sábado, 6 de julio de 2013

Los nazis lo declararon "Enemigo Público Nº 1" de Alemania


¿Delito? Desnudar a Alemania. ¿Cómo? Escribiendo...
Lion Feuchtwanger
7 de julio de 1884

Los hermanos Oppermann- Lion Feuchtwanger

"Se nos ha encargado trabajar en la obra,
pero no nos ha sido dado culminarla."
Talmud.

A Gustav Oppermann, doctor de cincuenta años, orgulloso de su casa en la Max Reger Strasse, al pie del Grunewald, el gran espacio verde en el oeste de la ciudad de Berlín, le va bien. Es formalmente director general de una empresa de muebles, coleccionista y entendido de libros antiguos y posee una suculenta cuenta corriente. Su criado Schlüter y la cocinera Bertha son los primeros en felicitarle por su quincuagésimo cumpleaños. Cabalgada, baño, desayuno y las cincuenta cartas que yacen sobre la mesa de su, estamos seguro de ello y no podemos evitar una punzada de envidia, espléndida biblioteca. Sybil Rauch es su última compañera, veinte años más joven que él. La anterior Anna, es dictatorial y enjuiciadora. Martin Oppermann es dos años mayor que Gustav pero aparenta diez más que este. Los Oppermann, judíos oriundos de Alsacia, residían desde tiempos inmemoriales en Alemania.
Salir del círculo de Gustav es entrar en el de Martin, que es quien lleva el peso del negocio, ya sabemos, los muebles Oppermann. Hoy tiene una entrevista con Heinrich Wels que se anuncia desagradable. Son tiempos difíciles: el antisemitismo crece. Hay entre los judíos Oppermann y los arios Wels una contraposición que va más allá de la simple competencia comercial: el partido nacionalsocialista y los populares de las camisas pardas andan por en medio. Pero los Oppermann aún piensan que su posición no está comprometida.
Las medidas a tomar en el negocio permiten que conozcamos a Jacques Lavendel, el marido de Klara Oppermann y coleccionista de objetos antiguos de los ritos judíos; a Liselotte y Berthold, la esposa e hijo de Martin; ella, Liselotte, procede de una severa familia cristiana de Prusia; el cuñado, Jacques, es un judío oriental astuto, clarividente y lleno de fuerza  vital. Se lo puede permitir, pues posee la nacionalidad estadounidense. No sería mala idea convertir el negocio de muebles Oppermann en una empresa americana transfiriéndoselo a Jacques.
Arthur Mühlheim, uno de los mejores juristas de Berlín, y el novelista Fiedrich Wilhelm Gutwetter, amigos de Gustav, le traen como reglado de cumpleaños el sí de la editorial Minerva a la publicación de su biografía de Lessing. No es una elección al azar esta de Lessing, se trata del sajón Gotthold Ephraim Lessing, el autor de uno de los textos más famosos sobre la tolerancia religiosa, Nathan el Sabio. Conviene señalar que la versión que de esta pequeña joya hizo Juan Mayorga, se estrenó en lectura dramatizada el 12 de mayo de 2003 en el Real Monasterio de Santo Tomnás de Ávila. La fiesta de cumpleaños no puede tener un mejor inicio. Los chistes sobre el Führer están hechos por judíos alemanes tan integrados que creen poder bromear sobre el antisemitismo. Quizás por eso les sorprende más el sionismo de Ruth, la sobrina de Gustav e hija del gran cirujano Edgar Oppermann, que se burla de las tesis raciales.
Bernd Vogelsang es el nuevo catedrático del instituto Königin Luise, el colegio de Berthold, que viene avalado por el temor que genera su fama de nacionalista y que refrenda el sable que porta y la cicatriz que luce en la mejilla. El alumno Berthold utiliza el racionalismo para analizar el mito de Hermann el alemán, también conocido como Arminio el querusco (ya saben ustedes el germano que derrotó a los romanos en el bosque de Teutoburgo en el año 9 d.C.), y, naturalmente, nada puede ofender más a un nacionalista como Volgelsang que siente alrededor de su cuello la opresión del tratado de Versalles.
El señor Markus Wolfsohn, vendedor de Muebles Oppermann, y el difícil sillón barroco modelo 483, cuya venta le proporciona a Markus unos marcos suplementarios de comisión. Markus tiene una esposa y dos hijos, y un cuñado sionista que está decidido a marcharse a Palestina. Markus bromea y si no fuera por su vecino nazi y por la mancha de humedad en la pared, sería completamente feliz en Berlín.
El doctor Edgar Oppermann tiene problemas con “el asqueroso asunto de la naturaleza humana”, su mejor discípulo Jacoby no solo es judío sino que además tiene un inequívoco aspecto de judío. Cierto sector de la prensa viene acusando al doctor Oppermann de derramar “a raudales” sangre cristiana en sus intervenciones quirúrgicas.

