jueves, 21 de marzo de 2013

"Yo le tengo piedad a la higuera"






Juana nació un 8 de marzo de 1892, Día Internacional de la Mujer en la actualidad.

Como cualquier mujer, fue todas ésas que el mundo, con apolínea soberbia, ha pretendido encorsetar, en cada caso, con la faja de una expresión falazmente objetiva: primero fue “de Ibarbourou”, después “de América” (o sea, de “los sucesivos elencos gubernamentales” como lo plantea Pablo Rocca), luego la de “los espejos” (como lo señalan Costa y Faggiani); incluso  la de los secretos tan inimaginables como la adicción (según Daniel Fischer en Al encuentro de las tres Marías).

Como cualquier mujer de esa época, no estuvo en condiciones de una rebeldía superior a la que pudo haber ido gestando silenciosamente y que tal vez alcanzó su cenit al reconocer, en Diario de una Isleña:

"Yo tenía hambre y sed de las cosas más bellas de la vida, mis manos eran aves cazadoras, mi sangre, un mar de olas furiosas; mi alma, una nave de henchidos velámenes. Pero nunca di un paso más allá de la orilla del agua. Ahora sé que sólo fui una estática tejedora de sueños".                                                                  

No todas las mujeres aunaron la excelencia poética a la madurez de género, o política; no todas pudieron ser Delmira; otras optaron por la locura, como María Eugenia, porque no pudieron hallar otra salida.

Ella fue Juana, con sus luces y sus sombras, como todas, como todos.

El desarrollo intelectual de esta época parece estar acercándose a cierta irreverencia cuando se atreve, desde un ángulo tan falazmente objetivo, a exigir lo que nuestra común vulnerabilidad no nos permite.

¡Viva Juana, si fue capaz de acompañar la soledad de una niña con la presencia de Tilo, y viva Juana, si conservó esa capacidad de conmoción sobre la mujer madura que, como ella, pueda sentirse hoy una Pasajera en “la inmensa soledad nocturna”!








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