miércoles, 21 de mayo de 2014

“Es una mesita insignificante, cuadrada, pero él la prefiere a lo más valioso de lo que posee...”- Stefan Zweig



Honoré De Balzac
20 de mayo de 1799




En esta casa corrigió la Comedia Humana.


La mesa de trabajo
consignada por S. Zweig



Este salón comunica con un comedor que se halla separado de la cocina por la caja de una escalera cuyos peldaños son de madera y ladrillos descoloridos y gastados. Nada hay más triste que ver este salón amueblado con sillones y sillas con una tela  a rayas, alternativamente mates y relucientes. Parte de las paredes está tapizada con papel barnizado, que representa las principales escenas de Telémaco, y cuyos clásicos personajes están pintados en colores. El panel, situado entre las ventanas enrejadas, ofrece a los pensionistas el cuadro del banquete dado al hijo de Ulises por Calipso. Desde hace cuarenta años, esta pintura suscita las bromas de los huéspedes jóvenes, que se creen superiores a su posición al burlarse de la comida a la que la miseria les condena. La chimenea de piedra, cuyo hogar siempre limpio atestigua que sólo se enciende fuego en las grandes ocasiones, está adornada por dos jarrones llenos de flores artificiales que acompañan a un reloj de mármol azulado del peor gusto. Esta primera pieza exhala un olor que carece de nombre en el idioma y que habría que llamar olor de pensión. Huele a encerrado, a moho, a rancio; produce frío, es húmeda, penetra los vestidos; posee el sabor de una habitación en la que se ha comido; apesta a servicio, a hospicio. Quizá podría describirse si se inventara un procedimiento para evaluar las cantidades elementales y nauseabundas que en ella arrojan las atmósferas catarrales y sui generis de cada huésped, joven o anciano. Bien, a pesar de estos horrores, si lo comparaseis con el comedor, que le es contiguo, hallaríais que este salón resulta elegante y perfumado. Esta sala, completamente recubierta de madera, estuvo en otro tiempo pintada de un color que hoy no puede identificarse, que forma un fondo sobre el cual la grasa ha impreso sus capas de modo que dibuje en él extrañas figuras. En ella hay bufetes pegajosos sobre los cuales se ven botellas, pilas de platos de porcelana gruesa, de bordes azules, fabricados en Tournay. En un ángulo hay una caja con compartimientos numerados que sirve para guardar las servilletas, manchadas o vinosas, de cada huésped.

Se encuentran allí algunos de esos muebles indestructibles, proscritos en todas partes, pero colocados allí como los desechos de la civilización en los Incurables. Veréis allí un barómetro de capuchino que sale cuando llueve, grabados execrables que quitan el apetito, todos ellos enmarcados en madera negra barnizada con bordes dorados; una estufa verde, quinqués de Argand, en los que el polvo se combina con el aceite, una larga mesa cubierta de tela encerada lo suficientemente grasienta para que un bromista escriba su nombre sirviéndose de su dedo como de un estilo, sillas desvencijadas, pequeñas esteras de esparto, calientapiés medio roto, cuya madera se carboniza. Para explicar hasta qué punto este mobiliario es viejo, podrido, trémulo, roído, manco, tuerto, inválido, expirante, haría falta efectuar una descripción que retardaría con exceso el interés de esta historia, y las personas que tienen prisa no perdonarían. El ladrillo rojo está lleno de valles producidos por el desgaste causado por los pies o por los fondos de color. En fin, allí reina la miseria sin poesía; una miseria económica, concentrada. Si aún no tiene fango, tiene manchas; si no presenta andrajos ni agujeros, va a descomponerse por efecto de la putrefacción.
Esta pieza se halla en todo su lustre en el momento en que, hacia las siete de la mañana, el gato de la señora Vauquer precede a su dueña, salta sobre los bufetes, husmea en ellos la leche contenida en varios potes, y deja oír su ronroneo matutino. Pronto aparece la viuda, con su gorro, bajo el que pende un mechón de pelo postizo, y camina arrastrando sus viejas zapatillas. Su cara avejentada, grasienta, de en medio de la cual brota una nariz como el pico de un loro; sus manos agrietadas, su cuerpo parecido al de una rata de iglesia, su busto demasiado cargado y flotante, se hallan en armonía con esta sala que rezuma desgracia, en la que se ha refugiado la especulación, y cuyo aire cálidamente fétido es respirado por la señora Vauquer sin que le produzca desmayo.