Navidades de 1932. Dos judíos discuten: uno prefiere quedarse en Alemania, el otro emigrar a Palestina. Curiosamente las luces del Hanuká y las del árbol de navidad brillan al mismo tiempo. Gustav piensa que si su patrimonio permanece en Alemania es seguro que será empleado para la injusticia, pero el desorden de llevarlo fuera de su patria le causa mayor sufrimiento. “Las actas de los sabios de Sión” y el insondable mar de la estupidez humana le son suficientes al ideólogo nazi Alfred Rosenberg para construir un nuevo “mito del siglo XX”.
Gustav, con Hitler ya en el poder, llena sus pupilas de literatura y filosofía, ciego de historia no sabe que en los momentos difíciles la aproximación a los hechos ha de hacerse con los pasos cortos del hortelano que vigila su huerto, y no con los anchurosos del intelectual en medio de su biblioteca. Gustav debería haber acumulado la suficiente experiencia como para conocer que en el pensamiento de la calle el éxito siempre demuestra algo y el de Hitler tiene algo de acontecimiento. Tres sillas acabarán por convencer a Gustav.
A pocos días de las elecciones de marzo de 1933, Martin es un hombre abatido. Poco a poco la humillación se convierte en el primer sentimiento del judío, y los Oppermann sentados alrededor de una mesa, Gustav, Martin, Edgar y Jacques Lavendel, contemplan como su mundo, el “de la fuerza y la inteligencias del individuo”, nada puede contra el más elemental de los acontecimiento: la necedad humana. El único que aparentemente resiste es Berthold, el muchacho que se atrevió a clavar el asta de la razón en el ojo de Polifemo. Para este chico de diecisiete años, el problema es algo más complejo: se ve intimidado a retractarse de algo que no ha terminado de decir y el cerco se estrecha aún más cuando comprende que en realidad a un judío le está vedado expresarse sobre el mito del querusco. De pronto, el 27 de febrero, el Reichstag está ardiendo, Gustav tiene que dejar Alemania, Berthold no encuentra la salida y el humilde judío vendedor de muebles, Markus Wolfsoh, es detenido por su participación en el hecho.
El 1 de abril de 1933 se inicia el primer boicot a nivel nacional promovido por los camisas pardas con la aquiescencia del partido nazi contra los negocios y profesionales judíos. Mientras Martin es “sotaneado”, Gustav atraviesa el lago de Lugano. Muy pronto tendrá noticias de los pogromos. El hombre no puede remontar dos veces la misma ola, pero sí puede detenerla, congelar la imagen con la palabra, con la voz, con la piedra, con el pincel… El arte generador de conciencia.
Los judíos celebran en Pesah, el 14 de abril es la noche del Seder y se lee el libro del Éxodo donde se narra la liberación del pueblo judío de la esclavitud del faraón. Dios eligió a su pueblo y este tiene que tener algo que celebrar y también algo que hacer. “Este es el pan de al miseria que nuestros padres comieron en Egipto. El que esté hambriento que venga a comer de él. El que esté necesitado que venga y celebre con nosotros la fiesta del Pesah. Este año aquí, el año que viene en Jerusalén. Este año siervos, el año que viene hombres libres.” Los Oppermann están en Lugano y cuando acabe la celebración cada uno saldrá con un destino distinto. Porque ya la Alemania de hoy no es la de ayer, aunque en el fondo sigan pensando que “la vida sigue, como siempre”.
Gustav vuelve, traspone la esquina suiza para mirar de frente la nueva identidad de Alemania. Lo hace embozado, pero no tarda en ser conducido a un campo de concentración, el de Moosach, un subcampo de Dachau, definido por los alemanes como de reeducación. Gustav quiere ser testigo, quiere dar testimonio. Feuchtwanger, también.

