Situación de las mujeres en
Francia en vísperas de la Revolución:
- La condición de las mujeres según los
Cuadernos de Quejas
Los
Cuadernos de quejas de las mujeres no son tan abundantes, pero existen y
muestran elocuentemente el sentir y el pensar de muchas mujeres francesas de
1789. Del libro Cahiers de doléances de
femmes et autres textes. Ed. Des femmes, Paris 1981 (traducción española en:
1789-1793 La voz de las Mujeres en la Revolución Francesa. Cuadernos de quejas
y otros textos (1989), Barcelona, Edicions de les dones) extremos algunos
ejemplos.
Petición de las mujeres del Tercer
Estado al Rey, 1 de enero de 1789
Señor:
En
un tiempo en el que los diferentes Órdenes del Estado se ocupan de sus
intereses, en el que cada uno trata de hacer valer sus títulos y sus derechos;
en el que los unos se atormentan por recordar los siglos de la servidumbre y de
la anarquía, mientras que los otros se esfuerzan por librase de las últimas
cadenas que les atan aún a un imperioso vestigio de feudalidad, las mujeres,
continuos objetos de admiración o del desprecio de los hombres, las mujeres, en
esta común agitación, ¿no podrán también hacer oír su voz?.
Excluidas
de las Asambleas Nacionales por leyes demasiado bien cimentadas para
contravenirlas, ellas, Señor, no os piden permiso para enviar sus diputados a
los Estados Generales, pues demasiado bien saben cómo el favor contaría en la
elección y cómo les sería fácil a los elegidos no respetar la libertad de los
sufragios.
Preferimos,
Señor, poner nuestra causa a vuestros pies, y no queriendo obtener nada más que
de vuestro corazón, es a vuestro corazón al que dirigimos nuestras quejas y
confiamos nuestras miserias.
Las
mujeres del Tercer Estado nacen casi todas sin fortuna; su educación está
totalmente olvidada o, incluso, es de baja calidad. Consiste en enviarlas a una
escuela cuyo maestro no sabe la primera palabra de la lengua que enseña, y
permanecen en ella hasta que saben leer el Oficio de la Misa en francés y las
Vísperas en latín. Una vez conocidos los principales deberes de la religión, se
las enseñan a trabajar, eso a la edad de los quince o dieciséis años, en que
pueden ganar cinco o seis sueldos al día. Si la naturaleza les ha negado la
belleza, se casan, sin dote, con desgraciados artesanos, vegetan penosamente en
las provincias y dan la vida a los niños que no están en condiciones de criar.
Si por el contrario nacen hermosas, sin cultura, sin principios, sin idea de
moral, se convierten en presas del primer seductor, cometen una primera falta y
vienen a París a ocultar su vergüenza, acaban por perderla totalmente y mueren
víctimas del libertinaje.
Hoy
que la dificultad de subsistir fuerza a miles de ellas a vender su conciencia,
que los hombres encuentran más cómodo comprarlas por un tiempo que
conquistarlas para siempre, las mujeres a las que una feliz inclinación lleva a
la virtud, las que desean instruirse ... o han superado los defectos de su
educación y saben de todo un poco, aunque sin haber aprendido nada, las mujeres
que tienen una grandeza de alma ... y a las que se llama “beatas”, se ven
obligadas a entrar en religión ... o se ven obligadas a ponerse a servir ...
Muchas
veces por el hecho de nacer mujeres son desdeñadas por sus padres que se niegan
a casarlas para concentrar su fortuna en la persona de su hijo al que destinan
a perpetuar su nombre en la capital; porque es bueno que Su Majestad sepa que
nosotras también tenemos nombres que conservar. Así, si la vejez les sorprende
solteras, la pasan sufriendo y son objeto del desprecio de sus parientes más
cercanos.
Para
obviar tantos males, Señor, nosotras pedimos: que los hombres no puedan, bajo
ningún pretexto, ejercer los oficios que son patrimonio de las mujeres, como
costurera, bordadora, modista, etc. ; que se nos deje, por lo menos, la aguja y
el huso y a nosotras no nos entrará nunca la manía de usar el compás y la
escuadra.
Pedimos,
Señor, que vuestra bondad nos proporcione los medios para hacer valer los
talentos de que nos haya provisto la naturaleza, a pesar de las trabas que no
cesan de poner a nuestra educación.
Que
Vos nos asignéis los cargos que puedan ser ocupados por nosotras, que nos
ocuparemos de ellos tras haber superado un examen severo, después de informaciones seguras
sobre la pureza de nuestras costumbres.
Pedimos
ser ilustradas, poseer empleos, no para usurpar la autoridad de los hombres,
sino para ser más estimadas; para que tengamos medios de vivir en el infortunio
y que la indigencia no fuerce a las más débiles a formar parte de la legión de
desgraciadas que invaden las calles y cuyo libertinaje audaz es el oprobio de
nuestro sexo y de los hombres que las frecuentan.
