sábado, 7 de septiembre de 2013

“Frecuentar su poesía es enfrentarse con una voz que lo cuestiona todo”- Roberto Bolaño

Enrique Lihn
3 de setiembre de 1929 -  Santiago de Chile

Si se ha de escribir correctamente poesía...


Si se ha de escribir correctamente poesía
no basta con sentirse desfallecer en el jardín
bajo el peso concertado del alma o lo que fuere
y del célebre crepúsculo o lo que fuere.
El corazón es pobre de vocabulario.
Su laberinto: un juego para atrasados mentales
en que da risa verlo moverse como un buey
un lector integral de novelas por entrega.
Desde el momento en que coge el violín
ni siquiera el Vals triste de Sibelius
permanece en la sala que se llena de tango.

Salvo las honrosas excepciones las poetisas uruguayas
todavía confunden la poesía con el baile
en una mórbida quinta de recreo,
o la confunden con el sexo o la confunden con la muerte.

Si se ha de escribir correctamente poesía
en cualquier caso hay que tomarlo con calma.
Lo primero de todo: sentarse y madurar.
El odio prematuro a la literatura
puede ser de utilidad para no pasar en el ejército
por maricón, pero el mismo Rimbaud
que probó que la odiaba fue un ratón de biblioteca,
y esa náusea gloriosa le vino de roerla.

Se juega al ajedrez
con las palabras hasta para aullar.
Equilibrio inestable de la tinta y la sangre
que debes mantener de un verso a otro
so pena de romperte los papeles del alma.
Muerte, locura y sueño son otras tantas piezas
de marfil y de cuerno o lo que fuere;
lo importante es moverlas en el jardín a cuadros
de manera que el peón que baila con la reina
no le perdone el menor paso en falso.

Quienes insisten en llamar a las cosas por sus nombres
como si fueran claras y sencillas
las llenan simplemente de nuevos ornamentos.
No las expresan, giran en torno al diccionario,
inutilizan más y más el lenguaje,
las llaman por sus nombres y ellas responden por sus
nombres
pero se nos desnudan en los parajes oscuros.
Discursos, oraciones, juegos de sobremesa,
todas estas cositas por las que vamos tirando.

Si se ha de escribir correctamente poesía
no estaría de más bajar un poco el tono
sin adoptar por ello un silencio monolítico
ni decidirse por la murmuración.
Es un pez o algo así lo que esperamos pescar,
algo de vida, rápido, que se confunde con la sombra
y no la sombra misma ni el Leviatán entero.
Es algo que merezca recordarse
por alguna razón parecida a la nada
pero que no es la nada ni el Leviatán entero,
ni exactamente un zapato ni una dentadura postiza.




Destiempo


Nuestro entusiasmo alentaba a estos días que corren
entre la multitud de la igualdad de los días.
Nuestra debilidad cifraba en ellos
nuestra última esperanza.
Pensábamos y el tiempo que no tendría precio
se nos iba pasando pobremente
y estos son, pues, los años venideros.

Todo lo íbamos a resolver ahora.
Teníamos la vida por delante.
Lo mejor era no precipitarse.




Poe


Cae la nieve negra de Anaxágoras desde Edgar Allan Poe
sobre el blanco que se extiende ante el ojo
invisible del lápiz
Las palabras arremolinadas por el viento que lleva el segundo de estos nombres
caen sobre el desierto de papel.
Edgar, me hago tu eco
yo también prefiero -en mi perversidad- lo distante y equívoco
a lo obvio y fácil. Al paso de los años
que no me enseñan nada, en cambio, aumenta
-en proporción directa a mi extenuación-
el tamaño de mi cabeza y la movilidad de mi lengua.
Cedo la iniciativa a las palabras en tu honor
y me agrego a tu nombre releyendo a Baudelaire: hojas que caen
de un libro descuadernado, rival de la Naturaleza
L’ART ROMANTIQUE, datado por mí en París en 1965
esa ciudad irreal
Cae (y de lo que se trata es de la palabra caer) sobre la página en blanco
una sombra de palabras: la nieve
negra, un oximorón de Poe, el engreído
diestro en atribuciones, citas y coartadas
como yo




LA PIEZA OSCURA


La mixtura del aire en la pieza oscura, como si el cielorraso hubiera amenazado
una vaga llovizna sangrienta.
De ese licor inhalamos, la nariz sucia, símbolo de inocencia y de precocidad
juntos para reanudar nuestra lucha en secreto, por no sabiamos no ignorábamos qué causa;
juegos de manos y de pies, dos veces villanos, pero igualmente dulces
que una primera pérdida de sangre vengada a dientes y uñas o, para una muchacha
dulces como una primera efusión de su sangre.

Y así empezó a girar la vieja rueda -símbolo de la vida- la rueda que se atasca como si no volara,
entre una y otra generación, en un abrir de ojos brillantes y un cerrar de ojos opacos
con un imperceptible sonido musgoso.
Centrándose en su eje, a imitación de los niños que rodábamos de dos en dos, con las orejas rojas
-símbolos del pudor que saborea su ofensa- rabiosamente tiernos, la rueda dio unas vueltas en falso como en una edad anterior a la invención de la rueda
en el sentido de las manecillas del reloj y en su contrasentido.
Por un momento reinó la confusión en el tiempo. Y yo mordí largamente en el cuello a mi prima Isabel,
en un abrir y cerrar del ojo del que todo lo ve, como en una edad anterior al pecado
pues simulábamos luchar en la creencia de que esto hacíamos; creencia rayana en la fe como el juego en la verdad
y los hechos se aventuraban apenas a desmentirnos
con las orejas rojas.

Dejamos de girar por el suelo, mi primo Angel vencedor de Paulina, mi hermana; yo de Isabel, envueltas ambas
ninfas en un capullo de frazadas que las hacía estornudar -olor a naftalina en la pelusa del fruto-.
Esas eran nuestras armas victoriosas y las suyas vencidas confundiendose unas con otras a modo de nidos como celdas, de celdas como abrazos, de abrazos como grillos en los pies y en las manos.
Dejamos de girar con una rara sensación de vergüenza, sin conseguir formularnos otro reproche
que el de haber postulado a un éxito tan fácil.
La rueda daba ya unas vueltas perfectas, como en la época de su aparición en el mito, como en su edad de madera recién carpintereada
con un ruido de canto de gorriones medievales;
el tiempo volaba en la buena dirección. Se lo podía oír avanzar hacia nosotros
mucho más rápido que el reloj del comedor cuyo tic-tac se enardecía por romper tanto silencio.
El tiempo volaba como para arrollarnos con un ruido de aguas espumosas más rápidas en la proximidad de la rueda del molino, con alas de gorriones -símbolos del salvaje orden libre- con todo él por único objeto desbordante
y la vida -símbolo de la rueda- se adelantaba a pasar tempestuosamente haciendo girar la rueda a velocidad acelerada, como en una molienda de tiempo, tempestuosa.
Yo solté a mi cautiva y caí de rodillas, como si hubiera envejecido de golpe, presa de dulce, de empalagoso pánico
como si hubiera conocido, más allá del amor en la flor de su edad, la crueldad del corazón en el fruto del amor, la corrupción del fruto y luego... el carozo sangriento, afiebrado y seco.

