martes, 14 de abril de 2015

Desde otra libertad, nuestro querido Maestro uruguayo Eduardo Galeano seguirá enseñándonos a enseñar.


La piedra arde


En la comarca de Pueblo Niebla vivía un viejo solito y solo. El viejo hacía cestas de mimbre y zapatillas de cáñamo. Las regalaba a los vecinos y se ofendía si querían pagarle. Él se ganaba la vida como guardián de los huertos. El viejo había venido de un lugar muy lejano y nunca hablaba de su vida. Nadie se animaba a preguntarle: «¿Siempre fuiste tan viejo?», ni a preguntarle: «¿Siempre fuiste tan feo?». El viejo andaba encorvado y cojeaba de una pierna. Era muy blanco el poco pelo que le quedaba. Una cicatriz le atravesaba la mejilla. Tenía la nariz torcida y cuando se reía abría una ventana, porque le faltaban los dientes de arriba.

Una noche de otoño, un niño llamado Carasucia saltó la tapia de un huerto. Iba a robar manzanas. Carasucia no tuvo suerte. Cuando estaba por escapar, resbaló y quedó colgado de un clavo de la tapia. Las manzanas rodaron por el suelo. Carasucia cayó sobre un matorral lleno de espinas. Gritó.

El viejo guardián no le azotó el culo con ortigas. Tampoco lo denunció ante la madre. Un jirón de tela colgaba, como un rabo de oveja, del pantalón roto de Carasucia. El viejo guardián ni siquiera lo regañó. Meneó la cabeza, gruñó, le lavó los arañazos de los brazos y las piernas y acompañó a Carasucia hasta la puerta de su casa sin decir una palabra.

Pocos días después, Carasucia se perdió en el bosque. Caminaba y caminaba y por más que caminaba no podía encontrar la salida. El techo de árboles apenas dejaba ver el cielo. Carasucia marchaba enredándose en los ramajes y chapoteando en el barro, cuando vio una piedra brillante. La piedra brillaba aunque estaba cubierta de musgo y de barro. Muerto de cansancio, Carasucia se sentó en la piedra. O quiso sentarse, mejor dicho, porque no bien apoyó el trasero, pegó un salto y lanzó un grito de dolor. ¡Pobre Carasucia! Pocos días antes, había caído sobre las espinas del matorral. Ahora, se había sentado en el aguijón de una avispa. Pero no. No había ninguna avispa. La culpa era de la piedra, que quemaba como carbón encendido. Hecho una furia, Carasucia la pateó.

Cuando el zapato raspó la piedra, unas pequeñas letras aparecieron. La boca de Carasucia quedó como una O. Entonces Carasucia, que era un niño curioso, restregó la piedra con una rama. La piedra ardiente daba cada vez más luz mientras Carasucia le iba quitando el barro y el musgo. Por fin, Carasucia pudo leer estas palabras en la piedra desnuda: Joven serás, si eres viejito, partiéndome en pedacitos.

Carasucia, que no era viejito, pensó: «Si parto la piedra, ¿qué? Seré un bebé de pecho y no sabré caminar. ¿Y después? ¡Ah, no! ¡Eso sí que no! ¡Tendré que empezar la escuela de nuevo! ¡Al primer curso otra vez!». Y también pensó: « ¡Qué mala suerte! ¡Encuentro una piedra mágica y no me sirve para nada!».

Entonces recordó al viejo guardián del huerto, que había sido bueno con él y era bueno con todos los demás. ¡El viejo bailará como un trompo y saltará como una pulga y volará como un pájaro! ¡No volverá a toser! ¡Tendrá las piernas sanas y una cara sin tajos y una boca con todos los dientes!

Con tan asombroso descubrimiento, Carasucia había olvidado su situación. «Es muy tarde», descubrió de pronto, y sintió miedo. Para darse coraje, habló en voz alta. Al escuchar su propia voz, sintió menos miedo. Hablar en voz alta ayuda mucho cuando uno está perdido y solo y siente miedo. 
Carasucia dijo: 
—Ahora, tengo que volver. Y se preguntó: —Y después, ¿cómo haré para encontrar la piedra? Y se respondió: —Voy a dejar señales en el camino. 
Carasucia se sacó la camisa y la desgarró en tiritas. Exploró un camino de salida. Cada pocos pasos, iba dejando una tirita de tela colgada de los árboles. Caminaba a los tropezones y muy lentamente, porque el bosque estaba bastante oscuro y enemigo.

