Morada del Ctro. de Fción. Humanística PERRAS NEGRAS (Uruguay: "País de los Pájaros Pintados")
miércoles, 7 de enero de 2015
"Las Corrupciones" de Jesús Torbado
4 de enero de 1943- España Escritor y periodista. |

Jesús Torbado construyó su libro “Las Corrupciones” - premio
Alfaguara en el 65 - sobre la teoría de que tres son los conceptos que primero
se corrompen en el ser humano: la fe en Dios, la fe en los hombres y la fe en
uno mismo.
Me acuerdo que este libro, escrito en París por un joven de
22 años, fue casi un libro de cabecera para los de mi generación, para aquella
juventud idealista y a veces existencialista que leía a Marx, a Sartre, a
Camus, a Faulkner y a Kafka y pasaba las tardes de los domingos en los
cine-clubs de los Colegios Mayores viendo complicadas películas, algunas en
versión original, de directores como Buñuel, Bergman, Visconti, Truffaut o
Chabrol y que obligaban a exprimirse el intelecto para luego, al término de la
proyección, poder exponer una parrafada brillante en los coloquios que seguían
a la misma.
Todo estaba cambiando en aquellos años y sin embargo,
parecía que nada cambiaba. Existía algo parecido al gatopardismo, la teoría del
autor de “El gatopardo”, Tomasi di Lampedusa, cuando escribía que: “Si queremos
que todo siga como está, es necesario que todo cambie", solo que nosotros
percibíamos que la realidad existente era: "cambiemos algo para que nada
cambie".
“Las Corrupciones” fue un libro que indicaba el cambio; el
cambio que todos estábamos experimentando aunque no nos apercibiéramos de ello.
Muchos de nuestros esquemas o creencias se estaban mutando y formábamos una
generación que transmitía de unos a otros, en plan “Fahrenheit 451”, los
modelos y los ideales para cambiar el mundo que nos rodeaba pero también, las
decepciones que íbamos sufriendo durante el camino.
Evidentemente lo primero que se nos había corrompido era la
fe en Dios, porque a Él no lo necesitábamos ya para iniciar nuestro nuevo
modelo de vida; al contrario, era un freno para nuestro desarrollo del
subconsciente.
La fe en los hombres, en algunos hombres, fue nuestro motor,
el motor que impulsaría unos años después los grandes movimientos estudiantiles
que agitarían las grandes ciudades de Europa (Paris, Praga, etc). En esos
primeros momentos solo se nos había corrompido la fe en los hombres que
marcaban los destinos políticos de nuestros países y la fe en nuestros padres.
Con los años, la fe en los nuevos hombres elegidos se corrompió a la misma
velocidad que se fueron corrompiendo estos.
La fe en nosotros mismos, la necesitábamos para continuar
avanzando sobre el modelo de vida proyectado y para apoyar a los hombres que
cambiarían el mundo. Con el tiempo descubrimos que nuestras posibilidades eran
limitadas, unas veces por nosotros mismos y otras por los escollos colocados
por los elegidos. La corrupción de la fe en nosotros mismos dio lugar al
conocimiento de nuestro yo y a la búsqueda de nuestro rincón en el mundo en el
que organizar el tiempo futuro de vivir.
Después, a lo largo de la vida, hemos ido perdiendo la fe en
muchas más ideas aparte de las citadas. Desgraciadamente, la corrupción es una
constante que asoma su desagradable rostro en todas las actividades del hombre.
Se corrompe el amor cuando falta el deseo o el dinero. Se
corrompe el proyecto ambicioso por culpa del precio de la “mordida”. Se
corrompe la ayuda solidaria por la ambición del intermediario corrupto. Se
corrompen los políticos, sean de la ideología que sean, cuando el dinero llama
a su puerta.
Ahora que tanto se habla de corrupción y nos desayunamos y
nos acostamos con la palabra metida en el coco, la sociedad necesita un
vendaval que se lleve por los aires, igual que a las hojas secas, a todos los
mentirosos, chorizos, oportunistas y trapicheros que nos corrompen el alma. Que
se los lleve el viento.
De: http://elpresley.blogspot.com
domingo, 4 de enero de 2015
“El que quiere ser escritor tiene que inventar al individuo que escribe...”- Carlos Liscano
“Aquí,
en PERRAS NEGRAS, a nivel de cualquiera de sus Talleres, no fabricamos
inventores; no debemos.
