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2 de abril de 1900 - Argentina Escritor, periodista, inventor |
El hombre corcho
El hombre
corcho, el hombre que nunca se hunde, sean cuales sean los acontecimientos
turbios en que está mezclado, es el tipo más interesante de la fauna de
los pilletes.
Y quizá también
el más inteligente y el más peligroso. Porque yo no conozco sujeto más
peligroso que ese individuo, que, cuando viene a hablaros de su asunto,
os dice:
-Yo salí
absuelto de culpa y cargo de ese proceso con la constancia de que ni mi buen
nombre ni mi honor quedaban afectados.
Bueno, cuando
malandra de esta o de cualquier otra categoría os diga que “su buen nombre y
honor no quedan afectados por el proceso”, pónganse las manos en los bolsillos
y abran bien los ojos, porque si no les ha de pesar más tarde.
Ya en la escuela
fue uno de esos alumnos solapados, de sonrisa falsa y aplicación excelente, que
cuando se trataba de tirar una piedra se la alcanzaba al compañero.
Siempre fue así,
bellaco y tramposo, y simulador como él solo.
Este es el mal
individuo, que si frecuentaba nuestras casas convencía a nuestras madres de que
él era un santo, y nuestras madres, inexpertas y buenas, nos enloquecían luego
con la cantinela:
-Tomá ejemplo de
Fulano. Mirá qué buen muchacho es.
Y el buen
muchacho era el que le ponía alfileres en el asiento al maestro, pero sin que
nadie lo viera; el buen muchacho era el que convencía al maestro de que él era
un ejemplo vivo de aplicación, y en los castigos colectivos, en las aventuras
en las cuales toda la clase cargaba con el muerto, él se libraba en obsequio a
su conducta ejemplar; y este pillete en semilla, este malandrín en flor, por
“a”, por “b” o por “c”, más profundamente inmoral que todos los brutos de la
clase juntos, era el único que convencía al bedel o al director de su inocencia
y de su bondad.
Corcho desde el
aula, continuará siempre flotando; y en los exámenes, aunque sabía menos que
los otros, salía bien; en las clases igual, y siempre, siempre sin hundirse,
como si su naturaleza física participara de la fofa condición del corcho.
Ya hombre, toda
su malicia natural se redondeó, perfeccionándose hasta lo increíble.
En el bien o en
el mal, nunca fue bueno; bueno en lo que la palabra significaría
platónicamente. La bondad de este hombre siempre queda sintetizada en
estas palabras:
“El proceso no afectó ni mi buen
nombre ni mi honor”.
Allí está su
bondad, su honor y su honradez. El proceso no “los afectó”. Casi, casi
podríamos decir que si es bueno, su bondad es de carácter jurídico. Eso mismo.
Un excelente individuo, jurídicamente hablando. ¿Y qué más se le puede pedir a
un sinvergüenza de esta calaña?
Lo que ocurrió
es que flotó, flotó como el maldito corcho. Allí donde otro pobre diablo se
habría hundido para siempre en la cárcel, en el deshonor y la ignominia, el
ciudadano Corcho encontró la triquiñuela de la ley, la escapatoria del código,
la falta de un procedimiento que anulaba todo lo actuado, la prescripción por
negligencia de los curiales, de las aves negras, de los oficiales de justicia y
de toda la corte de cuervos lustrosos y temibles. El caso es que se salvó. Se
salvó “sin que el proceso afectara su buen nombre ni su honor”. Ahora sería
interesante establecer si un proceso puede afectar lo que un hombre
no tiene.
Donde más
ostensibles son las virtudes del ciudadano Corcho es en las “litis” comerciales,
en las trapisondas de las reuniones de acreedores, en los conatos de quiebras,
en los concordatos, verificaciones de créditos, tomas de razón, y todos esos
chanchullos donde los damnificados creen perder la razón, y si no la pierden,
pierden la plata, que para ellos es casi lo mismo o peor.
En estos líos,
espantosos de turbios y de incomprensibles, es donde el ciudadano Corcho flota
en las aguas de la tempestad con la serenidad de un tiburón. ¿Que los
acréedores se confabulaban para asesinarlo? Pedirá garantías al ministro y al
juez. ¿Que los acreedores quieren cobrarle? Levantará más falsos testimonios
que Tartufo y su progenitor ¿Que los falsos acreedores quieren chuparle la
sangre? Pues, a pararse, que si allí hay un sujeto con derecho a sanguijuela,
es él y nadie más. ¿Que el síndico no se quiere “acomodar”? Pues, a crearle al
síndico complicaciones que lo sindicarán como mal síndico.
