lunes, 15 de septiembre de 2014

A un alma prisionera, irrefrenable resulta comerle el corazón.

A toda alma prisionera y gentil,
a cuya presencia venga el decir presente,
por que me escriban su parecer,
salud en su Señor, es decir Amor.
Ya eran casi terciadas las horas,
del tiempo en que toda estrella está luciente,
cuando aparecióseme Amor súbitamente,
cuyo aspecto recordar me causa horror.
Alegre me parecía Amor, teniendo
mi corazón en la mano, y en sus brazos una
dama, envuelta en un lienzo, dormida;
Después la despertaba, y de este corazón ardiendo
ella espantada humildemente comía,
y después irse lo vi llorando.

TRADUCCIÓN: Lic. Jorge Sanguinetti


De: Capítulo III de La Vida Nueva


A ciascun'alma presa, e gentil core,
nel cui cospetto ven lo dir presente,
in ciò che mi rescrivan suo parvente
salute in lor segnor, cioè Amore.
Già eran quasi che atterzate l'ore
del tempo che onne stella n'è lucente,
quando m'apparve Amor súbitamente
cui essenza membrar mi dà orrore.
Allegro mi sembrava Amor tenendo
meo core in mano, e ne le braccia avea
madonna involta in un drappo dormendo.
Poi la svegliava, e d'esto core ardendo
lei paventosa umilmente pascea:
appresso gir lo ne vedea piangendo.

















Dante Alighieri murió en Rávena, el 14 de setiembre de 1321.
No así su vibración poética:
una joven me preguntó anoche
sobre el significado de este acto de Beatriz
consignado en La Vida Nueva.

¡Gracias, Daniela!
 No tod@s l@s jóvenes han olvidado a los clásicos
aunque sean fans de Harry Potter.



domingo, 14 de septiembre de 2014

"Aquí abajo ... hay quienes se desmueren..." - Mario Benedetti
























“Una persona es un tonto para convertirse en un escritor. Su única compensación es la libertad absoluta”- Roald Dahl



El deseo


Bajo la palma de la mano, el niño notó la costra de una antigua cortadura que se había hecho en la rodilla. Se inclinó para observarla atentamente. Una costra siempre era algo fascinante; suponía un reto muy especial al que nunca podía resistirse.
Sí, pensó; me la voy a arrancar aunque todavía no esté punto, aunque esté pegada por el centro y me duela muchísimo.
Se puso a hurgar cuidadosamente en los bordes con una uña.
La metió por debajo y cuando levantó la costra un poquito, se desprendió toda entera, dura y marrón, limpiamente, dejando un circulito de piel suave y roja muy curioso.
Estupendo. Se frotó el círculo y no le dolió. Cogió la costra, se la puso en el muslo, le dio un golpecito que la hizo salir volando y aterrizar en el borde de la alfombra, aquella enorme alfombra roja, negra y amarilla que ocupaba todo el vestíbulo desde las escaleras en las que él estaba sentado hasta la lejana puerta. Era una alfombra gigantesca, más grande que la pista de tenis. Sí, mucho más grande. La contempló muy serio, posando los ojos en ella con cierto placer. Hasta entonces no se había dado cuenta, pero de repente le pareció que los colores cobraban un brillo misterioso y saltaban deslumbrantes hacia él.
Pero yo sé cómo funciona esto, se dijo. Las partes rojas de la alfombra son trozos de carbón encendido. Lo que tengo que hacer es cruzarla hasta la puerta sin pisarlos. Si piso el rojo, me quemaré. Me quemaré entero. Y las partes negras..., sí, las partes negras son serpientes, serpientes venenosas, sobre todo víboras y cobras, gordas como troncos de árbol, y si piso alguna me morderá y me moriré antes de la hora del té. Y si la atravieso sin que me pase nada, sin quemarme y sin que me muerdan, mañana, que es mi cumpleaños, me regalarán un perrito.
Se levantó y subió unos peldaños de la escalera para tener una panorámica mejor de aquel enorme tapiz de color y muerte. ¿Podría hacerlo? ¿Habría suficiente amarillo? El amarillo era el único color que podía pisar. ¿Lo conseguiría? Aquel viaje no podía tomarse a la ligera: los riesgos eran demasiado grandes. Al mirar por encima de la barandilla, en la cara del niño —flequillo de un dorado casi blanco, enormes ojos azules y una barbilla pequeña y puntiaguda— se reflejaba la ansiedad. En algunos puntos escaseaba el amarillo y se abrían uno o dos vacíos enormes, pero parecía que llegaba hasta el otro extremo. Para una persona que ayer mismo había logrado recorrer el sendero enlosado que va desde los establos hasta el cenador sin pisar raya, aquella alfombra no tendría que ser demasiado difícil. Lo peor eran las serpientes. Sólo de pensar en ellas una leve corriente eléctrica le recorrió las piernas hasta la planta de los pies, como si fueran alfileres.