Su rostro fresco como una primera helada de otoño, sus ojos circundados de arrugas, cuya expresión pasa de la sonrisa prescrita a las bailarinas, a la amarga mueca de los usureros, en fin, toda su persona implica la pensión, así como la pensión implica toda su persona. El presidio no se imagina sin el capataz, no puede concebirse el uno sin el otro. La fofa gordura de esta mujer es el producto de esta vida, como el tifus es la consecuencia de las exhalaciones de un hospital. Su vestido, hecho con ropa vieja, resume el salón, el comedor, el jardincillo, anuncia la cocina y hace presentir los huéspedes. Cuando ella está allí, el espectáculo es completo. De una edad de unos cincuenta años, la señora Vauquer se parece a todas las mujeres que han tenido desgracias. Tiene los ojos vidriosos, el aire inocente de una callejera que se hace acompañar para hacerse pagar mejor, pero, por otra parte, dispuesta a todo con tal de hacer más agradable su suerte. Sin embargo, es buena mujer en el fondo, dicen los huéspedes, que la creen sin fortuna al oírla gemir y toser como ellos. ¿Quién había sido el señor Vauquer? Ella nunca hablaba del difunto. ¿Cómo había perdido su fortuna? En las desgracias, respondía la señora Vauquer. Se había portado mal con ella, sólo le había dejado los ojos para llorar, aquella casa para vivir y el derecho de no compadecer ningún infortunio, porque, decía, había sufrido todo lo que es posible sufrir. Al oír los pasos de la señora, la gorda Silvia, la cocinera, se apresuraba a servir el desayuno de los huéspedes internos.


De: Papá Goriot









« El silencio es un hacer. El silencio es, pues, actuación. Actuación silenciosa» - Castilla del Pino (psiquiatra)


“Desaparecidos”


Están en algún sitio / concertados
desconcertados / sordos
buscándose / buscándonos
bloqueados por los signos y las dudas
contemplando las verjas de las plazas
los timbres de las puertas / las viejas azoteas
ordenando sus sueños sus olvidos
quizá convalecientes de su muerte privada
nadie les ha explicado con certeza
si ya se fueron o si no
si son pancartas o temblores
sobrevivientes o responsos
ven pasar árboles y pájaros
e ignoran a qué sombra pertenecen
cuando empezaron a desaparecer
hace tres cinco siete ceremonias
a desaparecer como sin sangre
como sin rostro y sin motivo
vieron por la ventana de su ausencia
lo que quedaba atrás / ese andamiaje
de abrazos cielo y humo
cuando empezaron a desaparecer
como el oasis en los espejismos
a desaparecer sin últimas palabras
tenían en sus manos los trocitos
de cosas que querían
están en algún sitio / nube o tumba
están en algún sitio / estoy seguro
allá en el sur del alma
es posible que hayan extraviado la brújula
y hoy vaguen preguntando preguntando
dónde carajo queda el buen amor
porque vienen del odio.

Mario Benedetti
De: poemasdelalma.com


La desmemoria /2

El miedo seca la boca, moja las manos y mutila. El miedo de saber nos condena a la ignorancia; el miedo de hacer, nos reduce a la impotencia. La dictadura militar, miedo de escuchar, miedo de decir, nos convirtió en sordomudos. Ahora la democracia, que tiene miedo de recordar, nos enferma de amnesia: pero no se necesita ser Sigmund Freud para saber que no hay alfombra que pueda ocultar la basura de la memoria.


Eduardo Galeano


El silencio es la actuación del cobarde, del que no es capaz de asumir con palabras la consumación de su hacer aberrante.





martes, 20 de mayo de 2014

“¿De qué color te sientes?”- Fernando Pessoa a Mário De Sá-Carneiro

Mário de Sá-Carneiro
19 de mayo de 1890 - Lisboa
Poeta

EL OTRO


Yo no soy ni yo ni el otro,

soy tan sólo algo intermedio:

                  pilar del puente del tedio

                  que va desde mí hasta el Otro.





EL FANTASMA



¿Qué haré yo en la vida -Emigrado

Astral después de qué fantaseada guerra,

cuando este Oro al fin caiga por tierra?,

pues, aunque verdoso, es Oro sin embargo.



(¿De qué revuelta o país predestinado?)

Pobre lisonja el velo que me encierra…

Imaginaria y pertinaz, ¿qué fuerza

mágica desprende mi pasmo frustrado?



La escalera es insegura y peligrosa:

se va extendiendo una mancha dudosa

por la alfombra, los pasamanos se han partido…



Mi norte lo han tapado con viejos trapos,

las hormigas sobre mi suerte se han parado,

se me han muerto niños en los sentidos….



ULTRA-TEDIO



Nada me expira ya, nada me vive -

ni la tristeza ni los bellos momentos.

Por no tenerlas y por nunca poder poseerlas,

me hastían incluso las cosas que no tuve.



Cómo quisiera, por fin con el alma olvidada,

dormir en paz en una cama de hospital…

Cansé dentro de mí, cansé la vida

de tanto pasearla por la luz irreal.



Otrora imaginé escalar los cielos

a fuerza de ambición y de nostalgia,

y enfermo-de-Joven-Dios, me fui

tras el gran rastro dorado que me ardía.



Partí. Mas pronto regresé al dolor,

pues todo se me desmoronó… Todo era igual:

la quimera, ceñida, era real,

¡la propia maravilla tenía color!



Retumbándome en silencio, la noche oscura

me lanzó así a la caída sin remedio;

yo mismo me tragué en la profundidad,

me sequé por completo, me endurecí de tedio.