Tan
sólo podemos acompañar, durante algún trecho -luces y sombras en mano- ese
viaje del solitario...
De:
PERRAS NEGRAS, un andén para viajar a la lucidez
En:
Filos que Teje el Silencio
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Y éste es el último de sus intentos: la atractiva ficcionalización de sucesos deportivos, algunos muy conocidos, y otros, producto de sus vivencias en campos deportivos universitarios del mundo. |
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Una triple sorpresa para nosotros: el proyecto, su consumación en esta interesante obra, y esta dedicatoria que nos honra y nos conmueve. |
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La visión humana, ésa que justifica todo acto de escritura, campea a través de las más de trescientas páginas de una obra que invitamos a disfrutar. |
jueves, 1 de enero de 2015
miércoles, 31 de diciembre de 2014
Símbolo de fidelidad es el caballito de mar
Que tengamos el valor suficiente para girarla
en la cerradura y empezar a andar por los ignotos paisajes que nos aguardan,
que en el camino encontremos a otr@s viajer@s cuyas presencias nos hagan sentir
protegid@s y seamos capaces de envolverles en el abrigo de nuestras miradas,
son mis deseos más sinceros para cada uno de ustedes.
Y gracias, por la afectuosa Amistad que tan
generosamente me han regalado.
Un abrazo fraterno:
Ana
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a mis amorosos "caballitos de mar". |
lunes, 29 de diciembre de 2014
Producción del Taller Temático: El ADN de la Literatura Universal
Alma, no olvides mi nombre adonde vayas
El río ya había aplacado su
instinto de faraón caprichoso. ¿Quién osaría detenerlo cuando luego de su
desmesurado antojo, las arenas del desierto terminaban cubriéndose de lodo
fértil? Ni el cielo se atrevía a pronunciar su nombre. Lo preservaría para que
no muriera jamás. Los hombres entonces le agradecían ese semen divino por
haberles revivido sus cosechas. Inundación de agua buena, agua sana que se
convertía en rumor de risas por entre los surcos de trigo, cebada, sésamo y por
las comisuras de la gente buena como el
agua buena.
Por entonces, al final de una de
esas inundaciones apareció un nahual.
Fuera mentira o verdad, algunos veían en este ser a una energía
protectora; otros, a un animal defensor. Parece ser que éste andaba buscando la
mujer que concebiría la forma humana esbozada para él en el mundo de las ideas;
allí en donde se aprenden las verdades eternas de la vida y la muerte. En ese
mismo lugar, donde anidan todos los espíritus que se disponen luego a emprender
el vuelo hacia el “¡por fin te conozco!”.
Los asombrados ojos creían haberlo descubierto después del desborde.
Cuerpo de pájaro y cabeza de humano, revoloteando, medio perdido o atontado. La
creencia popular, que vuela y se alimenta de historias, argumentaba que se
presentan de ese modo cuando la mujer encinta todavía no ha engendrado al que
deben orientar en su nuevo destino. ¿Y cómo encontrarlo para que tuviera su
dignidad humana?, parecía preguntarse en su condición de sombra en pena rondando
a tientas y a locas.
Mientras tanto y alejados de las
diversas conjeturas, un hombre se empecinaba en discutir con su alma, a la que
solían llamarle Ba en el gran Egipto. No es extraño este proceder cuando el
cuerpo agotado de sufrimientos entra en conflicto con ella.
El nahual se acercó, sobrevolando
casi al ras del suelo y agudizó sus oídos, mientras iba calculando que tenía
tiempo de sobra hasta que se consumara la prometida concepción. El hombre
insistía en el abandono sufrido y la consecuencia fatal que le traería, acaso
para que su Ba sintiera más pesada la culpa:
“¡Mirad, mi alma me extravía, no
la escucho, arrastrándome a la muerte antes de que yo vaya a ella!”.
Asidas al cuerpo nervioso, las
alas del pájaro se sacudieron con voluntad de quien quería intervenir. ¿Valdría
la pena interceder por el Ba, si la
causa fuera justa? Justicia o injusticia la cuestión podría irse resolviendo
sola. El ser emplumado dejó de aletear; sus ojos y oídos humanos vigilaban curiosos
la disputa, aunque los pensamientos querían escapar en tropel por la boca
cuando escuchaba la voz del que seguía exigiendo inexorablemente. Reflexiones
que las uñas desgarraban sobre la tierra, a medida que las oía: ¡Haya paciencia
de alma para atender tanto reclamo! ¡Dónde se ha visto un destino sin pesares!