Bajó despacio las escaleras y llegó hasta el borde de la alfombra. Extendió un piececito enfundado en una sandalia y lo colocó con precaución en una mancha amarilla. Después levantó el otro pie; tenía el sitio justo para poner los dos juntos. ¡Muy bien! ¡Había empezado! En su resplandeciente rostro ovalado había una extraña expresión de concentración, y quizá estuviera un poco más pálido que antes. Llevaba los brazos separados del cuerpo para mantener el equilibrio. Dio otro paso, levantando mucho el pie por encima de una mancha negra, tanteando cuidadosamente con el dedo gordo para alcanzar un estrecho canal amarillo que había al otro lado. Una vez dado este segundo paso se detuvo para descansar; se quedó inmóvil, muy erguido. El estrecho canal amarillo ocupaba un trecho ininterrumpido de al menos cuatro metros y medio, y avanzó por él cautelosamente, poco a poco, como si caminara por la cuerda floja. En el punto en que el canal amarillo se deshacía en arabescos laterales tuvo que dar otra larga zancada, esta vez para evitar una zona negra y roja con un aspecto atroz. A mitad de camino empezó a tambalearse. Agitó los brazos desesperadamente, como un molino de viento, para mantener el equilibrio, logró llegar al otro extremo sano y salvo, y volvió a descansar. Estaba jadeante y en tensión, de puntillas, los brazos estirados a los lados del cuerpo y los puños apretados. Se encontraba a salvo, en una gran isla amarilla. Tenía mucho sitio, era imposible caerse, y se quedó allí tomando un respiro, dubitativo, a la espera, con el deseo de seguir para siempre en aquella isla amarilla de seguridad. Pero el temor a que no le regalasen el cachorro le empujó a seguir adelante.
Siguió avanzando paso a paso, bordeando las manchas, deteniéndose entre una y otra para decidir el lugar exacto en que debía poner el pie. En una ocasión pudo elegir entre continuar por la izquierda o por la derecha. Se decidió por la primera posibilidad porque, aunque parecía la más difícil, no había tanto negro. Era este color lo que le ponía nervioso. Lanzó una rápida ojeada por encima del hombro para ver lo que había avanzado. Había recorrido casi medio camino, y ya no podía volverse atrás. Había llegado a la mitad y no podía ni retroceder ni saltar a un lado porque se encontraba demasiado lejos; y al contemplar la gran mancha roja y negra que se extendía ante él experimentó una antigua sensación de miedo y mareo en el pecho, como aquella vez que se perdió en la parte más oscura del bosque de Piper, una tarde de la Pascua pasada.
Avanzó un paso más, colocando cuidadosamente el pie en el único trocito amarillo que tenía a su alcance, y en esta ocasión, la punta del pie quedó a un centímetro del negro. No lo pisaba, estaba seguro de que no lo pisaba, de que una estrecha franja amarilla separaba la punta de la sandalia de la mancha negra; pero la serpiente se agitó como si sintiera la proximidad del niño, levantó la cabeza y clavó en el pie sus ojos brillantes como cuentas de cristal, esperando el momento en que la tocara.
¡No te estoy pisando! ¡No me muerdas! ¡Sabes que no te estoy pisando!
Otra serpiente se deslizó sin ruido junto a la primera y levantó la cabeza; ya eran dos cabezas, dos pares de ojos que miraban el pie, que contemplaban un trocito desnudo de pie, justo por debajo de la tira de la sandalia, por donde se veía la piel. El niño se puso de puntillas y se quedó inmóvil, muerto de miedo. Pasaron unos minutos antes de que se atreviera a moverse.
El paso siguiente tendría que ser largo de verdad. Había un río negro, profundo y sinuoso que discurría de un extremo a otro de la alfombra en toda su anchura, y debido a esta circunstancia, el niño se veía obligado a atravesarlo por la parte más ancha. Al principio pensó en dar un salto, pero comprendió que no podía tener la seguridad de aterrizar exactamente en la estrecha franja amarilla del otro lado. Tomó una profunda bocanada de aire, levantó un pie y lo fue moviendo centímetro a centímetro, y después lo fue bajando poco a poco hasta que, finalmente, la punta de la sandalia quedó en el otro extremo, sana y salva, en el borde de la mancha amarilla. Se inclinó, pasando todo su peso al pie que estaba delante. A continuación intentó levantar también el pie de atrás. Estiró el cuerpo y dio una violenta sacudida, pero tenía las piernas demasiado separadas y no lo logró. Trató de volver hacia atrás. Tampoco pudo. Estaba totalmente despatarrado y literalmente clavado en el suelo. Miró hacia abajo y vio aquel profundo y sinuoso río negro debajo de él. En algunas zonas había empezado a agitarse; se deslizaba y retorcía, con un siniestro destello grasiento. El niño se tambaleó y agitó frenéticamente los brazos para mantener el equilibrio, pero sólo sirvió para empeorar las cosas. Se caía. Primero fue hacia la derecha, despacio al principio; después, cada vez más deprisa, hasta que en el último momento estiró instintivamente la mano para protegerse en la caída, y a continuación vio que su mano desnuda se hundía en una masa negra enorme y reluciente. Al tocarla soltó un penetrante grito de terror.
Allá lejos, detrás de la casa, la madre buscaba a su hijo a la luz del día.

De: http://sivela.blogspot.com
















jueves, 11 de septiembre de 2014

“¡El amor y los negocios y la familia y la religión y el arte y el patriotismo no son más que sombras de las palabras, cuando un hombre está muriendo de hambre!” O. Henry

William Sydney Porter / O. Henry
11 de setiembre de 1862- Estados Unidos
Escritor, periodista, editor, farmacéutico.

Memorias de un perro amarillo


No creo que ninguno de ustedes vaya a rasgarse las vestiduras por leer un relato puesto en boca de un animal. El señor Kipling y muchos otros buenos escritores han demostrado que los animales son capaces de expresarse en provechoso inglés, y hoy en día ninguna revista pasa a imprenta sin una historia de animales, a excepción de las articuladas publicaciones mensuales que todavía siguen sacando retratos de Bryan y de la horrorosa erupción de Mont Pelée.