Deseamos
que esa clase de mujeres lleve una marca distintiva. Hoy en día, cuando adoptan
incluso la modestia de nuestros vestidos, cuando se mezclan por todas partes,
son todos los trajes posibles, nos sucede a veces que nos confunden con ellas;
algunos hombres se equivocan y nos hacen enrojecer con su confusión. Sería
conveniente que, bajo pena de trabajar en talleres públicos a favor de los
pobres (sabemos que el trabajo es la mayor pena que se les puede infligir), no
pudieran nunca quitarse esa marca. Sin embargo, nos damos cuenta que el imperio
de la moda sería aniquilado y correríamos el riesgo de ver demasiadas mujeres
vestidas del mismo color.
Os
suplicamos, Señor, que establezcáis escuelas gratuitas donde podamos aprender
nuestra lengua, los principios de la Religión y la moral; que una y otra sean
presentadas en toda su grandeza, sin las pequeñas prácticas que atenúan su
majestad; que nos formen el corazón, que nos enseñen, sobre todo, a practicar
las virtudes de nuestro sexo, la dulzura, la modestia, la paciencia, la
caridad; en cuanto a las artes del adorno, las mujeres las aprenden sin
maestro. ¿Las ciencias?... No sirven más que para inspirar un necio orgullo,
conducen al pedantismo, contrarían la expresión de la naturaleza y hacen de
nosotras seres mixtos que raramente son esposas fieles y mucho menos buenas
madres de familia.
Pedimos
salir de la ignorancia para dar a nuestros hijos una educación sana y
razonable, para formar personas dignas de serviros. Les enseñaremos a amar
mucho el buen nombre de los franceses; les trasmitiremos en amor que tenemos
por Vuestra Majestad; pues deseamos
dejar a los hombres el valor, el genio; pero les disputaremos siempre el
peligroso, el precioso don de la sensibilidad; les desafiamos a amaros mejor
que nosotras; la mayoría corres a Versalles por sus intereses; y nosotras
Señor, para veros, cuando con esfuerzos y el corazón palpitante, podemos ver un
instante vuestra augusta Persona, las lágrimas escapan de nuestros ojos; la
idea de Majestad, de Soberano, se desvanece y no vemos en vos más que un Padre
tierno, por el cual daríamos mil veces la vida
Que
el gremio, por respeto a las órdenes del rey, no ha querido reclamar en la
convocatoria que se ha hecho por barrios para los Estados Generales, cuando al
término de los reglamentos debía hacerse por corporaciones. Pero que este
gremio numeroso que paga anualmente al rey una suma considerable, tanto en
impuestos como en derechos de maestría y otros poderes, espera verse
representado.
Artículo
1
Pide
el gremio que todos los privilegios en lugares privilegiados sean, sin demora,
suprimidos, sobre todo los recintos de los templos, de Saint‑Martin‑des‑Champs, de Saint‑Germain‑des‑Prés, de Saint‑Jean‑de‑Latran,
de Saint‑Denis‑dc‑laChartre y otros dentro de los muros de la
ciudad de París.
Estos
lugares son el refugio de gran número de comerciantes, negociantes, obreros sin
calidad, que no pagan maestría ni otros derechos al rey ni a las corporaciones
ni a los gremios que tienen una disciplina y que son inspeccionados por los
guardias síndicos y adjuntos, lo que da lugar a infinidad de abusos y conlleva
un gran prejuicio al comercio y a los derechos de las corporaciones y de los
gremios.
Estos
lugares son además el refugio de gente que después de haber hecho compras
considerables de mercancías, en las manufacturas, en los almacenes y en las
tiendas, por su amparo en estos privilegios dictan la ley a los acreedores que
se ven obligados a aceptar todas las condiciones que les son impuestas por los
deudores por no perderlo todo.
Artículo
2
Que
los montes de piedad establecidos por las cartas abiertas sean sin demora
suprimidos. Estos establecimientos, aunque al principio parecieron una
seguridad para los efectos del público, han dado lugar a numerosos abusos y
hecho un daño importante al comercio en general.
Artículo
3
Que
las ventas públicas no sean permitidas más que las conocidas después de
fallecimiento por decisión judicial o por cese de un comercio.
Artículo
4
Que
los derechos de recepción en la maestría, fijados actualmente en 500 libras,
continúen solamente para las aprendizas e hijas de comerciantes que justifiquen
haber trabajado durante tres años por lo menos con maestras y que, con respeto
a otras personas sin cualificación que quieran organizar establecimientos, sean
obligadas a pagar por dichos derechos la suma de 700 libras: ventajas para los
intereses del rey, del gremio y sobre todo para el comercio de la moda.