¿Qué será de los niños que fuimos? Alguien se precipitó a encender la luz, más rápido que el pensamiento de las personas mayores.
Se nos buscaba ya en el interior de la casa, en las inmediaciones del molino: la pieza oscura como el claro de un bosque.
Pero siempre hubo tiempo para ganárselo a los sempiternos cazadores de niños. Cuando ellos entraron al comedor, allí estábamos los ángeles sentados a la mesa
ojeando nuestras revistas ilustradas -los hombres a un extremo, las mujeres al otro-
en un orden perfecto, anterior a la sangre.

En el contrasentido de las manecillas del reloj se desatascó la rueda antes de girar y ni siquiera nosotros pudimos encontrarnos a la vuelta del vértigo, cuando entramos en el tiempo
como en aguas mansas, serenamente veloces;
en ellas nos dispersamos para siempre, al igual que los restos de un mismo naufragio.
Pero una parte de mí no ha girado a compás de la rueda, a favor de la corriente.
Nada es bastante real para un fantasma. Soy en parte ese niño que cae de rodillas
dulcemente abrumado de imposibles presagios
y no he cumplido aún toda mi edad
ni llegaré a cumplirla como él
de una sola vez y para siempre.



Kafka


Soy sensible a este abismo, me enternece
de otra manera la lectura de Kafka:
pruebo, con frialdad, el gusto de la muerte
Que nos hace falta algo
junto a lo cual no somos nada
Una cámara oscura
Que proyecta esta ausencia pavorosa
Pruébese lo contrario
con lujo de razones luminosas,
igual el sol parece que cavila
sobre el origen de sus manchas, sí:
en cada cosa hay un fantasma oculto
Nuestro trabajo, ¿no es un exorcismo,
una respuesta al desafío oscuro?



PORQUE ESCRIBÍ

A Cristina y Angélica


Ahora que quizás, en un año de calma,
piense: la poesía me sirvió para esto:
no pude ser feliz, ello me fue negado,
pero escribí.

Escribí: fui la víctima
de la mendicidad y el orgullo mezclados
y ajusticié también a unos pocos lectores;
tendí la mano en puertas que nunca, nunca he visto;
una muchacha cayó, en otro mundo, a mis pies.

Pero escribí: tuve esta rara certeza,
la ilusión de tener el mundo entre las manos
—¡qué ilusión más perfecta! como un cristo barroco
con toda su crueldad innecesaria—
Escribí, mi escritura fue como la maleza
de flores ácimas pero flores en fin,
el pan de cada día de las tierras eriazas:
una caparazón de espinas y raíces

De la vida tomé todas estas palabras
como un niño oropel, guijarros junto al río:
las cosas de una magia, perfectamente inútiles
pero que siempre vuelven a renovar su encanto.

La especie de locura con que vuela un anciano
detrás de las palomas imitándolas
me fue dada en lugar de servir para algo.
Me condené escribiendo a que todos dudarán
de mi existencia real,
(días de mi escritura, solar del extranjero).
Todos los que sirvieron y los que fueron servidos
digo que pasarán porque escribí
y hacerlo significa trabajar con la muerte
codo a codo, robarle unos cuantos secretos.
En su origen el río es una veta de agua
—allí, por un momento, siquiera, en esa altura—
luego, al final, un mar que nadie ve
de los que están braceándose la vida.
Porque escribí fui un odio vergonzante,
pero el mar forma parte de mi escritura misma:
línea de la rompiente en que un verso se espuma
yo puedo reiterar la poesía.

Estuve enfermo, sin lugar a dudas
y no sólo de insomnio,
también de ideas fijas que me hicieron leer
con obscena atención a unos cuantos psicólogos,
pero escribí y el crimen fue menor,
lo pagué verso a verso hasta escribirlo,
porque de la palabra que se ajusta al abismo
surge un poco de oscura inteligencia
y a esa luz muchos monstruos no son ajusticiados.

Porque escribí no estuve en casa del verdugo
ni me dejé llevar por el amor a Dios
ni acepté que los hombres fueran dioses
ni me hice desear como escribiente
ni la pobreza me pareció atroz

ni el poder una cosa deseable
ni me lavé ni me ensucié las manos
ni fueron vírgenes mis mejores amigas
ni tuve como amigo a un fariseo
ni a pesar de la cólera
quise desbaratar a mi enemigo.

Pero escribí y me muero por mi cuenta,
porque escribí porque escribí estoy vivo.




Unas palabras de Roberto Bolaño para Enrique Lihn




En mi adolescencia era lugar común hablar de Lihn y de Teillier como de dos opciones enfrentadas. Los muchachos sensibles, los que no querían envejecer (o los que querían envejecer de inmediato), preferían a Teillier. Los que estaban dispuestos a discutir la cuestión preferían a Lihn. No era esta la única de sus virtudes. Frecuentar su poesía es enfrentarse con una voz que lo cuestiona todo. Esa voz, sin embargo, no sale del infierno, ni de las profecías milenaristas, ni siquiera de un ego profético, sino que es la voz del ciudadano ilustrado, un ciudadano que espera llegar a la modernidad o que es resignadamente moderno. Un ciudadano que ha aprendido la lección de Parra, su maestro y compañero de travesuras, y que en ocasiones nos ofrece una visión latinoamericana refulgente y original. Todo el fulgor, sin embargo, en Lihn está tamizado por un ejercicio constante de la inteligencia.

¿Merecimos los chilenos tener a Lihn? Esta es una pregunta inútil que él jamás se hubiera permitido. Yo creo que lo merecimos. No mucho, no tanto, pero lo merecimos.

Esa lucidez, en los años setenta, le costará el estigma y el anatema de la izquierda dogmática y neostalinista que incluso llegará a acusarlo de connivencia con el pinochetismo. Esos mismos que entonces no levantaron la voz para defender a Reinaldo Arenas y que hoy se acomodan como putines (hipocresía) en la nueva situación, intentaron borrarlo del mapa, deslegitimar una voz que por lo demás siempre se consideró a sí misma como voz bastarda, hija del imperioso azar y de la necesidad, que tiene cara de perro.

¿Merecimos los chilenos tener a Lihn? Esta es una pregunta inútil que él jamás se hubiera permitido. Yo creo que lo merecimos. No mucho, no tanto, pero lo merecimos, aunque sólo sea por las almas puras, por los príncipes idiotas y por los alegres analfabetos que el país produjo con extraña generosidad y que aún hoy, según cuentan los viajeros, sigue produciendo, aunque en cantidades más limitadas. Bajo cierta luz, Lihn también podría ser un príncipe idiota y un alegre analfabeto.

