La frase: "Lo mejor que he escrito se basa en esa aptitud para poder morir
contento" sin embargo sigue siendo difícil de aceptar, aunque tenga un
aspecto atractivo que proviene de su simplicidad. ¿Cuál es esa aptitud? ¿Qué da
a Kafka esa seguridad? ¿Se ha acercado ya lo suficiente a la muerte para saber
cómo se comportará ante ella? El autor parece sugerir que, en los "buenos
pasajes" de sus escritos en que alguien muere, muere de una muerte
injusta, que él mismo se ha puesto en juego en el que muere. ¿Se tratará
entonces de una especie de aproximación a la muerte, realizada so capa de la
escritura? Pero el texto no dice exactamente eso: sin duda lo que indica es una
intimidad entre la muerte desdichada que se produce en la obra y el escritor
que se alegra de ella; el escritor excluye la relación fría, distante, que
permite una descripción objetiva; si conoce el arte de conmover, un narrador
puede contar de una manera emocionante hechos emocionantes a los que es ajeno;
en ese caso, el problema que se presente es el de la retórica y, por supuesto,
del derecho a recurrir a ella. Pero el dominio de que habla Kafka es distinto,
y el cálculo del que se reclama es todavía más profundo. Sí, fuerza es morir en
el que muere, la verdad lo exige, pero hay que ser capaz de satisfacerse con la
muerte, de hallar en la suprema insatisfacción la suprema satisfacción y de
conservar, en el instante de la muerte, la claridad de la mirada que proviene
de ese equilibrio.
Lo que nos choca en esta
reflexión es que parece autorizar la triquiñuela en el arte. ¿Por qué describir
como un hecho injusto lo que él mismo es capaz de acoger contento? ¿Por qué,
contento con ella, nos hace a la muerte terrible? Esto da al texto una ligereza
cruel. El arte tal vez exija jugar con la muerte, tal vez introduzca un juego,
un poco de juego, allí donde ya no hay recurso ni dominio. Mas, ¿qué significa
ese juego? "El arte vuela en torno a la verdad, con la intención decidida
de no quemarse en ella". Aquí, vuela en torno a la muerte, no se quema en
ella, pero hace sensible la quemadura y es lo que quema y lo que conmueve fría
y mentirosamente. Perspectiva esta que bastaría para condenar el arte. Sin
embargo, para ser justos con la observación de Kafka, también es preciso
comprenderla de otro modo. A sus ojos, morir contento no es una actitud buena
en sí, pues, antes que nada, lo que expresa es el descontento por la vida, la
exclusión de la dicha de vivir, esa dicha que hay que desear y amar antes que
nada. "La aptitud para morir contento" significa que la relación con
el mundo normal ya está rota: en cierto modo Kafka ya está muerto, ello se le
da como se le dio el exilio y ese don está ligado al de escribir. Como es
natural, el hecho de hallarse exiliado de las posibilidades normales, por ello
mismo, no da dominio sobre la posibilidad extrema; el hecho de ser privado de
la vida no garantiza la posesión feliz de la muerte, sólo hace a la muerte
contenta de una manera negativa (se está contento de terminar con el
descontento por la vida). De ahí la insuficiencia y el carácter superficial de
la observación. Mas, precisamente, ese mismo año y en dos ocasiones, Kafka
escribe en su Diario: "No me aparto de los hombres para vivir en paz, sino
para poder morir en paz". Esa separación, esa exigencia de soledad le es
impuesta por su trabajo. "Si no me salvo en un trabajo, estoy perdido. ¿Lo
sé tan claramente como es? No me entierro ante los seres porque quiera vivir
apaciblemente, sino porque quiero perecer en paz". Ese trabajo es escribir. Se retira del mundo para escribir y
escribe para morir en paz. Ahora, la muerte, la muerte contenta es el salario
del arte, es la meta y la justificación de la escritura. Escribir para morir en
paz. Sí, pero, ¿cómo escribir? Conocemos la respuesta: sólo se puede escribir
si se es apto para morir contento. La contradicción nos devuelve a la
profundidad de la experiencia.
