viernes, 5 de julio de 2013

Dicen que, al paso del tiempo, los hijos se convierten en padres de sus progenitores



Así ocurre contigo, vieja Europa. Estás transitando por el llano de tu senectud y, como conviene a tu decadencia, ya tu aparente voluntad no es más que aferrada obediencia a los hijos que un día cruzaron la mar en busca de autonomía, de mayor estabilidad y -por qué no reconocerlo ahora- de algún lingotito de oro que ya no tendrían que compartir contigo.

Sí, ahora que estás en la noche, los Estados Unidos te mandan, y tú, por miedo a caer más hondo, acatas. Acatas y atacas, sin pensar demasiado, aunque la orden sea contra tu propia gente, como consignan los recuerdos que de generación en generación sobreviven a los más variados escondites oficiales que te has empeñado en inventar, vanamente. No puedes pensar: todavía paladeas, aunque rancio, el sabor inigualable de la ambición; es la sangre de tus entrañas.

Anteayer, como un pulpo enardecido, acataste y atacaste. ¿O no recuerdas haber desviado cuatro veces un avión procedente de América del Sur, más precisamente un aparato que transportaba al Presidente de Bolivia, Evo Morales?
¡Claro! Seguramente su atuendo no te permitió reconocerlo; su atuendo y su fisonomía. Imagino que tu senil cerebro no podrá dar crédito a que un personaje con tales señas sea un Jefe de Estado ¡Un indígena al mando de una nación! Pues sí, Señora, uno igualito a los millones que ustedes despojaron, torturaron, mataron y creyeron extinguir para siempre en cada oleada de su salvaje idea civilizatoria.

Parece que la Sagrada Familia del Poder Imperial, tan culta (a juzgar por las fechas milenarias de su documentación nunca interdicta) ha olvidado aquel conocidísimo poema:



LA TIERRA SE LLAMA JUAN


DETRÁS de los libertadores estaba Juan 
trabajando, pescando y combatiendo,
en su trabajo de carpintería o en su mina mojada. 
Sus manos han arado la tierra y han medido 
los caminos.
                  Sus huesos están en todas partes.
Pero vive. Regresó de la tierra. Ha nacido.
Ha nacido de nuevo como una planta eterna.
Toda la noche impura trató de sumergirlo
y hoy afirma en la aurora sus labios indomables.
Lo ataron, y es ahora decidido soldado.
Lo hirieron, y mantiene su salud de manzana.
Le cortaron las manos, y hoy golpea con ellas.
Lo enterraron, y viene cantando con nosotros.
Juan, es tuya la puerta y el camino.
                                        La tierra
es tuya, pueblo, la verdad ha nacido
contigo, de tu sangre.
          No pudieron exterminarte. Tus raíces, 
árbol de humanidad, 
árbol de eternidad, 
hoy están defendidas con acero, 
hoy están defendidas con tu propia grandeza 
en la patria soviética, blindada 
contra las mordeduras del lobo agonizante.
Pueblo, del sufrimiento nació el orden.
Del orden tu bandera de victoria ha nacido.
Levántala con todas las manos que cayeron, 
defiéndela con todas las manos que se juntan:
y que avance a la lucha final, hacia la estrella 
la unidad de tus rostros invencibles.








Aquí, en Montevideo-Uruguay, estamos seguros/as que los/as Juanes/as del mundo (especialmente los/as tuyos/as) no sólo lo recuerdan: lo han vivido, y deben de sentir vergüenza infinita por tus actos.






























El Barco


Pero si ya pagamos nuestros pasajes en este mundo
por qué, por qué no nos dejan sentarnos y comer?
Queremos mirar las nubes, queremos tomar el sol y oler la sal,
francamente no se trata de molestar a nadie,
es tan sencillo: somos pasajeros.

Todos vamos pasando y el tiempo con nosotros:
pasa el mar, se despide la rosa,
pasa la tierra por la sombra y por la luz,
y ustedes y nosotros pasamos, pasajeros.

Entonces, ¿qué les pasa?
¿Por qué andan tan furiosos?
¿A quién andan buscando con revólver?

Nosotros no sabíamos
que todo lo tenían ocupado,
las copas, los asientos,
las camas, los espejos,
el mar, el vino, el cielo.

Ahora resulta
que no tenemos mesa.
No puede ser, pensamos.
No pueden convencernos.
Estaba oscuro cuando llegamos al barco.
Estábamos desnudos.       

Todos llegábamos del mismo sitio.
Todos veníamos de mujer y de hombre.
Todos tuvimos hambre y pronto dientes.
A todos nos crecieron las manos y los ojos
para trabajar y desear lo que existe.

Y ahora nos salen con que no podemos,
que no hay sitio en el barco,
no quieren saludarnos,
no quieren jugar con nosotros.

¿Por qué tantas ventajas para ustedes?
¿Quién les dio la cuchara cuando no habían nacido?

Aquí no están contentos,
así no andan las cosas.

No me gusta en el viaje
hallar, en los rincones, la tristeza,
los ojos sin amor o la boca con hambre.

No hay ropa para este creciente otoño
y menos, menos, menos para el próximo invierno.
Y sin zapatos cómo vamos a dar la vuelta
al mundo, a tanta piedra en los caminos?

Sin mesa dónde vamos a comer,
dónde nos sentaremos si no tenemos silla?
Si es una broma triste, decídanse, señores,
a terminarla pronto,
a hablar en serio ahora.

Después el mar es duro.

Y llueve sangre.


Pablo Neruda
Navegaciones y Regresos (1959)