miércoles, 26 de junio de 2013

A cincuenta años de la primera edición de Rayuela, de Julio Cortázar






el Centro de Formación Humanística
PERRAS NEGRAS

rinde humilde y sencillo homenaje
a la obra y al autor
que nos enseñó que

"Nuestra verdad posible tiene que ser invención,
es decir escritura, literatura, pintura, escultura,
 
agricultura, piscicultura, todas las turas de este mundo.
Los valores, turas, la santidad, una tura, 
la sociedad, una tura, el amor, pura tura, 
la belleza, tura de turas".
Portada interna de la publicación colectiva 2012
del CFH PERRAS NEGRAS



La primera edición de Rayuela apareció en junio de 1963 (salió de imprenta el 28 de junio).

Según el planteo introductorio de Andrés Amorós en la edición de Editorial Cátedra, 
Cortázar la escribió en París, en un par de casas:"Hubo un primer apartamento muy pequeño, en el séptimo distrito, donde empecé Rayuela y escribí muchos cuentos. Luego hubo lo que los franceses llaman pavillón, es una pequeña casa en lo alto de un viejo depósito que formó una casita independiente, muy linda, por cierto, en la que viví diez años. Allí terminé Rayuela..."

Comenzó a redactarla por la mitad y sin un plan preciso: "lo primero que yo escribí de Rayuela fue el capítulo del tablón [el 41], sin tener la menor idea de todo lo que iba a escribir, antes y después".

Escribió durante varios años, sin prisas. Salvo el final, muy rápido: "El final de Rayuela lo escribí todo en el manicomio, en cuarenta y ocho horas, realmente en un estado (...) casi de alucinación (...). Yo me acuerdo que mi mujer venía y me tocaba en el hombro y me decía "ven a comer", o me alcanzaba un sandwich. Ya comía y seguía escribiendo; no, no podía separarme del libro hasta que lo terminé."

En otra ocasión añade más datos: "No se imagina en qué estado escribí yo ese diálogo [el final de Traveler y Horacio]. Ese, la muerte de Rocamadour, el concierto de Berthe Trépat, los capítulos patéticos del libro (...). Yo había perdido completamente la noción del tiempo (...). Ahí sí se puede hablar de posesión, esa cosa maravillosa que tiene la literatura. Yo estaba totalmente dominado: era Oliveira, era Traveler y era los dos al mismo tiempo. Ir a comer, tomarme una sopa eran actividades "literarias", artificiales; lo otro, la literatura, era lo verdadero."

¿Recuerdan cómo iniciaba el narrador la novela?



Pero la Maga no sólo fue un personaje; la Maga existió en carne y hueso y en quién sabe cuántas otras condiciones presentidas o constatadas por el hombre que gestó esta particular visión del mundo.
















La Revista La Maga publicaba en 1994 el siguiente artículo: 

         La mujer, melena negra y ojos verdes y duros, no representa los 70 años largos que tiene. Apoyados los codos sobre la mesa, que le sirve de escritorio, se toma la cara entre las manos, al tiempo que mira la enorme cantidad de fotografías, de cartas y de libros dispersos sobre la carpeta, bajo sus ojos. El cuarto es grande y silencioso (quizá demasiado), la luz entra por el ventanal e ilumina su perfil, todavía perfecto. De pronto, se da -vuelta, nos mira y con un ademán nos invita a ver las fotografías. En sus reacciones, en su mirada ansiosa, en las manos intranquilas, en el gesto maquinal y frecuente con que se aparta el pelo de los ojos, sigue siendo la misma persona tímida, insegura e insolente, que le inspiró a Cortázar el carácter de la Maga de Rayuela. 

         Las fotografías son de todas las épocas. En la más antigua se la ve de unos 9 años, sentada sobre el capó del coche de su padre. Muestra la sonrisa que el tiempo respetará; la misma de hoy, la misma que iluminó su rostro cuando Cortázar la fotografiaba. 