Pero no vayan ustedes a buscar en mi cuento ningún tipo de literatura pretenciosa, como la de los parlamentos de Bearoo el oso, Snakoo la serpiente y Tammanoo el tigre, reflejados en los libros de la jungla. No puede esperarse que un perro amarillo que ha pasado la mayor parte de su vida en un departamento barato de Nueva York, durmiendo en un rincón sobre una vieja combinación de satén (la misma sobre la que ella derramó el oporto en el banquete de la señora Longshoremen), sea capaz de grandes trucos en el arte de hablar.

Nací cachorro amarillo; con fecha, localidad, pedigrí y peso desconocidos. Mi primer recuerdo es que una vieja me tenía dentro de una cesta en la esquina de Broadway con la calle Veintitrés, tratando de venderme a una señora gorda. La vieja Mamá Hubbard se dedicaba a hacerme publicidad sin límites, anunciándome como un genuino fox-terrier de Stoke Poges, de origen pomeranio-hambletonio, chino, hindú y rojo irlandés. La mujer gorda empezó a rebuscar un billete de cinco dólares entre las muestras de gros grain que llevaba en el bolso hasta que logró cazarlo, y se dio por vencida. Desde aquel momento me convertí en una mascota, en el caprichito de mamá. Dígame, querido lector, ¿le ha cogido a usted alguna vez una mujer de noventa kilos, echándole el aliento con aroma de Camembert y Peau d’Espagne y restregándole la nariz por todo el cuerpo, al tiempo que repetía sin cesar con un tono de voz a lo Emma Eames: «¿Quién es la cosita más chiquitita y más preciosa de su amita?»

De ser un cachorro amarillo con pedigrí pasé a ser un anónimo chucho amarillo que parecía un cruce de gato de Angora con una caja de limones. Pero mi ama nunca se apeó del burro. Tenía la certeza de que los dos primitivos cachorros que Noé recogió en su arca no eran sino una rama colateral de mis antepasados. Dos policías tuvieron que impedirle la entrada en el Madison Square Garden donde pretendía presentarme al premio de sabuesos siberianos.

Les hablaré ahora de aquel departamento. La casa era del tipo más común en Nueva York, con mármol de la isla de Paros en el suelo del portal y terrazo a partir del primer piso. Había que subir... bueno, más bien trepar tres tramos de escaleras hasta nuestro hogar. Mi ama lo alquiló sin amueblar, y lo decoró con los elementos habituales: tresillo tapizado estilo 1902, un cromo al óleo que representaba a una geishas en un salón de té de Harlem, plantas artificiales y un marido.

¡Por Sirius!, qué pena me daba aquel pobre bípedo. Era un hombre pequeño, con pelo y patillas color de arena, muy semejantes a las mías. ¿Picoteado por la gallina de su mujer? Tucanes, flamencos y pelícanos parecían tenerle dominado bajo sus picos. Secaba los platos y escuchaba a mi ama contarle lo baratas y andrajosas que eran las ropas tendidas por la vecina del segundo, la del abrigo de ardilla. Y todas las noches, mientras ella preparaba la cena, lo obligaba a sacarme de paseo atado al extremo de una correa.

Si los hombres supiesen cómo las mujeres pasan el tiempo cuando están solas no se casarían jamás. Laura Lean Jibbey, un poco de crema de almendras sobre los músculos del cuello, cascar cacahuetes, los platos sin fregar, media hora de cháchara con el hombre del hielo, lectura de un montón de cartas viejas, un par de tapas de escabeche y dos botellas de extracto de malta, una hora entera mirando furtivamente al piso del otro lado del patio por un agujero de la ventana..., y poco más queda por contar. Veinte minutos antes de que él llegue del trabajo se apresuran a arreglar la casa, cambian de cara para no dejar translucir su holgazanería, y sacan gran cantidad de labores de costura para hacer un paripé de diez minutos.

Llevaba yo una vida perra en aquel piso. La mayor parte del día me la pasaba tumbado allí, en mi rincón, viendo cómo aquella mujer gorda mataba el tiempo. A veces me dormía y tenía sueños imposibles en los que perseguía a gatos por los sótanos y gruñía a viejas de negros mitones, tal y como se supone que debe hacer un perro. Entonces ella se cernía sobre mí y me lanzaba una de aquellas sartas de cursilerías de caniche y me besaba en el hocico, pero ¿qué podía hacer yo? Un perro no puede mascar ajos.

Empecé a sentir compasión por Maridito, ¡se los juro por mis gatos! Nos parecíamos tanto que la gente se daba cuenta cuando salíamos, y así andábamos desconcertados por las calles por las que baja el taxi de Morgan, y nos poníamos a trepar por los montones de la última nieve de diciembre en los barrios donde vive la gente de poco dinero.

Una tarde en que íbamos paseando como digo, y yo intentaba parecer un San Bernardo con premio, y el buen viejo pretendía simular que no había asesinado al primer organillero al que se le ocurriese tocar la marcha nupcial de Mendelssohn, miré hacia mi amo y le dije a mi manera:

-¿Por qué te amargas la vida, tú, soldado británico con galones de estopa? A ti jamás te besa. No tienes que sentarte en su regazo y escuchar una charla que lograría que un libreto de comedia musical pareciese las máximas de Epicteto. Tendrías que estar agradecido por no ser un perro. Ánimo, Benedick, y sacúdete de encima las melancolías.

