sábado, 5 de noviembre de 2016

"El poder de las letras es infinito; usadlo con prudencia"- Izumi Kyoka

4 de noviembre de 1873- Japón
Izumi Kyoka vivió en un Japón cambiante (el de la era Meiji) pero él estaba familiarizado y un tanto hechizado por la cultura antigua. Pero no pensemos en algo rancio sino en la suma exquisitez, que ha hecho de Kyoka el autor favorito no sólo de Mishima, sino de Kawabata y de ese gran moderno de las letras niponas que fue Ryonosuke Akutagawa, el autor de “Vida de un loco” …

Kyoka parece un hombre tímido y culto, que cree en una espiritualidad material llena de fantasmas y en cruces entre las distintas vidas que vivimos, las transmigraciones budistas… Un cirujano va a operar a una bellísima mujer, refinada. Ella no quiere anestesia y al final se clava el bisturí del cirujano para no revelar (en las alucinaciones de la anestesia) algo que los une o los unió en otros tiempos… Como la mujer sentada en una estación de ferrocarril y el médico que mira a “La mujer carmesí”. Esa dama lilácea, casi evanescente en su belleza loca, fue una prostituta de alto rango que salvó al muchacho pobre que era, años antes y en un ambiente mafioso, Sokichi, el médico/muchacho que la mira y reconoce… Fantasmas que pudieran ser diosas benignas o malignas, brujas o hadas, seres fascinantes en historias que cuenta un monje peregrino y que suceden entre lo cotidiano y lo ultramundano. 

Efectivamente Izumi Kioka recuerda a románticos alemanes de la fantasía como E.T. Hoffman, pero también a las bellas de Poe en sus ámbitos gótico-campestres o los propios fantasmas japoneses que recogió un americano japonizado como Lafcadio Hearn sobre todo en “Kwaidan”, ese maravilloso libro de cuentos, de 1903, que Kobayashi convirtió en 1964 en una de las más seductoras e inquietantes películas del cine de cualquier época. Mujeres fascinadoras, monjes andariegos, médicos occidentalizados, seres repulsivos como sanguijuelas o serpientes gigantes que viven en bosques que parecen la frontera entre dos mundos; estamos ante cuatro relatos (con un claro eje central) que de alguna manera representan, en una bella y lírica escritura, el orbe que no termina de marcharse y el que tampoco termina por llegar.
No podemos pensar en las imágenes tradicionales de las “gheisas” con mirada occidental, sino en unas princesas bellísimas y refinadas, espíritu y materia, tal como  en las pinturas de Moronubu  o en los esplendores del arte lacado de Ogata Korin, clásicos del arte japonés. Porque el desenfrenado cuanto refinado romanticismo espiritualista de Izumi Kyoka pretende ponernos con sutil exquisitez absoluta al borde de un precipicio. Lean algo diferente.

De: Decadencias, El Mundo.

En: Página personal de Luis Antonio de Villena.html



Sôkichi había llegado a Tokio sin planes específicos y sin un centavo como para pensar en estudiar. Como no tenía dónde vivir, se unió a un grupo de rufianes, seres marginales que lo ayudaron a sobrevivir. Algunos eran estudiantes de medicina fracasados; algunos hasta se habían casado o medraban en el mundo de la política; algunos eran comerciantes de poca monta; los había charlatanes, y un par de ellos se estaban preparando para ingresar a la policía.
Sôkichi vivía en el callejón en escalera que sube al Myôjin, en la pensión regenteada por un ex estudiante de medicina hambriento de nombre Matsuda y su esposa. Al final de la subida, había una casa con una ventana a la calle, y una lámpara y un sauce llorón al frente, el lugar ideal para que alguien tuviera guardada a su concubina. Ella se llamaba Osen y era tan fresca como una gota de rocío. Y era a ella a quien la mujer de escarlata se parecía.
Osen era una mujer que se había abierto camino en la vida con gran esfuerzo. Era la concubina del líder de la pandilla, un tipo grandote como una estatua, de nombre Kumazawa, el cual, a estar por los rumores, habría de convertirse algún día en un exitoso hombre de negocios. Las habladurías decían que Osen había sido rescatada de un prostíbulo por este hombre, pero la realidad era que había sido convencida por él para que se fuera a vivir como su concubina al callejón en escalera. Era evidente que se trataba de una profesional, pero Sôkichi no podía, incluso ahora, decir a qué categoría pertenecía. Por entonces, Osen era una mujer muy bella, tres o cuatro años mayor que él, o quizás más, a la que simplemente consideraba adorable.

De: Prostitución a la carta de Izumi Kyôka
En: kyokadossier.pdf


"Las palabras en sí mismas son arte, artificio (giko),
 por lo que toda obra de literatura creada, al estar escrita con palabras, 
es en sí misma arte.”
Izumi Kyoka
De: http://koratai.com/