Si fuera por mí…Casi se le escapa la voz por la garganta humana. Pero por algo
el alma tiene cualidad de madre. ¿De dónde me salió esa idea? Sacudió la cabeza
como para desprenderse de un abrojo. Mientras tanto y ajenos al fisgón, el Ba
no dejaba de aconsejar al hombre; un momento con suavidad maternal; otros, con
la firmeza de la razón.
“…que alcances el occidente, que
tus miembros alcancen la tierra, me posaré después que te hayas cansado y
entonces haremos una morada juntos”. “Escúchame, mira, es bueno escuchar para
la gente. Sigue el día felizmente, olvida la preocupación”.
El coloquio era largo:
insinuaciones, protestas, consejos... hasta que se aflojaron los ánimos. Ante
todo estaba el honor del hombre, mantener la identidad. El Ba no lo
abandonaría. No dejaría de pronunciar su nombre mientras él viviera. Aún
permaneciendo en el mundo subterráneo de huesos sin carne adherida, su Ba
mantendría la promesa de retornar en un futuro con el nombre grabado en su
memoria, aún sabiendo que en su tumba la prole de ese hombre y los hijos de sus
hijos lo perpetuarían en papiros.
De algún lugar salió una voz:
“¿Qué animal es ése?”, se escuchó decir. Ni quiso responder el pájaro con
cabeza de humano. Había intuido el ansiado momento. Levantó vuelo con altanería
de ave mística hacia su futura morada para esperar al ser que tendría que proteger y guiar por siempre.
Susana
Matteo
Taller Temático
“El ADN de la Literatura Universal”.
(Esta producción
estuvo motivada por la lectura y análisis del texto Diálogo del cansado de la
vida con su alma, de la literatura egipcia del tercer milenio A.C., el que
recomendamos conocer.)
Centro de
Formación Humanística PERRAS NEGRAS
“La contradicción es el móvil e imprevisible fondo del alma humana”- Alberto Moravia
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28 de diciembre de 1907- Italia Escritor y periodista. |
Dejar a Matilde
Un amigo mío camionero ha escrito en el cristal del
parabrisas: “Mujeres y motores, alegrías y dolores”. No digo yo que no tenga
sus buenas razones para decir que los dolores y las alegrías que le procuran
las mujeres tengan más o menos el mismo peso en la balanza de su vida. Digo
que, al menos por lo que se refiere a Matilde y a mí, esa balanza andaba muy
desequilibrada: por un lado, muy alto, el platillo de las alegrías; por el
otro, muy bajo, el platazo de los dolores. De modo que, al final, tras un año
de noviazgo de puras peleas, incumplimientos de palabra, bribonadas y
traiciones, decidí dejarla a la primera oportunidad.
La oportunidad llegó pronto, una noche que la había citado
en la plaza Campitelli, cerca de su casa: Esa noche Matilde, simplemente, no
vino. Advertí entonces, tras una horita de espera, que sentía más alivio que
disgusto, y comprendí que había llegado el momento de la separación. Incierto
entre un dolor amargo y una satisfacción agraz, medio contento y medio
desesperado, me fui a casa y me acosté en seguida. Pero antes de apagar la luz
me santigüé, solemne, y dije en voz alta:
-Esta vez se acabó, vaya si se acabó.
Este juramento hay que decir que me calmó, porque dormí de
corrido nueve horas y sólo me desperté por la mañana cuando mamá vino a
avisarme que preguntaban por mí al teléfono.
Fui al teléfono, al apartamento de enfrente, de una modista
amiga. De inmediato, la vocecita dulce de Matilde:
-¿Cómo estás?
-Estoy bien -contesté, duro.
-Perdóname por anoche..., pero no pude, de verdad.
-No importa -le dije-, así que adiós... Nos veremos
mañana... Te diré una cosa...
-¿Qué cosa?
-Una importante.
-¿Una cosa buena?
-Según... Para mí sí.
-¿Y para mí?
Dije tras un momento de reflexión:
-Claro, también para ti.
-¿Y qué cosa es?
-Te la diré mañana.
-No, dímela hoy.
-No me mates...
-Está bien... ¿Sabes por qué te he telefoneado hoy? Porque
hace un día precioso, es fiesta, y podríamos ir en moto al mar. ¿Qué te parece?