En el ejercicio de la poesía, a la que siempre le fue fiel, sólo hay un poeta en lengua española que se le pueda comparar, Jaime Gil de Biedma, aunque el abanico de registros de Lihn es mucho más amplio. En el ejercicio del ensayo, de la reseña, del manifiesto e incluso del libelo, no hubo en Chile escritor más certero ni más libre. En la narrativa no alcanzó las cotas de Donoso o de Edwards, aunque siempre quedará la sospecha de que en el fondo, como por los demás todos los grandes poetas de ese país, juzgaba el arte de crear ficciones como algo innecesario, algo que no le iba a salvar la vida. Sus cuentos, sin embargo, siguen vivos, como sigue viva “La orquesta de cristal”, libro mítico por inencontrable y al cual no me atrevo a llamar novela, aun pese a saber que si hay que llamarlo de alguna manera es la palabra novela la que más se acerca a ese libro misterioso. De hecho, hay dos prosistas en la generación del cincuenta que están por descubrir: Lihn y Giaconi.

Es extraño pensar en Lihn ahora, en Giaconi, en Parra, en Teillier, en Rodrigo Lira, en Gonzalo Rojas, en poetas como Maquieira y Bertoni, en narradores como Contreras y Collyer, resulta extraño pensar en ellos y en tantos más. Te queda la extraña sensación de que la literatura ha estado a la altura de la realidad. La famosa rea, la rea, la rea, la rea-li-dad.


De: El Libertino Erudito

Lihn, Parra y Hahn

viernes, 6 de septiembre de 2013

“Soy hijo de esos cafés y de ese Montevideo donde había tiempo para perder el tiempo” - Eduardo Galeano

3 de setiembre de 1940

                                                                                         













    Como tu Voz, ninguna otra. 
    Aquí, en el Corazón del Sur de esta América que nos enseñaste a desvestir de atavíos fatuos y a amar en la imperfección de su desnudez.
    Aquí, en el corazón de tus lectores: esos seres anónimos que tu mirada contempla con el respeto natural de quienes honran la Vida, esos seres insignificantes que tu cercanía ha iluminado por el resto de los tiempos.
    Allá, cualesquiera sean el espacio y los resquicios por donde Ella siga deslizándose, a ritmo inquebrantable siempre... porque sabe de dónde viene. 



GUERRA DE LA CALLE, GUERRA DEL ALMA

Escribir, ¿tiene sentido? La pregunta me pesa en la mano.
Se organizan aduanas de palabras, quemaderos de palabras, cementerios de palabras. Para que nos resignemos a vivir una vida que no es la nuestra, se nos obliga a aceptar como nuestra una memoria ajena. Realidad enmascarada, historia contada por los vencedores: quizás escribir no sea más que una tentativa de poner a salvo, en el tiempo de la infamia, las voces que darán testimonio de que aquí estuvimos y así fuimos. Un modo de guardar para los que no conocemos todavía, como quería Espriu, "el nombre de cada cosa". Quien no sabe de dónde viene, ¿cómo puede averiguar adónde va?



GUERRA DE LA CALLE, GUERRA DEL ALMA

Persigo a la voz enemiga que me ha dictado la orden de estar triste. A veces, se me da por sentir que la alegría es un delito de alta traición, y que soy culpable del privilegio de seguir vivo y libre.
Entonces me hace bien recordar lo que dijo el cacique Huillca, en el Perú, hablando ante las ruinas: "Aquí llegaron. Rompieron hasta las piedras. Querían hacernos desaparecer. Pero no lo han conseguido, porque estamos vivos y eso es lo principal". Y pienso que Huillca tenía razón. Estar vivos: una pequeña victoria. Estar vivos, o sea: capaces de alegría, a pesar de los adioses y los crímenes, para que el destierro sea el testimonio de otro país posible.
A la patria, tarea por hacer, no vamos a levantarla con ladrillos de mierda. ¿Serviríamos para algo, a la hora del regreso, si volviéramos rotos?
Requiere más coraje la alegría que la pena. A la pena, al fin y al cabo, estamos acostumbrados.





GUERRA DE LA CALLE, GUERRA DEL ALMA

¿Seremos capaces de aprender la humildad y la paciencia?
Yo soy el mundo, pero muy chiquito. El tiempo de un hombre no es el tiempo de la historia, aunque a uno, hay que reconocer, le gustaría.




SUEÑOS

Yo te contaba historias de cuando era chico y vos las veías ocurrir en la ventana.
Me veías de gurí andando por los campos y veías los caballos y la luz y todo se movía suavemente.
Entonces recogías una piedrita verde y brillante del marco de la ventana y la apretabas en el puño. A partir de ese momento eras vos la que jugaba y corría en la ventana de mi memoria, y atravesabas galopando los piados de mi infancia y de tu sueño, con mi viento en tu cara.


El susto

Casi la traga el río. Eufrosina Martínez estaba lavando ropa, cuando la atrapó la correntada y la arrastró. Ella salvó la vida, después de mucho manotear entre las rocas; pero perdió el alma. El susto se la llevó: el alma, espantada, se fue en el agua.

Desde entonces, el cuerpo desalmado de Eufrosina ya no pudo moverse, dejó de comer, no consiguió dormir, y ya no supo distinguir la noche del día.

La sanó un curandero de la sierra de Puebla. Cuando el alma le volvió al cuerpo, ella nació de nuevo. El cuerpo y el alma volvieron a encontrarse, fueron cuerpalma, fueron almuerpo, y Eufrosina se levantó y volvió a caminar sobre este mundo que a veces te voltea como un río furioso bajo los pies.

El ritual de la sanación fue largo y secreto. Nunca se supo. Pero el curandero dijo:

-Para que vuelva el alma perdida, hay que perder el miedo.


El mundo dicta orden de olvido. Pero valdría la pena recordar, creo, digo yo, las voces de ayer que hablan mañana. Algunas vienen del pasado más remoto: Ser boca o ser bocado, cazador o cazado. Ésa era la cuestión. Merecíamos desprecio, o a lo sumo lástima. En la intemperie enemiga, nadie nos respetaba y nadie nos temía. La noche y la selva nos daban terror. Éramos los bichos más vulnerables de la zoología terrestre, cachorros inútiles, adultos poca cosa, sin garras, ni grandes colmillos, ni patas veloces, ni olfato largo. Nuestra historia primera se nos pierde en la neblina. Según parece, estábamos dedicados no más que a partir piedras y a repartir garrotazos
Pero uno bien puede preguntarse: esta humanidad de ahora, esta civilización del sálvese quien pueda y cada cual a lo suyo, ¿habría durado algo más que un ratito en el mundo? ¿No habremos sido capaces de sobrevivir, cuando sobrevivir era imposible, porque supimos defendernos juntos y compartir la comida?