Y sólo me queda hoy una alegría:

que, de tan iguales y vacíos,

los momentos se esfuman día a día

cada vez más veloces, más escurridizos…







lunes, 19 de mayo de 2014

“Si uno está haciendo lo que le dicta su conciencia, ¿por qué tienes que agachar la cabeza delante de un tipo que se porta de una manera injusta y canalla?” Elena Poniatowska

19 de mayo de 1932- Francia
Periodista, activista y escritora franco-mejicana.

La identidad

            Yo venía cansado. Mis botas estaban cubiertas de lodo y las arrastraba como si fueran féretros. La mochila se me encajaba en la espalda, pesada. Había caminado mucho, tanto que lo hacía como un animal que se defiende. Pasó un campesino en su carreta y se detuvo. Me dijo que subiera. Con trabajos me senté a su lado. Calaba frío. Tenía la boca seca, agrietada en la comisura de los labios; la saliva se me había hecho pastosa. Las ruedas se hundían en la tierra dando vueltas lentamente. Pensé que debía hacer el esfuerzo de girar como las ruedas y empecé a balbucear unas cuantas palabras. Pocas. Él contestaba por no dejar y seguimos con una gran paciencia, con la misma paciencia de la mula que nos jalaba por los derrumbaderos, con la paciencia del mismo camino, seco y vencido, polvoso y viejo, hilvanando palabras cerradas como semillas, mientras el aire se enrarecía porque íbamos de subida – casi siempre se va de subida -, hablamos, no sé, del hambre, de la sed, de la montaña, del tiempo, sin mirarnos siquiera. Y de pronto, en medio de la tosquedad de nuestras ropas sucias, malolientes, el uno junto al otro, algo nos atravesó blanco y dulce, una tregua transparente. Y nos comunicamos cosas inesperadas, cosas sencillas, como cuando aparece a lo largo de una jornada gris un espacio tierno y verde, como cuando se llega a un claro en el bosque. Yo era forastero y sólo pronuncié unas cuantas palabras que saqué de mi mochila, pero eran como las suyas y nada más las cambiamos unas por otras. Él se entusiasmó, me miraba a los ojos, y bruscamente los árboles rompieron el silencio. “Sabe, pronto saldrá el agua de las hendiduras.” “No es malo vivir en la altura. Lo malo es bajar al pueblo a echarse un trago porque luego allá andan las viejas calientes. Después es más difícil volver a remontarse, nomás acordándose de ellas”… Dijimos que se iba a quitar el frío, que allá lejos estaban los nubarrones empujándolo y que la cosecha podía ser buena. Caían nuestras palabras como gruesos terrones, como varas resecas, pero nos entendíamos.
            Llegamos al pueblo donde estaba el único mesón. Cuando bajé de la carreta empezó a buscarse en todos los bolsillos, a vaciarlos, a voltearlos al revés, inquieto, ansioso, reteniéndome con los ojos: “¿Qué le regalaré? ¿Qué le regalo? Le quiero hacer un regalo…” Buscaba a su alrededor, esperanzado, mirando el cielo, mirando el campo. Hurgoneó de nuevo en su vestido de miseria, en su pantalón tieso, jaspeado de mugre, en su saco usado, amoldado ya a su cuerpo, para encontrar el regalo. Vio hacia arriba, con una mirada circular que quería abarcar el universo entero. El mundo permanecía remoto, lejano, indiferente. Y de pronto, todas las arrugas de su rostro ennegrecido, todos esos surcos escarbados de sol a sol, me sonrieron. Todos los gallos del mundo habían pisoteado su cara llenándola de patas. Extrajo avergonzado un papelito de no sé dónde, se sentó nuevamente en la carreta y apoyando su gruesa mano sobre las rodillas tartamudeó:
- Ya sé, le voy a regalar mi nombre.
                                                                                                           
En De noche vienes (1979). México, Ediciones Era, 1992.






La masacre de Tlatelolco en el 68.





































domingo, 18 de mayo de 2014

"La alta gloria de nuestra dulce Patria"- José Artigas


PARTE DE LA BATALLA DE LAS PIEDRAS

De José Artigas a José Rondeau


“ Habiéndome acampado en la villa de Canelones con el objeto de molestar a los enemigos que se hallaban situados en Las Piedras y privarles las introducciones de ganados y demás comestibles para Montevideo; y advirtiendo ser insuficientes todas las providencias y vigilancia de las partidas que continuamente destacaba a este fin; dispuse con anuencia de los señores capitanes, el atacarlos, en atención a que aun cuando las fuerzas enemigas ascendían al numero de 600 hombres, según las más noticias que por algunos pasados había adquirido. Contaba con mucha parte adicta a nosotros.

Pasé inmediatamente el correspondiente oficio a mi hermano Don  Manuel Artigas, indicándole el punto donde debía reunirse conmigo; y a las pocas horas de haber marchado el chasque, recibí oficio de mi hermano en que me avisaba hallarse atacado por los enemigos, pidiendo 300 hombres de refuerzo. Con esto llegó la nota que otra columna enemiga se dirigía a Canelones, con el objeto de atacarme; al momento acorde con los señores oficiales que era conveniente dirigirnos al Sauce a dar auxilio por (estar) entre los enemigos entre dos fuegos; y rendidos estos, cortar la retirada a los que se habían dirigido a Canelones.