El desdichado cónyuge me miró con una mirada de inteligencia casi canina.

-¡Ay, perrito! -dijo-. Perrito bueno. Casi parece como si fueras capaz de hablar. ¿Qué te pasa, perrito, hay gatos?

¡Gatos! ¡Capaz de hablar!

Pero, naturalmente, no podía entenderme. A los humanos les ha sido negado el lenguaje animal. El único lugar común de entendimiento entre los perros y el hombre está en la ficción.

En el piso frente al nuestro vivía una señora con un terrier negro y canela. Su marido le ponía la traílla y lo sacaba todas las tardes, pero siempre volvía a casa silbando y de buen humor. Un día nos rozamos los hocicos el terrier y yo en el descansillo, y le pedí una explicación.

-Escucha, Brinca-y-salta -le dije-, sabes muy bien que no es propio de la naturaleza de un hombre de verdad el hacer de niñera de un perro en público. No he visto jamás a ninguno de los que llevan a un perro con una correa que no diese la impresión de querer pegar a cualquier hombre que le mirara. Pero tu jefe vuelve todos los días a casa de un humor excelente y tan dispuesto como un prestidigitador aficionado haciendo el truco del huevo. ¿Cómo lo consigue? No vayas a decirme que le gusta.

-¿Que qué hace? -dijo el negro-y-canela-. Pues, usa el Propio Remedio de la Naturaleza. Al principio volvía a casa como quien acaba de perder su pasta al póquer. Cuando hemos estado ya en ocho bares, le da lo mismo si la cosa que tiene al final de la traílla es un perro o un bagre. He perdido dos pulgadas de rabo en mis intentos por esquivar esas dichosas puertas giratorias.

La pista que me dio aquel terrier -satisfactoria imitación de vodevil- me hizo pensar.

Una tarde, alrededor de las seis, mi ama le ordenó que se pusiese en acción y realizase el acto de oxigenar a «Bello». He tratado de mantenerlo oculto hasta ahora, pero así es como me llamaba. Al negro-y-canela le llamaban «Dulzor». Bien mirado, creo ser mejor que él cazando conejos. Aun así, opino que «Bello» es una especie de lata nominal colgada del rabo de la dignidad de uno.

En un lugar tranquilo de una calle sin peligros tiré de la correa de mi guardián frente a una atractiva y refinada cantina. Me lancé como una flecha furiosa hacia las puertas, gimiendo como un perro que pretende comunicar el mensaje de que la pequeña Alice acaba de hundirse en el lodo mientras está recogiendo lilas en el arroyo.

-Caray, ¿qué ven mis ojos? -dijo el viejo con un remedo de sonrisa-; que Dios me prive de la vista si este chucho azafrán hijo de limonada con sifón, no me está pidiendo que me tome una copa. Vamos a ver, ¿cuánto tiempo hace que no ahorro suela de zapato apoyándola en la barra de un bar? Me parece que...

Comprendí que ya estaba en mis manos. Pidió whisky a palo seco, sentado ante una mesa. Durante una hora estuvieron llegando los Campbell. Yo me senté a su lado llamando al camarero con golpecitos de la cola, y consumiendo comida gratis en nada comparable a la que mamá traía al departamento en su carrito casero después de comprarla en una tienda ocho minutos antes de que llegase papá.

Cuando se habían agotado todos los productos escoceses, excepto el pan de centeno, el viejo me desató de la pata de la mesa y me sacó jugueteando a la calle como un pescador sacaría a un salmón. Al llegar allí me quitó el collar y lo tiró al suelo.

-Pobre perrito -dijo-; mi buen perrito. Ella no volverá a besarte nunca más. Es una condenada vergüenza. Mi buen perrito, aléjate, déjate pillar por un tranvía y sé feliz.

Me negué a marcharme. Salté y retocé alrededor de sus piernas, tan feliz como un doguillo en una alfombra.

-Óyeme bien, viejo cazador de marmotas con cerebro de mosquito -empecé a decirle-, tú, viejo sabueso aullalunas, ojeaconejos y robahuevos, ¿es que no te das cuenta de que no quiero abandonarte? ¿No te das cuenta de que los dos somos cachorros perdidos en el bosque y que el ama es el tío cruel que te persigue a ti con el trapo de secar los platos y a mí con el linimento matapulgas y un lacito rosa para atármelo al rabo? ¿Por qué no cortar con eso para siempre y ser compañeros hasta la muerte?

-Perrito -repuso al fin-, no vivimos más que una docena de vidas en esta tierra, y muy pocos de nosotros llegamos a vivir más de trescientos años. Si vuelvo a ver ese departamento en mi vida es que soy un fracasado, y si lo vuelves a ver tú es que eres un lameculos, y no hablo en broma. Apuesto sesenta contra uno a que este caballo gana por la longitud de un perro tejonero.

No había correa ya, pero fui trotando junto a mi amo hacia el transbordador de la calle Veintitrés. Y los gatos que se cruzaron en nuestro camino tuvieron sobradas razones para dar gracias por haber sido dotados de uñas prensiles.

Al llegar a la orilla de Jersey, mi amo le dijo a un forastero que estaba allí de pie comiendo un bollo recién hecho:

-Yo y mi perrito nos dirigimos a las montañas Rocosas.

Pero cuando más dichoso me sentí fue cuando mi viejo me tiró de las dos orejas hasta que aullé, y dijo:

-Óyeme bien, cabeza de mono, cola de rata, hijo azufrado de un felpudo, ¿sabes cómo te voy a llamar?