Cierro los ojos y estoy en medio del mar

Perdí varias cosas en Buenos Aires. Por el apuro o la mala suerte, nadie sabe adonde fueron a parar. Salí con un poco de ropa y un puñado de papeles.
No me quejo. Con tantas personas perdidas, llorar por las cosas sería como faltarle el respeto al dolor.
Vida gitana. Las cosas me acompañan y se van. Las tengo de noche, las pierdo de día. No estoy preso de las cosas; ellas no deciden nada.
Cuando me separé de Graciela, dejé la casa de Montevideo intacta. Allí quedaron los caracoles cubanos y las espadas chinas, los tapices de Guatemala, los discos y los libros y todo lo demás. Llevarme algo hubiera sido una estafa. Todo eso era de ella, tiempo compartido, tiempo que agradezco; y me lancé al camino, hacia lo no sabido, limpio y sin carga.
La memoria guardará lo que valga la pena. La memoria sabe de mí más que yo; y ella no pierde lo que merece ser salvado.
Fiebre de mis adentros: las ciudades y la gente, desprendidos de la memoria, navegan hacia mí: tierra donde nací, hijos que hice, hombres y mujeres que me aumentaron el alma.


EL UNIVERSO VISTO POR EL OJO DE LA CERRADURA

Robaste una cala del florero. Le respiraste hondamente el olor. Atravesaste el patio y los hervores del verano, a pasitos lentos, con la alta flor alzada en el puño. Las baldosas frescas del patio eran una alegría de los pies descalzos.
Llegaste al chorro de agua, Para abrirlo, te subiste a un banquito. El agua caía sobre la flor y tus manos y vos sentías que el agua se iba deslizando por toda tu piel y cerraste los ojos, mareada de placer inexplicable, y entonces pasó un siglo.
-Se me cayeron los pensamientos, mamá-explicaste después, señalando la rejilla del piso-. Se me cayeron y se fueron por ahí.


El ginkgo

EL GINKGO, EL más antiguo de los árboles, está en el mundo desde la época de los dinosaurios.

Dicen que sus hojas de abanico alivian el asma, el dolor de cabeza y los achaques de la vejez.

Y está probado que esas hojas son, también, el mejor remedio contra la mala memoria. Cuando la bomba atómica convirtió a la ciudad de Hiroshima en un desierto de negrura, un viejo ginkgo cayó fulminado cerca del centro de la explosión. El árbol quedó tan calcinado como el templo budista que el árbol protegía. Tres años después, alguien descubrió que una lucecita verde asomaba en el carbón. El ginkgo muerto había dado un brote. El árbol renació, abrió sus brazos, floreció. Ese sobreviviente de la matanza sigue estando ahí.


El mundo fabrica hambre: hambre de pan, hambre de abrazos.

Rubén Omar Sosa escuchó la lección de Maximiliana en un curso de terapia intensiva, en Buenos Aires. Fue lo más importante de todo lo que aprendió en sus años de estudiante. Un profesor contó el caso. Doña Maximiliana, muy cascada por los trajines de una larga vida sin domingos, llevaba unos cuantos días internada en el hospital, y cada día pedía lo mismo:-Por favor, doctor, ¿podría tomarme el pulso? Una suave presión de los dedos en la muñeca, y él decía:-Muy bien. Setenta y ocho. Perfecto.-Sí, doctor, gracias. Ahora, por favor, ¿me toma el pulso? Y él volvía a tomarlo, y volvía a explicarle que estaba todo bien, que mejor imposible. Día tras día, se repetía la escena. Cada vez que él pasaba por la cama de doña Maximiliana, esa voz, ese ronquido, lo llamaba, y le ofrecía ese brazo, esa ramita, una vez, y otra vez, y otra. Él obedecía, porque un buen médico debe ser paciente con sus pacientes, pero pensaba: Esta vieja es un plomo. Y pensaba: Le falta un tornillo. Años demoró en darse cuenta de que ella estaba pidiendo que alguien la tocara.



El poeta inagotable
A solas, en Montevideo, con Eduardo Galeano, una mirada profunda de América latina
Por Diana Fernández Irusta  | Para LA NACION


MONTEVIDEO.- Cada tarde, Eduardo Galeano toma un café con Dios. Se acoda junto a una ventana del Brasilero (el bar que, a estas alturas, es algo así como su segundo hogar), respira hondo el aroma a madera y espera, paciente, que la radiante andaluza que sirve las mesas -Alba Marina de nombre, Dios de apellido- le traiga, entre sonrisas, bromas y elogios a su joven divinidad, el cafecito del día. "Son pocos los que se llaman Dios -cuenta, encantado con el juego, el escritor que tantas veces se peleó con esa otra presencia divina, la de los altares y los mandamientos-. Creo que en la Córdoba española, de donde ella viene, son sólo cinco."

No es tan raro que se lleve bien con Dios. La furia con la que ha escrito sobre lo religioso no es la de un ateo.

Fui muy creyente cuando era chico, muy místico. Y eso es como la borra en el fondo del vaso del vino, te queda para siempre. No es una cosa que se va; se transfigura, cambia de nombre. En el fondo, uno busca a Dios en los demás. O en la naturaleza, entendida como una bella energía del mundo, que es a la vez terrible y hermosa. ¿Dónde está aquel Dios que tuve de chico y un día se me cayó por un agujerito del bolsillo y nunca más lo encontré? Después supe que lo estaba llamando por otros nombres. Por eso la palabra Dios puede definir a la bella chica que nos trae estos cafés.

Y cómo no va a estar lo divino en un alba marina.

Claro. O en el crepúsculo. Cuando el sol se va y se echa a dormir en esa hamaca que es el horizonte, en la hora más bella del día. Muchas veces me pregunto cuán triste ha de ser morir y no verlo. Porque su capacidad de belleza te devuelve la fe en todo lo que puedas haberla lastimado o perdido. No hay ningún crepúsculo que se parezca a otro. Son todos diferentes, y en Montevideo somos tan afortunados que los tenemos delante. El sol cae ante nuestros ojos.


A los 72 años, Galeano habla como si pintara las palabras: la metáfora siempre a mano, un colorido y caudaloso fluir de imágenes que danza en su voz profunda, modulada, cautivante a conciencia. Son los mismos relatos que, en sus textos, pule con obsesión, decidido a limpiarlos hasta que de ellos no quede más que un núcleo puro y rotundo. El jovencito hambriento de mundo que a comienzos de los 60 ingresó al periodismo de la mano de la mítica Marcha, que luego dirigiría las no menos emblemáticas Crisis y Brecha y conocería también la violencia de los 70 y el desgarro del exilio, se convirtió, con el tiempo, en maestro del microrrelato, arqueólogo de la a veces esquiva poética de lo humano, ícono -lo es hoy- de una sensibilidad tan latinoamericana como universalista. Muchos de sus breves relatos han nacido en los apuntes que toma en minúsculas libretas, a veces sobre la misma mesa del Café Brasilero donde ahora charla con la Revista: una escenografía, la de este bar fundado en 1877, propuesta por el escritor con algo de elocuente presentación. "Soy hijo de los cafés -dirá-. Todo lo que sé se lo debo a ellos. Sobre todo el arte de narrar. Lo aprendí escuchando, en las mesas de los bares, a aquellos maravillosos narradores orales cuyos nombres ignoro, que contaban mentiras prodigiosas y las contaban de tan bella manera que todo lo que contaban volvía a ocurrir cada vez que ellos lo narraban. Soy hijo de esos cafés y de ese Montevideo donde había tiempo para perder el tiempo."