Del libro DE KAFKA A KAFKA,
Maurice Blanchot (Fondo de Cultura Económica, Buenos Aires-1993)
En: http://www.ddooss.org
27 de setiembre de 1907- Francia Escritor, crítico e intelectual de relevancia en el siglo XX.
giovane, fresco, sotto la luce argentea del cielo.
De: http://www.poesie.reportonline.it/poesie-primavera/poesie-di-primavera-grazia-deledda
Deledda publicó en vida más de
cincuenta novelas y varios centenares de cuentos. Denostada por algunos
críticos como Benedetto Croce (que, como muchos, consideraba su obra
excesivamente marcada por los elementos étnicos de su infancia en Cerdeña),
ensalzada por otros como Attilio Momigliano, la literatura de Deledda tuvo
siempre una excelente conexión con el público que, incluso fuera de las fronteras
italianas, reclamaba sus nuevas obras, todas orquestadas en torno a tres
grandes temas: el amor, la muerte y el destino trágico e implacable, amparadas
por el que es su gran leit motiv: Cerdeña y todo el acervo de la cultura sarda.
Muchos críticos reprochaban a la autora que, en una época marcada por el rigor
formal, tuviera un estilo no precisamente pulido y sí en ocasiones algo tosco.
También se le criticó su difícil encasillamiento en ningún movimiento literario
concreto (y a pesar de que inicialmente se la vinculó al verismo, y más
adelante con el decadentismo), pero para algunos críticos ese era un dato a
favor de Deledda. La originalidad y complicada clasificación de su literatura,
que merecía un lugar propio al margen de escuelas e ismos, la convertía en un
fenómeno literario individual y ajeno a corrientes y modas. La prodigiosa
capacidad de la autora para describir los paisajes naturales y establecer una
simbiosis entre la naturaleza y el hombre, y su habilidad para reflejar la
cultura de su tierra y el folklore sardos, son suficientes para reservarle un
lugar de honor dentro de las letras italianas y en la literatura universal. En
las palabras que justificaban la concesión del premio Nobel a Grazia Deledda,
el profesor Schuch, de la Academia Sueca, aseguró que la autora merecía el
galardón “por su potencia de escritora, sostenida por una alto ideal, que
retrata en forma plástica la vida tal cual es en su apartada isla natal y que
trata con profundidad y calor los problemas de interés general humano”.
26 de setiembre de 1888- Reino Unido Escritor y crítico literario
Los hombres huecos
I
Somos los hombres huecos
Los hombres rellenos de aserrín
Que se apoyan unos contra otros
Con cabezas embutidas de paja. ¡Sea!
Ásperas nuestras voces, cuando
Susurramos juntos
Quedas, sin sentido
Como viento sobre hierba seca
O el trotar de ratas sobre vidrios rotos
En los sótanos secos
Contornos sin forma, sombras sin color,
Paralizada fuerza, ademán inmóvil;
Aquellos que han cruzado
Con los ojos fijos, al otro Reino de la muerte
Nos recuerdan -si acaso-
No como almas perdidas y violentas
Sino, tan sólo, como hombres huecos,
Hombres rellenos de aserrín.
1925
De: amediavoz.com
CÓMO LLAMAR A UN GATO
Ponerle nombre a un gato es harto complicado,
desde luego no es un juego para los muy simplones.
Pueden pensar ustedes que estoy algo chiflado
cuando digo que al menos ha de tener tres nombres.
Lo primero es el nombre que le damos a diario;
como Pedro,
Alonso, Augusto o Don Bigote;
Como Víctor
o Jorge o el simpático Paco.
Todos ellos son nombres bastante razonables.
Los hay más bonitos y que suenan mejor
para las damas y los caballeros,
como Admetus, Electra, Démeter, o Platón,
pero todos son nombres demasiado discretos.
Y un gato ha de tener uno más especial,
que sea peculiar, algo más digno.
¿Cómo, si no, va a alzar su rabo vertical
o atusar sus bigotes y mantenerse altivo?