Artículo
5
Que
el gremio pueda hacer el reparto de su impuesto personal sin trabas, en
consecuencia que las clases prescritas por la orden del consejo del 14 de marzo
de 1779 sean suprimidas. Es más fácil aumentar o disminuir con equidad el impuesto
de una comerciante de 20 a 40 sueldos que hacerla pasar de una clase a otra.
Que el derecho llamado de industria sea suprimido y que los sindicados
contables entreguen directamente los impuestos al poder real.
Artículo
6
Que
los viudos y las viudas puedan continuar el comercio sin ser obligados a pagar
ningún otro derecho que su impuesto anual y únicamente durante su
viudedad.
Artículo7
Que no será otorgada ninguna
orden de suspensión salvoconducto, orden de defensa y otros que puedan
procurar a los deudores la manera de substraerse a la persecución de sus
acreedores en las materias consulares*,
a menos que sea con el consentimiento de los acreedores.
Artículo
8
Que
el conocimiento de todos los pagarés, motivados por valores en mercancías, sea
atribuido a los jueces cónsules. En consecuencia, cualquiera que sea el estado
y la condición de quienes suscriban pagarés por este motivo y no hayan pagado
en su plazo, que sean objeto de apremio individualmente como lo son los que
aceptan letras de cambio.
Estos
son los deseos y las quejas particulares comunes a todas las corporaciones y
gremios de artes y oficios de París, que los comerciantes de moda han creído
tener que dirigir a los Estados Generales, de cuya justicia y prudencia espera
también, por medio de reglamentos sensatos y equitativos, la mejora del
comercio, el restablecimiento de la confianza en las operaciones inseparables
del interés del rey, por lo que respecta a esta parte de sus finanzas y, en
fin, el bien general de la nación.
Todo
se ha deliberado en el despacho del gremio de los comerciantes de moda,
plumajeros, floristas de París en donde se reunieron los sindicatos, adjuntos y
diputados en ejercicio, el 28 de mayo de 1789.
E Campeau, E
Jourdan, M. Roussel, Guiller, E Michaux, J. Catelin, Bouteron, Chambigny, Bertrand
et Barbieu.
(*)
Los comerciantes tenían jueces elegidos por ellos, los llamados “cónsules”, que
se ocupaban de litigios comerciales.
- Otra realidad diferente: las
salonnières, las mujeres de los salones
LAS MUJERES DE LOS SALONES
En
los siglos XVII y XVIII mujeres de la nobleza y la alta burguesía organizaban
en los salones de sus lujosas mansiones, hoteles parisinos o palacios,
tertulias culturales, donde discutían
sobre las ciencias, las letras y las artes, las nuevas ideas y la política.
Estas
mujeres, polemizadas en la “querella de las mujeres” y ridiculizadas con
términos como “précieuses”, “femmes savantes”, pusieron de manifiesto el
interés del género femenino ante todos los campos del saber, y demostraron su
capacidad de gestión y organización como anfitrionas de las no siempre fáciles
relaciones de los salones.
De Mery Torras (Tomando cartas
en el asunto, Sargadiana, Zaragoza, 2001) tomamos dos textos muy significativos:
Los
reinos de las salonnières
Corría
el siglo XVIII. Por entonces, los salones
habían perdido parte de su calidad de centros pedagógicos transmisores
del saber y de galanterie, que los había caracterizado en el momento álgido de
este singular espacio cultural europeo, durante la segunda mitad del siglo
precedente. En el llamado Siglo de las Luces los salones «se convierten en
cajas de resonancia para los autores, para los artistas y para las obras»
(Claude Dulong, 1992, 447). Así, las anfitrionas solían consagrar un día a sus
insignes invitados: madame d'Épinay (1726‑1783)
recibía a Diderot; madame de Tencin (1681‑1749)
promovía el Esprit des lois de su protegido Montesquieu; Buffon frecuentaba las
reuniones de madame Necker (1739‑1794),
donde debía departir animosamente con su joven e inteligente hija Germaine,
antes de que ésta se convirtiera en madame de Staël (1766‑1817). El ingenio de Voltaire no sólo se
dejó oír en casa de la marquesa de Châtelet; el filósofo y escritor frecuentó
asimismo la conversación de la insomne y ciega madame du Deffand (1697‑1780), cuyas necesarias siestas durante el
día permitieron a madame de Lespinasse (1732‑1776)
tener su propia congregación alrededor de ella y de D'Alembert, convirtiéndose,
junto con madame Geoffrin (1699-1777), en una de las mayores impulsoras de los
enciclopedistas. Esta última ‑cuenta
Guyot‑ administraba su salón como una propiedad:
El
lunes era el día de los artistas, Bouchardon, van Loo, Latour, Vernet,
Soufflot. El miércoles, [Mme. Geoffrin] recibía a los literatos, a los
filósofos, a los sabios, a los extranjeros: Fontenelle, Montesquieu, Voltaire,
Marivaux, Diderot, D’Alembert, Grimm, Hume. Los grandes señores tenían sus
cenas particulares. (Guyot, 1923a, 384)
En
el transcurso del siglo XVIII, además, surgen unos nuevos espacios sociales y
culturales con los que las salonniéres tendrán que competir: se trata de los
cafés, los musées y los lycées (estos dos últimos funcionaban a modo de club
privado). En ellos se reunirán aquellos aspirantes a escritores que no han
conseguido penetrar en las esferas privilegiadas; cumplirán, por tanto, un
cometido anti‑institucional, en contra de los salones y de
las academias. Congregado en los cafés de los bulevares, este proletariado de
la literatura practicaba «una mordaz crítica social, sazonada por el escándalo
y la pornografia» (Landes, 1988, 55); y, si bien es cierto que, en contraste
con los salones ‑a los que no se podía asistir sin invitación
y/o recomendación-, estos lugares se encontraban a un paso de la calle,
accesibles «para todo el mundo», sin embargo, es igualmente cierto que eran
espacios mayoritariamente masculinos, y además, muy misóginos.
