miércoles, 7 de enero de 2015

“La biblioteca es un gran laberinto, signo del laberinto que es el mundo» - Umberto Eco









"Las Corrupciones" de Jesús Torbado


4 de enero de 1943- España
Escritor y periodista.



Jesús Torbado construyó su libro “Las Corrupciones” - premio Alfaguara en el 65 - sobre la teoría de que tres son los conceptos que primero se corrompen en el ser humano: la fe en Dios, la fe en los hombres y la fe en uno mismo.

Me acuerdo que este libro, escrito en París por un joven de 22 años, fue casi un libro de cabecera para los de mi generación, para aquella juventud idealista y a veces existencialista que leía a Marx, a Sartre, a Camus, a Faulkner y a Kafka y pasaba las tardes de los domingos en los cine-clubs de los Colegios Mayores viendo complicadas películas, algunas en versión original, de directores como Buñuel, Bergman, Visconti, Truffaut o Chabrol y que obligaban a exprimirse el intelecto para luego, al término de la proyección, poder exponer una parrafada brillante en los coloquios que seguían a la misma.

Todo estaba cambiando en aquellos años y sin embargo, parecía que nada cambiaba. Existía algo parecido al gatopardismo, la teoría del autor de “El gatopardo”, Tomasi di Lampedusa, cuando escribía que: “Si queremos que todo siga como está, es necesario que todo cambie", solo que nosotros percibíamos que la realidad existente era: "cambiemos algo para que nada cambie".

“Las Corrupciones” fue un libro que indicaba el cambio; el cambio que todos estábamos experimentando aunque no nos apercibiéramos de ello. Muchos de nuestros esquemas o creencias se estaban mutando y formábamos una generación que transmitía de unos a otros, en plan “Fahrenheit 451”, los modelos y los ideales para cambiar el mundo que nos rodeaba pero también, las decepciones que íbamos sufriendo durante el camino.

Evidentemente lo primero que se nos había corrompido era la fe en Dios, porque a Él no lo necesitábamos ya para iniciar nuestro nuevo modelo de vida; al contrario, era un freno para nuestro desarrollo del subconsciente.

La fe en los hombres, en algunos hombres, fue nuestro motor, el motor que impulsaría unos años después los grandes movimientos estudiantiles que agitarían las grandes ciudades de Europa (Paris, Praga, etc). En esos primeros momentos solo se nos había corrompido la fe en los hombres que marcaban los destinos políticos de nuestros países y la fe en nuestros padres. Con los años, la fe en los nuevos hombres elegidos se corrompió a la misma velocidad que se fueron corrompiendo estos.

La fe en nosotros mismos, la necesitábamos para continuar avanzando sobre el modelo de vida proyectado y para apoyar a los hombres que cambiarían el mundo. Con el tiempo descubrimos que nuestras posibilidades eran limitadas, unas veces por nosotros mismos y otras por los escollos colocados por los elegidos. La corrupción de la fe en nosotros mismos dio lugar al conocimiento de nuestro yo y a la búsqueda de nuestro rincón en el mundo en el que organizar el tiempo futuro de vivir.

Después, a lo largo de la vida, hemos ido perdiendo la fe en muchas más ideas aparte de las citadas. Desgraciadamente, la corrupción es una constante que asoma su desagradable rostro en todas las actividades del hombre.

Se corrompe el amor cuando falta el deseo o el dinero. Se corrompe el proyecto ambicioso por culpa del precio de la “mordida”. Se corrompe la ayuda solidaria por la ambición del intermediario corrupto. Se corrompen los políticos, sean de la ideología que sean, cuando el dinero llama a su puerta.

Ahora que tanto se habla de corrupción y nos desayunamos y nos acostamos con la palabra metida en el coco, la sociedad necesita un vendaval que se lleve por los aires, igual que a las hojas secas, a todos los mentirosos, chorizos, oportunistas y trapicheros que nos corrompen el alma. Que se los lleve el viento.



De: http://elpresley.blogspot.com

domingo, 4 de enero de 2015

“El que quiere ser escritor tiene que inventar al individuo que escribe...”- Carlos Liscano

“Aquí, en PERRAS NEGRAS, a nivel de cualquiera de sus Talleres, no fabricamos inventores; no debemos.
Tan sólo podemos acompañar, durante algún trecho -luces y sombras en mano- ese viaje del solitario...

De: PERRAS NEGRAS, un andén para viajar a la lucidez

En: Filos que Teje el Silencio


O sea que cuando Hugo se integró a nuestro Centro
ya "había inventado al individuo que escribe"
décadas atrás.
Pero venía con la humildad propia
del verdadero buscador de la palabra artística,
ése que siempre cree que
debería vivir muchas vidas para acercarse al cuasi-dominio
de la fugitiva expresión.

