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3 de abril de 1783- Estados Unidos |
El balcón
En el hueco central del Salón de Embajadores hay un balcón, que antes he
mencionado, el cual semeja en la pared de la torre una como jaula suspendida en
medio del aire y por encima de las copas de los árboles que crecen en la
pendiente ladera de la colina. Servíame este ajimez como una especie de
observatorio, en donde solía sentarme a contemplar ya el cielo por arriba y la
tierra por debajo. Además del magnifico paisaje que se ofrecía ante mis ojos,
montaña, valle y vega, contemplaba un cuadro, en pequeño, de la vida humana
dibujado ante mi vista, constantemente debajo. Al pie de la colina hay una
alameda o paseo público, que, aunque no tan de moda como el moderno y
espléndido del Genil, atrae, sin embargo, una varia y pintoresca concurrencia.
Aquí acude la gente de los barrios, y los curas y frailes que pasean para abrir
el apetito o para hacer la digestión, majos y majas (los guapos y guapas de las
clases bajas, vestidos con trajes andaluces), arrogantes contrabandistas, y tal
cual vez algún tapado y misterioso personaje de alto rango, que acude a alguna
cita secreta.
Esto presenta una viva pintura de la vida y del carácter español,
que me deleitaba en estudiar; y como el naturalista tiene su microscopio para
ayudarse en sus investigaciones, así yo tenía un anteojo de bolsillo, que me
aproximaba los rostros de los abigarrados grupos tan de cerca, que me creía
algunas veces hasta adivinar su conversación por el fuego y la expresión de sus
facciones. Con lo cual era yo un invisible observador que, sin dejar mi retiro,
me encontraba a la vez y prontamente en medio de la sociedad, ventaja rara para
el que tiene carácter reservado observar el drama de la vida sin desempeñar el
papel de actor en la escena.
Hay una considerable barriada debajo de la Alhambra, que comprende
la estrecha garganta del Valle y se extiende por el opuesto cerro del Albaicín.
Muchas de estas casas están construidas al estilo morisco, con patios alegres
abiertos a cielo raso y fuentes en medio que les prestan frescura; y como los habitantes
se pasan la mayor parte del día viviendo en estos patios o subidos en los
terrados durante la estación del verano, ocurre que se pueden observar muchos
detalles de su vida doméstica por un espectador aéreo como era yo, que podía
mirarlos desde las nubes.
Disfrutaba yo maravillosamente las ventajas de aquel estudiante de
la famosa y antigua novela española que tenía todo Madrid sin tejados abierto a
su vista; y mi locuaz escudero Mateo Jiménez hacía el papel de Asmodeo con gran
frecuencia, contándome anécdotas de las diferentes casas y de sus moradores.
Sin embargo, prefería formarme yo mismo historias conjeturales, y
de este modo me distraía sentado horas enteras, deduciendo de incidentes
casuales e indicaciones que pasaban ante mis ojos un completo tejido de
proyectos, intrigas y ocupaciones de los afamados mortales de debajo.
Difícilmente había lindo rostro o gentil figura que yo viera más de un día,
acerca de la cual no formase poco a poco alguna historia dramática; hasta que
alguno de los personajes hacía de pronto algo en directa oposición con el papel
que le había yo asignado y me desconcertaba todo el drama. Uno de estos días en
que me hallaba mirando con mi anteojo las calles del Albaicín vi la procesión
de una novicia que iba a tomar el hábito, y noté varias circunstancias que me
despertaron una gran simpatía por la suerte de la tierna joven que iba a ser
enterrada viva en una tumba. Me cercioré a mi satisfacción de que era hermosa,
y que, a juzgar por la palidez de sus mejillas, era una víctima más bien que
profesa voluntaria. Estaba adornada con vestidos de novia y ceñida la cabeza
con una guirnalda de flores, pero evidentemente se resistía de su desposorio
espiritual y se apartaba con dolor de sus amores terrenales. Un hombre alto y
de fruncido ceño iba junto a la novicia en la procesión; era sin duda el
tiránico padre, que por fanatismo o sórdida avaricia la había compelido a este
sacrificio. En medio de la multitud había un joven moreno y de buen aspecto,
que parecía dirigirle miradas de desesperación. Éste debía ser, sin duda
alguna, el secreto amante de quien le separaban para siempre. Mi indignación