En efecto dispuse mi salida a puesta del sol, y marché con el abrigo de la noche, pasando a la vista de los fogones enemigos. La noche se puso sumamente oscura, y el día amaneció lloviendo, cuya lluvia continuó hasta el siguiente con el mal tiempo. Se imposibilitó la marcha, y me acampé en las Puntas del Canelón Chico, desde donde pasé orden a mi hermano, para que se reuniera en dicho punto, en virtud de haber sabido que la noche de mi salida, había regresado la tropa enemiga al campamento de Las Piedras. Mi hermano se incorporo en el citado destino, la noche del 17, segunda de mi salida, y por la incapacidad del tiempo, no pude determinar lo que tenía proyectado.

El tiempo mejoró y mis partidas de descubierta empezaron  sus guerrillas, con dos columnas que en el mejor orden marchaban para mi campamento. Al instante destaqué una partida de 200 hombres montados, de la gente patriota voluntaria, para que los fueran sacando de su campamento; y mandé que la tropa tomara caballos para salir a batirlos. Los enemigos avanzaron sobre los de caballería y yo con el resto del ejército. Marché sobre ellos. De la gente armada de caballería; saqué 150 hombres para reforzar la infantería; y ordené dos columnas de caballería, una al mando de Don Antonio Pérez que ocupaba la derecha. Con la demás gente de mi hermano Don Manuel formé otra columna (como de 250 hombres) con el objeto, de cortar la retirada a los enemigos.

En este orden avancé, y puesto a la frente de los enemigos, desplegué en batalla con la infantería y mandé a mi ayudante mayor Don Eusevio Valdenegro, pasase orden que una columna de caballería de la derecha avanzara amenazando picar la retaguardia enemiga; y echando pie a tierra la infantería, hizo su demostración de avance con bastante rapidez; pero los enemigos aparentaron retirarse, sin hacer mayor fuego, siempre con el mejor orden.

Esta aparente retirada, la hicieron con el interés de situarse en una loma, lugar dominante a todos cuatros frentes de su posición; y en este presentaron batalla.

La fuerza enemiga constaría de 400 a500 hombres de infantería con cuatro piezas de artillería, dos obuses de 32, y dos cañones de 4, con 64 artilleros buenos: de a 16 hombres de dotación en cada cañón, y 459 que componían la Caballería.

La fuerza de mi división, se componía de 600 hombres de caballería (mal armados), y 400 infantes, con los dos cañoncitos de a 2.

El combate empezó a las once y media de la mañana y terminó a las 4 de la tarde. A este se dio principio en los términos antedichos: pero como la tropa estaba ansiosa de avanzar, sufrió un tiro de granada que me llevó seis patricios, para hallarlos en pelotón, que todo mi esfuerzo y el de los oficiales no era bastante a contenerlos en avanzar, porque no sufrieran el ventajoso fuego de los enemigos; en un lugar donde el terreno era dominado por ellos, tanto como las municiones de artillería superaban a las nuestras.

Los enemigos se resistieron vigorosamente en este punto; tanto que fue necesaria toda la constancia de nuestra heroica tropa, para echarlos de allí; de donde salieron retirándose con el mejor orden. La tropa cargó vigorosamente sobre ellos, y aquí se les tomó un cañón; pero como los fuegos de artillería superaban a los nuestros contenían sumamente a nuestra tropa, que solo su mucho valor podía resistirlos.

Con su retirada, conseguí situarme en mejor terreno, y de aquí hice avanzar a la columna de caballería de la derecha, y mi ayudante mayor a la izquierda, mandando entrar para la retaguardia enemiga a la columna que mandaba mi hermano Don Manuel Francisco Artigas.

Aquí fue bastante activo el fuego que duraría más de una hora; y con la energía que disputaba la acción nuestra tropa, se intimidaron los enemigos, y pusieron bandera de parlamento a que yo mismo en persona contesté se rindieran a discreción, librando vidas de todos, con lo que se rindieron, y quedó para nosotros la victoria, y todo el campo de batalla, que era a distancia de un cuarto de legua de la Capilla de las Piedras. En la misma capilla, donde tenían su campamento, había quedado una guardia de 30 hombres, (según declaración del ayudante mayor de órdenes, subteniente de caballería Don Juan Rosales), con un cañón de 4. La rendición la encargué a mi ayudante mayor Don Eusevio Valdenegro; quien para conseguirla (evitando en lo posible toda efusión  de sangre) mandó pasase con parlamento expresado ayudante mayor de órdenes Don Juan Rosales, a que con el respeto de su tropa, hiciera se rindiese a discreción; lo que así verificaron; y fueron prisioneros más de 100 hombres que allí habían replegado con provistos de cajones de  municiones; y con 16 artilleros más, en el cañón que tenían.