De nombres de este tipo os puedo dar un quórum
como son Mankostrop, Quoricopat o Qaxo,
también Bamboliurina o, si no, Yellylorum,
son nombres que jamás compartirán dos gatos.
Pero a pesar de todo, nos queda un nombre más,
y ése es el que tú nunca podrás adivinar,
el nombre que los hombres jamás encontrarán.
Que SÓLO EL GATO LO SABE y no confesará.
Si un gato ves en meditación,
el motivo nunca te asombre.
Su mente está en contemplación
de la Idea Una de su nombre.
Su inefable, efable,
efainefable,
único, oscuro, inescrutable Nombre.
T.S. Eliot, “The Naming of Cats” (traducción de R. Ortiz,
en: El libro de los gatos habilidosos del Viejo Possum, Valencia: Pre-Textos,
2001; original 1939).
25 de setiembre de 1897- Estados Unidos Escritor y periodista.
Todos los que vivimos en esta región del Sur, hemos
aprendido desde nuestro nacimiento unas pocas cosas que valoramos sobre todas
las demás. Una de las primeras -no por ser la mejor, sino por estar en primer
término- enseña que solamente a costa de la vida se puede pagar la vida que se
ha quitado a alguien, que una muerte sin pago de otra muerte es algo
incompleto. Admitiéndolo así, podríamos haber salvado la vida de este acusado
impidiéndole que saliese de su casa aquella noche; podríamos haber salvado una
de esas dos existencias, aun cuando para ello hubiésemos debido quitarle la
vida al acusado. Pero no lo supimos a tiempo. Por eso me toca hablarles ahora:
no de la víctima, de su carácter o la moralidad del acto que cometió; no de la
legítima defensa, estuviese o no justificado el reo en llegar al extremo de
matar; sino de nosotros; nosotros, los que no estamos muertos; seres humanos
que en el fondo deseamos obrar bien, que no deseamos hacer daño al prójimo;
seres humanos con toda la complejidad de pasiones, sentimientos y creencias,
sufrimos el peso de todos estos elementos en la aceptación o el rechazo de
aquello en lo cual no hemos tenido realmente libertad de elección; y tratamos
de hacer lo mejor que podemos, a favor o a pesar de esos elementos. He aquí,
pues, a este acusado con la misma complejidad de pasiones, instintos y
creencias, frente a un problema: el de la inevitable desgracia de su hija que,
con la obstinada inconsciencia de la juventud y revelando una vez más esa
complejidad atávica -que por su parte no tuvo culpa de heredar-, fue incapaz de
velar por su propia preservación. Este hombre resolvió el problema según su
capacidad y sus creencias sin pedir ayuda a nadie; y por último aceptó las
consecuencias de su determinación y de sus actos.
ese espantoso grito que puede oír cualquiera todavía,
una llamada dulce es para mí.
¡Apagad las luces! que no se caiga el rocío
que tiembla en la punta misma de las pestañas;
sin hacer ruido, silenciosamente, sin patetismos,
digo: cuál, cuál era la claridad
de aquella noche en que todo oscureció,
en que todos como sombras
en su tronco se encogieron.
Sé bien, sé muy bien que entonces hubiera sido mejor
oír el estruendo.
Versión de Clara Janés
El tímido susurro de la boca besada...
El tímido susurro de la boca besada
que sonríe: Por un sí,
que hace tiempo no escucho.
Ni tampoco me toca.
Sin embargo quisiera encontrar aún palabras
que estén amasadas
de miga de pan,
o de olor de tilos.
Pero el pan se ha puesto mohoso
y el perfume amargo.
Y en torno a mí se arrastran palabras de puntillas
y me ahogan,
cuando quiero asirlas.
Matarlas no puedo,
y a mí me matan.
¡Y retumban las puertas a golpes de maldiciones!
Si pudiera obligarlas a bailar para mí
se quedarían mudas.
Y aún cojearían.
Sin embargo sé muy bien
que el poeta está obligado siempre a decir más
que lo que esconde el rumor de las palabras.
Yeso es la poesía.
De lo contrario con la palanca del verso no podría
hacer saltar el capullo de los melosos goznes
y obligar al escalofrío
a que nos recorra la espalda
mientras desnuda la verdad.