Me acordé de «Bello» y gemí lastimeramente.

-Te voy a llamar «Pedrito» -dijo mi amo, y si yo hubiera tenido cinco colas no habría tenido suficientes para agitarlas celebrando merecidamente el hecho.

De: CiudadSeVa.com



miércoles, 10 de septiembre de 2014

"Las lágrimas son tal vez los amigos más desinteresados de nuestra vida"- Franz Werfel


10 de setiembre de 1890- Praga
Escritor



« ¡Turquía para los turcos!», clamaban algunos en dicho país, a principios del siglo XX (un siglo después, también). La consigna, variación de una fórmula repetida en la larga lista de crímenes del nacionalismo, inspiraba por entonces aquella otra, pavorosamente familiar, de la necesidad de «solucionar el problema armenio». Una y otra consignas se amalgamaban en la política genocida emprendida en 1915 por los jefes del gobierno turco, el ministro del Interior Mehmet Talaat y el ministro de Guerra Ismaíl Enver, quienes se aprovecharon de la guerra mundial en curso para implementar una política de eliminación de los cristianos armenios, a quienes consideraban el enemigo interno por antonomasia; según explicaron al gobierno alemán, su aliado en la guerra, «el trabajo que había que hacer –el exterminio-, había que hacerlo ahora; después de la guerra sería demasiado tarde». El asesinato en masa resultante de esta perversa urgencia conmocionó profundamente a Franz Werfel, escritor de nacionalidad austríaca y de origen judío que concibió la idea de redactar una novela sobre el tema durante una estancia  en Damasco, en 1929. Publicada por primera vez en 1933, Los cuarenta días del Musa Dagh es la historia de la resistencia ofrecida al ejército turco por unos pocos miles de civiles armenios a mediados de 1915, en el Musa Dagh, el Monte de Moisés cerca de Antioquía).
Ya antes los armenios habían sido víctimas de matanzas, orquestadas a fines del siglo XIX por el gobierno del sultán Abdul Hammid II. Esta vez se trataba de algo peor. Las matanzas podían durar unos cuantos días y extinguirse tan pronto se saciaba la sed de sangre de los victimarios, por lo general soldados librados brevemente a la violencia. Las matanzas «se producían en el desorden y morían en el desorden»,  dice un personaje de la novela. En 1915 y los años que siguieron, en cambio, operaba un sistema, y el instrumento fundamental de este sistema fue la deportación. Se acarreaba a los armenios en grandes cantidades y en condiciones extremas desde sus lugares de residencia hacia campos de deportación, los que en su mayoría se hallaban en el desierto, en las proximidades del río Eufrates. Los que no morían en el trayecto, y fueron muchos los que sucumbieron, morían en los campos.  La deportación, prosigue el referido personaje, «no se alejaba como un terremoto que dejaba siempre en pie algunas casas y hombres a salvo. La deportación se prolongaba hasta que el último hombre de un pueblo caía traspasado por la espada, moría de hambre en el camino, de sed en el desierto o a consecuencia del  cólera o el tifus». No se trataba de embriaguez sanguinaria transitoria, sino de un orden con un fin perverso: la sistemática eliminación de una minoría étnica a la que se consideraba un elemento perturbador para  la perfecta armonía de la nación turca. Lo señala otro de los personajes: el exterminio de los armenios, decidido por Enver y Talaat, «es la guinda de su política nacionalista».
Tenemos, pues, a los armenios, aparentemente condenados a la impotencia y a una eterna sumisión; condenados a tender el cuello cada vez que el hacha asesina del fanatismo se cierne sobre su destino. Esta vez, en medio de la descomunal operación de exterminio, alrededor de 4500 armenios deciden oponer una resuelta resistencia, fortificándose en la mencionada montaña. Se trataba de simples aldeanos, habitantes de las siete villas armenias emplazadas en las proximidades del Musa Dagh –que ya desde antes proveía refugio a un puñado de desertores y forajidos–. Gentes que, en calidad de nativos del lugar, conocen a la perfección cada vericueto y cada pliegue del terreno, y que a esto añaden el coraje de la desesperación. Pueden así infligir varias derrotas a los turcos, vulnerando el orgullo de la que suele tenerse por una «raza guerrera» (¡y los que pisotean ese orgullo no son más que campesinos y comerciantes!). No obstante, saben que su futuro esta sellado y su única, loca esperanza, es que algún buque británico o francés de los que fondean en Chipre acuda en su auxilio.
Por descontado que las poco más de 800 páginas de la novela ofrecen al lector una nutrida galería de personajes, en general de trazas muy verosímiles; algunos de estos personajes, rayanos en lo pintoresco, añaden una dramática nota de color en lo que de otro modo podría haber sido una masa gris de individuos indiferenciados. Destaca por méritos propios un personaje histórico, el orientalista y misionero protestante alemán Johannes Lepsius (1858-1926). Verdadero ángel guardián del pueblo armenio, Lepsius se comprometió en su defensa desde  las matanzas hammidianas de 1896. Horrorizado por las noticias relativas al exterminio emprendido por el gobierno turco, intercede a favor de los armenios frente al ministro de Guerra, Enver Pashá, con quien sostiene una breve e infructuosa entrevista. Cuando desespera de todo éxito para su ímprobo empeño, es conducido clandestinamente ante un selecto grupo de turcos que encabezan una orden religiosa musulmana, contraria al nacionalismo y a la masacre de los armenios; esta cofradía de derviches proporciona la única luz que pueden ver los asediados en el Musa Dagh, precisamente en el momento de su mayor zozobra. Sin duda, las contadas intervenciones de Johannes Lepsius representan algunos de los momentos álgidos de la narración.
El protagonismo recae inequívocamente en Gabriel Bagradian, personaje presumiblemente ficticio. Bagradian encarna las tensiones espirituales del desarraigo y el reencuentro con las raíces. Vástago de una familia armenia de acaudalados comerciantes, cuenta 35 años de edad al desencadenarse los acontecimientos, la mayoría de los cuales los ha vivido en París. Educado como occidental, casado con una francesa de familia acomodada, Julieta, Bagradian es arqueólogo e historiador del arte, asiste a las lecciones de filosofía de Bergson y publica eruditos artículos en revistas de gran sofisticación. Sus 23 años europeos, su exquisita formación intelectual, su familia europea (tiene un hijo de 12 años, Esteban) y sus relaciones sociales europeas hacen de él un armenio sólo en teoría. La enfermedad de su hermano mayor, responsable de las empresas familiares, lo obliga a retornar a Turquía justo cuando el espectro de la guerra amenaza Europa, en julio de 1914. No tiene muchas razones para exhibir un ardiente patriotismo, mucho menos si se trata de luchar en el bando enemigo de Francia, pero el sentido del deber se impone y, ya desatado el conflicto, se presenta ante la autoridad militar competente (Bagradian es oficial de reserva del ejército turco agregado a un regimiento de artillería). Curiosamente, cuando la marcha de la guerra dista bastante de ser favorable al imperio otomano, su ejército no parece tener necesidad de oficiales: el comando de la división prescinde de los servicios de Gabriel, y un tiempo después se ve obligado a entregar su pasaporte y su teskeré (pasaporte interno). La medida abarca a todos los armenios por igual; por muy occidentalizado que esté, Gabriel Bagradian no debe esforzarse mucho para presagiar lo que sigue a semejantes medidas.
Una vez resuelta la resistencia en el Musa Dagh, Bagradian debe conformarse con asumir el mando militar; el mando supremo recae en el sacerdote del lugar, Ter Haigassun, hombre adusto y respetado por todos. Gabriel descubre en sí insospechadas condiciones para la jefatura y la organización, y será principalmente por el riguroso ejercicio de sus facultades y sus constantes desvelos que los asediados –entre los cuales se cuentan mujeres, ancianos y niños– se apuntarán una breve sucesión de triunfos. Ahora bien, es su hijo Esteban quien debe sufrir lo peor del estigma del extranjero, del que no pertenece a la comunidad; los chicos de su edad se lo hacen saber continuamente. Por más que se esfuerce en ganarse su afecto y su respeto –y vaya que comete locuras para lograrlo–, siempre habrá una barrera infranqueable entre él y los indígenas del valle del Musa Dagh: «No eres de los nuestros», parecen decir sus gestos, incluso sus omisiones. La situación carga con el signo de la fatalidad.  ¿Será lo mismo para todos los asediados?