Pero ese camino no servía y Carasucia lo desanduvo y volvió a la piedra ardiente. Intentó otro camino, que tampoco servía. A Carasucia le temblaban las rodillas y él decía, en voz alta: 
—Fuera, miedo. 
Y como las piernas seguían temblando, gritaba: 
— ¡Fuera, miedo! ¡Fuera de aquí! 
Y entonces las piernas seguían temblando, pero solamente por el frío. Cuando Carasucia consiguió salir del bosque, ya había caído la noche. La luna le iluminó los pasos hasta su casa.

A la mañana siguiente, Carasucia bajó a los huertos. El viejo llevaba en una mano una olla llena de cal líquida y al hombro una escobilla de ramas. El viejo se detuvo y Carasucia le escuchó la respiración dificultosa. Carasucia contó lo de la piedra. El viejo le acarició la cabeza, bebió un chorro de vino de la bota de cuero y aceptó acompañar a Carasucia hasta los pantanos del bosque.

Siguiendo la ruta de las tiras de trapo, llegaron a la piedra. 
—¿Y? —preguntó Carasucia. 
El viejo miraba la piedra mágica, con el ceño fruncido y los ojos entrecerrados. La piedra brillaba como un desafío. 
—¡Vamos, rómpela! —dijo Carasucia, tironeándole la ropa. Pero el viejo no se movía.

El viejo se apoyó contra el tronco de un árbol. Sacó tabaco de una bolsita.
 —¡Ah! —dijo Carasucia—. ¡Nos hemos olvidado el martillo! ¿Cómo vas a romper la piedra sin martillo? 
Muy de a poquito el viejo iba cargando la pipa, como si ése fuera un trabajo de siglos. 
—¿Quieres que vaya a buscar el martillo? —se ofreció Carasucia—. Ya conozco el camino y no me perderé. 
—No —dijo el viejo—. No quiero. —Pero... ¿No vas a romper la piedra? El viejo clavó una ramita seca contra la piedra candente. Esperó a que se encendiera y entonces la sopló y arrimó la brasa a la pipa.
 —Pero, pero... —Carasucia sintió que las lágrimas le saltaban a los ojos. Estaba furioso y gritó:
 —¿Para eso me quemé? ¿Para eso pasé tanto frío y tanto miedo?

El viejo echó una larga bocanada de humo. 
—Ven —dijo. Y apoyó una mano sobre el hombro de Carasucia. 
—Yo sé lo que piensas —dijo— y quiero explicarte. Soy viejo, aunque bastante menos viejo de lo que crees, y soy cojo y estoy desfigurado. Yo sé. Pero no me creas tonto, Carasucia. Tonto no soy. Y por primera vez en tantos años, el viejo dijo su historia. 
—Estos dientes no se cayeron solos. Me los arrancaron a golpes. Esta cicatriz que me corta la cara, no viene de un accidente. Los pulmones... La pierna... Rompí esta pierna cuando me escapé de la cárcel, porque era muy alto el muro y había vidrios abajo. Hay otras marcas, también, que no puedes ver. Marcas que tengo en el cuerpo y no solamente en el cuerpo y que nadie puede ver.

Los resplandores de la piedra candente iluminaban los altos pómulos de la cara del viejo y le ponían chispas en los ojos. 
—Si parto la piedra, estas marcas se borrarán. Pero estas marcas son mis documentos, ¿comprendes? Mis documentos de identidad. Me miro al espejo y digo: «Ése soy yo», y no siento lástima de mí. Yo luché mucho tiempo. La lucha por la libertad es una lucha de nunca acabar. Ahora hay otros que luchan, allá lejos, como yo he luchado. Mi tierra y mi gente no son libres todavía. ¿Comprendes? Yo no quiero olvidar. No parto la piedra porque sería una traición. A través del bosque, caminaron de regreso a Pueblo Niebla. Iban tomados de la mano. El niño sentía que la mano del viejo era muy calentita.


"La muerte es mentira"- Eduardo Galeano


sábado, 4 de abril de 2015

El silencio también se fisura y al cabo de 33 años escapan al fin las palabras, esas “perras negras que se vengan como pueden”.



















La docente e investigadora cordobesa Alicia Panero debe de haber pasado rascando ese pétreo murallón del silencio durante mucho tiempo y con oriental paciencia. No hay más redituable virtud que la perseverancia. Y si la acompaña la certeza en la palabra, el efecto resulta insuperable. 