Entre tanto disponía yo la reunión de la tropa , y conducción segura de los prisioneros, pasó mi ayudante el referido Don Valdenegro, a la operación antedicha, tomando el Parque de Artillería que lo tenían bien provisto de municiones de todos los calibres indicados, y de todas las clases, las que con mi orden hizo extraer, con tres carros capuchinos; y como llegó nota de que salía refuerzo de Montevideo, fue necesario apostarme en lugar ventajoso para esperar al enemigo, que hasta ahora, (que son las 6 de la mañana) no se ha dejado ver.

Tengo varias partidas hacia los Migueletes para que estén a la observación de los enemigos, y en todo caso apuro, dispongo mi retirada a Canelones. El ayudante mayor de órdenes, Don Juan Rosales, me asegura haber fuerzas en la Plaza de Montevideo, de 500 a600 hombres, incluso los que estaban en la Colonia, y que según este han regresado a Montevideo.

Conviene pues que usted, en vista de lo expuesto, acelere sus marchas, y me mande la tropa a la mayor brevedad, entre la cual, es indispensable venga una dotación suficiente de artilleros, para el manejo de las 5 piezas de artillería que he tomado a los enemigos: mandándome bastantes piedras de chispa, que las necesito mucho, y no las había en el Parque enemigo.

La pérdida, que hemos tenido en esta gloriosa acción, será como unos 18 o 20 hombres muertos, y unos 14 heridos. No tengo entero conocimiento de esto, hasta después que noticiare  a usted con más propiedad. Los enemigos muertos serán como 30 y según el primer conocimiento que tengo de los heridos ascienden a 46 o 50, y prisioneros como 420, inclusos 22 oficiales, con el Comandante General Don José Posadas.

No puedo ocultar a usted cuán dignos son todos los señores oficiales que he tenido el honor, de tener a mis órdenes, en tan gloriosa acción; porque todos, todos se han portado con todo el honor y entusiasmo que los caracteriza, y hace dignamente acreedores a la alta consideración de la excelentísima junta, y a la eterna gratitud de sus compatriotas.

Las tropas todas, me merecen igual atención, y estoy seguramente persuadido, que a no ser tanto su valor, no era capaz de haberse conseguido una acción con tantas ventajas para los enemigos; tan heroica para sus triunfadores y que en todas sus partes justifica el honor de las armas de nuestra Patria.

Por ahora me llamo sumamente ocupado, y con la atención puesta en los enemigos; por lo que no puedo sustanciar un parte completo, con estado de armas, municiones, y todo lo demás relativo a los enemigos, que lo haré a primera oportunidad.

En este momento acabo de recibir el adjunto parte, que da Don Pedro G. Pérez, de lo que ha ocurrido en Santa Teresa; y todo, está pronosticado el inmediato estrago y ruina de los tiranos, y la alta gloria de nuestra dulce Patria, que  hará eterna la memoria de sus dignos hijos.

Dios guarde vuestra señoría muchos años

Campamento de las Piedras

19 de mayo de 1811

José Artigas

De: “Nación Charrúa Artiguista y Originaria”


sábado, 17 de mayo de 2014

“El fin de la creación literaria es iluminar el corazón de todos los hombres, en lo que tienen de meramente humano” - Alfonso Reyes

17 de mayo de 1889- Méjico
Abogado, diplomático, escritor.

LA REINA PERDIDA

I

Desde el día en que me expulsaron del club padezco insomnios. La poca costumbre de leer durante las altas horas de la noche hace que la compañía de los libros me sea inoportuna. La mujer resulta un consuelo mediocre para los ambiciosos y más si son, como yo, poco aficionados a los rodeos y circunloquios del placer. El vino hace más desierta mi soledad, y la calle o los espectáculos me producen una jaqueca de varios días. Me quedo solo en casa.

 Desde mis ventanas - que dan al descampado - suelo entretenerme en contar los farolillos de gas, en adivinar sus secretos, alegría y dolores. Hay unos que palpitan como una mariposa que abre y cierra las alas. Otros se quejan con un grito largo, inalterable. Otros se extinguen de súbito, sin decir por qué y tienden entre las acacias una hamaca de sombra.

 Desde el mirador logro un ver un palacio blanco, que parece desierto. Cerrado y mudo, sus vidrieras devuelven equivocadamente los reflejos de las estrellas.

 Las palmas del trasnochador que llama al sereno me sobresaltan, no sin darme cierta emoción de compañía que me alivia un poco. El ruido de los cerrojos, el rechinar de las puertas, ocupan completamente mi alma. Es hora en que se oye hasta el paso de los insectos, el desperezarse de un élitro en la sombra, el crujido de una de esas diminutas alas de cebolla, el diálogo entre la burbuja y la brizna.

 Y mes a mes la frente pegada a los cristales, casi pendiente de un hilo, como una araña - porque a un hilo siente reducida mi vida -, miro saltar, sobre el tapete del horizonte, el as de oros de la luna.



II

No sabes jugar, como yo, a las constelaciones. El juego de las constelaciones no requiere compañero ninguno, ni mozos de frac y calzón corto, ni candelero de luz, que multiplican los espejos; ni tapices, ni nada; una pupila abierta en la tierra y algunos millones en el cielo.