Me quedé incómodo porque no me esperaba esa propuesta tan
cariñosa, hecha con una voz tan dulce. Después pensé que, en el fondo, tanto
daba hoy como mañana: iríamos a la playa y yo, en lo mejor, le diría que la
dejaba y así me vengaría también un poco. Dije:
-Está bien, dentro de media hora paso a buscarte.
Fui a recoger el ciclomotor y luego, a la hora fijada, me
presenté en casa de Matilde y le silbé para llamarla, como de costumbre. Se
precipitó en seguida abajo, lo noté; normalmente me hacía esperar Dios sabe
cuánto. Mientras corría hacia mí atravesando la plaza, la miré y me di cuenta
una vez más de que me gustaba: bajita, dura, morenísima, con la cara ancha por
abajo como un gato, la boca sombreada de pelusilla, los ojos negros, astutos y
vivos, el pelo muy cortito, tan espeso y tan bajo sobre la frente que evocaba
el pelamen de un animal salvaje. Pero pensé: “Desde luego que me gusta, me
gusta mucho, pero la dejo”, y advertí con alivio que la idea no me turbaba en
absoluto. Cuando la tuve delante, todavía jadeando por la carrera, me preguntó
en seguida con voz tierna:
-¿Qué? ¿Aún estás enfadado por lo de ayer?
Contesté huraño:
-Vamos, monta.
Y ella, sin más, subió al sillín de la moto agarrándose a mí
con las dos manos. Salimos.
Una vez en la vía Cristoforo Colombo, entre los muchos
automóviles y motos del día festivo, con el sol que ya quemaba, empecé a pensar
sañudamente en lo que debía hacer. ¿Cuándo tenía que decirle que la dejaba? Al
principio pensé que se lo diría en cuanto llegásemos a la playa, para
estropearle la excursión y a lo mejor traerla inmediatamente después a Roma:
una idea vengativa. Pero después, pensándolo mejor, me dije que, a fin de
cuentas, también me estropearía la excursión a mí mismo. Mejor, pensé,
disfrutar de la vida y -¿por qué no?- de Matilde hasta cierto momento, digamos
que hasta las dos, después de comer. O bien, incluso, esperar al final de la
excursión y decírselo mientras regresábamos, por esta misma vía Cristoforo
Colombo, sin volverme, así, como por azar. O incluso también esperar a llegar a
Roma y decírselo en la puerta de su casa: “Adiós, Matilde. Te digo adiós porque
hoy ha sido la última vez que hemos estado juntos”. Entre tantas ideas no sabía
cuál escoger; al final me dije que no debía hacer planes; en el momento
oportuno, no sabía cuál, se lo diría. Entre tanto Matilde, como si hubiera
adivinado mis reflexiones, se apretaba fuerte a mí, e incluso me había cogido
con la mano la piel del brazo, como pellizcándome, con ese pellizco que se
llama mordisco del asno, y que en ella era una demostración de afecto. La oí,
después, decirme al oído con una voz alegre y tierna:
-¡Eh! ¿Sabes que tienes que ir al peluquero? Con tanto pelo
ni hay sitio para un beso.
Digo la verdad, esas palabras y el pellizco me hicieron
cierto efecto. Pero de todas formas pensé: “Sigue, sigue... Ya es demasiado
tarde”.
Una vez en Castelfusano cogí hacia Torvaianica, donde sabía
que no había balnearios, que sólo agradan a quienes van al mar a ponerse
morenos, sino nada más que matorrales y la playa desierta. Al llegar a un sitio
muy solitario, con un monte bajo que pululaba, verde e intrincado, por el
declive hasta la tira blanca de la playa, dejé la moto en el borde del camino;
y después corrimos juntos a más no poder por los senderos, rodeando los gruesos
arbustos batidos por el viento, hasta el mar. La llevaba de la mano, pero este
gesto cariñoso lo había impuesto ella; y yo la dejé hacer; así me sentí de
nuevo enternecido, como en los buenos tiempos en que la quería. Pero me di cuenta
de que seguía decidido a dejarla, y esto me devolvió la confianza.
-Voy a desnudarme detrás de aquella mata -dijo ella-. No
mires.
