“¿Dónde radica la importancia de Quiroga? Naturalmente que
no está en los temas. Es decir, Quiroga llevó los demonios del ser humano a la
selva, y eso es lo que lo ha hecho universalmente conocido. Eso a partir,
justamente, de este cuento que nombré, ‘La insolación’”.
“Quiroga es el intérprete de la selva en el libro
‘Anaconda’, en ‘El desierto’, en ‘Los desterrados’, pero también es el que
primero trató en el Río de la Plata el cuento psicológico, con ‘Los
perseguidos’ en 1905, publicado después en 1908”.
“Entonces, el gran autor de la selva es el que primero trata
lo psicológico por influencia de Dostoyevski. Pero, ¿no había otros que
trataban ese tema? Claro que había. Hay escritores de selva, hay escritores que
tratan lo psicológico. Quiroga fue uno de los primeros, pero no el único”.
“Quiroga fue uno de los propulsores del cuento fantástico,
sobre todo en su último libro, ‘Más allá’. Pero, ¿es el único? No, enseguida
estuvo Borges, Adolfo Bioy Casares. Entonces, no es por el tema que Quiroga ni
ningún autor es conocido, sino por la forma”.
“Siempre, por palabras más o menos, se escribe una obra
digna de ser recordada o un mamarracho, siempre. Por una coma, por palabras más
o menos el poema es logrado o es un fracaso. El gran mérito de Quiroga es que
fue un intuitivo genial, porque, ¿qué estudio tiene Quiroga –aparte que estudió
en la Escuela Hiram cuando fue jovencito-, qué roce intelectual, cuando en su
formación él era el absoluto líder como D’Artagnan en ‘Los tres mosqueteros’,
como Pontífice en el Consistorio del Gay Saber, que después se va a vivir al
Chaco. ¿Con quién habla en el Chaco? Con el peón. ¿Con quién habla en Misiones?
Con todos los desterrados que hay en Misiones”.
“Es decir, su formación es auténticamente autodidacta. Es un
caso extremo de lucidez intuitiva para el cuento corto, exclusivamente. La
literatura tiene eso, que tiene esos estamentos tan separados. O sea, se tiene
condiciones para la narrativa, pero después a su vez para determinada
extensión. Maestro del cuento breve pero en la novela no, en la poesía no, no
al nivel que está en el cuento breve. Pero si tenemos que hacer la historia de
la poesía en Uruguay, tiene que figurar ‘Los arrecifes de coral’ de 1901 como
el primer libro modernista escrito en el Río de la Plata”.
“Deseo recalcar de nuevo, porque muchas veces se dice, ‘tengo
un gran tema para un cuento’, el tema no es nada, es la forma como se dice. Los
temas son los mismos desde siempre”.
Leonardo Garet
De: Quiroga “está peligrosamente convirtiéndose en un autor
clásico, o sea, aquel que nadie lee pero todos dicen que lo conocen”
21 de diciembre de 1921- Honduras. Nacionalizado guatemalteco.
EL PARAÍSO IMPERFECTO
‑Es cierto -dijo mecánicamente el hombre, sin quitar la
vista de las llamas que ardían en la chimenea aquella noche de invierno-; en el
Paraíso hay amigos, música, algunos libros; lo único malo de irse al Cielo es
que allí el cielo no se ve.
LA VACA
Cuando iba el otro día en el tren me erguí de pronto feliz
sobre mis dos patas y empecé a manotear de alegría y a invitar a todos a ver el
paisaje y a contemplar el crepúsculo que estaba de lo más bien. Las mujeres y
los niños y unos señores que detuvieron su conversación me miraban sorprendidos
y se reían de mí pero cuando me senté otra vez silencioso no podían imaginar
que yo acababa de ver alejarse lentamente a la orilla del camino una vaca
muerta muertita sin quien la enterrara ni quien le editara sus obras completas
ni quien le dijera un sentido y lloroso discurso por lo buena que había sido y
por todos los chorritos de humeante leche con que contribuyó a que la vida en
general y el tren en particular siguieran su marcha.