Versión de Clara Janés
De: amediavoz.com
SER POETA
La vida ya hace tiempo me enseñó
que la música y la poesía
son en este mundo lo más hermoso
que puede darnos,
excepto el amor.
En una antigua crestomatía,
publicada aún en tiempos del viejo Imperio austrohúngaro,
en el año en que murió Vrchlický
busqué el tratado que hablara
de poética y de los adornos poéticos.
Luego puse una rosa en un vasito,
encendí una vela
y empecé a escribir mis primeros poemas.
Inflámate, llama de las palabras, y arde,
aunque acaso me quemes los dedos.
Una metáfora sorprendente
es más que un anillo de oro en la mano.
Pero ni siquiera la metodología de Puchmajer
me sirvió de nada.
En vano recogía las ideas
y con fuerza cerré los ojos
para poder oír el misterioso primer verso.
En la oscuridad, lugar de las palabras,
entreví una sonrisa de mujer
y en el viento cabellos ondeantes.
Era mi propio destino
tras el que corrí, tropezando a veces,
sin respirar,
toda mi vida.
Traducción de Clara Janés.
De: http://www.depoesia.com
23 de setiembre de 1901- Praga Poeta y periodista
FRAGMENTOS DE UNA
ENTREVISTA
-¿Cuál fue el origen
del Seifert que hoy se conoce?
Seifert: Fue, más que
nada, mi encuentro con el poeta checo S. K. Neumann lo que influyó enormemente
en la evolución de mis poemas tempranos.
-¿Hay algunos otros
poetas, checos o no, que usted lea con predilección?
Seifert: Leyendo la
poesía checa es cuando más disfruto, sea Mácha, Vrchlicky, Holan, Nezval u
otros. ¿La poesía de fuera? Sí, he leído mucho, pero no la siento de la misma
forma que la nuestra. En una época me gustó mucho Apollinaire, y Verlaine,
claro.
- ¿En cuanto a la
prosa?
Seifert: Sí, leo de
cuando en cuando, pero menos que poesía. Lo que más me ha llamado la atención
últimamente es El Gato- pardo, de Tomaso de Lampedusa. íQué libro tan
prodigioso! Y la versión cinematográfica de Visconti también está muy bien
hecha, es uno de los pocos casos en que una película hecha a partir de una obra
literaria está al nivel del original.
- En sus poemas habla
con admiración de Bach, de Mozart… ¿Qué papel tiene la música en su vida?
Seifert: No puedo
imaginar mi vida sin música. En un concierto la escucho con pasión, totalmente
cautivado. Adoro a Mozart. Ya sé que esto no es muy original, pero es así. Y
claro, quiero muchísimo a nuestros músicos. A través de Smetana, y sobre todo
de su ópera La novia vendida, he aprendido a amar a mi país, a mi pueblo y a su
arte. Hubo una época en que iba a ver esta ópera en secreto, porque mis
compañeros no aceptaban otra música que la vanguardista y se hubieran enojado.
Desde pequeño me fascinan los oratorios de Dvorak, especialmente Santa Ludmila
y el Stabat Mater. Me conmueven las arias cantadas por Enrico Caruso. También
escucho a los modernos: Bartok, Honegger, Hindemith, Suk y Martinu. Pero a
quien adoro es a Mozart.
—Quizás no existe y quizás es
parte abarcable del poema. Ese silencio que pugna por encontrarse en cada uno
de nosotros. Ese silencio que implica presencia, sustancia, volumen. Ese
silencio que es la forma suprema de la poesía. El sentido que tiene la poesía
es dar voz al sentido oculto, a veces aplastado, en el fondo del corazón de
todos los hombres. Pero cada silencio y cada palabra son irremplazables, como
decía Elytis, el poeta griego: el poeta es el “salvador de las palabras”; cada vez
que las utiliza, es como si las creara: las está recreando.
—¿Puede darse una definición de
la poesía?