creció de punto cuando noté la maligna expresión pintada en los semblantes de
los frailes y monjas que la acompañaban. La procesión llegó a la iglesia del
convento; el sol derramaba sus pálidos reflejos por vez postrera sobre la
guirnalda de la pobre novicia, la cual cruzó el fatal atrio, desapareciendo
dentro del edificio. La multitud entró detrás del estandarte, la cruz y el
coro; pero el amante se detuvo un momento en la puerta. Adiviné el tropel de
ideas que le asaltaron; pero se dominó al cabo y entró. Pasó un largo
intervalo, durante el cual me imaginé lo que pasaba dentro: la pobre novicia
fue despojada de sus transitorias galas y vestida con los hábitos conventuales;
la guirnalda de novia arrancada de su frente, y su hermosa cabeza despojada de
sus largas y sedosas trenzas; la oí murmurar el irrevocable voto; la vi tendida
en el féretro cubierta con el paño mortuorio; vi hacer sus funerales, que la
proclamaban muerta para el mundo, y sentí ahogarse sus sollozos con el grave
sonido del órgano y con el plañidero Requiem de
las monjas; todo lo cual presenció el padre sin conmoverse y sin derramar una
sola lágrima. El amante..., ¡no!, mi imaginación no quiso figurarse la agonía
del desdichado amante; aquí la pintura quedó desvanecida.
Al poco tiempo la multitud salía otra vez, dispersándose en todas
direcciones para gozar de los rayos del sol y mezclarse en las bulliciosas
escenas de la vida; pero la víctima, la de la guirnalda de novia, no estaba ya
allí. La puerta del convento que la separaba del mundo se le había cerrado para
siempre.
Vi al padre y al amante que se retiraban sosteniendo una animada
conversación. Este último hablaba acaloradamente, y estuve esperando de un
momento a otro algún fin desagradable del drama; pero un ángulo del edificio se
interpuso, y terminó la escena. Desde entonces volvía los ojos frecuentemente
hacia aquel convento con cierto penoso interés, y noté a deshora de la noche
una solitaria luz que fulguraba en la apartada celosía de una de sus torres.
Allí -me dije- la desdichada monja estará sentada en su celda, llorando, en
tanto que, quizá, su amante paseará la calle contigua entregado a un horrible
tormento.
El oficioso Mateo interrumpió mis meditaciones y destruyó en un
segundo la tela de araña tejida en mi fantasía. Con su celo acostumbrado, había
reunido todos los datos concernientes a este episodio, echando por tierra mis
ficciones. La heroína de mi novela no era joven, ni hermosa, ni mucho menos
tenía amante; había entrado en el convento por su voluntad, buscando un asilo
responsable, y era una de las más felices que había dentro de sus paredes.
Pasó largo tiempo para que yo pudiera perdonar a la monja el chasco
que me había dado, viviendo perfectamente dichosa en su celda, en contradicción
con todas las reglas de la novela.
Pero calmé mi disgusto muy en breve, observando uno o dos días las
lindas coqueterías de una morena de ojos negros que, desde un balcón cubierto
de flores y oculto por una cortina de seda, sostenía misteriosa correspondencia
con un gentil mancebo con patillas, que paseaba a menudo por la calle debajo de
su ventana. Unas veces lo veía rondando por la mañana temprano, embozado hasta
los ojos en una manta; otras se ocultaba en una esquina, con diferentes
disfraces, aguardando -al parecer- alguna seña particular para entrar en la
casa. Después se oía el sonido de una guitarra por la noche, y un farol que
cambiaba a cada instante de sitio en el balcón, imaginé que sería alguna
intriga como la de Almaviva; pero me quedé desconcertado otra vez en todas mis
suposiciones cuando me informaron que el imaginado amante era el marido de la
joven, y un famoso contrabandista; y que todas aquellas misteriosas señales y
movimientos obedecían, sin duda, a algún plan ya concertado.
Solía entretenerme también observando desde mi balcón los cambios
graduales que se verificaban en la vida de aquel vecindario, según las
diferentes horas del día.
Aún no había teñido el cielo la purpurina aurora, ni se había oído
el canto de los madrugadores gallos de las casas del vecindario, cuando ya por
aquellos alrededores se empezaban a dar señales de vida, pues las frescas horas
del amanecer son muy agradables en el verano en los climas cálidos. Todos
deseaban levantarse antes de salir el sol para desempeñar las faenas del día.