(…) Y cuando quedó libre de
Carlos, Emma subió a encerrarse en su habitación. Al principio sintió como un
mareo; veía los árboles, los caminos, las cunetas, a Rodolfo, y se sentía
todavía estrechada entre sus brazos, mientras que se estremecía el follaje y
silbaban los juncos. Pero al verse en el espejo se asustó de su cara. Nunca
había tenido los ojos tan grandes, tan negros ni tan profundos. Algo sutil
esparcido sobre su persona la transfiguraba. Se repetía: “¡Tengo un amante!,
¡un amante!”, deleitándose en esta idea, como si sintiese renacer en ella otra
pubertad. Iba, pues, a poseer por fin esos goces del amor, esa fiebre de felicidad
que tanto había ansiado. Penetraba en algo maravilloso donde todo sería pasión,
éxtasis, delirio; una azul inmensidad la envolvía, las cumbres del sentimiento
resplandecían bajo su imaginación, y la existencia ordinaria no aparecía sino a
to lejos, muy abajo, en la sombra, entre los intervalos de aquellas alturas.
Entonces recordó a las heroínas de los libros que había leído y la legión
lírica de esas mujeres adúlteras empezó a cantar en su memoria con voces de
hermanas que la fascinaban. Ella venía a ser como una parte verdadera de
aquellas imaginaciones y realizaba el largo sueño de su juventud,
contemplándose en ese tipo de enamorada que tanto había deseado. Además, Emma
experimentaba una satisfacción de venganza. ¡Bastante había sufrido! Pero ahora
triunfaba, y el amor, tanto tiempo contenido, brotaba todo entero a gozosos
borbotones. Lo saboreaba sin remordimiento, sin preocupación, sin turbación
alguna.
(…)
- ¡Oh!, ¡es que te quiero!
–replicaba ella–, te quiero tanto que no puedo pasar sin ti, ¿lo sabes bien? A
veces tengo ganas de volver a verte y todas las cóleras del amor me desgarran.
Me pregunto: ¿Dónde está? ¿Acaso está hablando con otras mujeres? Ellas le
sonríen, él se acerca. ¡Oh, no!, ¿verdad que ninguna te gusta? Las hay más
bonitas; ¡pero yo sé amar mejor! ¡Soy tu esclava y tu concubina! ¡Tú eres mi
rey, mi ídolo! ¡Eres bueno! ¡Eres guapo! ¡Eres inteligente! ¡Eres fuerte!
Tantas veces le había oído decir estas cosas, que no tenían ninguna novedad
para él. Emma se parecía a todas las amantes; y el encanto de la novedad,
cayendo poco a poco como un vestido, dejaba al desnudo la eterna monotonía de
la pasión que tiene siempre las mismas formas y el mismo lenguaje. Aquel hombre
con tanta práctica no distinguía la diferencia de los sentimientos bajo la
igualdad de las expresiones. Porque labios libertinos o venales le habían
murmurado frases semejantes, no creía sino débilmente en el candor de las
mismas; había que rebajar, pensaba él, los discursos exagerados que ocultan afectos
mediocres; como si la plenitud del alma no se desbordara a veces por las
metáforas más vacías, puesto que nadie puede jamás dar la exacta medida de sus
necesidades, ni de sus conceptos, ni de sus dolores, y la palabra humana es
como un caldero cascado en el que tocamos melodías para hacer bailar a los
osos, cuando quisiéramos conmover a las estrellas.
La producción literaria rotulada
como “infantil” o “juvenil” (términos aún en discusión) goza de muy buena salud
en este Uruguay, vivero de talentos artísticos y enamorados o practicantes de
todas las Artes.
Sin desmerecer ninguna creación
ni estilo, hace tiempo que no leíamos una obra tan original como Líber
Andacalles.
La presentación del objeto-libro
es realmente una joyita, muy disfrutable, desde el tacto hasta la
interpretación gráfica. Cualquier niño sentirá completo pero renovado placer.
La energía que el ilustrador -Alejandro Rodríguez Juele- aplica a las imágenes genera una atmósfera ideal
para ese encantamiento que todos y todas hemos sentido alguna vez ante una
obra, y que nos ha conducido a insistir en que nos sea leída por centésima vez,
y a acariciarla y hasta a olerla, como si fuera una criatura viva.
¿Acaso no lo es? En este caso tan
singular, las vidas escapan de los vallados del tiempo, porque la escritora,
manejando con exquisita solvencia la estrategia de la intertextualidad, logra
que uno de nuestros más entrañables pero progresivamente olvidado creador –como
lo es Líber Falco- vuelva a respirar a través de ese aire fresco, asombrado y
aventurero de Andacalles. Realmente, Laura Chalar moldea una historia
exquisita, plena de valores literarios y culturales y ciudadanos, una de esas
historias que anidarán en la memoria emocional de y por varias generaciones.