—Aunque no haya definiciones de
la poesía, a mí me seducen, por ejemplo, las palabras de Heidegger cuando dice
que es la fundación del ser por medio de la palabra. Fundación del ser por esa
simbiosis extraña que se da en la poesía entre palabra y silencio. Claudel lo
dijo bellamente: "Mi poesía no consiste en estas letras puestas como
clavos sobre el papel, sino en el blanco que las rodea". Lo dicho y lo
no-dicho, fundiéndose en una sola unidad: eso es poesía.
—El lenguaje, la palabra,
instrumentos del poeta...
—Claro, pero ¿cómo hacer para
transformar los signos en palabras y las palabras en visiones? ¿Cómo hacer para
celebrar lo que se nos ofrece y, al mismo tiempo, celebrar aquello que se nos
escapa, cómo hacer para convertir el lenguaje en refugio?
—Ser escritor, ser poeta, ¿es un
oficio al que debe concurrir cierta disposición especial?
—Al mismo tiempo, indudablemente,
hay una exigencia de cultivo, de trabajo. Paul Valéry tenía como clave para su
propia vida un ostinato rigori, es decir, un rigor que no cesa. Expresarse es
un arte y requiere un permanente, ininterrumpido aprendizaje, experiencia de la
realidad, cultivo del lenguaje y una finísima captación del hombre y del mundo:
es como nacer otra vez. La poesía es el elemento para despertar al hombre...
Claro, primeramente debiéramos saber si nos interesa la palabra del hombre, y
el hombre no es hombre sin su palabra y su silencio.
FRAGMENTOS DE UNA CONVERSACIÓN
ENTRE Martha Vargas y ROBERTO JUARROZ
21 de setiembre de 1908- Méjico Sieteoficios, escritor. editor, académico, ajedrecista.
La canción de Peronelle
Desde su claro huerto de
manzanos, Peronelle de Armentières dirigió al maestro Guillermo su primer
rondel amoroso. Puso los versos en una cesta de frutas olorosas, y el mensaje
cayó como un sol de primavera en la vida oscurecida del poeta.
Guillermo de Machaut había
cumplido ya los sesenta años. Su cuerpo resentido de dolencias empezaba a
inclinarse hacia la tierra. Uno de sus ojos se había apagado para siempre. Sólo
de vez en cuando, al oír sus antiguos versos en boca de los jóvenes enamorados,
se reanimaba su corazón. Pero al leer la canción de Peronelle volvió a ser
joven, tomó su rabel, y aquella noche no hubo en la ciudad más gallardo cantor
de serenatas.
Mordió la carne dura y fragante
de las manzanas y pensó en la juventud de aquella que se las enviaba. Y su
vejez retrocedió como sombra perseguida por un rayo de luz. Contestó con una
carta extensa y ardiente, intercalada de poemas juveniles.
Peronelle recibió la respuesta y
su corazón latió apresuradamente. Sólo pensó en aparecer una mañana, con traje
de fiesta, ante los ojos del poeta que celebraba su belleza desconocida.
Pero tuvo que esperar hasta el
otoño la feria de San Dionisio. Acompañada de una sirviente fiel, sus padres
consintieron en dejarla ir en peregrinación hasta el santuario. Las cartas iban
y venían, cada vez más inflamadas, colmando la espera.
En la primera garita del camino,
el maestro aguardó a Peronelle, avergonzado de sus años y de su ojo sin luz.
Con el corazón apretado de angustia, escribía versos y notas musicales para
saludar su llegada.
Peronelle se acercó envuelta en
el esplendor de sus dieciocho años, incapaz de ver la fealdad del hombre que la
esperaba ansioso. Y la vieja sirviente no salía de su sorpresa, viendo cómo el
maestro Guillermo y Peronelle pasaban las horas diciendo rondeles y baladas,
oprimiéndose las manos, temblando como dos prometidos en la víspera de sus
bodas.
A pesar del ardor de sus poemas,
el maestro Guillermo supo amar a Peronelle con amor puro de anciano. Y ella vio
pasar indiferente a los jóvenes que la alcanzaban en la ruta. Juntos visitaron
las santas iglesias, y juntos se albergaron en las posadas del camino. La fiel
servidora tendía sus mantas entre los dos lechos, y San Dionisio bendijo la
pureza del idilio cuando los dos enamorados se arrodillaron, con las manos
juntas, al pie de su altar.