Madame de Châtelet
Unos
ojos oscuros, redondos, inmensos, resaltan por encima de unas mejillas
excesivamente cubiertas de colorete y la media sonrisa del rostro de
Gabrielle-Émilie Le Tonnelier de Breteuil, marquesa de Châtelet (1706‑1749), tal y como la inmortalizó la pintora
parisina Marie Loir. La tela fue realizada entre 1745 y 1749, cuando era
habitual que las femmes savantes encargaran retratos suyos, generalmente a
mujeres pintoras.
Loir
concentró deliberadamente toda la luz del cuadro en la piel blanquísima del
escote, donde se adivina el nacimiento de los senos, pero sobre todo, con
todavía más intensidad, en la ancha frente y en los ojos, cuya inteligente
mirada conmueve, a la vez que desafía, a cualquiera que se atreva a enfrentarse
con ella. Como olvidado, entre los dedos desmayados de la mano izquierda, la
marquesa sostiene un clavel. Su mano derecha, por el contrario, sujeta con
delicadeza pero concienzudamente un compás entreabierto.
El
clavel pertenece al pecho encendido, como el compás se corresponde con la frente
y los ojos iluminados: en su representación de la famosa salonnière parisina,
Loir quiso aunar el amor con la ciencia, la pasión con la inteligencia, lo
efímero y lo pasajero con lo imperecedero e inmortal. De esa manera, la
marquesa de Châtelet aparece, a través de la paleta de Loir, como la superación
de una serie de binomios excluyentes que sirvieron para relegar a la mujer,
por naturaleza, a un ámbito privado y a un conocimiento precario.
En
la indeterminación de la penumbra, detrás del sillón en el que está sentada,
así como por encima de la mesa donde la modelo apoya levemente su codo
izquierdo, se adivinan los lomos de los libros, las hojas escritas y los
instrumentos de medición científica que envuelven la vida cotidiana de esta
mujer que, desobedeciendo las prohibiciones que en el tiempo en que vivió
pesaban sobre su sexo, osó querer saber y consiguió convertirse en «una
respetada matemática, física y filósofa» (Whitney Chadwick, 1992, 136), célebre
también por las reuniones intelectuales y culturales que tenían lugar en su
casa, cuyos asistentes más ilustres ‑algunos
de los cuales la anfitriona conquistó como amantes‑ fueron el newtoniano Pierre‑Louis Moreau de Maupertuis, otros
matemáticos de renombre como Clairaut y Bernouilli, y nada más y nada menos que
Voltaire, con quien la “docta Urania”, sobrenombre con el que se conocía a la
marquesa, mantuvo una relación sentimental e intelectual muy profunda.
Un testimonio epistolar,
debido a la pluma de una salonniére y escritora contemporánea, madame de
Graffigny, da buena cuenta de la actividad intelectual frenética de la marquesa
de Châtelet, en Cirey:
Se
pasa todas las noches, casi sin excepción, trabajando hasta las cinco o las
siete de la madrugada. Hace que se quede con ella, en su habitación, el hijo de
la grosse dame, que es un buen israelita, y lo emplea en copiar sus obras, de
las que él no entiende ni una sola palabra. Creeréis que debe de dormir hasta
las tres del mediodía; en absoluto: se levanta a las nueve o a las diez de la mañana
y a las seis cuando se ha acostado a las cuatro, lo que ella llama acostarse
con el canto del gallo. En resumen, no duerme más que un par de horas al día,
no abandona su escritorio durante las veinticuatro horas más que en el momento
del café, lo que dura una hora, y en el momento de cenar y una hora después. A
veces come un tentempié a las cinco de la tarde, pero en su escritorio, y más
bien raramente .