Como lo ha sido, sin duda: a raíz de sus recaudos, podemos hoy conocer los nombres y las vivencias de muchas mujeres que también padecieron los horrores de la Guerra de  Malvinas, y a las que, burdamente, la Dictadura amenazó quién sabe con cuántas estrategias (porque había que mantener en alto la moral de las Fuerzas y del Pueblo a toda costa, ¿no es cierto?).

¿Sabían ustedes que, entre ese personal femenino, fueron enviadas menores de 15 y 16 años, como voluntarias? 

De estas y otras miserias patriarcales, pero también de esos actos de tibieza humana propios del género, pueden enterarse l@s lectores ingresando a bubok.com.ar, donde podrán bajar un ejemplar de la obra en forma gratuita.

A Alicia Panero, el abrazo emocionado de quienes creemos en la fuerza imbatible de la imperfecta Palabra.



viernes, 3 de abril de 2015

En la ucronía que mi impotencia construye con exagerada paciencia, Dante reescribe la Divina Comedia y genera un décimo círculo en el Infierno: recinto exclusivo para los dictadores del siglo XX en América Latina.


Soldados argentinos en Malvinas: 1976


Enfermeras que prestaban servicio en la Fuerza Aérea.
La dictadura prohibió la difusión de su participación en la Guerra.
De: Infobae.com

Este poema se encontró en la chaqueta del soldado Marcelo Daniel Massad, fallecido en Malvinas:

 Escucha Dios:
Yo nunca hablé contigo, Hoy quiero saludarte: ¿Cómo estás?
¿Tú sabes? Me decían que no existes, y yo, tonto, creí que era verdad.
Anoche vi tu cielo. Me encontraba oculto en un hoyo de granada...
¡Quién iría a creer que para verte bastara con tenderse uno de espaldas!
No sé si aún querrás darme la mano; al menos, creo que me entiendes.
Es raro que no te haya encontrado antes, Si no en un infierno como éste.
Pues bien... Yo todo lo he dicho. Aunque la ofensiva nos espera para muy pronto,
Dios no tengo miedo desde que descubrí que estabas cerca.
La señal! Bien Dios, ya debo irme. Olvidaba decirte... que te quiero.
El choque será horrible... en esta noche ¡Quién sabe! tal vez llame a tu cielo.
Comprendo que no he sido amigo tuyo. Pero ¿me esperarás si hasta ti llego?
¡Cómo! ¡Mira Dios: estoy llorando! tarde te descubrí ¡Cuánto lo siento!
(Qué raro: sin temor voy a la muerte...) Dispensa, debo irme ¡Buena Suerte!


De: http://www.taringa.net





“Desde esta cárcel podría verse el mar —yo ya no pienso en el mar—.” - José Hierro

3 de abril de 1922- España
Cinco años permaneció en prisión
al finalizar la Guerra Civil
por haber pertenecido a un grupo solidario
con los presos políticos, entre ellos su padre.

Canción de cuna para dormir a un preso


La gaviota sobre el pinar.
(La mar resuena.)
Se acerca el sueño. Dormirás,
soñarás, aunque no lo quieras.
La gaviota sobre el pinar
goteado todo de estrellas.

      Duerme. Ya tienes en tus manos
el azul de la noche inmensa.
No hay más que sombra. Arriba, luna.
Peter Pan por las alamedas.
Sobre ciervos de lomo verde
la niña ciega.
Ya tú eres hombre, ya te duermes,
mi amigo, ea...

     Duerme, mi amigo. Vuela un cuervo
sobre la luna, y la degüella.
La mar está cerca de ti,
muerde tus piernas.
No es verdad que tú seas hombre;
eres un niño que no sueña.
No es verdad que tú hayas sufrido:
son cuentos tristes que te cuentan.
Duerme. La sombra toda es tuya,
mi amigo, ea...

     Eres un niño que está serio.
Perdió la risa y no la encuentra.
Será que habrá caído al mar,
la habrá comido una ballena.
Duerme, mi amigo, que te acunen
campanillas y panderetas,
flautas de caña de son vago
amanecidas en la niebla.