De: Tertulia literaria de Petrarca al e-mail.blogspot.com




Laura García Olea

La situación de los judíos en Exil: documento histórico de una época (Fragmento)

El escritor judío Lion Feuchtwanger comenzó a escribir la novela Exil en mayo de 1935 y la concluyó en agosto de 1939, justo un mes antes del inicio de la Segunda Guerra Mundial.

Exil constituye la tercera parte de una trilogía titulada Der Wartesaal cuya primera parte es la novela Erfolg y la segunda parte Die Geschwister Oppermann. La trama de la mencio nada trilogía descansa en los acontecimientos que tuvieron lugar en Alemania entre la Primera y la Segunda Guerra Mundial.

La correspondencia de Feuchtwanger con el escritor Arnold Zweig habla del largo proceso transcurrido durante la composición de la novela. En febrero de 1938, a pesar del intenso trabajo, no había escrito más que la quinta parte. Se refiere al hecho de que iba a tratarse de una novela larga de al menos mil páginas. El escritor era consciente del peligro de confrontación bélica y de su desfavorable situación como emigrante alemán, no obstante manifiesta su intención de permanecer en Francia hasta que la novela estuviese terminada1. El inicio de la guerra coincide prácticamente con la conclusión de la novela que publica en la editorial Querido de Amsterdam en 1939, constituyendo el tomo octavo de sus obras completas.


Lion y B. Bretch fueron muy buenos amigos.


Campo de concentración de Milles















Lion Feuchtwanger (1884–1958), novelista, dramaturgo y ensayista judío alemán, 
durante su reclusión en el campo de Les Milles. Les Milles, Francia, 1940.
— Feuchtwanger Memorial Library, 
Archival Research Center University of; 
University of Southern California - 
Courtesy of University of Southern


 Un poco de historia para quien noveló la Historia con un cincel

La Primera Guerra Mundial lo sorprendió en Túnez, donde fue detenido. Con posterioridad, logró huir, regresar a Alemania y enrolarse en el ejército. En 1918 asistió en Berlín al estallido de la revolución.

Después de emigrar en 1933, Feuchtwanger se estableció en Sanary sur Mère, en el sur de Francia. En 1937, un viaje a Rusia en el curso del cual tuvo un encuentro con Stalin, le inspiró, en polémica con Gide, la entusiasta Moskau 1937. Data de aquellos años (1936-1939) la publicación de la revista Das Wort, editada en Moscú junto a Brecht y Willi Bredel.

En 1940 el Gobierno francés lo detuvo durante cierto tiempo en el campo de concentración de Les Milles, El Campo de Les Milles (< francés Camp des Milles) fue un campo de concentración situado en el departamento de Bouches-du-Rhône, abierto en septiembre de 1939 en el edificio de una antigua fábrica de tejas. En principio, sirvió como campo de internamiento para los residentes alemanes en Francia, con lo cual compartieron encierro auténticos nazis y exiliados alemanes, muchos de ellos judíos. Entre los internos, hasta 1940 se encontraban conocidos artistas, como Max Ernst, Lion Feuchtwanger, Hans Bellmer, Robert Liebknecht, Ferdinand Springer y Wolls.
Después, el gobierno de Vichy utilizó el campo para internar a los judíos antes de entregarlos a las autoridades nazis. En agosto de 1942 se produjeron deportaciones de niños desde este campo. En medio de las 7 hectáreas del campo de Les Milles, se conserva la explanada donde eran reunidos los presos, y un vagón ferroviario de 1940, estacionado en un trecho de vía, siniestros recuerdos de los convoyes nazis. Casi al mismo tiempo que se inauguraba el Memorial de Les Milles, el diario francés “Le Monde” distribuyó el primer título de su nueva colección “Los Rebeldes”. Su título es “Los Resistentes 1” y allí puede leerse, por si quedara duda alguna, lo siguiente: “El 15 de agosto de 1942, 4.000 judíos expatriados de la zona sur llamada libre son entregados a las autoridades alemanas, y otras detenciones tuvieron lugar el 25 en función de órdenes emanadas por la Dirección general de la policía en Vichy, por despacho rigurosamente confidencial nº 2765 P. El gobierno del mariscal Pétain acepta entregar 10.000 judíos extranjeros ya internados, para contribuir a la cuota de 100.000 judíos a deportar de Francia – cuota fijada por Himmler el 11 de junio de 1942. La prensa colaboracionista se regocija de que los judíos dejen de ser los ocupantes de la zona no ocupada, como ya se ha felicitado de que en la zona norte, desde el 8 de julio, el acceso de los judíos a los establecimientos públicos esté prohibido, y de que no dispongan más que de una hora para hacer sus compras en las grandes tiendas. En Londres, el Comité nacional francés en el exilio denuncia, desde el 7 de agosto, esa política monstruosa.”