Émilie du Châtelet consiguió
convertirse en una reputada y reconocida mujer de ciencia, que fue tenida en
cuenta en los debates de la intelectualidad especializada de la época. Y no
sólo en Francia: su libro Institutions de physique se tradujo al italiano y al
alemán, y fruto de su pluma son también una Dissertation sur la nature et
propagation du feu, así como dos piezas breves a propósito de los problemas
para medir la fuerza, que un joven prometedor llamado Kant elogió con
entusiasmo. Igualmente, fue coautora anónima de un libro de Voltaire sobre
Newton (Éléments de la philosophie de Newton) y ella misma tradujo los
Principia mathematica al francés. Entre su obra no publicada consta un estudio
de óptica, un ensayo sobre la felicidad y un tratado sobre el lenguaje. Su
labor científica llegó incluso a ser reconocida por las instituciones, puesto
que nuestra marquesa de Châtelet fue elegida miembro de la Academia de las
Ciencias de Bolognia. Marie Loir, la pintora del cuadro, fue admitida en la
Academia de Marsella en 1762.
Participación de las
mujeres en los hechos revolucionarios:
- La marcha a Versalles
Las mujeres deciden
ir solas, sin hombres y contra los hombres. Ellas mismas formaron una guardia
armada de orden para impedir que éstos se incorporasen. Los historiadores
explican esta originalidad por la razón táctica de asegurar que la columna
llegara a Versalles sin ser ametrallada. Absurda y superficial explicación que
no tiene en cuenta la evidencia. Para tal táctica no habrían marchado en
columna militar con armas de fuego, ni habrían admitido en sus filas a unos
centenares de hombres disfrazados de mujer para ayudarlas en el transporte de
carruajes y armas pesadas.
Deciden ir como
mujeres para poder actuar como mujeres. Para resolver femeninamente un problema
práctico de intendencia y poder reparar ellas mismas la ofensa de una mujer a
sus héroes de la Bastilla. Habían perdido su confianza en la voluntad masculina
de resolver la situación con algo más que palabras. Tenían que dar una lección
y una advertencia. Marcharán contra la Asamblea Nacional y si fuera necesaria
contra el castillo en Versalles. Obligarán al rey a que garantice personalmente
el abastecimiento de pan y a que retire el veto, y a los oficiales de la reina
a que pisoteen la escarapela negra de la austriaca y se pongan la tricolor.
A diferencia de las
acciones colectivas de los hombres, ellas no reconocen ningún liderazgo. Piden
al héroe de la Bastilla Maillard que las acompañe para que las presente
formalmente en la Asamblea. Allí se expresa éste con rudeza y las mujeres
amenazan al presidente Mounier por defender el veto del rey. Pero lo aplauden
cuando responde que lo hace por conciencia sin temor a perder la vida por ello.
Designan como
portavoz de la comisión de doce mujeres que hablará con el rey a la joven
Louisse Chably, quien sale emocionada de la entrevista, con su promesa verbal de
abastecer de pan a París, dando vivas al rey. Las mujeres la obligan, bajo una
lluvia de insultos y amenazas, a volver a entrar y no salir sin la orden
escrita y firmada por el propio rey.
Cuando todos
pensaban que la crisis política provocada por el levantamiento femenino estaba
resuelta por la concesión del rey a todas sus peticiones de pan, de retirada
del veto a los acuerdos de la Asamblea y de restitución del honor nacional a la
escarapela de la Revolución, el alba sorprende al castillo con una invasión de
las mujeres, que llegan hasta el mismo aposento de la reina, para conseguir el
último y más firme de sus propósitos. Devolver al Louvre la familia que lo
había abandonado, por los placeres de Versalles, más de cien años antes.
El día 6 de octubre,
fecha en que entra en París toda la familia real, escoltada por una inmensa
muchedumbre, seguida horas después por la Asamblea Nacional, tiene lugar la
Revolución Francesa. Ni antes ni después de esta fecha se produce un
acontecimiento revolucionario de tal envergadura, hasta la ejecución de Luis
Capeto y María Antonieta en la guillotina.
Las mujeres, como
masa femenina, volverán a estar presentes en todos los movimientos populares,
junto con los hombres. Primero contra las Tullerías para deponer al rey. Luego
contra la Asamblea para deponer a la Gironda.
Pero a ellas solas
corresponderá otra vez el mérito histórico de haber sido las creadoras de las
primeras medidas intervencionistas del Estado para limitar el precio del pan,
azúcar, café, velas y jabón, mediante la famosa ley del “máximo” que la
Convención de Robespierre tuvo que conceder a la marcha de las mujeres.