Sería muy acertado introducir
esta preciosa obra en la vida familiar. Estas fiestas pueden ser el momento
propicio para que Líber y Andacalles nos muestren otras sendas, atajos muy
distantes de los terrenales shoppings.
Permítanme ahora un recuerdo que es anterior a
esa época, pero tiene que ver con eso. Fue en los primeros meses, poco antes
del quiebre institucional, en los primeros meses del 73; ya había represión, ya
había atentados, ya había miedo, y yo conversaba con los jóvenes. Recuerdo una
tardecita, casi de noche, en Treinta y Tres, en una escuelita suburbana;
hablábamos de eso y yo decía que la tribu se reúne ante el momento de peligro,
que había que juntarse para afrontar la situación. Y entonces naturalmente en la
charla que manteníamos surgió una frase que la maestrita con su linda letra
escribió con tiza en el pizarrón de la clase: "Unir mil miedos para formar
un solo coraje".
¿Entenderá, alguna vez, aquel que
está sentado en un lugar caliente al que se hiela de frío?
El frío atenazaba. Una cáustica
niebla envolvía a Sujov y le obligaba a toser. Veintisiete grados de frío
afuera; dentro de Sujov treinta y siete grados de calor. ¿Ahora, quién, a
quién?
Sujov trotó hacia la barraca. Las
callejuelas del campo aparecían desiertas, el campo entero parecía muerto. Era
uno de aquellos pocos momentos en los que a uno le es indiferente sentirse
engañado, sentirse ya desligado de todo o el que hoy no hubiera que marchar.
Los centinelas estaban sentados en las calientes casetas, las cabezas
soñolientas apoyadas en los fusiles. Para ellos tampoco iba a ser un caramelo,
con este frío, el caminar a tientas en sus atalayas. En el cuerpo principal de
guardia, los vigilantes echaban carbón en la estufa. Los vigilantes, en su
alojamiento, fuman los últimos cigarrillos hechos a mano antes del último
control, mientras los penados, con todos los miserables harapos pegados al
cuerpo, ceñidos por toda clase imaginable de correas, embozados desde la
barbilla hasta los ojos en trapos contra el frío, siguen tumbados sobre la
manta de sus catres, con las botas de fieltro puestas, con los ojos cerrados,
como petrificados. Hasta que el brigadier exclame: «¡Arriba!»
Alexandr Solzchenitzyn
De: UN DIA EN LA VIDA DE IVAN DENISOVICH
No lograba conciliar el sueño. Le
molestaba el tumor. ¡Qué vida tan dichosa y útil estaba a punto de truncarse!
Sentía compasión de sí mismo y faltaba muy poco para que le brotaran las
lágrimas. Y, ese poco, Yefrem no perdió la ocasión de proporcionárselo. Ni
siquiera en la oscuridad podía estarse callado y le relataba a su vecino
Ajmadzhán un cuento absurdo:
—¿Para qué desea vivir el hombre cien años?
Maldita la falta que le hace. Verás, cierta vez ocurrió que Alá se puso a
distribuir la vida. A los animales les concedió cincuenta años; tenían
bastante. El hombre llegó el último y a Alá sólo le quedaban veinticinco años.
—¿O sea, una cuarta parte? —preguntó Ajmadzhán. —Eso es. El hombre se sintió
ofendido; le parecía poco. Alá insistió en que bastaba. Pero el hombre volvió a
decirle que era insuficiente, y Alá repuso: «Pues, entonces, vete por tu cuenta
a preguntar quién tiene vida de sobra y si te la quiere ceder». Fue el hombre,
y se tropezó con el caballo. «Escucha», le dijo, «tengo poca vida. Cédeme parte
de la tuya». Y el caballo le respondió: «Bien; toma veinticinco años». Siguió
adelante el hombre hasta dar con un perro. «Escucha, perro: dame parte de tu
vida». «Toma veinticinco años». Continuó adelante y se encontró con un mono,
del que también obtuvo otros veinticinco años. Regresó a donde estaba Alá, y
este le dijo: «Como quieras; tú lo has dispuesto. Los primeros veinticinco años
vivirás como un hombre. Los segundos veinticinco años trabajarás como un
caballo. Los terceros veinticinco años ladrarás como un perro. Y todavía te
quedan otros veinticinco, durante los cuales se mofarán de ti como si fueras un
mono…».