario fantástico, contenedor del significado que interesa tal vez por encima del otro. Hace explícita su apelación al principio, al cual casi da nombre: «Una vez más: el principio fundamental de vuestro desenvolvimiento, vuestro lema en la vida, deben ser mantener la integridad de vuestra condición humana». Se refiere a la «vida interior». Se aprecia que no es posible concebir esa vida interior sin la participación de los más arraigados sentimientos, puesto que, «gran distancia va de convencido a convertido»; «Convicción es dictamen que puede quedar, aislado e inactivo, en la mente».

En las primeras páginas de Ariel le llama «convenio de sentimientos y de ideas» y «programa propio», aunque también «puesto en la evolución de las ideas». No se insinúa como una de dos posiciones o de dos actitudes en una lucha. Es algo más, en el cual intermedia «un primer objeto de fe en vosotros mismos». Quizá porque «El descubrimiento que revela las tierras ignoradas, necesita completarse con el esfuerzo viril que las sojuzga», encomienda esa fe a la juventud, encargada de tal «renovación», que entiende inalterable «como un ritmo de la Naturaleza».

Jorge Liberati
© relaciones
Revista al tema del hombre
relacion@chasque.apc.org


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