         La Maga es políglota; habla y escribe en francés, inglés, alemán (su lengua natal) y en el español que aprendió en la Argentina -"Maga nació en el Sarre, de padres judeoalemanes, que pronto se divorciaron: la madre la trajo entonces a Buenos Aires. Eso ocurrió antes de la Segunda Guerra Mundial. Acá, cursó la secundaria -A los 23 años se fue a París a perfeccionar su francés - Viajó en el mismo barco en que lo hacia Cortázar, Conte Biancamano ; partieron el 6 de enero de 1950. "Me llamó la atención ese joven alto y delgado (el joven estaba por cumplir 36 años), que tocaba el piano en el salón de tercera clase, donde viajábamos", recuerda la Maga. Sin embargo, y pese a haberse observado mutuamente, no se presentaron. Los unió el azar; una tarde, mientras ella estaba en una librería del boulevard Saint Germain, lo vio en la calle, del otro lado de la vidriera, y él la saludó con una inclinación de cabeza. La segunda vez, se encontraron en un cine, donde pasaban la Juana de Arco, muda, de la Falconetti. La tercera vez, tropezaron el uno con el otro
en el Jardín de Luxemburgo, hacía mucho frío y entraron en un café donde charlaron horas. La Maga cuenta que Cortázar le daba mucha importancia a estos encuentros dispuestos por el destino. Se hicieron amigos, él le regaló un poema suyo que hablaba del tiempo pasado en el barco, se titulaba Los días entre paréntesis. Descubrieron amigos comunes en París y que, además, se divertían mucho juntos. 

         Pero Cortázar después de cuatro semanas volvió a Buenos Aires y en agosto de 1951 le escribió a la Maga una carta. Me la tiende después de haberla rescatado del caos de papeles amontonados en la mesa. Leo: "Querida Edith (porque Edith todavía no era la Maga, o lo era y no lo sabía): No sé si se acuerda todavía del largo, flaco, feo y aburrido compañero que usted aceptó para pasear muchas veces por París, para ir a escuchar Bach a la Sala del Conservatorio ( ... ), para ver un eclipse de luna en el parvis de Notre Dame, para botar al Sena un barquito de papel, para prestarle un pulóver verde (que todavía guarda su perfume, aunque los sentidos no lo perciban). 

         Yo soy otra vez ése, el hombre que le dijo, al despedirse de usted delante del Flore, que volvería a París en dos anos. Voy a volver antes, estaré allí en noviembre. ( ... ) Pienso en el gusto de volverla a encontrar, y al mismo tiempo tengo un poco de miedo de que usted esté ya muy cambiada, ( ... ) de que no le divierta la posibilidad de verme. ( ... ) Por eso le pido desde ahora y se lo pido por escrito porque me es más fácil ( ... ) que si usted está ya en un orden satisfactorio de cosas, si no necesita este pedazo de pasado que soy yo, me lo diga sin rodeos. ( ... ) Sería mucho peor disimular un aburrimiento. ( ... ) Me gustaría que siga siendo brusca, complicada, irónica, entusiasta, y que un día yo pueda prestarle otro pulóver. La carta es larga y la primera de una serie que duró tanto como la vida de Cortázar. 

         Mientras tanto la Maga necesitaba vivir: encontró un empleo en las tiendas Printemps sólo por su capacidad de hablar cuatro lenguas. Recuerda con horror cuando alguna clienta robaba algo y la pescaban; el jefe le decía: "Hágala confesar, hágala llorar" y la que terminaba llorando era ella. Cortázar volvió a París con una beca. Al acabarse, la Maga le consiguió un empleo de empaquetador en la misma tienda y, según el testimonio de Aurora Bernárdez, hacía unos paquetes perfectos. 
        
         "El año 1952 quedará como un año muy especial para Julio y para mí", reflexiona la Maga. En el Jardín des Plantes descubrieron juntos los axolotes ; en el parque de Secaux, Cortázar le leyó Final del juego y al verla tan conmovida le prometió que, al publicarlo, se lo dedicaría (luego no cumplió su promesa); una noche helada, oyeron a Edith Piaf, y el 23 de mayo asistieron al triunfo de Le sacre du Printemps. 
        
         La Maga muestra más fotos, más cartas. En una sin fecha, Cortázar le da instrucciones precisas para la traducción del cuento La noche boca arriba. En otra, escrita en París el 17 de diciembre de 1964, le habla a la Maga (que vive otra vez en Buenos Aires, con su mando), de lo que ha hecho: "Volví ayer de Londres, donde pasé diez días, y me di cuenta de que el año se acaba dentro de muy poco, y que me gustaría que recibieras estas líneas. ( ... ) Como no contestaste a mi última, en realidad no había nada que contestar, de modo que no es un reproche ni mucho menos. ( ... ) Quiero solamente preguntar cómo estás cómo sigue tu madre, y qué estás haciendo". La carta es larga también y termina: "Si un día tienes ganas, mándame dos líneas. No te digo lo que te deseo porque ya lo sabes. Ojalá estés bien, ojalá todo salga como tú quieres. Un abrazo de Julio". 