De: Blog de Antonio García-Trevijano
- Los clubes patrióticos de mujeres
Los
clubes patrióticos de mujeres tuvieron una corta vida ya que fueron muy pronto
prohibidos, pero sin embargo tuvieron una gran influencia en la Revolución.
Estos clubes femeninos revolucionarios fueron utilizados por las mujeres para
reunirse, intercambiar opiniones e información, debatir sobre cuestiones
políticas, leer los periódicos y las noticias del día, etc…
Entre
los clubes más dinámicos de la época se pueden citar al “Club de las
Republicanas Revolucionarias”, el “Club de las Amazonas Nacionales”, el “Club
de las Damas de la Fraternidad”, el “Club de las Amigas de la Ley”, la
“Sociedad Patriótica de la Decencia y de las Amigas de la Verdad”, y la
“Sociedad de las Amigas de la Consolación”.
La Declaración de los Derechos de la Mujer
y la Ciudadana
En
1791, la literata francesa Olympe de Gouges escribió la Declaración de los
Derechos de la Mujer y de la Ciudadana al considerar que la Declaración de
Derechos del Hombre y del Ciudadano proclamada por la Revolución Francesa no
amparaba a la mitad de la humanidad, es decir, a las mujeres.
1. DECLARACIÓN DE LOS DERECHOS DE LA MUJER
Y DE LA CIUDADANA
Olympe de Gouges, 1791
Para ser decretados por la
Asamblea nacional en sus ultimas sesiones o en la próxima legislatura.
PREÁMBULO
Las
madres, hijas, hermanas, representantes de la nación, piden que se las
constituya en asamblea nacional. Por considerar que la ignorancia, el olvido o
el desprecio de Tos derechos de la mujer son las únicas causas de los males
públicos y de la corrupción de 105 gobiernos, han resuelto exponer en una
declaración solemne, los derechos naturales, inalienables y sagrados de la
mujer a fin de que esta declaración, constantemente presente para todos los
miembros del cuerpo social les recuerde sin cesar sus derechos y sus deberes, a
fin de que los actos del poder de las mujeres y los del poder de los hombres
puedan ser, en todo instante, comparados con el objetivo de toda institución
política y sean más respetados por ella, a fin de que las reclamaciones de las ciudadanas,
fundadas a partir de ahora en principios simples e indiscutibles, se dirijan
siempre al mantenimiento de la constitución, de las buenas costumbres y de la
felicidad de todos.
En
consecuencia, el sexo superior tanto en belleza como en coraje, en los
sufrimientos maternos, reconoce y declara, en presencia y bajo 105 auspicios
del Ser supremo, los Derechos siguientes de la Mujer y de la Ciudadana.
ARTÍCULO PRIMERO
La
mujer nace libre y permanece igual al hombre en derechos, Las distinciones
sociales sólo pueden estar fundadas en la utilidad común.
II
El
objetivo de toda asociación política es la conservación de los derechos
naturales e imprescriptibles de la Mujer y del Hombre; estos derechos son la
libertad, la propiedad, la seguridad y, sobre todo, la resistencia a la
opresión.
III
El
principio de toda soberanía reside esencialmente en la Nación que no es más que
la reunión de la Mujer y el Hombre: ningún cuerpo, ningún individuo, puede
ejercer autoridad que no emane de ellos.
IV
La
libertad y la justicia consisten en devolver todo lo que pertenece a los otros;
así, el ejercicio de los derechos naturales de la mujer sólo tiene por límites
la tiranía perpetua que el hombre le opone; estos límites deben ser corregidos
por las leyes de la naturaleza y de la razón.
V
Las
leyes de la naturaleza y de la razón prohiben todas las acciones perjudiciales
para la Sociedad: todo lo que no esté prohibido por estas leyes, prudentes y
divinas, no puede ser impedido y nadie puede ser obligado a hacer lo que ellas
no ordenan.
VI
La
ley debe ser la expresión de la voluntad general; todas las Ciudadanas y
Ciudadanos deben participar en su formación personalmente o por medio de sus
representantes. Debe ser la misma para todos; todas las ciudadanas y todos los
ciudadanos, por ser iguales a sus ojos, deben ser igualmente admisibles a todas
las dignidades, puestos y empleos públicos, según sus capacidades y sin más
distinción que Ja de sus virtudes y sus talentos.
VII
Ninguna
mujer se halla eximida de ser acusada, detenida y encarcelada en los casos
determinados por la Ley. Las mujeres obedecen como los hombres a esta Ley
rigurosa.
VIII
La
Ley sólo debe establecer penas estricta y evidentemente necesarias y nadie
puede ser castigado más que en virtud de una Ley establecida y promulgada
anteriormente al delito y legalmente aplicada a las mujeres.