 Y apostáis:

- Apuesto diez duros a que ahora sale Aldebarán.

Y no sale Aldaberán, porque lo que sale es la constelación del Boyero.

Y apostáis:

- ¡Quinientas pesetas a las Siete Cabrillas! ¡Mil por los ojos de Santa Lucía! ¡A Casiopea pongo cuatro mil!

 Yo he llegado a deberle al cielo un buen pico; me pareció que la luna barría y borraba todas las oncitas de oro del cielo en medio segundo. Pero otro día gané la osa Mayor, Escorpión, Orión y muchas estrellas de primera magnitud. Entre ellas el lucero del alba. Había luna nueva y la mano opaca corría, subrepticia, por el firmamento, como una mano de ladrón. El gallo nos avisó a tiempo y todos nos pusimos en salvo.


III

Pero ¡y la reina, aquella reina perdida! ¿Quién me la quitó de las manos? No de ser yo quien proponga excusas, eso no. Pero - lo saben tal vez los espejos - yo no fui quien la escabulló.

La llevo pintada sobre el corazón como una afrenta.

Había dos juegos de cartas completos: uno francés, otro español, estoy enteramente seguro, puedo apostar mi vida. Yo, agotados los recursos, puse sobre la mesa el reloj de oro y los valiosos gemelos. Y, con mi superstición habitual, me dediqué a escoger los palos, por razones que yo me entiendo: los oros, me dije son los capitalistas; los bastos, los villanos; las copas, los industriales; las espadas, los militares. Y ahora, a los reyes: David, Salomón, Alejandro, Carlomagno... Y ahora, a las reinas: Nimo, Cleopatra...

 Y me detuve, extático: frente a mí, a espaldas de Urquijo, - que acababa de pedir otra botella más de champaña -, cubierto de arreos resplandecientes y ferradas mallas resonantes, con mi espadón en forma de cruz y calzado de guantelete guerrero: noble y encanecido; las barbas velludas, el ademán entre altivo e irónico, el rey de Espadas - os lo aseguro - apareció. Y alargó la mano, decidida, y nos arrebató una reina francesa...

 ¡Una reina que era mi novia! ¡La reina que yo más quería!

Y todas las estrellas del cielo me acecharán en vano y en vano me perseguirán los trasgos de la noche. Porque yo nunca he de confesar el nombre de mi novia, ¡el nombre de la reina Perdida!


Alfonso Reyes
de El plano oblicuo, 1920

De: http://barricadaletrahispanic.blogspot.com




viernes, 16 de mayo de 2014

"La literatura es mentira"- Juan Rulfo

16 de mayo de 1917
Escritor, guionista y fotógrafo.

La literatura es mentira; pero de esa mentira sale una recreación de la realidad; recrear la realidad es, pues, uno de los principios fundamentales de la creación. (...)
Considero que hay tres pasos: el primero de ellos es crear el personaje, el segundo crear el ambiente donde ese personaje se va a mover y el tercero es cómo va a hablar ese personaje, cómo se va a expresar. Esos tres puntos de apoyo son todo lo que se requiere para contar una historia: ahora, yo le tengo temor a la hoja en blanco, y sobre todo al lápiz, porque yo escribo a mano; pero quiero decir, más o menos, cuáles son mis procedimientos en una forma muy personal. Cuando yo empiezo a escribir no creo en la inspiración, jamás he creído en la inspiración, el asunto de escribir es un asunto de trabajo; ponerse a escribir a ver qué sale y llenar páginas y páginas, para que de pronto aparezca una palabra que nos dé la clave de lo que hay que hacer, de lo que va a ser aquello. A veces resulta que escribo cinco, seis o diez páginas y no aparece el personaje que yo quería que apareciera, aquél personaje vivo que tiene que moverse por sí mismo. De pronto, aparece y surge, uno lo va siguiendo, uno va tras él. En la medida en que el personaje adquiere vida, uno puede, por caminos que uno desconoce pero que, estando vivo, lo conducen a uno a una realidad, o a una irrealidad, si se quiere. Al mismo tiempo, se logra crear lo que se puede decir, lo que, al final, parece que sucedió, o pudo haber sucedido, o pudo suceder pero nunca ha sucedido. Entonces, creo yo que en esta cuestión de la creación es fundamental pensar qué sabe uno, qué mentiras va a decir; pensar que si uno entra en la verdad, en la realidad de las cosas conocidas, en lo que uno ha visto o ha oído, está haciendo historia, reportaje.
A mí me han criticado mucho mis paisanos que cuento mentiras, que no hago historia, o que todo lo que platico o escribo, dicen, nunca ha sucedido y es así. Para mí lo primero es la imaginación; dentro de esos tres puntos de apoyo de que hablábamos antes está la imaginación circulando; la imaginación es infinita, no tiene límites, y hay que romper donde cierra el círculo; hay una puerta, puede haber una puerta de escape y por esa puerta hay que desembocar, hay que irse. Así aparece otra cosa que se llama intuición: la intuición lo lleva a uno a pensar algo que no ha sucedido, pero que está sucediendo en la escritura. Concretando, se trabaja con: imaginación, intuición y una aparente verdad.(...)