   La Maga no me alcanza más cartas de Cortázar, pero una se cae el suelo, la recojo y me permite leerla. Cortázar le escribe a Londres, donde ella vivía y vive aún: "París, 31/5/81. Querida Edith: Tu carta llegó por milagro, pues me mudé y el correo no es tan seguro en estos casos. Yo también estoy muy contento por el nuevo gobierno, y creo que será útil para los países latinoamericanos". Luego habla de los pueblos oprimidos, de los desaparecidos en la Argentina, de sus viajes y termina: "Espero que Joanna y vos estén bien" (Joanna, la hija de la Maga, era muy chica). "Hace años que no voy a Londres, pero si lo hago, te avisaré. Un abrazo fuerte, Julio." 

   Pero él no le avisó. Como siempre, el destino los puso frente a frente, esta vez en el subterráneo. La Maga se enojó; Cortázar se disculpó, diciéndole que estaba seguro de que el azar los iba a reunir, tal como había ocurrido. 

   Fue la última vez que se vieron. En el cuarto ha anochecido. La Maga prende la luz y el hechizo se rompe. Sin embargo, queda como un aire de melancolía; la tristeza de lo irrecuperable, de los rostros olvidados, del tiempo rescatado en cartas, en libros, en fotografías.















Y en Taringa.com, que registra como fuente a http://www.lanacion, el siguiente:

Edith Aron, la maga de Cortázar: 

"Hay cosas que no le perdono a Julio" 

La mujer que inspiró el entrañable personaje de “Rayuela” recuerda los paseos con el escritor por París y la vez que dieron sepultura a un paraguas para que no cayera en el indigno tacho de la basura. Desde Londres, Edith confiesa que aunque las casualidades la unieron a Cortázar, la decepción terminó por alejarla. 

Edith Aron cumplió 82 años el domingo pasado, pero su memoria no falla. Sus recuerdos están intactos y habla de ellos como si los volviera a vivir, como si le produjeran la misma alegría, la misma ternura y también la misma frustración. 

Vive en St. Jonhn’s Wood, un barrio de primera en Londres. Mientras contesta por teléfono esta entrevista, mira desde su ventana un árbol, sus libros y un pedazo de cielo. Aunque nos separan miles de kilómetros, su calidez ignora la distancia. “Yo no soy la Maga”, se apura en decir, a pesar que su presencia quedó grabada con fuego en la mente de toda una generación que quiso ser ella y que también quiso amarla como si no hubiera otra posibilidad en el planeta. 

Cortázar la inmortalizó en su libro “Rayuela” y a ella eso todavía le parece divertido. En el papel quedaron sus divagaciones, la magia que aún posee y la inocencia que todavía perdura. 

Sentada en uno de los sillones de su departamento, a pasos de la Abbey Road que The Beatles dio a conocer al mundo, recuerda al hombre que alguna vez amó y que también le causó una de sus mayores tristezas, cuando la alejó de su circuito de traductores. 

Edith Aron juega con la fantasía. Mientras yo imagino su vida, ella trata de reconstruir el Santiago que conoció alguna vez y el Quilpué que visitó cuando venía a ver a la hermana de su madre. Por supuesto, también recorre los episodios que hicieron que la casualidad de sus encuentros con Julio fueran lo menos casual en sus vidas. 

EL AZAR 

La primera vez que lo vio le llamó la atención su porte, su presencia y la forma de pronunciar la “r” a la francesa, desde la garganta. Lo escuchaba con detención hablar a lo lejos en medio del humo y el jolgorio de ese salón de tercera. Viajaban desde Buenos Aires a París en el barco italiano “Conte Biacamano”, sintiendo la brisa de ese 6 de enero de 1950. 

Esa noche, el lugar se inundó de las miradas cómplices, de la imagen de un Julio Cortázar que años más tarde sería uno de los mejores escritores del mundo. 

Los días en el mar terminaron sin que ella sintiera más que atracción por el joven alto, amable y de rasgos acromegálicos. En su mente quedaron sus ojos y el recuerdo de él tocando piano a cuatro manos con un amigo. Unos cigarrillos Gitanes. Un par de tangos. 

“Esa noche, yo estaba sentada a la mesa con unas compañeras de habitación. Una italiana que estaba embarazada y una monja que decía que iba a rezar por mí. Una de ellas me dijo que invitáramos a Julio a la mesa, pero no sé qué pasó, todo estaba muy raro y finalmente no lo llamamos”, recuerda Edith. 

