viernes, 31 de mayo de 2013

¿A dónde vas?

Iba todos los días, con profundo amor, pero también con repugnancia y miedo.  ¿Repugnancia de qué?, no es contagioso.  Miedo de qué, ¿de un proceso natural? 
A medida que pasaban los días la desintegración se acentuaba, el rostro descompuesto, una máscara de angustia y terror silenciosos, un asco de sí misma que reverberaba en mí, sin quedar claro sobre quién lo había emitido primero, una mutua sensación de incomodidad, y un monótono pedido plañidero “Me quiero ir”.  

Una despedida de hasta mañana, agarrada,  dolorosa, pero seguida de una súplica no sé hasta qué punto sincera: “No quiero ver a nadie”-. Y así todos los días, dos horas sufridas pero a su modo reconfortantes.  Cada día, más difícil ir.  Cada día, repugnancia y miedo superando el amor.  ¿Hasta cuándo?

¿Era necesario que el médico la sentenciara en su cara: “Tiene tres meses de vida, máximo cuatro, vaya donde quiera, coma lo que quiera”? ¿Se lo diría de la misma forma a su madre, su mujer, su hermana?  Es fácil posar de científico objetivo con los otros, pero frente al propio dolor, ¿actuaría así?  Tengo mis dudas.   Y más, ¿cómo soportaría yo tamaña bofetada?

¿Es la vida una broma de mal gusto?  La aflicción es inmensa.  Y más aún, tengo miedo de mí, de flaquear en la hora decisiva.  Un miedo profundo y visceral de mis reacciones, del entorno, de las actitudes de mi hija.  Me angustio, el pánico me invade. Quisiera unirme a grupos que creen en la trascendencia del alma: budistas, hinduistas, Hare Krishna, estudiosos del Corán o la Cábala, protestantes, católicos, espíritas, Iglesia Universal… Pero una voz susurra en mis oídos, es Darwin que me advierte: “Insensata,  ¿a dónde vas?” 


SP


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