LAS LUCES Y LAS SOMBRAS

¿En su obra reemplazó aquellas mentiras por una búsqueda concienzuda de la verdad?

Bueno, la verdad única no existe. Nada más en las cabezas de los nostálgicos del estalinismo, el dogmatismo que te dice que hay una única manera de entender la política o la solidaridad humana. O los que creen que este sistema que el mundo está soportando es el único posible. Yo no comparto eso para nada, lo que busco es celebrar la diversidad. Aquellas mentiras eran arte en el sentido de que el arte siempre es una mentira que cuenta una verdad. Los fusilados de Goya siguen cayendo cada vez que alguien los ve. Yo busco hechos de la realidad para que la realidad me cuente cómo son las realidades que ella esconde. Porque así como el mundo esconde, o tiene en la barriga otros munditos posibles, así también cada realidad contiene otras realidades.

En la diversidad también puede haber muchos demonios. Para ponerles coto, ¿la respuesta sólo puede ser política?

La palabra política suele tener un sentido muy restrictivo, que a mí no me gusta ni un poquito. Creo que todos hacemos política todo el tiempo. En la vida cotidiana, aunque no lo sepas, estás todo el tiempo eligiendo entre la libertad y el miedo. Y eso de algún modo hace política. Aunque lo hagas en el mínimo, microscópico espacio de tu vida privada. A veces hay que aceptar, en lo que tiene de bueno, la pelea interior de los santos y los demonios. Una pelea sana, porque cada uno tiene su cielo y su infierno propio.

¿Cuáles son sus infiernos?

Tengo un cielo y un infierno. [sonríe] que se alimentan mutuamente. ¿Te imaginás qué sería de Dios sin el diablo, pobre? Se iría a un fondo de jubilados, tendría que retirarse. Es como imaginar a River sin Boca o a Boca sin River.

Entiendo. Pero tiene la desgracia de que lo está entrevistando una persona muy poco futbolera.

Eso te salva de muchas angustias [risas]. Lo que pasa es que el fútbol da alegrías, no creas. Y da placer. Bien jugado, da placer. Ver jugar a Messi da placer.

El método. En las libretas minúsculas que siempre lleva en algún bolsillo, Galeano anota observaciones e ideas que luego plasma en sus relatos.

Hace rato que, para usted, verlo a Messi es una fiesta.

Incluso inventé una teoría, que se la hice llegar a él a través del director técnico de la selección: así como Maradona lleva la pelota atada al pie, Messi lleva la pelota dentro del pie. Lo cual es un fenómeno físico [se ríe, sus propias carcajadas lo interrumpen]. inverosímil. La frase le llegó. Y se ve que le gustó, porque me mandó una camiseta de regalo. Científicamente es imposible., ¡pero es la verdad!

Bueno, si uno se guía por sus escritos, la verdad científica queda bastante relativizada.

No quiero hablar de enfermedades porque da mala suerte, pero yo mismo he sobrevivido dos veces a una enfermedad grave. Y creo que esa es la prueba científica [imposta el tono de voz, acentúa sus palabras, contiene un breve asomo de risa] de que la yerba mala nunca muere. Yo soy la prueba científica de eso.

Entonces se ríe, francamente, con ganas. Risa de guerrero. Después, cuando la charla continúe entre las calles que van de la Ciudad Vieja a la Rambla, contará algunas cosas más. Que tanto cigarrillo. Que el cáncer, unos años atrás. Y recientemente, otra vez. No lo comenta como algo excepcional: parece, más bien, entenderlo como parte de una serie. La que comenzó el día en que, siendo un intenso adolescente de 19 años, emergió de la profundidad de un coma y descubrió que estaba vivo -destrozado, pero gozosamente vivo- en una cama del hospital Maciel (adonde había llegado tras ingerir barbitúricos, en un rapto de furia porque el don de la escritura parecía estarle negado). O aquel otro momento, años después, en que se miró el rostro devastado por el paludismo que había contraído en Venezuela y a cuyas feroces fiebres había logrado, casi milagrosamente, sobrevivir. "He renacido muchas veces -se explaya-. En realidad uno nace y muere muchas veces en la vida. Lo que pasa es que uno está reducido a ver la muerte como una especie de pasaje, una empresa de pompas fúnebres, que te saluda el chofer y te dice hasta luego. [se ríe, divertido consigo mismo]. Y no es así, en realidad uno se muere muchas veces, y renace otras tantas. Eso es lo que tiene de bueno el arte de vivir."

¿Cómo lidiar con el dolor cuando es un niño pequeño el que lo siente? Pienso en algo que cuenta en Días y noches de amor y de guerra .

Mi hija vino llorando, era muy chiquita, tenía 6 años. Yo la abracé, traté de consolarla. Mi hija Florencia. Al final me confesó que estaba llorando porque su mejor amiga de la escuela le había dicho que no la quería. Y en el libro pongo que le rogaba a Dios que me diera a mí todo el dolor que tenía reservado para ella [A Galeano se le oprime la voz. Las lágrimas que no derrama le incendian los ojos. Pero se recompone. Sigue]. Cuando te sentís ya cansado de todo, como descreído, ayuda saber que uno ha conocido gente que ayuda a creer en los demás, en la solidaridad, en las pasiones humanas. Que a veces son pasiones peligrosas, pero que vale la pena vivirlas. Yo era muy patialegre, como dicen en algunos lugares del interior argentino, siempre fui caminante. Caminé por todas partes, y eso me enseñó a vivir y a escribir.

PALABRAS VIAJERAS

"¡No lo puedo creer! ¡Es increíble! ¡Tengo todos sus libros!"

La chica irrumpe de pronto, pura emoción desbocada. Aborda a Galeano, no para de hablarle: "Sólo por usted me vine a vivir aquí, a Montevideo". La voz la delata: es mexicana. Está, no cabe duda, muy emocionada. Conocedora de los hábitos de su ídolo, merodeaba por la zona del Café Brasilero. Sólo un detalle se le pasó por alto: no lleva encima ningún volumen donde registrar el autógrafo del escritor.

"Es que esto es un acontecimiento -continúa, embelesada-. Tengo todos sus libros. Y los recomiendo."

Popularidad. Conocido y querido por los montevideanos, firma autógrafos y comparte anécdotas con todo aquel que se le acerque. 
Galeano sonríe y comenta: "Difundiendo el martirio..." Saca de un bolso una libretita, se la da: "Para que la llenes con tus pensamientos profundísimos. Acá te dibujo el cerdito, la prueba de autenticidad de mi firma. ¿Y cuál es tu nombre?"

"Daniela", contesta ella.

"Bueno, Daniela, te voy a hacer el chanchito y una flor pintada de rojo", dice mientras dibuja el hombre que dio sus primeros pasos en el mundo de la prensa no como periodista, sino como ilustrador. Y no lo olvida.