Pero ya de vuelta, en una tarde
resplandeciente y a punto de separarse, Peronelle otorgó al poeta su más grande
favor. Con la boca fragante, besó amorosa los labios marchitos del maestro. Y
Guillermo de Machaut llevó sobre su corazón, hasta la muerte, la dorada hoja de
avellano que Peronelle puso de por medio entre su beso.
De: CiudadSeVa.com
(Machaut, Francia, h. 1300-Reims,
id., 1377) Músico y poeta francés. Perteneciente a la Orden de Reims, fue
secretario y consejero del rey de Bohemia Juan de Luxemburgo, hasta que éste
fue asesinado. Pasó entonces al servicio de Bonne de Luxemburgo y al de Carlos
de Navarra, para finalmente entrar al servicio del futuro rey de Francia,
Carlos V. Acabó sus días como canónigo de la catedral del Reims, importante
foco cultural a finales de la Edad Media.
Como protegido de las diversas
familias a las que prestó su servicio, Machault se consolidó como uno de los
representantes más distinguidos del ars nova, término acuñado en el tratado de
Philippe de Vitry, quien menciona las nuevas posibilidades compositivas del
doble tiempo usadas por Machault en sus motetes a tres y cuatro voces, así como
en sus rondós, virelais y baladas.
Su actividad artística se dividió
entre la composición musical y la lírica, llegando a escribir más de 80.000
versos. Aunque su producción poética no alcanza el valor de algunos de sus
coetáneos, tiene el mérito de haber contribuido a la renovación de la lírica en
lengua francesa, además de consolidar la forma que definió algunas
composiciones, musicales y líricas, como el lai, el virelai, la balada, el
rondó y el canto real.
Pero, sin duda alguna, su obra
más importante es la llamada Misa de Notre-Dame, en la cual utilizó todas las
posibilidades que le ofrecía la isorritmia utilizada en sus motetes,
especialmente en las partes del Kyrie, Sanctus, Agnus e Ite missa est,
fundamentada en el ritmo y la medición, posibilitando la introducción del
canon. De este modo sentó las bases para el desarrollo de las grandes misas
polifónicas de los siglos XV y XVI, al mismo tiempo que consolidaba las
diversas partes de la misa, que llegarían hasta compositores como Bach y Mozart.
Herbert George Wells 21 de setiembre de 1866- Reino Unido Uno de los Padres de la ciencia-ficción
Los triunfos de un taxidermista
He aquí algunos de los secretos
de la taxidermia. Me los contó un taxidermista en estado de euforia, entre el
primero y el cuarto whisky, cuando se ha dejado de ser cauteloso y todavía no
se está borracho. Estábamos sentados en su guarida, exactamente en la
biblioteca, que era a la vez sala de estar y comedor. Una cortina de cuentas la
separaba, por lo que al sentido de la vista se refiere, del maloliente rincón
donde ejercía su oficio.
Estaba sentado en una hamaca y,
con los pies, en los que llevaba puestas, a modo de sandalias, las reliquias
sagradas de un par de zapatillas, daba golpecitos a los carbones que no ardían
bien o los quitaba de en medio poniéndolos sobre la chimenea, entre la cristalería.
Los pantalones, dicho sea de pasada pues no tienen nada que ver con sus
triunfos, eran del más horrible amarillo de tela escocesa, de los que hacían
cuando nuestros padres llevaban patillas y había miriñaques en el país. Además
tenía el pelo negro, la cara rosada y los ojos de un marrón fiero, y su
chaqueta consistía fundamentalmente en grasa sobre una base de pana. La pipa
tenía una cazoleta de porcelana con las Tres Gracias, y llevaba siempre las
gafas torcidas de forma que el ojo izquierdo, pequeño y penetrante, le
fulminaba a uno desde su desnudez, mientras que el derecho aparecía oscuro,
engrandecido y suave a través del cristal.