Y yo me pregunté si no sería cosa de decírselo ahora;
recibiría la ducha fría justo en el momento en que estaba desnuda, llena de la
felicidad que le daba aquel sitio tan bonito y la excursión al mar. Pero cuando
me volví hacia ella y vi asomar por la mata sus hombros delicados, con los
brazos levantados, y quitarse la falda por la cabeza, se me fueron las ganas.
Tanto más cuanto que ella decía, siempre con su voz cariñosa:
-Giulio, no te creas que no me doy cuenta; me estás mirando.
Así fuimos a tumbarnos en la arena, yo boca abajo y ella
hacia arriba, con la cabeza en mi espalda como en un cojín. El sol quemaba mi
espalda, la arena me quemaba el pecho y su cabeza me pesaba en la espalda, pero
era un dulce peso. Ella dijo, tras un largo silencio:
-¿Por qué estás tan callado? ¿En qué piensas?
Y yo contesté espontáneamente:
-Pienso en lo que tengo que decirte.
-Pues dilo.
Estaba a punto de decirlo de veras cuando ella, voluble como
las mariposas que vuelan de una flor a otra y nunca se dejan coger, dijo de
pronto:
-Mira, mientras tanto úntame los hombros, que no quiero
quemarme.
Renuncié una vez más a hablar y, cogiendo el frasquito de
aceite, le unté la espalda desde el cuello a la cintura. Al final ella anunció:
-Me duermo. ¡No me molestes!
Y me quedé turulato de nuevo, pensando que, en el fondo, no
le importaba nada saber lo que quería decirle.
Matilde durmió quizás una hora; después se despertó y
propuso:
Caminemos a lo largo del mar. Es pronto para bañarse, pero
al menos quiero mojarme los pies en el agua.
Volvió a cogerme de la mano y juntos corrimos a través de la
playa hacia la orilla. Las olas eran grandes y ella, siempre de mi mano, empezó
a dar carreritas hacia adelante y hacia atrás, según las olas avanzaran o
refluyeran, entre un viento que soplaba con fuerza, gritando de alegría cada
vez que una ola, más rápida que ella, la embestía y le subía hasta media
pierna. No sé por qué, al verla tan feliz, me dieron unas ganas crueles de
estropearle la felicidad y grité fuerte, para superar con la voz el estruendo
de mar: “Ahora te digo esa cosa”. Pero ella, de forma imprevista, me abrazó
repentinamente con fuerza, diciéndome: “Cógeme en brazos y llévame al medio del
agua, inténtalo, pero no me dejes caer”. De modo que la cogí en brazos, que
pesaba mucho aunque era pequeña, y avancé un poco entre toda aquella confusión
de olas que se cruzaban, montaban unas sobre otras y refluían. Mientras tanto
me preguntaba por qué ella había hecho este gesto; y concluí diciéndome que,
con su intuición femenina, había adivinado que lo que quería decirle no le iba
a gustar. Ahora, desvanecido el peligro de oírme decir aquella cosa, me
invitaba a volver a la orilla. Volví y la dejé con delicadeza en la arena; me
dio un beso en la mejilla, diciendo:
-Y ahora comemos.
Abrimos el paquete del almuerzo y comimos los bocadillos de
ternera que mi madre me había preparado. Después, durante dos horas, siempre la
misma canción. Yo tenía en la punta de la lengua lo que quería decirle, pensaba
decírselo porque el momento me parecía favorable, estaba a punto de decirlo
cuando ella, de pronto, me hablaba de forma cariñosa o hacía un gesto imprevisto,
o incluso me quitaba la palabra de la boca. Varias veces me volvió la idea de
una de esas mariposas blancas de la col, que en primavera son las primeras y
las más inasibles, feliz de quien consigue echarles mano. Después, cuando ya
desesperaba de llegar a mi declaración, me propuso de golpe y porrazo:
-Bueno, dime ahora esa cosa.
Estaba a punto de abrir la boca cuando ella gritó:
-No, no me la digas, espera, déjamela adivinar. Veamos:
¿quieres decirme que me quieres mucho?
-No -respondí.
-¿Entonces quieres decirme que soy muy mona y te gusto?
-No.
-Entonces, ¿que nos casaremos pronto?
-No.
-Estas son las tres únicas cosas que me interesan -dijo ella
sacudiendo la cabeza-. Basta, no quiero saber nada.
-No, tengo que decirte que...
Pero ella, tapándome la boca con la mano:
-Chitón, si quieres que te dé un beso.