De: HISlibris.com



Testimonio del único sobreviviente de 97 años de edad de Musa Dagh

Vakifili es el único sobreviviente del pueblo armenio en la provincia de Hatay en Turquía, de aquellas 6 aldeas armenias situadas a los pies de Monte Musa.


Antes de los acontecimientos sangrientos de 1915, seis aldeas armenias fueron habitadas por 6.000 armenios. Buques de guerra franceses transportan a los 4.000 armenios que sobrevivieron a la resistencia de 40 días de Musa Dagh hacia Egipto.
Después de la derrota de Turquía en la Primera Guerra Mundial, regresó de nuevo a su patria en 1919. Sin embargo, en 1939 la provincia y entre ellos los seis pueblos armenios de Musa Dagh, pasaron a manos turcas.
Los residentes en Musaler emigraron de la provincia y se establecieron en el Líbano  dando en conmemoración los nombres a los distritos de cada una de las aldeas de Musa Dagh.
Sin embargo, algunos residentes de la aldea de Vakifli eligieron quedarse. Hoy en día es el único pueblo en el que se habla lengua armenia. Un total de 135 armenios viven en un pequeño pueblo. Avetis Demirchyan, el ocupante de 97 años de edad de la aldea, era el más joven testigo de la resistencia de Musa Dagh. No recuerda todo con claridad, ya que era un niño de dos años. El hombre habla armenio, francés y árabe y cantan el himno de Armenia y otras canciones patrióticas.
"En 1915 nos llevaron a Egipto donde permanecimos hasta 1919. Turquía fue derrotada en la guerra y se nos preguntó a donde queriamos ser trasladados. Decidimos volver a Musa Dagh. Hubo seis aldeas armenias aquí, pero en 1939 Francia se las dió a la provincia de Turquía. La mayoría de los armenios huyeron de sus aldeas nativas, pero algunos nos quedamos aquí", dijo el hombre en una entrevista con NEWS.am.
Demirchyan tiene dos hijas y tres hijos, pero ninguno de ellos vive en Vakifli. Algunos están Estambul, Alemania y Canadá. El famoso pintor Artin Demirchi es el hijo de Avetis Demirchyan. "Su apellido es Demirchyan, sin embargo, los turcos cortaron la partícula yan", dijo el anciano.
Las obras Artin Demirchi han sido exhibidas en exposiciones privadas y en diversas ciudades de todo el mundo.
"Hubo una escuela armenia en nuestro pueblo, pero mi padre no me envió a la escuela. Me guió, pero aprendí a hablar y escribir en armenio por mi cuenta", dijo el anciano.
"En 1979 fui a la patria y me quedé en el Hotel Armenia por 16 días. Una persona me dijo entonces que comiera y bebiera, pero me ordenó no hacer preguntas políticas", dijo el hombre.
Los 5.000 armenios de Musa Dagh llegaron a Armenia entre 1946-1947. En 1972, el pueblo de Ginevet, cerca de la ciudad de Etchmiadzin, pasó a llamarse Musaler. El 16 de septiembre de 1976, un monumento dedicado a la resistencia  de Musa Dagh fue inaugurado en una colina cercana a Musaler.