No es el único caso, por supuesto. Pero hay muchas otras heridas que Francia debe todavía cauterizar: por ejemplo su colonialismo genocida, especialmente en Argelia.Pero mientras la invasión alemana llegaba al sur de Francia, logró escapar y llegar hasta América.


Fuentes:
© Biografías y Vidas, 2004-13.
Wikipedia
Proyecto Patrimonio - 2013 | index | Rodolfo Alonso

 
Varian Fry en Marsella, Francia, 1940–1941.

Alguien muy significativo en la vida de Lion:

VARIAN FRY

Varian Fry (1907-1967) fue un periodista estadounidense que ayudó a refugiados antinazis a escapar de Francia.

Después de que Alemania invadiera Francia, en junio de 1940, la Comisión de Rescate de Emergencia, una organización de ayuda privada estadounidense, envió a Fry a Francia para auxiliar a refugiados antinazis que corrían peligro de ser arrestados por la Gestapo (policía secreta estatal alemana). En Marsella, la red de colaboradores de Fry falsificaba documentos y creaba rutas de escape clandestinas. Fry ofreció ayuda a refugiados antifascistas, tanto judíos como los que no lo eran, bajo amenaza de ser extraditado a la Alemania nazi en virtud del Artículo 19 del armisticio franco-alemán (la cláusula de “rendición por solicitud”).

Fry permaneció en Francia durante 13 meses. Era vigilado en forma constante y, más de una vez, las autoridades lo interrogaron y lo detuvieron. Estableció una organización de ayuda francesa legal, el Centro de Ayuda Estadounidense, y trabajó en forma encubierta con medios ilegales (fondos del mercado negro, documentos falsificados, vías de paso secretas en las montañas y rutas marinas) para rescatar de Francia a refugiados en peligro.

Los esfuerzos de Fry resultaron en el rescate de unas 2.000 personas, incluyendo distinguidos artistas e intelectuales como Marc Chagall, Max Ernst, Franz Werfel, Lion Feuchtwanger y Heinrich Mann. Sus actividades encubiertas enfurecieron por igual a funcionarios del Departamento de Estado de los Estados Unidos y la Francia de Vichy y, en septiembre de 1941, fue expulsado de Francia.

Poco tiempo antes de su muerte, el gobierno francés le concedió la Orden de Caballero de la Legión de Honor. Fue el único reconocimiento oficial que recibió en su vida. Fry murió sorpresivamente en 1967 cuando revisaba sus memorias. Dejó abundante material escrito y fotográfico que documenta sus experiencias en Francia. MISIÓN: RESCATE (ASSIGNMENT: RESCUE), la versión de sus memorias que Fry reescribió para lectores jóvenes, fue publicada poco tiempo después de su muerte.

En 1991, el Consejo Conmemorativo del Holocausto de Estados Unidos concedió a Varian Fry la Medalla de la Liberación de Eisenhower. En 1994, también fue distinguido por Yad Vashem con el título de “Justo entre las Naciones” (Righteous Among the Nations).


De: Enciclopedia del Holocausto:
COPYRIGHT © UNITED STATES HOLOCAUST MEMORIAL MUSEUM, WASHINGTON, D.C.


 Una familia de altos privilegios: el tío de Lion

EL HOMBRE QUE FUE VECINO DE HITLER

Por Mike Lanchin.


Edgar Feuchtwanger en un próspero suburbio de Múnich continuó casi igual después de que Adolfo Hitler se mudó a su cuadra, hasta la noche del 9 de noviembre de 1938, cuando comenzó la campaña contra los judíos alemanes.
Han pasado más de 80 años, pero Feuchtwanger todavía recuerda la primera vez que vio la inconfundible figura de Adolfo Hitler.
Eran los primeros años de la década de 1930, cuando el niño de 8 años, que estaba caminando con su niñera, vio al líder nazi, vestido en su emblemático impermeable con cinturón y con sombrero Trilby, saliendo de un gran edificio de apartamentos.
“Me miró a los ojos, no creo que sonriera”, rememora Feuchtwanger. Unas cuantas personas se detuvieron y exclamaron “Heil Hitler”. En respuesta, levantó el sombrero “como haría un político democrático” antes de irse en un auto que lo esperaba.
“Por supuesto sabía quién era, aunque fuera un niño”, dice. “Como canciller dominaba la política”.
Pero en esa etapa, verlo no daba miedo. “Quizás si hubiera pensado en eso me habría asustado, pero no hubiera sido bueno para mí”, afirma Feuchtwanger. “Sólo me inspiraba curiosidad verlo allí”.
Este hombre, ahora de 88 años, reconoce que parece raro hablar sobre el autor del Holocausto como cualquier vecino.
“Suena tan amistoso cuando hablo de cómo viví en la misma cuadra que Hitler, como si no fuera gran cosa”, agrega calmadamente. “Pero es muy difícil pensar que personas que viste casi a diario fueran responsables de poner al mundo de cabeza”.