Daniela, en éxtasis, se queda un rato. Hablan de su país, de los viajes, de esa particular zona de creación entre el arte popular y el arte religioso: los retablos mexicanos. Galeano ya está armando un nuevo relato: "Vos sabés que el primer retablo que vi en México estaba en una iglesita en ruinas. Son obras de arte primitivo, pero arte. Me quedé deslumbrado; me explicaron que los retablos eran pagos de promesas. Me acerqué; era maravilloso, pero no me animé a robarlo. Será la infancia católica. Aunque el retablo no era muy santo que digamos. Porque decía: Gracias Virgen santísima porque cuando las tropas de Pancho Villa entraron a mi pueblo violaron a mi hermana y a mí no.

Estallido de risas. La fan mexicana lo abraza, lo besa. Lo vuelve a abrazar antes de partir con libreta, autógrafo y dibujito., sin todavía poder creer que todo haya realmente ocurrido.

¿Son frecuentes estos encuentros?

Sí. La gente es muy cariñosa. No sólo acá. Es verdad que también tengo enemigos, pero como decía Ambrose Bierce: "Quien no tiene enemigos, no merece tener amigos". Aunque lo cierto es que tengo muchísimos amigos. Además de la gente que se hace amiga leyendo las cosas que uno escribe. Se ve que las palabras se escapan de las páginas y tienen dedos y tocan al que lee. Te tocan, te acarician, te golpean a veces, te arañan.

Las de Galeano deben resultar bastante acariciadoras. Porque caminar con él por Montevideo obliga a hacer muchas paradas. A poco que Daniela haya quedado atrás, aparece un muchacho, uruguayo, papel y lapicera en mano, listo para pedir un autógrafo. Luego, una mujer. Y varias cuadras más allá, cerca de la Academia Nacional de Letras, un hombre lo reconoce y se acerca. Con cada uno de ellos el escritor habla, intercambia simpatías, les brinda atención, palabras, tiempo. "A mí la verdad que escribir me salva -confesará, luego-. Porque me permite salir fuera de mí. Eso me ayuda a vivir y a saltar por encima de algunos obstáculos que la vida te pone, que parecen insalvables."

¿Cuáles?

Segundo hogar. ''Soy hijo de los cafés'', asegura este defensor de los encuentros y las charlas sin apuro.
Si los defino, te miento. Peor que mentir, si los defino los convierto en obstáculos estúpidos. Y no lo son. Pero resultan muy complejos para decirlos en una sola palabra. Al escribir, yo los pongo afuera. Es como si uno contuviera vidrios rotos en el alma, que te estuvieran lastimando. Todos tenemos algún vidrio roto en el alma, que lastima y hace sangrar, aunque sea un poquito. Entonces, al escribir, siento que puedo sacar un poco de esos vidrios fuera de mí. Al ponerlos en un papel, ya no me dañan. Ya no me hacen la vida imposible, sino que la multiplican, porque me permiten entenderme mejor con los demás. Porque cada uno tiene sus vidriecitos que duelen [sonríe un poco]. Creo que la literatura es comunicación o no es nada. No escribo para mí, escribo para comunicarme con otros, para llegar a otros que van a ser mis amigos, aunque no los conozca todavía.

Eduardo, ¿qué piensa de la supuesta enemistad entre argentinos y uruguayos?

Yo te contesto diciéndote que es una estupidez. Lamentablemente, una estupidez muy difundida. Pero no es sorprendente, porque la guerra vecinal es una especialidad latinoamericana. Hemos sido diseñados, como países, para odiarnos entre nosotros. Para ignorarnos, también. Es lo peor de la herencia colonial. Hay otras herencias coloniales, como la de la impotencia. Esa que te dice: "Nunca vas a poder, eso no se puede, nunca vas a ser capaz". La condena a ser espectadores de la historia hecha por otros, pero incapaces de hacerla con nuestras propias manos, nuestra propia cabeza, nuestro propio corazón. Con nuestras propias piernas que caminan.

Hay poca gente en la rambla montevideana. Falta un rato para que se ponga el sol, pero el atardecer ya se anuncia. Una luz blanda, apenas rosada, todavía protectora, envuelve al gran caminante, al admirador de los crepúsculos marinos. Cuenta que está embarcado en dos nuevos proyectos de libros. Que no duda en preparar las valijas, cuando toca presentar en el extranjero algunos de los ya editados. Comenta también que participará como asesor de una serie dedicada al fútbol, que se emitirá por el canal Encuentro. Es probable que, dentro de ese mismo ciclo, lo entreviste a Diego Maradona, quien -asegura- sólo aceptaría participar si el que lo interroga es el escritor uruguayo. Incansable, Galeano se deja acariciar por la suavidad de un sol que todavía no se deshace en llamaradas. En El libro de los abrazos supo contar que, vistos desde arriba, los seres humanos "somos un mar de fueguitos"; él mismo reluce como los más necesarios de esos fuegos: los que "arden la vida con tanta pasión que no se puede mirarlos sin parpadear, y quien se acerca se enciende".




















Fue mensajero y dibujante, peón en una fábrica de insecticidas, cobrador, taquígrafo, cajero de banco, diagramador, editor, redactor jefe de la Revista Marcha y del diario Época, fundador de la Revista Crisis, y peregrino por los caminos de América.



A orillas de otro mar, otro alfarero se retira en sus años tardíos. Se le nublan los ojos, las manos le tiemblan, ha llegado la hora del adiós. Entonces ocurre la ceremonia de la iniciación: el alfarero viejo ofrece al alfarero joven su pieza mejor. Así manda la tradición, entre los indios del noroeste de América: el artista que se va entrega su obra maestra al artista que se inicia. Y el alfarero joven no guarda esa vasija perfecta para contemplarla y admirarla, sino que la estrella contra el suelo, la rompe en mil pedacitos, recoge los pedacitos y los incorpora a su arcilla.

Eduardo Galeano
El libro de los abrazos




















domingo, 1 de septiembre de 2013

"Nubes que el viento lleva"



"....Es por eso, hermano, que estoy en donde estoy, y aquí estaré al morir. En el bando de los administradores de buena fe; en el partido de las probidades presidenciales; junto a aquellos que suben y bajan pobres del Poder ¿Tú crees servir a la Patria en el puesto que ocupas? Pues no la sirves. Sirves tan sólo a un círculo. La Patria es el Poder que se hace respetar por el prestigio de sus honradeces y por la religión de las instituciones no mancilladas. La Patria es el conjunto de todos los partidos en el amplio y pleno uso de sus derechos; es dignidad arriba y regocijo abajo. La Patria no es el grupo de mercaderes y de histriones políticos que han hecho de las prerrogativas del ciudadano, nubes que el viento lleva”....

Fragmento de una carta  de Aparicio Saravia a su hermano Basilicio en 1897 durante un cruce epistolar.

De: charadas.blogspot.com

La Revolución de 1904

A raíz de una herida recibida en batalla,
el 1º de setiembre muere el caudillo blanco.



y todos somos hijos de una misma Historia,
de ésa, la inefable,
la que no queda registrada
ni por los vencedores ni por los vencidos;
ésa, la de las nubes que el viento lleva.