Y tanto va y
viene, y da vueltas, y trama combinaciones, que al fin de cuentas el hombre
Corcho los ha embarullado a todos, y no hay Cristo que se entienda. Y el
ganancioso, el único ganancioso, es él. Todos los demás ¡van muertos!
Fenómeno
singular, caerá, como el gato, siempre de pie. Si es en un asunto criminal, se
libra con la condicional; si en un asunto civil, no paga ni el sellado; si en
un asunto particular, entonces, ¡qué Dios os libre!
Tremendo, astuto
y cauteloso, el hombre Corcho no da paso ni puntada en falso.
Y todo le sale
bien. Así como en la escuela pasaba los exámenes aunque no supiera la lección,
y en el examen siempre acertó por una bolilla favorable, este sujeto, en la
clase de la vida, la acierta igualmente. Si se dedicó al comercio, y el negocio
le va mal, siempre encuentra un zonzo a quien endosárselo. Si se produce una
quiebra, él es el que, a pesar de la ferocidad de los acreedores, los arregla
con un quince por ciento a pagar en la eternidad, cuando pueda o cuando
quiera. Y siempre así, falso, amable y terrible, prospera en los bajíos donde
se hubiera ido a pique, o encallado, más de una preclara inteligencia.
¿Talento o
instinto? ¡Quién lo va a saber!
Ventanas
iluminadas
La
otra noche me decía el amigo Feilberg, que es el coleccionista de las historias
más raras que conozco:
-¿Usted
no se ha fijado en las ventanas iluminadas a las tres de la mañana? Vea, allí
tiene argumento para una nota curiosa.
Y
de inmediato se internó en los recovecos de una historia que no hubiera
despreciado Villiers de L’Isle Adam o Barbey de Aurevilly o el barbudo de
Horacio Quiroga. Una historia magnífica relacionada con una ventana iluminada a
las tres de la: mañana.
Naturalmente,
pensando después en las palabras de este amigo, llegué a la conclusión de que
tenía razón, y no me extrañaría que don Ramón Gómez de la Serna hubiera
utilizado este argumento para una de sus geniales greguerías.
Ciertamente,
no hay nada más llamativo en el cubo negro de la no-1 che que ese rectángulo de
luz amarilla, situado en una altura, entre el prodigio de las chimeneas bizcas
y las nubes que van pasando por encima de la ciudad, barridas como por un
viento de maleficio.
¿Qué
es lo que ocurre allí? ¿Cuántos crímenes se hubieran evitado si en ese momento
en que la ventana se ilumina, hubiera subido a espiar ; un hombre?
¿Quiénes
están allí adentro? ¿Jugadores, ladrones, suicidas, enfermos? ¿Nace o muere
alguien en ese lugar?
En
el cubo negro de la noche, la ventana iluminada, como un ojo, vigila las
azoteas y hace levantar la cabeza de los trasnochadores que de pronto se quedan
mirando aquello con una curiosidad más poderosa que el cansancio.
Porque
ya es la ventana de una buhardilla, una de esas ventanas de madera deshechas
por el sol, ya es una ventana de hierro, cubierta de cortinados, y que entre
los visillos y las persianas deja entrever unas rayas de luz. Y luego la
sombra, el vigilante Ve se pasea abajo, los hombres que pasan de mal talante
pensando en los líos que tendrán que solventar con sus respetables esposas,
mientras que la ventana iluminada, falsa como mula bichoca, ofrece un refugio
temporal, insinúa un escondite contra el aguacero de estupidez que se descarga
sobre la ciudad en los tranvías retardados y crujientes.
Frecuentemente,
esas piezas son parte integral de una casa de pensión, y no se reúnen en ellas
ni asesinos ni suicidas, sino buenos muchachos que pasan el tiempo conversando
mientras se calienta el agua para tomar mate.
Porque
es curioso. Todo hombre que ha traspuesto la una de la madrugada, considera la
noche tan perdida, que ya es preferible pasarla de pie, conversando con un buen
amigo. Es después del café; de las rondas por los cafetines turbios. Y juntos
se encaminan para la pieza, donde, fatalmente, el que no la ocupa se recostará
sobre la cama del amigo, mientras que el otro, cachazudamente, le prende fuego
al calentador para preparar el agua para el mate.
Y
mientras que sorben, charlan. Son las charlas interminables de las tres de la
madrugada, las charlas de los hombres que, sintiendo cansado el cuerpo,
analizan los hechos del día con esa especie de fiebre lúcida y sin temperatura,
que en la vigilia deja en las ideas una lucidez de delirio.