Aunque sólo tenía 5 años cuando el futuro führer se mudó, Feuchtwanger recuerda a su madre comentar que “no tenemos mucha leche hoy, porque el lechero dejó demasiadas botellas” en la residencia de Hitler.
Pasar frente al lujoso apartmento de Hitler en Prinzregentenplatz 16 se convirtió en parte de la rutina diaria del joven en su camino al colegio. Solía pararse a ver si estaba. Una vez se atrevió a acercarse a su puerta para ver si tenía el nombre de Hitler.
“Hitler venía a Múnich los fines de semana. Sabía que estaba en casa por los autos estacionados afuera”, expresa Feuchtwanger. Su llegada era anunciada por el chirrido de los neumáticos de una caravana de tres autos y “un pelotón de guardaespaldas”.
El sonido de botas repiqueteando en la acera llenaba el aire. Los transeúntes paraban a aclamarlo. El joven Edgar también se detenía a mirar.
“Se nos inculcaba toda la ideología nazi en la escuela”, explica. Uno de sus profesores les hizo dibujar una gran esvástica a lápiz en la primera página de su cuaderno de ejercicios. En otra página escribían una lista de los enemigos de Alemania, entre ellos Reino Unido, Rusia y Estados Unidos.
Ajenos a la amenaza nazi

Para mediados de la década, cuando ya estaba más claro el alcance del proyecto nazi, muchos judíos alemanes todavía no aceptaban estar bajo amenaza.
“Sabíamos que la llegada de Hitler al poder era peligrosa para nosotros”, dice Feuchtwanger, cuyo tío, Lion Feuchtwanger, era un renombrado dramaturgo antinazi. Su apartamento ya había sido saqueado en 1933, mientras estaba de viaje, y nunca regresó al país. Pero los padres de Edgar se aferraron a la idea de que no se habían percatado de su existencia.
Por orden de Hitler, otras familias judías se mudaron del vecindario para hacer lugar a sus sirvientes y guardaespaldas. Pero nadie tocó la puerta de los Feuchtwanger.

El 10 de noviembre de 1938, sin embargo, ese falso sentido de seguridad fue aplastado. Esa mañana, Edgar, ya de 14 años, escuchó a oficiales de la temida Gestapo llegar a su casa. La noche anterior se había dado la primera ola de violencia nazi organizada contra judíos en toda Alemania y partes de la ocupada Austria.
En el transcurso del pogrom, conocido como Kristallnacht o Noche de los Cristales Rotos, mataron a 91 judíos, miles más fueron arrestados, y sus casas, negocios y sinagogas fueron destruidos.

Feuchtwanger recuerda observar, aterrado e indefenso, cómo se llevaban a su padre. “No lo maltrataron”, acota. “Mi madre fue muy valiente”. Posteriormente, la Gestapo volvió con camiones y cajas de mudanza para llevarse los libros más valiosos de su notable biblioteca. “Decían que era para ‘asegurar los libros’”, expresa.
Fue un momento crucial para el jovencito y su familia. Ya no podía ir al colegio y pasaba los días acurrucado con su madre y otros parientes en la casa, sin atreverse a salir. “Nos sentíamos tan indefensos, con temor a que alguien nos matara y nadie hiciera nada”.
Durante seis semanas la familia esperó recibir noticias, temiendo lo peor. Sólo sabían que el padre de Edgar y uno de sus tíos habían sido trasladados a Dachau, el infame campo de trabajo en las afueras de Múnich. Entonces, inesperadamente, su padre quedó libre.
Exhausto, enfermo y congelado, pero vivo.
Después le dijo a su hijo que la única forma de sobrevivir el severo régimen del campamento fue “no llamar la atención”. El momento en que no pudieras seguir trabajando o te desmayabas por falta de alimento, añadió, era tu fin.
Para cuando volvió, la familia estaba convencida de que tenían que abandonar la Alemania nazi. Con la ayuda de parientes que ya estaban en el exterior, consiguieron visas para viajar a Reino Unido.

