miércoles, 24 de abril de 2013

Abril: ¿mes de la bestialidad?


¡Matanza, matanza, matanza,
en las ciudades patrias y fuera de ellas!
Y los bárbaros retornan con sangre y botín,
Por sobre los muertos y los moribundos;
Miríadas de cuervos en las alturas vuelan,
Con los picos tintos en sangre y carcajadas de borracho...
Un viento térreo asfixia furiosamente a los agonizantes;
Silenciosas y dolientes caravanas de ancianos
Huyen presurosas por los anchos caminos...
En la noche se eleva el olor de la sangre,
Dibuja fuentes entre los árboles,
Y por doquier, perseguidas, corren aterrorizadas
Las manadas entre los trigales en llamas...
Veo en las calles generaciones asesinadas
Y multitudes que regresan de inenarrables carnicerías.
Asciende un calor tropical
Desde las nobles ciudades entregadas al fuego...
Y bajo la nieve que cae con la pesadez del mármol,
La soledad de los muertos y de las ruinas tirita de frío...
¡Oh, escuchen el chirrido terrible de estos carros,
bajo el peso de los cadáveres sobre ellos apilados,
y las plegarias lacrimosas de los hombres dolientes,
que se extienden desde un sendero hasta las fosas comunes! ...
¡Escuchen las voces últimas de los moribundos.
Con los golpes del viento que derriba los árboles!
¡Oh, no se acerquen, no se acerquen!
No sea que se acerquen a los cementerios y al mar.
Sobre los purpúreas aguas diviso naves;
Veo columnas de muertos en ellas,
Y sobre las entrañas aguijoneadas por el dolor
Cráneos y muslos hay...
¡Escuchen, escuchen, escuchen
de clamor de la tempestad entre las olas marinas!
¡Matanza, matanza, matanza!...
¡Escuchen, escuchen, escuchen
el aullido fúnebre de los perros espantados,
que me llega desde los valles y desde las tumbas!
¡Oh, cierren las ventanas y los ojos!
¡Matanza, matanza, matanza!

Atom Yerjanian (1878-1915)
Material extraído de www.cuestionarmenia.com


                             
Poeta armenio, conocido popularmente por el nombre de Siamanto, fue uno de los tantos intelectuales masacrados por el poder turco.

El 24 de abril se conmemora otro aniversario de un genocidio que aún es cuestionado abominablemente, cuando no olvidado. 


En el 2011, abc.es publicaba: 

 “El Vaticano va a participar en la publicación de un libro de documentos y testimonios -muchos procedentes de sus propios archivos- en los que se pone de relieve la «enorme masacre» de armenios llevada a cabo en el imperio otomano entre 1915 y 1916. Hasta la fecha, las autoridades turcas se han negado siempre a reconocer el genocidio armenio, y se limitan a admitir «abusos no sistemáticos» por parte del ejército de la época.
Monseñor Sergio Pagano, prefecto de los archivos vaticanos, anunció en una rueda de prensa la próxima aparición de ese libro, en el que aparecen «los procedimientos de tortura de los turcos hacia los armenios, lo que puede denominarse como una enorme masacre». Entre los documentos vaticanos, algunos, dijo monseñor Pagano, relatan los actos de barbarie de los soldados turcos con las mujeres armenias embarazadas, un capítulo «que me ha hecho sentir vergüenza de ser hombre». «Sin la fe -dijo Pagano- no vería en esos episodios más que oscuridad».
El responsable de los archivos indicó que algunos documentos describen cómo los soldados turcos «parecían jugar a los dados para adivinar el sexo del niño antes de matar al feto con la bayoneta, una vez extraído del vientre de la madre».
Desde hace años, el Vaticano ha recordado en varias ocasiones el drama vivido por los cristianos armenios. Se calcula que un millón y medio de armenios fueron asesinados por decisión de las autoridades otomanas durante la Primera Guerra Mundial”.

¿Habrá sido también olvidado el libro?
De semejante olvido, quizá sea responsable el humo, ese humo que nuestro Eduardo Galeano  aún percibe, en su obra "Espejos"con la nitidez de su conciencia siempre atenta :


La impunidad es hija del olvido

El imperio otomano se caía a pedazos y los armenios pagaron el pato. Mientras ocurría la primera guerra mundial, una carnicería programada por el gobierno acabó con la mitad de los armenios de Turquía:

casas saqueadas y quemadas,
caravanas de desnudos arrojadas al camino sin agua ni nada,
mujeres violadas a la luz del día en la plaza del pueblo,
cuerpos mutilados flotando en los ríos.

Quien no murió de sed o hambre o frío, murió de cuchillo o bala. O de horca. O de humo: en el desierto de Siria, los armenios expulsados de Turquía fueron encerrados en cuevas y asfixiados con humo, en lo que fue algo así como una profecía de las cámaras de gas de la Alemania nazi.
Veinte años después, Hitler estaba programando, con sus asesores, la invasión de Polonia. Midiendo los pros y los contras de la operación, Hitler advirtió que abría protestas, algún escándalo internacional, algún griterío, pero asegruó que ese ruido no duraría mucho. Y preguntando comprobó:
- ¿Quién se acuerda de los armenios?



En esta Casa, no olvidamos. Aunque sus víctimas nos sean anónimas. Aunque no sepamos ya qué es de la historia de tantos/as compañeros/as armenios/as que estuvieron en nuestras vidas en los tiernos tiempos de la infancia, en los de los descubrimientos adolescentes, en los duros como los huesos huérfanos de piedad que todos los malditos abusos del hombre contra el hombre han esparcido bajo el sol de este universo.







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