miércoles, 1 de mayo de 2013

Como la sangre, como el fuego, profundo es el rojo de la carne de la palabra “trabajo”.


Si nos atenemos a las investigaciones etimológicas más aceptadas, la palabra “trabajo” deriva de “trabajar” y ésta del latín “tripaliare”, hija a su vez de “tripalium”, un yugo conformado por tres palos. Este artefacto fue inventado por los romanos para sujetar en ellos a los esclavos sancionados y azotarlos.

Con el correr del tiempo, la palabra fue admitiendo otras acepciones, todas emparentadas con el concepto de sufrimiento: fatiga, castigo divino, esfuerzo, dolor de parto, peripecias...

De: www.oporteteditores.com
Aunque diluida para los hablantes esta carga, ninguna palabra está divorciada de la experiencia humana, de su historia. Repasar el itinerario que hemos tenido que recorrer para instalarnos en la concepción actual de trabajo y en sus condiciones de ejecución  -ciertamente muy primitivas en muchas partes del mundo, incluida nuestra tierra- es un asunto que reboza dramaticidad, aun excluyendo el tema de “la falta de trabajo”.

En respetuosa conmemoración del Día Internacional de los Trabajadores, a nuestro juicio nadie más veraz para acompañarnos en ese tránsito, que la voz perenne de una mujer excepcional como Rosa Luxemburgo, quien en febrero de 1894 así dejó registrado el Origen del 1º de Mayo: 


     “La feliz idea de instaurar un día de fiesta proletaria para lograr la jornada laboral de ocho horas nació en Australia, donde ya en 1856 los obreros habían decidido organizar un día completo de huelga, con mitines y entretenimiento, como una manifestación a favor de la jornada de ocho horas. Se eligió el 21 de abril para esa celebración.
     Al principio los obreros australianos pensaban en una única celebración, aquel 21 de abril de 1856. Pero como esa primera celebración tuvo un efecto muy fuerte sobre las masas proletarias de Australia, animándolas con ideas agitadoras, se decidió repetirla todos los años.
     Efectivamente: ¿Qué podría proporcionarles a los trabajadores más coraje y fe en su propia fuerza que un paro masivo, decidido por ellos mismos?
     ¿Qué podría proporcionarles más valor a los eternos esclavos de las fábricas y de los talleres que el reconocimiento de su propia gente?
     Por eso, la idea de una fiesta proletaria fue rápidamente aceptada y comenzó a extenderse de Australia a otros países, hasta conquistar finalmente todo el mundo proletario.
     Los primeros en seguir el ejemplo de los obreros australianos fueron los norteamericanos. 
     En 1886 se fijó el 1º de mayo como el día de la huelga universal. Ese día, 200.000 trabajadores abandonaron sus lugares de trabajo y exigieron la jornada laboral de ocho horas. Más tarde, la policía y el hostigamiento legal impidieron por muchos años la repetición de esa gran manifestación.
     Sin embargo, en 1888 restablecieron su decisión y fijaron el 1º de mayo de 1890 como el día de la siguiente celebración.

 
Melbourne, 1856: Pancarta por la jornada de 8 horas.
Melbourne, hacia 1900: Marcha por las ocho horas.

   Mientras tanto, el movimiento obrero en Europa se había fortalecido notablemente.  La expresión más poderosa de este movimiento ocurrió en el Congreso Internacional Obrero de 1889. En ese Congreso, al que asistieron 400 delegados, se decidió que la jornada de ocho horas debía ser la primera reivindicación. El delegado de los sindicatos franceses, el obrero Lavigne de Burdeos, propuso difundir esa reivindicación en todos los países mediante un paro universal. El delegado de los trabajadores estadounidenses llamó la atención de sus camaradas sobre la decisión de ir a la huelga el día 1º de mayo de 1890, por lo que el Congreso fijó esa fecha para la fiesta proletaria universal.
     Los obreros, al igual que treinta años antes en Australia, pensaban solamente en  una única manifestación. Ese 1º de mayo de 1890 el Congreso había decidido que los trabajadores de todos los países se manifestarían juntos por la jornada de ocho horas. Nadie había hablado de repetir la celebración en años siguientes. Naturalmente, nadie podía predecir el enorme éxito que tendría esa idea ni la rapidez con que sería adoptada  por la clase obrera. Sin embargo, fue suficiente celebrar el 1º de mayo tan sólo una vez para que todos comprendieran y sintieran que debía convertirse en una institución anual y permanente.
     El 1º de mayo significaba establecer la jornada de ocho horas. Pero aún después de haber logrado este objetivo, ese 1º de mayo no fue abandonado. Mientras continúe la lucha de los obreros contra la burguesía y la clase dominante, mientras todas las exigencias no hayan sido satisfechas, el 1º de mayo continuará siendo la manifestación anual de esos reclamos. Y cuando lleguen días mejores, cuando la clase obrera del mundo haya logrado su objetivo, es probable que la humanidad entera también celebre el 1º de mayo, honrando las amargas luchas y los sufrimientos del pasado.
   
Rosa Luxemburg
(febrero 1894)


Traducción directa del alemán al castellano, especial para el ERL: Marion Kaufmann.
Escrito en 1894. Publicado en polaco en Sprawa Robotnicza, París, febrero 1894.

Fuente: www.espaciorosaluxemburg.com


Por otro lado, también nos interesa visceralmente reivindicar, en ese sentido, la actuación de un escritor a quien con verdadera liviandad se ha señalado como un indolente hacia la problemática socio-laboral de su época. Nos referimos a Franz Kafka.
Sí, es verdad que nada le importaba más que escribir.
Pero también es verdad que las largas jornadas de trabajo como abogado -signo de que las ocho horas aún eran una utopía para muchos trabajadores- en el Instituto de Seguros de Accidentes Laborales del Reino de Bohemia, le generaban un elevadísimo grado de angustia.
Cierto es asimismo que se había propuesto redactar un informe (Reglamento de Prevención de Accidentes para máquinas de cepillado de madera) que consignara todas las variables de mutilación de manos que padecían quienes las operaban. Del mismo modo es auténtico el dato de que protagonizó varios enfrentamientos con empresarios que le subrayaban la inconveniencia de esas investigaciones -porque sin duda en algún momento deberían pagar abultados seguros- y le manifestaban que no existe mejor protección que la de mantener ojos y mente en el trabajo.
Según consigna el escritor Reiner Stach, a Kafka se le debe el diseño de equipos de protección para maquinaria y obreros, incluido el casco. Es más, fue premiado por tal contribución a la prevención.
Por último, de ése, de quien tantos opinan que fue un irresoluto, un cobarde, etc., etc., se conoce un acto quizás no protagonizado por muchos/as de fácil envanecimiento en todas las épocas; es el siguiente: un ferroviario había sufrido la amputación de una pierna bajo un carro elevador; se había presentado ante la Aseguradora para solicitar amparo pero no manejó sus argumentos con la necesaria precisión. Kafka se da cuenta de la problemática y contrata a un eminente abogado para que represente con solvencia al trabajador que, por supuesto, gana la demanda sin que el escritor sufra desmedro público alguno en la Empresa. 

Sin duda, cualquier represión gesta infinidad de actos inherentes a esa fuerza natural del ser humano hacia la libertad; a veces, puede multiplicar esa energía apoyándose en otros; a veces, está solo y se mueve hasta donde puede. Lo esencial es, en todo caso, ese primer movimiento.
Rosa Luxemburgo decía: 
Que tu carne, Hermano Trabajador,
enrojecida por el fuego de esas cadenas,
sea tu primer movimiento
hacia la justicia para todos/as.