miércoles, 26 de abril de 2017

Recomendación para los memoriosos: Alicia Gaione en EL NARRATORIO.


CIERRO LOS OJOS…


Quise volver a sentir mi ciudad natal en toda su intensidad y hacia allí me dirigí en tren.
El ruido de la locomotora y las paradas en aquellas viejas estaciones me hacen vibrar de emoción. Experimento la misma sensación que el viaje me provocaba cuando era niña.

Cierro los ojos, ahora rodeada de silencio, y puedo escuchar aquel sonido ronco de los colosos de vapor que parecían resoplar cuando se ponían en marcha, es una sensación extraña porque veo mucho humo, me veo en medio del encanto de aquellas viejas estaciones que aún están en pie...todo combinado con el silbato de la locomotora ---chu-chúuuu...chu-chúuu, el grito en la estación de: ¡Paaaasajeeros al tren!!!  y yo sentada en los vagones de madera y con mi frente apoyada en la ventanilla que no cesaba de trepidar, a la vez que mi cabeza saltaba porque no se podía mantener fija apoyada sobre el vidrio, pero aún así no dejaba de mirar el paisaje que pasaba ante mi vista en forma lenta. Y el tren seguía marchando abriéndose paso con un ruido continuo, chacachá ...chacachá ...chacachá aumentado con el golpeteo de los paragolpes de los vagones entre sí, y el chirriar de los engranajes y el vaivén que se producía dentro del vagón cuando cambiaba de riel.
Pero abro los ojos…. Vuelvo.

El tren llega un poco retrasado a la estación de Santa Lucía, que está cerca del río.  Bajo del tren y voy caminando hacia la ciudad.

Lo primero que veo es el viejo Hotel Biltmore y no lo puedo creer. Está igual que hace cincuenta años, cuando me fui a vivir a Montevideo.
Conserva su blanca fachada en todo su esplendor y algo de su historia me viene a la mente, porque fue el primer hotel turístico que tuvo el Uruguay, construido allá por 1872. Anteriormente se  llamaba Hotel Oriental, hasta que en el año 1920 lo compró la familia Monzeglio y lo bautizó Hotel Biltmore, como se conoce hasta el día de hoy.
Un gran cartel a su entrada subraya mi recuerdo, pero para mi sorpresa me entero de que ya no funciona como hotel (no es redituable) y que las habitaciones se alquilan a personas estables.
Me parece mentira, ya que tuvo épocas de esplendor, cuando era disfrutado por gente adinerada que pasaba allí las vacaciones o simplemente los fines de semana. Muchas personalidades del Uruguay también hicieron uso de sus instalaciones, como Máximo Santos, que entre los años 1885 y 86, desde allí gobernó el país, ocupando por una temporada todas las instalaciones con toda su comitiva.
También se conserva intacta una habitación, la 32, donde Carlos Gardel cantó para la delegación del Club Nacional de Fútbol en el año 1933.
En la actualidad sólo se abre al público el Día del Patrimonio. Realmente, una gran pérdida.

Ante mi insistencia me permiten entrar y recorrerlo con entera libertad. Subo los seis escalones de mármol blanco y entro como si estuviera retrocediendo en el tiempo. Me encamino al enorme salón principal, y percibo que el mobiliario se mantiene intacto. Las lozas inglesas, francesas y alemanas que adornan los antiguos aparadores color caoba me arrojan una mirada cómplice que viaja desde aquellos mediodías que compartí junto a mis padres y hermanos.

Me siento en una de las sillas de antaño y otro torbellino de sensaciones me invade.
Comienzo a sentir el aroma de verduras de aquella sopa pavesa que preparaban muy a menudo y que saboreábamos como un manjar de los dioses. Recuerdo a los mozos trayendo las cazuelas de barro, con los croutons de pan fritos en manteca, sobre los que rompían un huevo, añadían mucho queso rallado y encima vertían el caldo hirviendo.

Me inclino hacia atrás en la silla y comienzo a escuchar, desde el salón contiguo, una audición radial que trasmitían todos los mediodías. Se llamaba “A la caza del gazapo” y consistía en encontrar los errores que se cometían en los periódicos. Cada vez que leían uno, lo aprobaban con el sonido de un tiro de escopeta. Me parece estar oyendo esos sonidos.

Luego recorro el gran patio, con sus canteros y plantas al que dan las habitaciones. Entro en varias, algunas aún conservan las camas con sus respaldares de bronce torneado, roperos de madera con ovalados espejos biselados y arañas con caireles de cristal.

Esta visita, después de tantos años, me llena de emoción y me motiva para seguir recorriendo aquellos lugares que marcaron huellas en mi niñez.

Alicia Gaione
Taller de Novela 
Centro de Formación Humanística PERRAS NEGRAS











EL NARRATORIO <elnarratorioblog@gmail.com>, nuestro agradecimiento.





Canelones, aromando a verde o a sal la memoria de l@s uruguay@s.



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