Y
el silencio que sube desde la calle, hace más lentas, más profundas, más
deseadas las palabras.
Esa
es la ventana cordial, que desde la calle mira el agente de la esquina,
sabiendo que los que la ocupan son dos estudiantes eternos resolviendo un
problema de metafísica del amor o recordando en confidencia hechos que no se
pueden embuchar toda la noche.
Hay
otra ventana que es tan cordial como ésta, y es la ventana del paisaje del bar
tirolés.
En
todos los bares “imitación Munich” un pintor humorista y genial ha pintado
unas escenas de burgos tiroleses o suizos. En todas estas escenas aparecen
ciudades con tejados y torres y vigas, con calles torcidas, con faroles cuyos
pedestales se retuercen como una culebra, y abrazados a ellos, fantásticos
tudescos con medias verdes de turistas y un sombrerito jovial, con la
indispensable pluma. Estos borrachos simpáticos, de cuyos bolsillos escapan
golletes de botellas, miran con mirada lacrimosa a una señora obesa, apoyada
en la ventana, cubierta de un extraordinario camisón, con cofia blanca, y que
enarbola un tremendo garrote desde la altura.
La
obesa señora de la ventana de las tres de la madrugada, tiene el semblante de
un carnicero, mientras que su cónyuge, con las piernas de alambre retorcido en
torno del farol, trata de dulcificar a la poco amable “frau”.
Pero
la “frau” es inexorable como un beduino. Le dará una paliza a su marido.
La
ventana triste de las tres de la madrugada, es la ventana del pobre, la
ventana de esos conventillos de tres pisos, y que, de pronto, al iluminarse
bruscamente, lanza su resplandor en la noche como un quejido de angustia, un
llamado de socorro. Sin saber por qué se adivina, tras el súbito encendimiento,
a un hombre que salta de la cama despavorido, a una madre que se inclina
atormentada de sueño sobre una cuna; se adivina ese inesperado dolor de muelas
que ha estallado en medio del sueño y que trastornará a un pobre diablo hasta
el amanecer tras de las cortinas raídas de tanto usadas.
Ventana
iluminada de las tres de la madrugada. Si se pudiera escribir todo lo que se
oculta tras de tus vidrios biselados o rotos, se escribiría el más angustioso
poema que conoce la humanidad. Inventores, rateros, poetas, jugadores,
moribundos, triunfadores que no pueden dormir de alegría. Cada ventana
iluminada en la noche crecida, es una historia que aún no se ha escrito.
En:
Aguafuertes porteñas
De:
http://biblioteca.derechoaleer.org
En
Roberto Arlt, siempre hay algo trastocado, como corrido del centro: un hueco,
una “grieta”, una fisura privilegiada. Eso que se evidencia -la disrupción- en
la superficie del discurso y que ningún policía discursivo puede atrapar. ¿Cómo
entender eso que excede y que al mismo tiempo nos interpela? Esa grieta
-graficada en la aguafuerte o protoficción arltiana “Las ciencias ocultas en la
ciudad de Buenos Aires”, o en el relato “Escritor fracasado”- que se abre y
provoca una fisura, se expone para producir un “escándalo espiritual” - si es
lícito usar este eufemismo para hablar de la ficción de Arlt-. Intentar pensar
en un análisis que cierre lo arltiano, implica, nuevamente, colocarse en un
lugar inestable e inseguro. Las preguntas, como se sabe, obligan al movimiento
y al desplazamiento. Tal vez, en ese desfasaje arltiano haya algún indicio de
respuesta. O quizá se trate, entre otras cosas, de recuperar el lugar escénico
del escritor moderno. El autor, en Roberto Arlt, entra en escena como una
figura extranjera y, manteniendo esa mirada distante y exiliada a lo largo de
su obra -una figura más o menos irónica, más o menos exaltada-, es habilitado a
dar un golpe químicamente provocador. Lo arltiano, en este sentido, sería la
transmisión de esa sensación expectante y fuera de foco que siempre nos
enfrenta con nuestras propias condiciones de existencia, de una forma por demás
sesgada y extrañada.