El arriero hacia salir su cargada recua para emprender su camino; el viajero
ponía su escopeta detrás de la silla, y montaba a caballo en la puerta de la posada;
el tostado campesino arreaba sus perezosas bestias cargadas de hermosas frutas
y frescas legumbres, mientras que su hacendosa mujer iba ya camino del mercado.
El sol salía y brillaba en el valle, atravesando el transparente
follaje de los árboles; las campanas resonaban melodiosamente al toque del alba
en la pura y fresca atmósfera, anunciando la hora de la devoción; el trajinero
detenía su cargado ganado delante de alguna ermita, metía su vara por detrás de
la faja y entraba, sombrero en mano, arreglándose su cabellera negra como el
ébano, a oír misa y a rezar una plegaria para que su viaje fuese próspero por
el corazón de la sierra. Luego salía una señora, con lindos pies de hada,
vestida de preciosa basquiña y con el inquieto abanico en la mano, con unos
ojos de azabache que fulguraban por debajo de su mantilla graciosamente
plegada; iba en pos de una iglesia bien concurrida para rezar sus oraciones
matinales; pero, ¡ay!, el gracioso y ajustado vestido, el bien calzado pie, con
medias como la tela de la araña, sus negras trenzas elegantemente peinadas, la
fresca rosa cogida hacía un momento y que lucía entre sus cabellos, demostraban
que la tierra compartía con el cielo la posesión de sus pensamientos. ¡Ojo
alerta, celosa madre, solterona tía, vigilante dueña, o quienquiera que seas
tú, la que va detrás de la linda dama!
Conforme avanzaba la mañana se acrecentaba por todos lados el
ruido del trabajo; las calles se llenaban de gente, caballos y bestias de
carga, y se notaba un clamor o murmullo como el de las olas del mar. Cuando el
sol estaba sobre el meridiano este rumoroso movimiento iba cesando, y al
mediodía todo quedaba en calma. La cansada ciudad se entregaba al reposo, y
durante algunas horas había un rato de siesta general; se cerraban las ventanas,
se corrían las cortinas, los habitantes se retiraban a las habitaciones más
frescas de sus casas. El rollizo fraile roncaba en su celda, el robusto mozo de
cordel se acostaba en el suelo junto a la carga, el campesino y el labrador
dormían debajo de los árboles del paseo arrullados por el monótono chirrido de
la cigarra; las calles quedaban desiertas, transitando sólo por ellas los
aguadores, que a voces pregonaban las excelencias de la cristalina agua «más fresca que la nieve de la Sierra».
Cuando el sol declinaba la animación empezaba otra vez, pareciendo como que al
lento toque de la oración de nuevo se regocijaba la Naturaleza porque había
desaparecido el tirano del día. Entonces principiaba el bullicio y la alegría,
y los habitantes de la ciudad salían a respirar la brisa de la tarde y a
esparcirse en el breve rato que duraba el crepúsculo en los paseos y jardines
del Darro y del Genil.
Cuando cerraba la noche las caprichosas escenas tomaban nuevas
formas. Una luz tras otra iban centelleando poco a poco; aquí un farol en el
balcón; más allá una votiva lámpara alumbrando la imagen de algún santo. Así,
por grados, salía la ciudad de su tenebrosa oscuridad y brillaba salpicada de
luces como el estrellado firmamento. Entonces se oían en los patios y jardines,
calles y callejuelas, el sonido de innumerables guitarras y el ruido de
castañuelas, mezclándose en esta gran altura en un imperceptible pero general
concierto. «¡Disfrutar un rato!»
Tal es el credo del alegre y enamorado andaluz, y nunca lo practica con más
devoción que en las plácidas noches de verano, cortejando a su amada en el
baile con coplas amorosas y con apasionadas serenatas.
Una de las noches en que me hallaba sentado en el balcón,
disfrutando de la suave brisa que venía de la colina por entre las copas de los
árboles, mi humilde historiógrafo Mateo, que estaba a mi lado, me señaló una
espaciosa casa en una oscura calle del Albaicín, acerca de la cual me
relató -con poca diferencia de como yo la recuerdo- la siguiente tradición.
De: http://www.cervantesvirtual.com
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