IX
Sobre
toda mujer que haya sido declarada culpable caerá todo el rigor de la Ley.
X
Nadie
debe ser molestado por sus opiniones incluso fundamentales; la mujer tiene el
derecho de subir al cadalso; debe tener también igualmente el de subir a la
Tribuna con tal que sus manifestaciones no alteren el orden público establecido
por la Ley.
XI
La
libre comunicación de los pensamientos y de las opiniones es uno de los
derechos más preciosos de la mujer, puesto que esta libertad asegura la
legitimidad de los padres con relación a los hijos. Toda ciudadana puede, pues,
decir libremente, soy madre de un hijo que os pertenece sin que un prejuicio
bárbaro la fuerce a disimular la verdad; con la salvedad de responder por el
abuso de esta libertad en los casos determinados por la Ley.
XII
La
garantía de los derechos de la mujer y de la ciudadana implica una utilidad
mayor; esta garantía debe ser instituida para ventaja de todos y no para
utilidad particular de aquellas a quienes es confiada.
XIII
Para
el mantenimiento de la fuerza pública y para los gastos de administración, las
contribuciones de la mujer y del hombre son las mismas; ella participa en todas
las prestaciones
personales,
en todas las tareas penosas, por lo tanto, debe participar en la distribución
de los puestos, empleos, cargos, dignidades y otras actividades.
XIV
Las
Ciudadanas y Ciudadanos tienen el derecho de comprobar, por sí mismos o por
medio de sus representantes, la necesidad de la contribución pública. Las
Ciudadanas únicamente pueden aprobarla si se admite un reparto igual, no sólo
en la fortuna sino también en la administración pública, y si determinan la
cuota, la base tributaria, la recaudación y la duración del impuesto.
XV
La
masa de las mujeres, agrupada con la de los hombres para la contribución, tiene
el derecho de pedir cuentas de su administración a todo agente público.
XVI
Toda
sociedad en la que la garantía de los derechos no esté asegurada, ni la
separación de los poderes determinada, no tiene constitución; la constitución
es nula si la mayoría de los individuos que componen la Nación no ha cooperado
en su redacción.
XVII
Las
propiedades pertenecen a todos los sexos reunidos o separados; son, para cada
uno, un derecho inviolable y sagrado; nadie puede ser privado de ella como
verdadero patrimonio de la naturaleza a no ser que la necesidad pública, legalmente
constatada, lo exija de manera evidente y bajo la condición de una justa y
previa indemnización.
Epílogo
Mujer, despiértate; el rebato
de la razón se hace oír en todo el universo; reconoce tus derechos. El poderoso
imperio de la naturaleza ya no está rodeado de prejuicios, de fanatismo, de
superstición y de mentiras. La antorcha de la verdad ha disipado todas las
nubes de la necedad y de la usurpación. El hombre esclavo ha multiplicado sus
fuerzas, ha necesitado recurrir a las tuyas para romper sus cadenas. Una vez
libre, se ha vuelto injusto con su compañera. ¡Oh, mujeres! Mujeres, ¿cuándo
dejaréis de estar ciegas? ¿cuáles son las ventajas que habéis recogido en la
revolución? Un desprecio más marcado, un desdén más señalado. En los siglos de
corrupción sólo habéis reinado sobre la debilidad de los hombres. Vuestro
imperio se ha destruido; ¿qué os queda? La convicción de las injusticias del
hombre. La reclamación de vuestro patrimonio, fundada sobre los sabios decretos
de la naturaleza; ¿qué podríais temer por una tan hermosa causa? ¿la buena
palabra del Legislador de las bodas de Caná? ¿Teméis que nuestros Legisladores
Franceses, correctores de esta moral, largo tiempo colgada de las ramas de la
política, pero que ya no está de moda, os repitan: mujeres qué tenemos en común
vosotras y nosotros? Todo, podríais responder. Si se obstinaran en su
debilidad, a colocar esta inconsecuencia en contradicción con sus principios,
oponed valerosamente la fuerza de la razón a las vanas pretensiones de
superioridad; reuníos bajo los estandartes de la filosofía; desplegad toda la
energía de vuestro carácter, y pronto veréis estos orgullosos, ya no serviles
adoradores rampantes a vuestros pies, sino orgullosos de compartir con vosotras
los tesoros del Ser Supremo. Cualesquiera que sean las barreras que os opongan,
está en vuestro poder el franquearlas; os basta con quererlo. Pasemos ahora al
horrible cuadro de lo que habéis sido en la sociedad; y puesto que en este
momento se trata de una educación nacional, veamos si nuestros sabios
Legisladores pensarán sanamente en la educación de las mujeres.