En febrero de 1939, Edgar abordó un tren hacia Londres. Su padre lo acompañó hasta la frontera con Holanda y regresó a Alemania a terminar los planes para ir con su esposa. En mayo de ese año, la familia se reunió en Inglaterra.
Como familia jamás volvieron a su vieja casa en Mnich, aunque Feuchtwanger hizo una primera visita en la década de 1950, tras el final de la Segunda Guerra Mundial. Fue a echar una mirada a la antigua residencia de Hitler en el segundo piso. Seguía en pie, afirma. Pero hoy nada indica que el hombre que tuvo tanto impacto en la historia del mundo hubiera vivido allí..

De: sincuento.com




León Feuchtwanger

por Jorge Luis Borges

La frase «un novelista alemán» es casi una contradicción, ya que Alemania, tan rica en organizadores de la metafísica, en poetas líricos, en eruditos, en profetas y en traductores, es notoriamente pobre en novelas. La obra de León Feuchtwanger es una infracción de esa norma.

Feuchtwanger nació en Munich, a principios de 1884. No se puede decir que está enamorado de su ciudad natal. «Su ubicación, sus bibliotecas, sus galerías, su carnaval y su cerveza son lo mejor que tiene», ha dicho alguna vez. «En cuanto a lo que se llama su arte», agrega con alguna ferocidad, «está representado oficialmente por una institución académica, mantenida con fines de turismo por una población de alcoholistas». Feuchtwanger, ya se ve, no desconoce el arte de injuriar.

Feuchtwanger hizo sus primeros estudios en Munich y dedicó un par de años en Berlín a la filosofía. Regresó en 1905 a Baviera y fundó una sociedad literaria de propósito renovador. Borroneó entonces una pretenciosa novela de la que ahora se arrepiente, que describía con toda franqueza la vida de un muchacho aristócrata, y una tragedia no menos deplorable «sobre los amores de un pintor del Renacimiento y una mujer demoníaca».

En 1912 se casó. En agosto de 1914 la guerra lo sorprendió en Túnez. Las autoridades francesas lo arrestaron, pero su mujer —Martha Loeffler— lo embarcó en un vapor de carga italiano, y pudo repatriarse. Se enroló y conoció de cerca la guerra. En octubre de 1914 publicó en la revista «Die Schau buchne» uno de los primeros poemas revolucionarios que se compusieron en Alemania. Publicó después Warren Hastings, tragedia cuyo héroe es aquel apasionado escribiente que llegó a ser gobernador de la India; Thomas Wendt, novela dramática, y una pieza, Los prisioneros de guerra, cuya representación fue prohibida. Tradujo del griego la comedia aristofánica La paz, comedia en que aparecen los dioses machacando en un mortero a los hombres y encerrando a la diosa de la paz en el fondo de una cisterna. Esa comedia (compuesta hace dos mil trescientos años) era demasiado «actual» en 1916 para que el gobierno permitiera su representación. Lógicamente la prohibió.

Las dos novelas capitales de Feuchtwanger son El judío Suess y La duquesa fea. Ambas comprenden, no solamente la psicología y destino de sus protagonistas, sino un cuadro total, minucioso y apasionado de la compleja Europa en que ardieron sus enredadas vidas. Ambas son torrenciales, ambas arrebatan al lector y hasta parecen (por el pulso incesante de su prosa) haber arrebatado al autor. Son novelas históricas, pero nada tienen que ver con el laborioso arcaísmo y con el opresivo bric-á-brac que hace intolerable ese género.

En 1929 publicó un libro de poemas satíricos, no muy felices, sobre los Estados Unidos. Le dijeron que no había estado nunca en América; respondió que tampoco había estado en el siglo dieciocho, y que esa deplorable omisión (que tenía el propósito de corregir en cuanto pudiera) no le había impedido escribir El judío Suess. A fines de 1930 publicó Éxito. Se trata de una novela contemporánea, pero todo está visto y recordado desde el futuro.

Notas:
Revista Hogar, 13 de noviembre de 1936

De: Poeticous.com



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