Roberto
Arlt era un artista del desplazamiento y en el desplazamiento residía su fuerza
de interpelación social. La naturaleza ilusoria del arte nos hace pensar en la
sinceridad del testimonio literario; sin embargo, por fuera del
relato-confesión que nos cuenta Arlt, en series, se insinúa los gérmenes de
otra biografía ausente y no contada que adquiere la fuerza de una leyenda o de
un mito personal. Arlt construye en las “aguafuertes”, en algunos relatos y
autoretratos cómicos, o en el prólogo de Los lanzallamas (1931), su propia
figura de escritor y deviene en actor de una escena autobiográfica: poeta de
barrio, oveja negra, enfant terrible, outsider, escritor fracasado o reportero
extravagante y exitoso son las múltiples caras que se refractan en un mismo
espejo. En realidad, la razón de esta escena es, más bien, la de alguien que
debe lidiar creativamente con su propia identidad: el artista se forja
entonces, una segunda cicatriz de extranjería.
La
contrapropuesta arltiana al problema de los orígenes no es sino una
transmutación de todos los valores, un desnudamiento escénico y un arte de la
provocación. Arlt se transforma entonces, en un escritor “marginal” que
comienza a pensar las relaciones entre literatura y mercado -escribir es
hacerse pagar nos dice Arlt y narra, en su “autobiografía cómica”, la historia
de un niño de ocho años que escribe un cuento para vendérselo a un vecino de
Flores- , entre el hacer creer y las formas de legitimación de la institución
literaria, entre el éxito y el valor de uso de la literatura. En este sentido,
Arlt forja un nuevo contrato de lectura a través de modalidades no
tradicionales que incluyen el periodismo, los géneros menores de la literatura
popular y las versiones de segunda mano de la alta cultura.
La
historia personal o la autobiografía literaria que Arlt cuenta en escenas
fragmentadas se convierte en un mito del lenguaje que esconde una intriga
genealógica, donde la identidad de un nombre es a todas luces una lucha por el
poder simbólico de la palabra. Se trata de un acto replicante contra la
sociedad de “socorros mutuos” que configuran los escritores oficiales, un
combate verbal al status quo imperante. Como sabemos, la construcción de esa
figura pública y la de un escritor siempre postergado no corresponden
necesariamente a la real, como lo demuestran las revistas de época y el
temprano reconocimiento de sus pares. Entonces, el autor regresa como matriz
simbólica en la consistencia de una figura y toma cuerpo en las escenas y mitos
forjado por él. Hablar sobre el propio yo, escenificar una historia de vida o
una autobiografía literaria, es una forma estratégica de devorar al lector en
el propio aparato ficcional y hacer confundir el yo textual con el sujeto
empírico. En ese intercambio engañoso entre el sujeto que enuncia y los
lectores virtuales, las historias personales que cuenta Arlt se convierten en
un mito del lenguaje: siempre hay algo secreto que queda afuera de la
circulación de las palabras. La historia - la historia personal, la historia de
un escritor, la historia de una militancia política- es absorbida por el relato
de un personaje que proyecta sus deseos imaginarios y sus luchas en el mercado
salvaje de las cofradías literarias. Las vacilaciones de un nombre propio, sea
Roberto Arlt -acta civil y jurídica- o Roberto Godofredo Christophersen Arlt
-acta imaginaria o ficcional-, la exhibición de los estudios primarios
incompletos -“a los nueve años me habían expulsado de tres escuelas” o “he
cursado las escuelas primarias hasta tercer grado; luego me echaron por
inútil’- , o las fechas de nacimiento cambiadas o alteradas -el 26 de Abril de
1900 o el 7 de Abril de 1900- traman una intriga genealógica que se constituye
en un acto desafiante contra el “gallinero literario” -el chismorreo vigilante
que escucha Arlt y que sostienen los actores y protagonistas en los entreactos
del teatro oficial de la cultura-: deglutirlo en trozos será el acto totémico
privilegiado del “puchero” arltiano.
¿Cómo
legitimar una voz extranjera? ¿Cómo inscribirse en la cadena onomástica de la
literatura argentina, si se tiene un apellido casi impronunciable?
Ese
folletín moderno Arlt que cuenta en series, desde sus ‘”Aguafuertes” hasta los
prólogos de sus novelas, es un no lugar que se afirma en la promesa futura. La
autobiografía falsa en este sentido, apuesta a dos operaciones de índole
ideológica: por un lado, a completar un vacío -un linaje o un abolengo que no
es patricio- y, por otro lado, a colocar en la falta otro mundo: el mundo
marginal de la subliteratura, los saberes populares de los manuales técnicos y
los escritos pornográficos, las historias rusas contadas en ediciones piratas.
Fragmentos
de Roberto Arlt: un autor en escena de Edgardo H. Berg
Centro
de Letras Hispanoamericanas
Universidad
Nacional de Mar del Plata
De:
https://pendientedemigracion.ucm.es
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