"Busca la bondad en todas partes y, cuando la encuentres, sácala de su escondite y déjala libre y a la vista... Descubre en todas las cosas aquello que brilla y que está más allá de la corrupción. "- William Saroyán

William Saroyán
Fresno- 31 de agosto de 1908

















La Risa
          
 
 “¿Quiere que me ría?”
Se sentía muy solo y enfermo en el aula vacía, todos los chicos ya se había ido a casa, Dan Seed, James Misippo, Dick Corcoran, todos ellos por las vías del Southern Pacific, riéndose y jugando, y esta loca idea de Miss Wissig, agobiándolo.
“Sí.”
Los labios severos, el temblor, los ojos, qué melancolía más patética.
“Pero no quiero reírme.”
Era extraño. El mundo entero, las vueltas de la vida, en lo que llega a convertirse.
“Ríete.”
La tensión que creía, eléctrica, su rigidez, el nervioso movimiento de sus brazos y su cuerpo, lo fría que era, y la enfermedad en su sangre.
“Pero, ¿por qué?”
¿Por qué? Todo tan inmóvil, todo tan falto de gracia, tan horrible, las mentes atrapadas, algo que quedó atrapado, sin sentido, sin significado.
“Como castigo. Te reíste en clase, así que ahora, como castigo, debes reírte durante una hora, tú solo, sin nadie más. Apresúrate, ya has desperdiciado cuatro minutos.”
Era vergonzoso; no era en absoluto gracioso, quedarte después de clase, que te pidan que te rías. No tenía sentido alguno. ¿De qué debía reírse? Nadie puede reírse porque sí. Tiene que haber algo, algo divertido o pomposo, algo cómico. Era todo tan extraño, sus modales, la forma en la que lo miraba, la sutileza; era atemorizante. ¿Qué quería de él? Y el olor de la escuela, el aceite del suelo, el polvo de la tiza, el olor de la misma idea de los niños habiéndose ido a casa; la soledad, la tristeza.
“Siento haberme reído.”
La flor se doblaba, avergonzada. Estaba apenado, no se trataba meramente de una broma; estaba apenado, pero no por sí mismo, sino por ella. Era una chica joven, una maestra sustituta, y había cierta tristeza en ella, tan agazapada y tan difícil de entender; una tristeza que traía consigo cada día y él se había reído de ella, fue cómico, algo que ella dijo, la forma en que los miraba a todos, la forma en que se movía. No había sentido ganas de reírse, pero de pronto se rió y ella lo miró y él la miró a los ojos y por un momento hubo una vaga comunión, y luego la furia, el odio en sus ojos. “Te quedarás después de clase.” No había querido reírse, tan sólo ocurrió, y estaba apenado, avergonzado, ella tenía que saberlo, se lo estaba diciendo. Pepito Grillo.
“Estás haciéndome perder el tiempo. Empieza a reírte.”
Se había inclinado para borrar lo que estaba escrito en el pizarrón: África, El Cairo, las pirámides, las esfinges, el Nilo; y los números 1865, 1914. Pero la tensión estaba allí, aún teniéndola de espaldas; el aula estaba en silencio y el vacío lo volvía todo más enfático, lo magnificaba todo, haciéndolo más preciso, con su mente, la de ella y la pena de ambas, una junto a la otra, conflictuándose; ¿por qué? Él trató de ser amable; el día que ella llegó, él quiso ser amable; sintió de inmediato su extrañeza, su lejanía, de modo que ¿por qué se había reído? ¿Por qué todo ocurre de manera tan falsa? ¿Por qué tuvo que ser él quien la hiriera cuando, desde el principio, quiso ser su amigo?
“No quiero reírme.”
Atrevimiento y llanto en su voz, un llanto vergonzoso. ¿Pero qué derecho tenía para destruir algo tan inocente? No había querido ser cruel; ¿por qué ella no era capaz de entenderlo? Empezó a sentir odio frente a su estupidez, por su sosería, por lo empecinado de su voluntad. No me reiré, pensó; que llame a Mr. Caswell y que me azoten, pero no volveré a reírme. Todo era un error. Había querido llorar, o algo así, no lo sé; no había querido hacerlo. No soporto que me azoten, por Dios, me duele, pero no tanto como esto; me han dado en el trasero alguna vez, conozco la diferencia.
Bueno, dejen que lo golpeen, ¿acaso le importó? Le ardió y luego sintió un dolor agudo varios días, pensando en ello, pero déjenles, que lo hagan inclinarse, no irá a reírse.
La vio sentarse en el escritorio y observarlo; por haber estado chillando, se veía enferma y sobresaltada, y cierta piedad llegó a sus labios una vez más, la enfermiza piedad que sentía por ella, ¿por qué estaba causándole tantos problemas a una maestra sustituta que le simpatizaba, no una vieja y fea maestra, sino una pequeña chica agradable, asustada desde el principio?
“Por favor, ríete.”
Y qué humillación, ya no se lo ordenaba, se lo rogaba, le rogaba que se riera cuando él no quería reírse. ¿Qué se puede hacer? Honestamente, ¿qué se puede hacer bien, por voluntad propia, no accidentalmente, que no sea lo equivocado? ¿A qué se refería? ¿Qué placer podría sacar de oírlo reír? Qué mundo más estúpido, el extraño sentir de las personas, la reserva, cada persona dentro de sí, queriendo una cosa y siempre obteniendo otra, queriendo dar una cosa y siempre dando otra. Sí, lo haría. Ahora sí se reiría, no por él, sino por ella. Incluso si esto lo enfermera, se reiría. Quería saber la verdad, qué era todo eso. Ella no estaba haciéndolo reír, le pedía que lo hiciese, se lo rogaba. No entendía qué sucedía, pero quería saberlo. Pensó, quizás pueda pensar en algo gracioso, y empezó a recordar todas las historias graciosas que había oído, pero era extraño, no se acordaba de ninguna. Y otras cosas graciosas, como la forma en que caminaba Annie Gran; vaya, ya no parece nada gracioso; y Henry Mayo, burlándose de Hiawatha, equivocándose; ya no parecía gracioso. Era cosas que le hacían reír hasta enrojecer y perder el aliento, pero había llegado a un punto muerto, inútil, by the big sea waters, by the big sea waters, came the mighty, vaya, ya no era gracioso; Dios, ya no podía reírse de todo eso. Bueno, tan solo se reiría, de la misma manera de siempre, sé un actor, ja, ja, ja. Dios, era difícil, era lo más fácil del mundo y ahora no podía soltar una sola risita.