Se expresaba en los siguientes
términos:
-No hubo jamás un hombre que
disecara como yo, Bellows, jamás. He disecado elefantes, he disecado polillas,
y todo lo que he disecado parecía mejor y más animado que al natural. He
disecado seres humanos, principalmente ornitólogos aficionados, aunque también
disequé una vez a un negro. No, no hay ninguna ley que lo prohíba. Lo hice con
todos los dedos extendidos y lo utilicé como percha para sombreros, pero ese
tonto de Homersby tuvo una pelea con él una noche, ya muy tarde, y lo estropeó.
Fue antes de que nacieras. Es muy difícil conseguir pieles, si no haría otro.
»Desagradable? No lo creo. A mi
entender, la taxidermia es una prometedora tercera alternativa a la inhumación
y a la cremación. La gente podría mantener a su lado a los seres queridos.
Chucherías de ese tipo distribuidas por la casa harían tan buena compañía como
la mayor parte de la gente, y mucho más barata. Se les podría poner mecanismos
para que hicieran cosas. Por supuesto habría que barnizarlos, pero no tendrían
que brillar más de lo que mucha gente brilla por naturaleza. La cabeza calva
del viejo Manningtree... De todos modos, se podría hablar con ellos sin que
interrumpieran. Incluso las tías. La taxidermia tiene un gran futuro por
delante, ya lo verás. Están también los fósiles...»
De repente se quedó en silencio.
-No, creo que no debería contarte
eso -chupó pensativo la pipa-. Gracias, sí. No demasiada agua. Desde luego, se
entiende que lo que te cuente ahora no saldrá de aquí. ¿Sabes que he hecho
algunos dodos y una gran alca? ¡No! Evidentemente no eres más que un aficionado
a la taxidermia. Mi querido amigo, la mitad de las grandes alcas que hay en el
mundo son tan auténticas más o menos como el pañuelo de la Verónica, como la
Sagrada Túnica de Tréveris. Los hacemos con plumas de somormujo y cosas así. ¡Y
también los huevos de la gran alca!
-¡Santo cielo!
-Sí, los hacemos de porcelana
fina. Te aseguro que merece la pena. Llegan a valer... uno llegó a trescientas
libras justo el otro día. Ése era realmente auténtico, según creo, pero desde
luego nunca se está seguro. Es un trabajo muy fino, y posteriormente hay que
envejecerlos porque ningún poseedor de estos preciosos huevos comete jamás la
temeridad de limpiarlos. Eso es lo bonito del negocio. Incluso cuando sospechan
de un huevo no les gusta examinarlo demasiado detenidamente. En el mejor de los
casos es un capital tan frágil...
»No sabías que la taxidermia
alcanzara semejantes cimas. Pues, amigo mío, las ha alcanzado mayores. Yo he
rivalizado con las manos de la mismísima Naturaleza. Una de las grandes alcas
auténticas -su voz se convirtió en un susurro-... una de las auténticas, la
hice yo.
»No. Tienes que estudiar
ornitología y descubrirlo por ti mismo. Es más, una agrupación de comerciantes
me ha planteado poblar con especímenes uno de los inexplorados islotes rocosos
al norte de Islandia. Quizá lo haga... algún día. Pero en estos momentos tengo
otra cosita entre manos. ¿Has oído hablar del Diornis?
»Es uno de esos grandes pájaros
que se han extinguido recientemente en Nueva Zelanda. Comúnmente se les llama
moa, justo porque están extinguidos: no hay ningún moa vivo. ¿Comprendes?
Bueno, se conservan huesos, y en algunas marismas han aparecido incluso plumas
y fragmentos secos de la piel. Pues bien, yo voy a... bueno, no hay por qué
ocultarlo, voy a falsificar un moa disecado completo. Conozco a un tipo por ahí
que pretenderá haberlo encontrado en una especie de ciénaga antiséptica y dirá
que lo disecó inmediatamente porque amenazaba con hacerse pedazos. Las plumas
son muy peculiares, pero he logrado un método sencillamente maravilloso de
trucar trozos chamuscados de pluma de avestruz. Sí, ése es el nuevo olor que
has notado. Sólo pueden descubrir el fraude con un microscopio y difícilmente
se molestarán en hacer pedazos un bonito espécimen para eso.