     No es verdad que te pese el alma.
El alma es aire y humo y seda.
La noche es vasta. Tiene espacios
para volar por donde quieras,
para llegar al alba y ver
las aguas frías que despiertan,
las rocas grises, como el casco
que tú llevabas a la guerra.
La noche es amplia, duerme, amigo,
mi amigo, ea...

     La noche es bella, está desnuda,
no tiene límites ni rejas.
No es verdad que tú hayas sufrido,
son cuentos tristes que te cuentan.
Tú eres un niño que está triste,
eres un niño que no sueña.
Y la gaviota está esperando
para venir cuando te duermas.
Duerme, ya tienes en tus manos
el azul de la noche inmensa.
Duerme, mi amigo...
                                            Ya se duerme
mi amigo, ea...

De "Tierra sin nosotr0s" 1947

Cárcel de Torrijos, adonde estuvo confinado el poeta.


Para un esteta


Tú que hueles la flor de la bella palabra    
acaso no comprendas las mías sin aroma.
Tú que buscas el agua transparente
no has de beber mis aguas rojas.

Tú que sigues el vuelo de la belleza, acaso
nunca jamás pensaste cómo la muerte ronda
ni cómo vida y muerte  -agua y fuego-  hermanadas
van socavando nuestra roca.

Perfección de la vida que nos talla y dispone
para la perfección de la muerte remota.
Y lo demás, palabras, palabras, y palabras,
¡ay, palabras maravillosas!

Tú que bebes el vino en la copa de plata
no sabes el camino de la fuente que brota
en la piedra. No sacias tu sed en agua pura
con tus dos manos como copa.

Lo has olvidado todo porque lo sabes todo.
Te crees dueño, no hermano menor de cuanto nombras.
Y olvidas las raíces ( «Mi Obra», dices ), olvidas
que vida y muerte son tu obra.

No has venido a la tierra a poner diques y orden
en el maravilloso desorden de las cosas.
Has venido a nombrarlas, a comulgar con ellas
sin alzar vallas a su gloria.

Nada te pertenece. Todo es afluente, arroyo.
Sus aguas en tu cauce temporal desembocan.
Y hechos un solo río os vertéis en el mar
«que es el morir», dicen las coplas.

No has venido a poner orden, dique. Has venido
a hacer moler la muela con tu agua transitoria.
Tu fin no está en ti mismo ( «Mi Obra», dices ), olvidas
que vida y muerte son tu obra.

Y que el cantar que hoy cantas será apagado un día
por la música de otras olas.

De "Quinta del 42" 1952



jueves, 2 de abril de 2015

“Y yo tengo esta debilidad: la de creer que el idioma de nuestras calles, el idioma que conversamos usted y yo en el café, en la oficina, en nuestro trato íntimo, es el verdadero”. - Roberto Arlt

2 de abril de 1900 - Argentina
Cronista, narrador, dramaturgo,
a fuerza de talento y sensibilidad.

¿Quiénes son estos que le hablan a uno, que le escriben a uno, que durante un momento abandonan, desde cualquier ángulo de la ciudad y la distancia “su no existencia”, y con algunas hojas de papel, con algunas líneas, le hacen sentir el misterio de la vida, lo ignoto de la distancia?

¿Con quién habla uno? He aquí el problema. Si a uno no le escribieran nunca, quizá existiera esta preocupación: “No le intereso a la gente”. Pero, estos hombres y mujeres siempre novados; estas cartas, que siempre se le acercan en su casi totalidad a vocearle su simpatía, lo inquietan a uno. Se experimenta el desconcierto de que numerosos ojos le están mirando, porque siempre que uno ha escrito una carta, y sabe que debe haber llegado, piensa lo siguiente:

“¿Qué habrá dicho de lo que le escribí?”

Efectivamente, uno no sabe qué decir. Un lector me dice: “Le envío la presente por simpatizar con su manera de ser hacia el prójimo”. Otro, me pide que me dirija al elemento obrero con mis notas. Otra, hace una parodia de la carta que me fue escrita por el “adolescente que estudiaba lógica”, agregando: “dígale al dibujante que reproduzca el diseño que ilustraba esa nota, agregando a las víboras y a los sapos, un puñado de rosas”.

De pronto, tengo una sensación agradable. Pienso que todos estos lectores se parecen por la identidad del impulso; pienso que el trabajo li­terario no es inútil, pienso que uno se equivoca cuando sólo ve maldad en sus semejantes, y que la tierra está llena de lindas almas que sólo de­sean mostrarse.