Las mujeres han hecho más mal
que bien. La coacción y el disimulo han sido su patrimonio. Lo que la fuerza
les habría arrebatado, la astucia se lo ha devuelto; han recurrido a todos los
recursos de sus encantos y lo más irreprochable no se les resistía. El veneno,
las armas, todo les estaba sometido; mandaban tanto en el crimen como en la
virtud. El gobierno francés, sobre todo, ha dependido durante siglos de la
administración nocturna de las mujeres; el excusado no tenía ningún secreto
para su indiscreción; embajada, mando, ministerio, presidencia, pontificado,
cardenalato; en fin todo lo que caracteriza la necedad de los hombres, profano
y sagrado, todo ha sido sometido a la codicia y a la ambición de este sexo
antiguamente despreciable y respetado, y desde la revolución respetable y
despreciado.
En esta especie de antítesis,
¡cuántas observaciones puedo ofrecer!, sólo tengo un momento para hacerlas,
pero este momento tendrá la atención de la posteridad más remota. Bajo el
antiguo régimen, todo era vicioso, todo era culpable; pero ¿no podría apercibirse
la mejora de las cosas en la substancia misma de los vicios? Una mujer sólo
debía ocuparse de ser bella o amable; cuando poseía estas dos ventajas, veía
cien fortunas a sus pies. Si no las aprovechaba, tenía un carácter
extravagante, o una filosofía poco corriente que la llevaba al rechazo de las
riquezas; entonces era únicamente considerada obstinada; la más indecente se
hacía respetar con oro; el comercio de las mujeres era una especie de industria
recibida en la primera clase, que desde ahora no tendrá ya crédito. Si todavía
lo tuviera, la revolución estaría perdida, y bajo nuevas relaciones estaríamos
siempre corrompidos; sin embargo ¿puede la razón disimular que cualquier otro
camino hacia la fortuna está cerrado para la mujer que el hombre compra como al
esclavo en las costas de África? La diferencia es grande, lo sabemos. La
esclava manda al amo: pero si el amo le da la libertad sin recompensa y a una
edad en la que la esclava ha perdido todos sus encantos ¿qué será de esta
infortunada? El juguete del desprecio; incluso las puertas de la beneficencia
le serán cerradas; es pobre y vieja, dicen; ¿por qué no ha sabido hacer
fortuna? Otros ejemplos todavía más conmovedores se ofrecen a la razón. Una
joven sin experiencia, seducida por un hombre a quien ella ama, abandonará a
sus padres para seguirle; el ingrato la dejará después de algunos años, y
cuanto más habrá envejecido con él, más su inconstancia será inhumana; si tiene
hijos, también la abandonará. Si es rico, se creerá dispensado de compartir su
fortuna con sus nobles víctimas. Si algún compromiso lo liga a sus deberes,
violará la potestad esperándolo todo de las leyes. Si está casado, cualquier
otro compromiso pierde sus derechos. ¿Qué leyes quedan, pues, por hacer para
extirpar el vicio hasta en las raíces? La ley de la partición de las fortunas
entre los hombres y las mujeres, la ley de la administración pública.
Fácilmente se concibe que aquéllas que han nacido en una familia rica ganen
bastante con la igualdad de las particiones. Pero aquélla que ha nacido en una
familia pobre, con méritos y con virtudes ¿cuál es su suerte? la pobreza y el
oprobio. Si no destaca precisamente ni en música ni en pintura, no puede ser
admitida en ninguna función pública, cuando ella tendría toda la capacidad para
ello. No quiero dar más que una idea general de las cosas, las profundizaré en
una nueva edición de todas mis obras políticas que me propongo dar al público
dentro de algunos días, con notas.
Retorno a mi texto en lo
referente a las costumbres. El matrimonio es la tumba de la confianza y del
amor. La mujer casada puede dar impunemente hijos bastardos a su marido y la
fortuna que no les pertenece. La que no lo es, no tiene más que un derecho
endeble: las leyes antiguas e inhumanas le impedían el derecho al nombre y los
bienes de su padre para sus hijos, y no se han hecho nuevas leyes sobre esta
materia. Si intentar dar a mi sexo una consistencia honorable y justa, es
considerado en este momento una paradoja por mi parte, y como intentar lo
imposible, dejo a los hombres que vendrán la gloria de tratar esta materia;
pero en la espera podemos prepararla por medio de la educación nacional, la
restauración de las costumbres y las convenciones conyugales.
Mujeres que participaron en la
Revolución Francesa:
-
Olimpia de Gouges
-
Théroigne de Méricourt
- Carlota Corday
- Claire Lacombe
- Thérésia Cabarrus
- Josefina Beauharnais
- Lucile Desmoulins
- Rose Lacombe
- Madame de Staël
-
Madame de la Tour du Pin
-
Madame Roland
-
Marianne
- María Antonieta
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Si una mujer puede subir al cadalso,
también puede subir a una tribuna
Olympe de Gouges
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