Con prisa y luego de unos días en el mar, el barco llegó hasta Cannes. No cruzó una sola palabra con el enigmático viajero. Quería llegar pronto donde su padre. No lo veía hace 15 años. De la mano de su madre, lo había abandonado presionada por el desastre que estaba causando el nazismo, pero todavía mantenía intacto el recuerdo del Sarre, su lugar de origen: un territorio ubicado entre Francia y Alemania que no había escapado del ansia de poder de Hitler. 

Pasó un tiempo desde aquel viaje por el mar y un día en una librería del Boulevard Saint Germain, en París, se volvieron a ver. Se reconocieron de inmediato. Ella iba a dejar un encargo que traía desde Buenos Aires y lo miró sorprendida por el destino. Por primera vez cruzaron palabras. 

“Nos volvimos a encontrar por tercera vez. Yo estaba en el cine viendo una película muda, ‘Juana de Arco’. Luego, nos vimos en los Jardines de Luxemburgo y Julio me invitó a tomar un café. Para él, las casualidades eran muy importantes”. Esa tarde caminaron y descubrieron que tenían amigos comunes en Buenos Aires, intercambiaron direcciones y las citas comenzaron a ser más frecuentes. Edith tenía 23 años y Julio 32. 

Ella se reía con sus ocurrencias. “Era mi primer encuentro con un gran intelectual. Sabía tanto, pero nos llevábamos bien porque tenía un gran sentido del humor. Él se reía un poco de mí, tenía una cultura superior. Yo me sentía tan impresionada. Inventaba muchas cosas. Ese día le llamó la atención un árbol con raíces enormes y me recitó un poema: ‘Trees’”. 

Sus paseos se hicieron cada vez más habituales. “Un día llegamos hasta Jardin des Plants. Ahí descubrimos los Axolotl que lo dejaron muy impresionado. Luego de andar, yo en mi vieja bicicleta y él en la suya de marca Aleluya, nos detuvimos. Apoyados contra un árbol me leyó un cuento muy lindo. Me hizo llorar porque me hacía recordar muchas cosas de Buenos Aires y él también se emocionó porque a mí me emocionaba. Entonces me dijo que si alguna vez lo publicaba me lo iba a dedicar”. 

Años más tarde, cuando ya no estaban juntos, ese relato se convirtió en parte de “Final del juego”. Y ella le reprochó que no hubiese cumplido con la dedicatoria. “Él me dijo: ‘!Pero si a ti te dediqué un libro completo!’”, recuerda Edith y suelta una carcajada. 

Así se hizo testigo de algunos de sus relatos. “Un día, mientras comíamos y él jugaba con unas migas de pan que estaban sobre la mesa, me miró y comentó: ‘Tengo ganas de escribir un libro mágico’”. Así nació “Rayuela”. 

AURORA 

Edith cuenta que por esos años, Cortázar encontró un departamento y la invitó a vivir con él. “Pero yo quería estudiar, por eso no quise aceptar. También se le ocurrió abrir una librería y era posible gracias a mi pasaporte francés, pero nada de eso pasó, porque después él encontró trabajo en la Unesco”. 

En diciembre de 1952, Cortázar invitó a Aurora Bernárdez a París. “Él la admiraba y tenían muchos más puntos en común que conmigo. A mí me hizo mucho daño su decisión de casarse con ella. Él quería que siguiéramos siendo amigos y me invitaba a su casa, pero a mí me dolió eso”, recuerda Edith. 

Hasta ese momento, ella no sabía que había inspirado el libro más famoso de Cortázar. En 1963, Julio le envió por correo una copia de “Rayuela”. Edith recuerda la dedicatoria en la primera página y también su rabia cuando se enfrentó a esas líneas. “Yo tomé el libro y arranqué la hoja. Me parecía tan frío lo que ahí decía. Luego, por carta, me contó que había un personaje en ‘Rayuela’ que estaba inspirado en mí”. 

LA MAGA 

En la novela vio reflejados sus paseos, algunas de sus conversaciones. Ella era la Maga, la mujer inocente que se bañaba en las aguas de la metafísica, intuitiva, aunque no tan culta como el mundo intelectual que la rodeaba. 

Edith sabe que sólo sirvió de inspiración porque hay cosas de ella que no son reales y que forman parte del personaje literario. “Yo no andaba despeinada ni con los zapatos rotos. No era petulante ni malcriada”, dice. Aunque la mejor coartada de Cortázar será siempre que “para ver a la Maga como él quería tenía que empezar por cerrar los ojos”. 