No obstante, empezó a reírse, sintiéndose avergonzado e incómodo. Tenía miedo de mirarla a los ojos, así que se fijó en el reloj e intentó no detenerse, era algo extraordinario, pedirle a un muchacho que se riera por una hora y nada, rogarle que se riera sin ningún motivo. Y así lo haría, quizás no por una hora, pero lo intentaría; algo haría. Lo más gracioso era su voz, la falsedad de aquella risa; y luego de un rato le empezó a parecer muy gracioso, muy cómico y le hizo feliz ya que verdaderamente le daba risa, y ahora que se reía realmente, con todo su ser, con toda su sangre, riéndose de cuán falsa era su risa, en tanto la vergüenza se alejaba, se dio cuenta de que ya no era falso, de que era la verdad de su risa lo que llenaba el aula vacía y todo parecía encajar, todo era magnífico y ya habían pasado dos minutos.
Y empezó a ver cosas realmente graciosas por doquier, en toda la ciudad, la gente que caminaba por la calle, tratando de verse importante, pero él lo sabía, no lo engatusaban, sabía lo importante que eran, la forma en la que hablaban, siempre a lo grande, y toda esa pomposidad, toda esa falsedad lo hacían reírse; pensó en el predicador de la Iglesia Prebisteriana, lo falso de sus sermones, Oh, Dios, hágase tu voluntad, y sin nadie que creyera en él, y la gente importante con grandes coches, Cadillcs y Packards, acelerando y desacelerando, yendo por todo el país, como si tuvieran un lugar al que ir, y los conciertos de la banda del pueblo, todo tan falso, todo haciéndolo reír, los grandulones corriendo detrás de las chicas cuando hacía calor y los tranvías que se desplazaban por toda la ciudad con apenas dos pasajeros, eso sí era gracioso, esos enormes vagones llevando solamente a una anciana y a un hombre con harrison1sltbigotes, y se rió hasta que perdió el aliento y su cara enrojeció y de pronto, toda la vergüenza había desaparecido y se estaba riéndose y miraba a Miss Wissig, y el acabóse, las lágrimas le corrían por los ojos. Por Dios Santo, no se había reído de ella. Se había estado riendo de todos esos tontos, todas las tonterías que hacían día tras día, toda la falsedad. Era desagradable. Siempre quería hacer las cosas bien y siempre las cosas se daban vuelta. Quería saber por qué, qué es lo que sucedía con ella, dentro de ella, su parte secreta, y él que se había reído para ella, no para sentirse a gusto, y ella allí, temblando, con los ojos húmedos y las lágrimas que le corrían, su rostro agónico, y él seguía riéndose de la furia y la desilusión de su corazón, y se reía de todo lo que es patético en el mundo, las cosas por las que la buena gente llora, los perros callejeros, los caballos que se tropezaban y eran azotados, los tímidos que en su interior eran aplastados por tipos crueles y gordos, gordos por dentro, pomposos; y los pajaritos, muertos en las aceras; y los malentendidos en todas partes, el conflicto sin fin, la crueldad, las cosas que vuelven maligno a un hombre, el crecimiento vil y el enojo empezaba a cambiar su risa y empezaban a asomarse lágrimas en sus ojos. Sólo ellos, en el aula vacía, juntos y desnudos en su soledad y su desconcierto, hermano y hermana, los dos queriendo cierta decencia, cierta limpieza en este mundo, los dos queriendo compartir la verdad con el otro y aún así, los dos, extraños de alguna manera, solos y lejanos.
Oyó que la chica contenía el sollozo y luego todo fue al revés, y él lloraba, honesta y verdaderamente, como un bebé, como si algo realmente hubiese sucedido, y escondió su rostro entre sus brazos, y respiraba agitadamente y pensaba en que no quería vivir; en que si así eran las cosas, quería estar muerto.
No supo cuánto lloró pero de pronto, se dio cuenta de que no había llanto ni risa y de que el aula estaba muy tranquila. Qué vergonzoso. Tenía miedo levantar la cabeza y mirar a la maestra. Era horroroso.
“Ben.”
En voz baja, calmada, solemne; ¿cómo podría volver a mirarla?
“Ben.”
Levantó la cabeza. Los ojos de ella estaban secos y su cara parecía más brillante y más hermosa, como nunca antes.
“Por favor, sécate la cara. ¿Quieres un pañuelo?”
“Sí.”
Se secó los ojos, se sonó la nariz. Qué tierra enferma. Qué sombrío era todo.
“¿Cuántos años tienes, Ben?”
“Diez.”
“¿Qué es lo que piensas hacer? Quiero decir…”
“No lo sé.”
“¿Y tu padre?”
“Es sastre.”
“¿Te gusta esta ciudad?”
“Creo que sí.”
“¿Tienes hermanos?”
“Tres hermanos y tres hermanas.”
“¿Nunca has pensado en irte? ¿Irte a alguna otra ciudad?”
Era asombroso. Le hablaba como si fuera una persona madura, tratando de llegar hasta el fondo.
“Sí.”
“¿Adónde?”
“No lo sé. New York, quizás. O al viejo continente tal vez.”
“¿Al viejo continente?”
“Milán. La ciudad de mi padre.”
“Oh.”
Él quería preguntarle sobre ella, adonde había ido, donde había estado; quería ser maduro, pero tenía miedo. Ella fue hasta el guardarropa y trajo su abrigo, su sombrero y su bolso, y comenzó poniéndose el abrigo.
“Ya no estaré aquí mañana. Miss Shorb se ha recuperado. Me voy.”
Se sintió triste, pero no podía pensar en nada que decirle. Ella se ajustó el cinturón del abrigo y se puso el sombrero, sonriente, Dios, qué mundo, primero lo hacía reírse, luego llorar y ahora esto. ¿Adónde iba? ¿Es que ya nunca la volvería a ver?
“Debes irte ya, Ben.”
Y allí estaba él, mirándola y sin quererse ir, allí estaba, con ganas de sentarse y observarla. Se levantó lentamente y fue hasta el guardarropa a buscar su gorra. Caminó hasta la puerta, sintiéndose enfermo de soledad; se dio vuelta para verla por última vez.
“Adiós, Miss Wissig.”
“Adiós, Ben.”
Y muy prontamente estaba corriendo por el parque de la escuela, y la maestra sustituta de pie en el patio, siguiéndolo con la mirada. No sabía en qué pensar, pero supo que estaba verdaderamente triste y que tenía miedo de darse vuelta para ver si ella estaba mirándolo. Pensó: Si me apresuro, quizás pueda encontrar a Dan Seed y a Dick Corcoran y a los demás, y quizás llegué a tiempo para ver cómo se va el tren de carga. Bueno, nadie lo sabría de todas formas. Nadie sabría alguna vez qué sucedió y cómo había llorado y reído.
Corrió por las vías de Southern Pacific, y los chicos ya no estaban allí y el tren ya se había ido.
Se sentó bajo un eucalipto. El mundo entero, un desastre.
Entonces comenzó a llorar una vez más.

Traducción: Martín Abadía


De: laperiodicarevisiondominical




















"Busca la bondad en todas partes y, 
cuando la encuentres, 
sácala de su escondite 
y déjala libre y a la vista... 
Descubre en todas las cosas aquello que brilla 
y que está más allá de la corrupción. 
Recuerda que cada hombre es 
una variación de ti mismo. 
Ninguna culpa humana es ajena a ti, 
y tampoco es una cosa aparte 
la inocencia de ningún hombre..."