¿Qué podía hacer yo? Me quedé callado; y ella quitó la mano
y puso sus labios, en un beso largo que me pareció sincero.
Al final habíamos hecho de todo: tomado el sol, dormido, un
semibaño, habíamos hablado; pero no le había dicho aquella cosa y ya sólo nos
quedaba irnos. De modo que nos vestimos cada uno detrás de su mata y yo una vez
más, mientras me metía los pantalones, pensé que ese era el momento adecuado.
Me levanté y dije con voz natural:
-Lo que quería decirte, Matilde, es esto: he decidido
dejarte.
Pronunciadas estas palabras miré hacia la mata tras la que
ella se ocultaba, pero no vi nada. El viento ahora soplaba más fuerte que nunca
y sólo se oían, en aquel lugar desierto, la voz del viento, baja y modulada, y
el estruendo del mar. Matilde parecía que no estaba, como si mis palabras la
hubieran hecho desvanecerse en el aire, como los torbellinos de arena que el
viento levantaba sin tregua de las dunas blancas y empujaba hacia arriba, hacia
el monte bajo. Dije: “Matilde”, pero no obtuve respuesta. Grité entonces:
¡Matilde!”, y tampoco contestó. Inquieto, incluso un poco asustado, pensando
que, quién sabe, estuviera llorando de dolor, o quizá se hubiera desmayado, me
puse a toda prisa la camisa y corrí hacia la mata detrás de la cual debería
estar. No estaba: en la arena no vi más que su bolso y sus zapatitos rojos.
Pero justo en el momento en que me volvía llamándola, la sentí que se me echaba
encima, con violencia hasta el punto de que no pude aguantar en pie y caí boca
arriba, con ella. Matilde ahora se sentaba a horcajadas en mi pecho y me decía:
-Repite lo que has dicho. Vamos, repítelo.
La arena me soplaba en la cara, punzante; ella reía sin
parar y yo por fin contesté flojo:
-Bueno, no lo repito, pero déjame en paz.
Pero ella no se levantó en seguida y dijo:
-¿Y eso era todo? Te digo la verdad, creía que era algo más
importante.
Después me soltó; me levanté yo también y, de repente,
advertí que estaba contento de habérselo dicho y de que no lo hubiera tomado en
serio y se lo tomara como una de las muchas bobadas que se pueden decir entre
enamorados. En resumen, volvimos a subir la pendiente cogidos de la cintura. Y
yo le dije que la quería mucho; y ella me contestó ya un poco reservada, porque
no se temía que la dejara: “También yo”. Poco después corríamos de nuevo por la
vía Cristoforo Colombo.
Pero al llegar a su casa me dijo, cogiéndome la mano:
-Giulio, ahora es mejor que no nos veamos unos días.
Me sentí casi desfallecer y consternado, exclamé:
-Pero, ¿por qué?
Y ella, con una buena carcajada:
-He querido hacer una prueba. Querías dejarme, ¿eh? Y luego,
sólo ante la idea de no verme unos días, pones una cara así de triste. Está
bien, nos vemos mañana.
Corrió hacia arriba y yo me quedé como un bobo, mirándola
alejarse.
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Película basada en su novela. |
jueves, 25 de diciembre de 2014
En esta Nochebuena
En esta Nochebuena, agradeceré el rico plato
de comida que el trabajo nos ha permitido poner en la mesa, el vaso de refresco
que otros trabajadores prepararon para la sed de los domingos, el rostro
arrugadito pero todavía sonriente de mi madre, las graciosas ocurrencias de mi
hija, los llamados de mis querid@s amig@s, los preciosos mails de algun@s
alumn@s, la energía para seguir intentando amasar cada granito de esperanza en
un mundo más justo, más honesto...
Por eso, en esta Nochebuena, recordaré que en
los hospitales del mundo hay personas que sufren, que en los manicomios del
mundo hay personas que deliran, que en las cárceles del mundo hay personas sin
tiempo ni espacio, que en las villas del mundo hay seres condenados a la
invisibilidad, que en las calles del mundo hay reptiles que cazan gente con las
redes del dinero y que en los campos del mundo los verdaderos animales
-nuestr@s herman@s- viven en armonía ahora bajo las estrellas nocturnas.
Así que, en esta Noche del Alma, sólo puedo pedir,
a todas las divinidades, que en cada uno de nosotr@s amanezca la Conciencia
Colectiva.
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