Cada hombre y cada mujer encierra un problema, una realidad espiritual que está circunscripta al círculo de sus conocimientos, y a veces ni a eso.

Hasta se me ocurre que podría existir un diario escrito únicamente por lectores; un diario donde cada hombre y cada mujer, pudiera expo­ner sus alegrías, sus desdichas, sus esperanzas.

Otras veces, me pregunto:

“¿Cuándo aparecerá, en este país, el escritor que sea para los que leen una especie de centro de relación común?

En Europa existen estos hombres. Un Barbuse, un Frank, provocan este maravilloso y terrible fenómeno de simpatía humana. Hacen que seres, hombres y mujeres, que viven bajo distintos climas, se comprendan en la distancia, porque en el escritor se reconocen iguales; iguales en sus impulsos, en sus esperanzas, en sus ideales. Y hasta se llega a esta conclusión: un escritor que sea así, no tiene nada que ver con la literatura. Está fuera de la literatura. Pero, en cambio, está con los hombres, y eso es lo necesario; estar en alma con todos, junto a todos. Y entonces se tendrá la gran alegría: saber que no se está solo.

En verdad, quedan muchas cosas hermosas, todavía, sobre la tierra.

De: Sobre la simpatía humana

En: http://biblioteca.derechoaleer.info/biblioteca/roberto-arlt/aguafuertes-porteñas




miércoles, 1 de abril de 2015

“Para aquellos hombres de corazón duro que poseen la tierra del exiliado”.- Izzidin Al-Manasra
















Hasta hace algunos años -no más de seis o siete-, exhaustivos análisis científicos habían calculado que el alcance de la memoria colectiva era de una década. Deberían ser revisados estos datos. Sólo un medio de comunicación difundió que hoy 30 se conmemora "el Día de la tierra Palestina", en homenaje a los seis civiles árabe-palestinos aniquilados por la Policía (además de los heridos y detenidos) que en 1976 se manifestaban en contra de la confiscación de dos mil hectáreas en el norte de Israel. 

En realidad,  vamos perdiendo perspectiva en forma alucinante: miles han sido aniquilados pero hay un interés severo y metódico en ocupar y colonizar nuestra memoria de meros objetos materiales, todos sustituibles, para que no sea tan obvio el grado de nuestro vacío interior.


  MI CIUDAD ESTÁ TRISTE


El día en que conocimos la muerte y la traición,
se hizo atrás la marea,
las ventanas del cielo se cerraron,
y la ciudad contuvo sus alientos.
El día del repliegue de las olas; el día
en que la pasión abominable se destapara el rostro,
se redujo a cenizas la esperanza,
y mi triste ciudad se asfixió
al tragarse la pena.

Sin ecos y sin rastros,
los niños, las canciones, se perdieron.
Desnuda, con los pies ensangrentados,
la tristeza se arrastra en mi ciudad;
el silencio domina mi ciudad,
un silencio plantado como monte,
oscuro como noche;
un terrible silencio, que transporta
el peso de la muerte y la derrota.

¡Ay, mi triste ciudad enmudecida!
¿Pueden así quemarse los frutos y las mieses,
en tiempo de cosecha?
¡Doloroso final del recorrido! 

Fadwa Tuqan

De: https://detenerelgenocidio.wordpress.com

Fadwa Tuqan
Poeta palestina


domingo, 22 de marzo de 2015

“Mi hijo me pide que le dibuje una patria. El pincel tiembla en mis manos y me sumo en llanto” - Nizar Qabbani

21 de marzo de 1923- Siria
Escritor, abogado y diplomático.




















Me casé contigo, Libertad


Yo tenía un palacio
que albergaba a las mujeres más bellas del mundo:
árabes,
bizantinas,
turcas
y kurdas.
En mi palacio había juguetes fabricados en París
y un ejército de gatos de Damasco.

Era el único hombre de la historia
sin hijos, criados ni descendientes.
Era el príncipe del amor,
un día viajaba por las pupilas verdes
y otro por las pupilas color miel.
Allí estaban el perfume negro, las primeras lluvias
y las flores silvestres,
allí había ojos
que nadaban como gaviotas por mi circulación sanguínea,
allí había labios devoradores cual conchas marinas,
allí había un pez vivo bajo la axila
y acullá olor a mar,
allí había unos pechos que sonaban en torno a mí
como tambores africanos.