Rulfo, Juan. El desafío de la creación, en Zavala, Lauro (ed.) *

Teorías del cuento, III. Poéticas de la brevedad. Coordinación de Difusión Cultural, Dirección de Literatura. UNAM. México, 1997.

De: sololiteratura.com





     
Aquella cuna donde Crispín dormía por entonces era más grande para su pequeño cuerpecito. Él sin conocer todavía la luz, puesto que aún no nacía, se dedicaba sólo a vivir en medio de aquella oscuridad y hacer, sin saberlo, más y más lentos cada vez los pasos que daba su madre al caminar por los corredores; por el pasillo y, a veces, en alguna mañana limpia, yendo a visitar el corral, donde ella se confortaba haciendo renegar a las gallinas robándoles los pollitos, y escondiéndose dos o tres abajito del seno, quizá con la esperanza de que a su hijo se le hiciera la vida menos pesada oyendo algo de los ruidos del mundo. 
      Por otra parte Crispín, a pesar de tener ocho meses ahí adentro, no había abierto ni por una sola vez los ojos. Hasta adivinaba que, acurrucado siempre, no había intentado estirar un brazo o alguna de sus piernitas. No, por ese lado no daba señales de vida. Y de no haber sido porque su corazón tocaba unos golpecitos suaves a la pared que lo separaba de los ojos de su madre, ella se hubiera creído engañada por Dios, y no faltaría, ni así tantito, para que llegara a reclamarle aunque sólo fuera en secreto. 
    _El Señor me perdone _se decía _ pero yo tendría que hacerlo, si él no estuviera vivo 
Con todo, él estaba bien vivo. Cierto es que se sentía un poco molesto de estar enrollado como un caracol, pero, sin embargo, se vivía a gusto ahí, durmiendo sin parar y sobre todo, lleno de confianza; con la confianza que da el mecerse dentro de esa grande y segura cuna que era su madre. 
    La madre consideró la existencia de Crispín como un consuelo para ella. Todavía no descansaba en sus lágrimas; todavía había largos ratos en los cuales apretábase al recuerdo de Crispín que se le había muerto. Todavía, y esto era lo peor para ella, no se atrevía a cantar una canción que sabía para dormir a los niños. Con todo, en ocasiones, ella le cantaba en voz baja, como para sí misma; pero en seguida, se veía rodeada por unas ganas locas de llorar, y lloraba, como sólo la ausencia de "aquél" podía merecerlo. 
    Luego se acariciaba su vientre y le pedía perdón a su hijo. 
   En otras, se olvidaba por completo de que su hijo existía. Cualquier cosa venía a poner frente a ella la figura de Crispín el mayor. Entonces entrecerraba los ojos, soltaba el pensamiento y, de ese modo, se le iban las horas cotorreando tras de sus buenos recuerdos. Y eran en aquellos momentos sin conciencia, cuando Crispín golpeaba con más fuerza en el vientre de ella y la despertaba. Luego a ella se le ocurría que los latidos del corazón de su hijo no eran latidos, sino más bien, eran una llamada que él le hacía como regañándola por dejarlo solo e irse tan lejos. Y se ponía en seguida a conseguir un montón de reproches que se daba a sí misma, no parando de hacerlo hasta sentirse tranquila y sin miedo. 
    Porque eso sí, tenía un miedo muy grande de que algo le sucediera a su hijo, mientras ella se la pasaba sueñe y sueñe con el otro. Y no le cabía en la cabeza sino desesperarse al no poder saber nada. Acaso sufra, se decía. Acaso se esté ahogando ahí dentro sin aire; tal vez tenga miedo de la oscuridad. Todos los niños se asustan cuando están a oscuras. Todos. Y el también.¿Por qué no se iba asustar a él? ¡Ah!, si estuviera acá afuera, yo sabría defenderlo; o al menos, vería si su carita se ponía pálida o si sus ojos se hacían tristes. Entonces yo sabría cómo hacer. Pero ahora no; no donde él está. Ahí no. Eso se decía. 
    Crispín no vivía enterado de eso. Sólo se movía un poquito al sentir el vacío que los suspiros de su madre producían a un lado de él. Por otra parte, hasta parecían acomodarlo mejor, de modo de poder seguir durmiendo, arrullado a la vez por el sonido parejo y repetido que la sangre ahí cerca hacía al subir y bajar una hora tras otra hora. 
    Así iba el asunto. Ella, fuera de sus malos ratos, se sentía encariñada a los días que vendrían. Y era para azorarse verla hacer los gestos de alegría que todas las madres aprenden tantito antes, para estar prevenidas. 
    Y el modo de cuidar sus manos, alisándolas, con el fin de no lastimar mucho aquella carne casi quebradiza que pasearía hecha un nudo sobre su brazos. 
    Así iba el asunto. 
    Sin embargo, la vida no es muy seria en sus cosas. Es de suponerse que ella ya sabía esto, pues la había visto jugar con Crispín el mayor, escondiéndose de él, hasta dar por resultado que ninguno de los dos volvieron a encontrarse. Eso había sucedido. Pero, por otra parte, ella no se imaginaba a la muerte sino de un modo tranquilo: Tal como un río que va creciendo paso a paso, y va empujando a las aguas viejas y las cubre lentamente mas sin precipitarse como la haría un arroyo nuevo. Así se imaginaba ella la muerte, porque más de una vez la vio acercarse. La vio también en Crispín, su esposo, y, aunque al principio no le fue posible reconocerla, al fin y al cabo, cuando notó que todo en él se maltrataba, no dudó que ella era. 
    Así pues, ella bien se daba cuenta de lo que la vida acostumbra a hacer con uno, cuando uno está más descuidado. 
    Aquella mañana, ella quiso ir al camposanto. Como siempre solía preguntar a Crispín, el no nacido, si estaba de acuerdo, lo hizo: Crispín, le dijo, ¿te parece bien que vayamos? Te prometo que no lloraré. Sólo nos sentaremos un ratito a platicar con tu padre y después volveremos nos servirá a los dos ¿quieres? Luego, tratando de adivinar en qué lugar podía tener sus manitas aquél hijo suyo: Te llevaré de la mano todo el tiempo. Esto le dijo. 
    Abrió la puerta para salir: pero enseguida sintió un viento frío, agachado al suelo, como si anduviera barriendo las calles. Entonces regresó por un abrigo, ¿pues qué pasaría si él sintiera frío? Lo buscó entre las ropas de la cama; lo buscó en el ropero; lo halló allá arriba, en un rinconcito. Pero el ropero estaba mucho más alto que ella y tuvo que subir al primer peldaño, después puso la rodilla en el segundo y alcanzó el abrigo con la puntita de los dedos. En ese momento, pensó que tal vez Crispín se habría despertado por aquel esfuerzo y bajó a toda prisa... 
    Bajó muy hondo. Algo la empujaba. Debajo de ella, el suelo estaba lejos, sin alcance...