»De esta manera, como ves, aporto
mi empujoncito al avance de la ciencia. Pero todo esto es pura imitación de la
Naturaleza. En mi carrera profesional he hecho más que eso. La he... vencido.»
Quitó los pies de la chimenea y
se inclinó confidencialmente hacia mí.
-He creado pájaros -dijo en voz
baja-. Pájaros nuevos. Mejoras. Pájaros jamás vistos.
En medio de un silencio
impresionante recobró su postura.
-Enriquecer el universo,
realmente. Algunos de los pájaros que hice eran clases nuevas de colibríes, y
eran animalitos muy bonitos, aunque alguno era simplemente raro. El más raro
creo que fue el Anomalopteryx Jejuna. Del latín jejunus-a-um, vacío, se llamaba
así porque realmente no tenía nada, era un pájaro totalmente vacío, salvo el
disecado. El viejo Javvers es el que lo tiene ahora, y supongo que está casi
tan orgulloso de él como yo mismo. Es una obra maestra, Bellows. Tiene toda la
estúpida torpeza de tu pelícano, toda la solemne falta de dignidad de tu loro,
toda la desgarbada delgadez de un flamenco con todo el extravagante conflicto
cromático de un pato mandarín. ¡Qué pájaro! Lo hice con los esqueletos de una
cigüeña y un tucán, y un montón de plumas. Para un verdadero maestro en el
arte, querido Bellows, esa clase de taxidermia es puro gozo.
»¿Que cómo se me ocurrió? De manera
bastante sencilla, como ocurre con todos los grandes inventos. Uno de esos
jóvenes genios que nos escriben Notas Científicas en los periódicos se hizo con
un folleto alemán sobre los pájaros de Nueva Zelanda, y tradujo parte de él a
base de diccionario y de sentido común -con lo poco común que es este sentido-,
y se hizo un lío con el Apteryx vivo y el Anomalopteryx extinto. Hablaba de un
pájaro de cinco pies de altura que vivía en las selvas de la Isla del Norte,
raro y asustadizo, cuyos ejemplares eran difíciles de obtener, y cosas así.
Javvers, que incluso como coleccionista es una persona terriblemente ignorante,
leyó esos párrafos y juró que conseguiría el ejemplar a cualquier precio. Acosó
a los comerciantes con pesquisas. Eso muestra lo que puede hacer un hombre
persistente, el poder de la voluntad. Ahí estaba un coleccionista de pájaros
jurando que conseguiría un espécimen de un pájaro que no existía, que nunca
había existido, y que a causa de la mismísima vergüenza de su propia y blasfema
inelegancia probablemente no existiría en estos momentos de haber podido
impedirlo. Y lo consiguió. Lo consiguió.
»-¿Un poco más de whisky,
Bellows?» -preguntó el taxidermista despertándose de una pasajera contemplación
de los misterios del poder de la voluntad y de las mentes de los
coleccionistas. Y una vez llenados de nuevo los vasos, procedió a contarme cómo
había montado la más atractiva de las sirenas, y cómo un predicador ambulante
que no podía atraer a la audiencia por culpa suya la hizo pedazos en Burslem
Wakes diciendo que aquello era idolatría o algo peor. Pero como la conversación
de todas las partes implicadas en esta transacción, el creador, el presunto
conservador y el destructor no es uniformemente adecuada para la publicación,
este jocoso incidente debe permanecer sin imprimir.
El lector no familiarizado con
los tortuosos procedimientos de los coleccionistas puede que se incline a dudar
de mi taxidermista, pero por lo que respecta a los huevos de la gran alca y los
falsos pájaros disecados me he encontrado con que tiene la confirmación de
distinguidos escritores de ornitología. Y la nota sobre el pájaro de Nueva
Zelanda ciertamente apareció en un periódico matinal de inmaculada reputación,
pues el taxidermista tiene un ejemplar que me ha enseñado.