Yo era el santo de las palabras,
el sheij de las vías místicas,
lavaba con música el rostro de las ciudades de piedra,
era el observador, el explorador
y el poseído por el fuego eterno de la poesía.
Como Moisés
sembré en las aguas del Mar Rojo,
fui un Mesías antes de que llegara el cristianismo,
la mano de cada mujer que tocaba
se convertía en un lirio acuático.

Allí había mil mujeres en mi historia,
pero de todas las mujeres del mundo
sólo me casé con la libertad.


Versión de María Luisa Prieto

 En: http://trianarts.com



21 de Marzo: Día Mundial de la Poesía



































SALVAVIDAS


Flotador providencial
levanta-cuerpo
salva-ida...
La vuelta
¿a quién le importa?

Desde la médula espinal
hasta el frío de los rincones
eres verso.

Y te quedas en la hoja...
Tan viva...
Salvavidas.

Te pegas como musgo al corazón sin compás
puro y sonoro preludio
de todos los que se quieren.

En el papel te sostiene la tinta
pero eres
desprendida palabra
caja de Pandora
tesoro libre como el viento...
Salvavidas.


Fabián Mayo




INSPIRACIÓN


Desde el pincel
reptó
el dolor
y se enroscó a un lápiz
que sobre blanco tapiz danza
puras confidencias. 
Como el sediento corre al manantial
apuran las manos
las más oscuras emociones
y el tapiz  se va tiñendo
de tan íntimas palabras...
Otras carnes de mí
esas palabras...


Adriana Riotorto


 ODIAR, AMAR


Como incapacitado me criaste
y te dedico esta canción,
para que en mi enorme cuna me cantes.
Yo supe educarme,
te agradezco,
supe amarte para después odiarte,
te reprocho.
Gracias por quererme tanto y enseñarme a abandonarme.
Construimos mi reino de naipes,
la torre más alta era mi preferida,
la caída en picada siempre asomándose.
No quiero volver a ese manicomio,
ni dejar esta cómoda casa.
Te agradezco mujer, mujer madre,
por ayudarme y encarcelarme.
Te elijo y te volvería a elegir
y no por ser buena madre,
sino por enseñarme a odiarte,
a odiarte para poder finalmente volver a amarte.


Antonio Sofía

           
LA HOJA     


Teme la hoja
tímida de arrebol,
prendida endeble
de una rama gastada.

Sutil su vestimenta,
roída, membranosa,
extraviado
el verdor adolescente.

Tiembla ante el  sideral
abismo existente
entre su frágil vida
y el inhóspito suelo.

Apurado se viene el otoño,
     reclamando su espacio                  
a esta única rebelde,
del roble anciano, aferrada.


Graciela Vargas



POESÍA


Se acuesta conmigo cada noche.
Me susurra al oído sonidos,
me acaricia el pelo con emociones.
Va llenando la caverna de mi imaginación
con sus luces de luciérnagas.
Cada luz va brillando más,
mientras me muerde la lengua.
Me susurra al oído momentos.
Me acaricia la piel con mil palabras.
No me escondo para ella,
dejo que me encuentre y ella me encuentra.
Me busca en sueños,
mientras se deshace para mí con tres aullidos.
Por ella, por mí, por nosotras.
Se arrodilla ante mí para hacerme el amor.
Su amor es el más bello de sus silencios.
Silencios que hablan más que cualquier boca.
Entonces, al final de estas palabras, me despierto,
y la piel me brilla
con la luz de mil luciérnagas.


Alexa Urrestarasú


 INDÓMITA CONDICIÓN
                                                                                                
y abatíme tanto, tanto,
que fui tan alto, tan alto,
que le di a la caza alcance.
JUAN DE LA CRUZ



Eros está
tan solo, a veces, en tu caverna,
que sale a buscarte
a tu otra guarida.
Roza tu soberbia
detrás de las haches, las eles;
olfatea tu miedo
debajo de las efes, las pes.
De tus deformadas vocales
penden gotitas de sudor,
que entonces lame,
y en el lecho felino de la hoja
se recuesta,
se acuesta,
a esperarte en el silencio.
Cuando el aullido de tu voz bate alas de palomas,
se ovilla,
y en el cuenco de su garra
te apresa:
cópula tan deseada, feroz.
Efímera...


Indómita condición
la de elevarnos tanto,
para caer,
cada vez más hondo,
en la soledad
del
yo.


Carbonilla