De: SoyArmenio.com



martes, 9 de septiembre de 2014

“En la inquietud y en el esfuerzo de escribir, lo que sostiene es la certeza de que en la página queda algo de no dicho”- Cesare Pavese

9 de setiembre de 1950- Italia
Escritor y filósofo.

Creación


Estoy vivo y he sorprendido las estrellas en el alba.
Mi compañera continúa durmiendo y lo ignora.
Mis compañeros duermen todos. La clara jornada
se me revela más limpia que los rostros aletargados.

A distancia, pasa un viejo, camino del trabajo
o a gozar la mañana. No somos distintos,
idéntica claridad respiramos los dos
y fumamos tranquilos para engañar el hambre.
También el cuerpo del viejo debería ser sano
y vibrante -ante la mañana, debería estar desnudo.

Esta mañana la vida se desliza por el agua
y el sol: alrededor está el fulgor del agua
siempre joven; los cuerpos de todos quedarán al
     descubierto.
Estarán el sol radiante y la rudeza del mar abierto
y la tosca fatiga que debilita bajo el sol,
y la inmovilidad. Estará la compañera
-un secreto de cuerpos. Cada cual hará sentir su
     voz.
No hay voz que quiebre el silencio del agua
bajo el alba. Y ni siquiera nada que se estremezca
bajo el cielo. Sólo una tibieza que diluye las estrellas.
Estremece sentir la mañana que vibre,
virgen, como si nadie estuviese despierto.


Versión de Carles José i Solsora





El paraíso sobre los tejados...



Será un día tranquilo, de luz fría
como el sol que nace o muere, y el cristal
cerrará el aire sucio fuera del cielo.

Se nos despierta una mañana, una vez para siempre,
en la tibieza del último sueño: la sombra 
será como la tibieza. Llenará la estancia,
por la gran ventana, un cielo más grande.
Desde la escalera, subida una vez para siempre,
no llegarán voces, ni rostros muertos.

No será necesario dejar el lecho.
Sólo el alba entrará en la estancia vacía.
Bastará la ventana para vestir cada cosa
con una tranquila claridad, casi una luz.
Se posará una sombra descarnada sobre el rostro sumergido.

Será los recuerdos como grumos de sombra
aplastados como las viejas brasas
en el camino. El recuerdo será la llama
que todavía ayer mordía en los ojos apagados.


Versión de Carles José i Solsora



Tienes rostro de piedra esculpida


Tienes rostro de piedra esculpida,
sangre de tierra dura,
viniste del mar.
Todo lo acoges y escudriñas
y rechazas
como el mar. En el corazón
tienes silencio, tienes palabras
engullidas. Eres oscura.
Para ti el alba es silencio.

Y eres como las voces
de la tierra -el choque
del cubo en el pozo,
la canción del fuego,
la caída de una manzana;
las palabras resignadas
y tenebrosas sobre los umbrales,
el grito del niño- las cosas
que nunca pasan.
Tú no cambias. Eres oscura.

Eres la bodega cerrada
con la tierra removida,
donde el niño entró
una vez, descalzo,
y que siempre recuerda.
Eres la habitación oscura
en la que se vuelve a pensar siempre,
como en el patio antiguo
donde nacía el alba.

1908
De "La tierra y la muerte"




"Escribir a lo largo de la vida un buen libro es más que suficiente. Y también leer uno." - León Tolstói



Pobres gentes


En una choza, Juana, la mujer del pescador, se halla sentada junto a la ventana, remendando una vela vieja. Afuera aúlla el viento y las olas rugen, rompiéndose en la costa... La noche es fría y oscura, y el mar está tempestuoso; pero en la choza de los pescadores el ambiente es templado y acogedor. El suelo de tierra apisonada está cuidadosamente barrido; la estufa sigue encendida todavía; y los cacharros relucen, en el vasar. En la cama, tras de una cortina blanca, duermen cinco niños, arrullados por el bramido del mar agitado. El marido de Juana ha salido por la mañana, en su barca; y no ha vuelto todavía. La mujer oye el rugido de las olas y el aullar del viento, y tiene miedo.
Con un ronco sonido, el viejo reloj de madera ha dado las diez, las once... Juana se sume en reflexiones. Su marido no se preocupa de sí mismo, sale a pescar con frío y tempestad. Ella trabaja desde la mañana a la noche. ¿Y cuál es el resultado?, apenas les llega para comer. Los niños no tienen qué ponerse en los pies: tanto en invierno como en verano, corren descalzos; no les alcanza para comer pan de trigo; y aún tienen que dar gracias a Dios de que no les falte el de centeno. La base de su alimentación es el pescado. "Gracias a Dios, los niños están sanos. No puedo quejarme", piensa Juana; y vuelve a prestar atención a la tempestad. "¿Dónde estará ahora? ¡Dios mío! Protégelo y ten piedad de él", dice, persignándose.
Aún es temprano para acostarse. Juana se pone en pie; se echa un grueso pañuelo por la cabeza, enciende una linterna y sale; quiere ver si ha amainado el mar, si se despeja el cielo, si hay luz en el faro y si aparece la barca de su marido. Pero no se ve nada. El viento le arranca el pañuelo y lanza un objeto contra la puerta de la choza de al lado; Juana recuerda que la víspera había querido visitar a la vecina enferma. "No tiene quien la cuide", piensa, mientras llama a la puerta. Escucha... Nadie contesta.
"A lo mejor le ha pasado algo", piensa Juana; y empuja la puerta, que se abre de par en par. Juana entra.