Sin embargo, hay capítulos del libro que forman parte de su vida y que están ahí, en sus recuerdos. Como aquel día que sacrificaron un paraguas viejo en el barranco del Parc Montsouries un atardecer helado de marzo. “Lo habías encontrado en la Place de la Concorde, ya un poco roto, y lo usaste muchísimo, sobre todo para meterlo en las costillas de la gente en el metro y en los autobuses, siempre torpe y distraída... y nos reíamos como locos mientras nos empapábamos, pensando que un paraguas encontrado en una plaza debía morir dignamente en un parque, no podía entrar en el ciclo innoble del tacho de la basura… lo llevamos hasta lo alto del parque, cerca del puentecito sobre el ferrocarril y desde allá lo tiré con todas mis fuerzas al fondo de la barranca de césped mojado…”, dice “Rayuela”, y Edith nuevamente lanza un grito en el que Cortázar creyó reconocer una imprecación de valkiria. “Oh, sí -ríe-, todo eso es cierto. Eso fue divertido, muy divertido”. 

Pero los parques, los Axolotl, la casualidad y su delgada cintura se perdieron en la decepción en que terminó su relación con el escritor. 

CUENTAS PENDIENTES 

Edith guarda los mejores recuerdos de esos años. Fue un tiempo de aprendizaje, de romanticismo y de muchos, muchos días que sirvieron para alimentar la memoria. 

Sin embargo, también hay un episodio que aún no olvida y que la llevó a reconstruirse, especialmente en su profesión. 

Ella ya había traducido varios cuentos de Cortázar al alemán cuando su madre se enfermó y viajó a Argentina. Entre 1963 y 1964 debió estar a su lado. “Yo le pedí que me ayudara a explicar la situación, porque esto significaba que me atrasaba con unos manuscritos; pero cuando volví, ya nadie me quería haciendo sus traducciones”, cuenta. 

A pesar que ya han pasado más de 40 años desde aquel episodio, aún no lo borra: “Sus cuentos traducidos por mí tenían mucho éxito. Esto en nada toca el afecto que siento por él, pero me falló. Ya no hice otro libro con traducciones; para mí, eso fue realmente indignante. No lo puedo perdonar, no puedo. Cambió la estructura de mi vida con eso”, dice aún con rabia. 

En ese momento, Edith no comprendió la situación y fue sólo hace unos años -cuando se dio a conocer la correspondencia de Julio Cortázar- que ella entendió todo. 

Apenas llegó la publicación a la Librería Británica, en Londres, descubrió la carta que Cortázar escribió al editor Paco Porrúa en 1964: 

“No necesito decirte quién es Edith, vos lo habrás adivinado hace mucho, ¿verdad? Entonces, ¿vos te imaginás ‘Rayuela’ traducida por ella? (…) En ‘Rayuela’, te acordás, la Maga confundía a Tomás de Aquino con el otro Tomás. Eso ocurriría a cada línea…”, escribió Cortázar, y cuando lo leyó, a Edith se le derrumbó el mundo. 

“Tuve que empezar de nuevo. Trabajé como profesora de alemán en el Goethe de Buenos Aires. En eso me sirvió mi infancia, mi formación. Yo creo que finalmente él me confundió con el personaje literario que creó. Eso no fue leal. No fue un gentleman”. 

Edith cree que Cortázar estaba enamorado de su obra, y su suerte en ese momento no le importó mucho. “Él estuvo en Londres después, en 1977, para arreglar lo de las traducciones, y me dijo que eso no hubiera sucedido si yo hubiese estado en Francia. Pero todo eso era muy vago y él ya era muy famoso. Tuvimos mala suerte los dos, pero él ganó y yo perdí”. 

La última vez que Edith vio a Cortázar fue en 1978, en un vagón de la estación South Kensington en Londres. Él iba acompañado de Carol Dunlop, su última esposa. “Se sentó a mi lado y me preguntó si no creía que era una casualidad que nos encontráramos allí, pero no. Yo le dije que ya no creía en las casualidades. Nunca pensé que sería la última vez, por eso me impresioné cuando un día en un café de Londres, leyendo un diario, me enteré que Julio había muerto”. 

Y aunque los recuerdos le dejan otra vez el corazón en los huesos, ella se ríe. Y comienza de nuevo con sus relatos, sobre todo. Se vuelve a reír, y me cuenta de su hija Johanna, de la celebración de sus 82 años en The Orangine. Me repite que no es la Maga. Y yo le creo a Julio. 




Muy novedosa exposición que aúna a pintores, escritores y músicos
trabajando en pos de conmemorar el medio siglo de la publicación de Rayuela.