De: http://ficus.pntic.mec.es







Comala




jueves, 15 de mayo de 2014

“Somos todos de plástico. Nos encontramos metidos en un gran self-service que ha perdido el sentido del rito, del contacto con las personas, del contacto a través de la piel con lo que nos envuelve” - Ana Rosseti

15 de mayo de 1950- España
Escritora.
WHERE IS MY MAN?



Nunca te tengo tanto como cuando te busco
sabiendo de antemano que no puedo encontrarte.
Sólo entonces consiento estar enamorada.
Sólo entonces me pierdo en la esmaltada jungla
de coches o tiovivos, cafés abarrotados,
lunas de escaparates, laberintos de parques
o de espejos, pues corro tras de todo
lo que se te parece.
De continuo te acecho.
El alquitrán derrite su azabache,
es la calle movible taracea
de camisas y niquis, sus colores comparo
con el azul celeste o el verde malaquita
que por tu pecho yo desabrochaba.
Deliciosa congoja si creo reconocerte
me hace desfallecer: toda mi piel nombrándote,
toda mi piel alerta, pendiente de mis ojos.
Indaga mi pupila, todo atisbo comprueba,
todo indicio que me conduzca a ti,
que te introduzca al ámbito donde sólo tu imagen
prevalece y te coincida y funda,
te acerque, te inaugure y para siempre estés.



LOS OJOS DE LA NOCHE


Terminando el rosario a nuestros dormitorios
subiremos donde el ángel maligno,
que quiere atormentarnos, nos espera.
La espalda en la pared, cuidando que las ropas
no escondan nuestros ojos mucho tiempo,
la fragante franela nos ha vestido al fin.
Y sabemos, tras el vuelo fruncido
del tibio cubrecama, quién se oculta.
Al mínimo ruido en el contiguo cuarto
irrumpiremos, entre las tenues sábanas
de cruda muselina, anhelantes,
buscándonos.
      Y nos sorprenderán
e irremisiblemente seremos castigados,
devueltos al horror de las alcobas.
Pero, abrázame ahora. Febriles confortémonos
que el miedo vendrá, en breve, dispuesto a aniquilarnos.



HAY SUEÑOS QUE NO MUEREN


Hay sueños que no mueren. Se empeñan
en ser sueños.
Ajenos a la comba de la esfera
y a las operaciones de los astros,
trazan su propia órbita inmutable
y, en blindadas crisálidas, se protegen
del orden temporal.
Por eso es que perduran:
porque eligen no ser.
Negándose se afirman,
rehusando se mantienen, como flores de cuarzo,
indestructibles, puros, sin dejarse arrancar
de su dormiente ínsula.
Intactos en el tiempo,
son inmunes a la devastación
que en cada vuelta acecha, inhumana,
a la pasión que exige y que devora,
a la desobediencia y extravío
que en los vagabundeos centellean.
Monedas que el avaro recuenta sigiloso
nunca salen del fondo del bolsillo.
No ambicionan. No arriesgan. No conquistan.
No pagarán el precio del fracaso,
la experiencia, la determinación,
la ebriedad o el placer.
Sólo son impecables subterfugios.

De: www.poetasandaluces.com