En la choza reinan el frío y la humedad. Juana alza la linterna para ver dónde está la enferma. Lo primero que aparece ante su vista es la cama, que está frente a la puerta. La vecina yace boca arriba, con la inmovilidad de los muertos. Juana acerca la linterna. Sí, es ella. Tiene la cabeza echada hacia atrás; su rostro lívido muestra la inmovilidad de la muerte. Su pálida mano, sin vida, como si la hubiese extendido para buscar algo, se ha resbalado del colchón de paja, y cuelga en el vacío. Un poco más lejos, al lado de la difunta, dos niños, de caras regordetas y rubios cabellos rizados, duermen en una camita acurrucados y cubiertos con un vestido viejo.
Se ve que la madre, al morir, les ha envuelto las piernecitas en su mantón y les ha echado por encima su vestido. La respiración de los niños es tranquila, uniforme; duermen con un sueño dulce y profundo.
Juana coge la cuna con los niños; y, cubriéndolos con su mantón, se los lleva a su casa. El corazón le late con violencia; ni ella misma sabe por qué hace esto; lo único que le consta es que no puede proceder de otra manera.
Una vez en su choza, instala a los niños dormidos en la cama, junto a los suyos; y echa la cortina. Está pálida e inquieta. Es como si le remordiera la conciencia. "¿Qué me dirá? Como si le dieran pocos desvelos nuestros cinco niños... ¿Es él? No, no... ¿Para qué los habré cogido? Me pegará. Me lo tengo merecido... Ahí viene... ¡No! Menos mal..."
La puerta chirría, como si alguien entrase. Juana se estremece y se pone en pie.
"No. No es nadie. ¡Señor! ¿Por qué habré hecho eso? ¿Cómo lo voy a mirar a la cara ahora?" Y Juana permanece largo rato sentada junto a la cama, sumida en reflexiones.
La lluvia ha cesado; el cielo se ha despejado; pero el viento sigue azotando y el mar ruge, lo mismo que antes.
De pronto, la puerta se abre de par en par. Irrumpe en la choza una ráfaga de frío aire marino; y un hombre, alto y moreno, entra, arrastrando tras de sí unas redes rotas, empapadas de agua.
-¡Ya estoy aquí, Juana! -exclama.
-¡Ah! ¿Eres tú? -replica la mujer; y se interrumpe, sin atreverse a levantar la vista.
-¡Vaya nochecita!

-Es verdad. ¡Qué tiempo tan espantoso! ¿Qué tal se te ha dado la pesca?
-Es horrible, no he pescado nada. Lo único que he sacado en limpio ha sido destrozar las redes. Esto es horrible, horrible... No puedes imaginarte el tiempo que ha hecho. No recuerdo una noche igual en toda mi vida. No hablemos de pescar; doy gracias a Dios por haber podido volver a casa. Y tú, ¿qué has hecho sin mí?
Después de decir esto, el pescador arrastra la redes tras de sí por la habitación; y se sienta junto a la estufa.
-¿Yo? -exclama Juana, palideciendo-. Pues nada de particular. Ha hecho un viento tan fuerte que me daba miedo. Estaba preocupada por ti.
-Sí, sí -masculla el hombre-. Hace un tiempo de mil demonios, pero... ¿qué podemos hacer?
Ambos guardan silencio.
-¿Sabes que nuestra vecina Simona ha muerto?
-¿Qué me dices?
-No sé cuándo; me figuro que ayer. Su muerte ha debido ser triste. Seguramente se le desgarraba el corazón al ver a sus hijos. Tiene dos niños muy pequeños... Uno ni siquiera sabe hablar y el otro empieza a andar a gatas...
Juana calla. El pescador frunce el ceño; su rostro adquiere una expresión seria y preocupada.
-¡Vaya situación! -exclama, rascándose la nuca-. Pero, ¡qué le hemos de hacer! No tenemos más remedio que traerlos aquí. Porque si no, ¿qué van a hacer solos con la difunta? Ya saldremos adelante como sea. Anda, corre a traerlos.
Juana no se mueve.
-¿Qué te pasa? ¿No quieres? ¿Qué te pasa, Juana?
-Están aquí ya -replica la mujer descorriendo la cortina.


De: CiudadSeVa.com






El 16 de enero de 1905 León Tolstói escribe a su mujer Sofía: “La música es la estenografía de los sentimientos. Cuando hablamos mediante la elevación, la disminución, la fuerza, la rapidez o la lentitud de la sucesión de somidos emitidos, expresamos aquellos sentimientos que acompañan lo que decimos: los pensamientos, las imágenes, los acontecimientos que verbalizamos. La música transmite sólo la progresión y la composición y la sucesión de esos sentimientos sin pensamientos, ni imágenes, ni acontecimientos. A mí esto me explica lo que siento cuando escucho música.” (Traducción de Selma Ancira)