sábado, 11 de mayo de 2013

Una leyenda rural

 Me lo dijo un indio viejo y medio brujo, que se santiguaba y adoraba al sol. El cura del caserío vecino había tratado de cristianizarlo, pero el hombre, taimado, a todo le decía que sí para después exorcizarse con sus amuletos.

Yo pasaba unos días en el campo. Me habían dicho que necesitaba paz y el alimento nutritivo de las haciendas. Aún hoy recuerdo el guiso de los peones, con carne, fideos y verduras, que con un cucharón me servía en un plato a eso de las once, poco antes de que se lo llevaran de la cocina económica al patio donde se congregaba la peonada. Como soy hombre de ciudad nunca me gustaron  los atardeceres en el campo. En esta estancia había cosas incongruentes, como teléfono desde los años cuarenta, pero la electricidad no era 220 sino más baja. Al anochecer se  prendía el motor a nafta o keroseno, dando una luz mortecina, tristísima. Eléctrico no había nada más, la cocina y el calefón a leña, la heladera a keroseno y, gracias a Dios, como era a mediados de los años cincuenta todos teníamos nuestra radio a transistores. 
Así como no me gustan los atardeceres campestres, me encanta el amanecer, con los trinos de los pájaros, tan diferentes a los citadinos, el relinchar de los caballos recién ensillados y esa quietud en el aire que me hace tanto bien para el ánimo.
Al principio la peonada me miraba de lejos, estudiándome; pero poco a poco, tal vez por mi aire sencillo y mi no meterme en nada, se me acercaron.
“Buenos días, Don, ¿qué le parece esta mañana? Limpia y fresca, ¿verdad?”
“Como pocas, soy hombre de ciudad pero estoy aprendiendo a apreciar el aire límpido, la quietud y el trabajo de ustedes. Escribo en un diario, con seguridad que voy a relatar todo esto.”  Tímidamente me invitaron “Si quiere arrimarse al fogón una de estas noches, tenemos un contador de historias que le va a gustar.”
La rueda era chica, cinco o seis personas y el amargo pegaba la vuelta con parsimonia. Al principio el indio me ignoró, pero como yo me estaba quieto y en silencio, al rato se dirigía a mí contando sus historias. Creo que me quería asustar, hablaba de luces malas como si uno no supiera que son el reflejo de de la luna sobre huesos de animales que abundan en las praderas; pero el brujo me miraba fijo y me hacía sentir inquieto. Costaba soportar esa mirada que a veces parecía muy honda y otras, vacía, casi muerta. Intuyó que no me convencía y cambiando de tema, me preguntó si podía dormir bien por las noches, “porque usted habita el cuarto del mirador”.
No supe por qué un escalofrío me estremeció la espalda. "¿Nunca se preguntó por qué su amigo el dueño de la hacienda lo dejó solo pretextando negocios?   Allí donde usted duerme estuvo encerrada mi tía abuela, india como yo, enamoriscada y correspondida por el niño de la casa. La familia no puso el grito en el cielo, en silencio mandó al chico para Europa y a la muchacha la encerró en la habitación de arriba. En esa época los amos blancos eran los dueños de los indios y a ninguno de los nuestros se le ocurrió reclamar. Eso sí, echaron mano a todo tipo de sortilegios de hechizos. Mi abuelo adoró el sol durante días, hasta casi quedarse ciego. Mataron gallos negros esparciendo su sangre por la trilla, hasta llamaron al séptimo varón de la familia, apodado el bicho; pero no resultó, la muchacha seguía presa. Parece que el dios de los blancos es más poderoso que  los nuestros. A los pocos días murió, dijeron que se había ahorcado. Pero antes dijo a los gritos que volvería a vengarse con el primer blanco que habitara el mirador, para después descansar en paz. Usted lleva quince días aquí, es la fecha, se va a cumplir el plazo. Se preguntará por qué le cuento todo esto; solo porque usted es un hombre humilde y el patrón no".
Me despedí con prisa, corrí a aprontar los bártulos y esperé en el patio a que amaneciera. Fui caminando hasta el pueblo, y temblando, tomé el primer tren para Montevideo.



María Cristina Fuentes
Grupo ALAS

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