Y éste es el último de sus intentos: la atractiva ficcionalización
de sucesos deportivos, algunos muy conocidos, y otros, producto
de sus vivencias en campos deportivos universitarios del mundo.


Una triple sorpresa para nosotros: el proyecto,
su consumación en esta interesante obra,
y esta dedicatoria que nos honra y nos conmueve.





La visión humana, ésa que justifica todo acto de escritura,
campea a través de las más de trescientas páginas
de una obra que invitamos a disfrutar.


La generosidad es un atributo de las almas nobles,
como la tuya, 
querido Hugo.
Así que soy yo quien debe agradecer

tu presencia en este Centro, siempre enriquecedora, 
siempre respetuosa de la diversa identidad de sus integrantes,
actitud en lamentable proceso de extinción por estos tiempos.
Fuiste un vivo exponente de aquel principio de Mandela
acerca de que "el deporte tiene el poder de transformar el mundo.
Tiene el poder
de inspirar, de unir a la gente como pocas
otras cosas. Tiene más capacidad que los gobiernos..."

miércoles, 31 de diciembre de 2014

Símbolo de fidelidad es el caballito de mar


Que tengamos el valor suficiente para girarla en la cerradura y empezar a andar por los ignotos paisajes que nos aguardan, que en el camino encontremos a otr@s viajer@s cuyas presencias nos hagan sentir protegid@s y seamos capaces de envolverles en el abrigo de nuestras miradas, son mis deseos más sinceros para cada uno de ustedes.
Y gracias, por la afectuosa Amistad que tan generosamente me han regalado.
Un abrazo fraterno:
Ana

a mis amorosos "caballitos de mar".


A mis querid@s integrantes de Perras Negras
























































y l@s compañer@s de Talleres a Distancia
que debieron retirarse temprano para volver a sus departamentos
del interior del país.

lunes, 29 de diciembre de 2014

Producción del Taller Temático: El ADN de la Literatura Universal



Alma, no olvides mi nombre adonde vayas


El río ya había aplacado su instinto de faraón caprichoso. ¿Quién osaría detenerlo cuando luego de su desmesurado antojo, las arenas del desierto terminaban cubriéndose de lodo fértil? Ni el cielo se atrevía a pronunciar su nombre. Lo preservaría para que no muriera jamás. Los hombres entonces le agradecían ese semen divino por haberles revivido sus cosechas. Inundación de agua buena, agua sana que se convertía en rumor de risas por entre los surcos de trigo, cebada, sésamo y por las comisuras  de la gente buena como el agua buena.
Por entonces, al final de una de esas inundaciones apareció un nahual.
Fuera mentira o verdad,  algunos veían en este ser a una energía protectora; otros, a un animal defensor. Parece ser que éste andaba buscando la mujer que concebiría la forma humana esbozada para él en el mundo de las ideas; allí en donde se aprenden las verdades eternas de la vida y la muerte. En ese mismo lugar, donde anidan todos los espíritus que se disponen luego a emprender el vuelo hacia el “¡por fin te conozco!”.   Los asombrados ojos creían haberlo descubierto después del desborde. Cuerpo de pájaro y cabeza de humano, revoloteando, medio perdido o atontado. La creencia popular, que vuela y se alimenta de historias, argumentaba que se presentan de ese modo cuando la mujer encinta todavía no ha engendrado al que deben orientar en su nuevo destino. ¿Y cómo encontrarlo para que tuviera su dignidad humana?, parecía preguntarse en su condición de sombra en pena rondando a tientas y a locas.
Mientras tanto y alejados de las diversas conjeturas, un hombre se empecinaba en discutir con su alma, a la que solían llamarle Ba en el gran Egipto. No es extraño este proceder cuando el cuerpo agotado de sufrimientos entra en conflicto con ella.
El nahual se acercó, sobrevolando casi al ras del suelo y agudizó sus oídos, mientras iba calculando que tenía tiempo de sobra hasta que se consumara la prometida concepción. El hombre insistía en el abandono sufrido y la consecuencia fatal que le traería, acaso para que su Ba sintiera más pesada la culpa:
“¡Mirad, mi alma me extravía, no la escucho, arrastrándome a la muerte antes de que yo vaya a ella!”.
Asidas al cuerpo nervioso, las alas del pájaro se sacudieron con voluntad de quien quería intervenir. ¿Valdría la pena  interceder por el Ba, si la causa fuera justa? Justicia o injusticia la cuestión podría irse resolviendo sola. El ser emplumado dejó de aletear; sus ojos y oídos humanos vigilaban curiosos la disputa, aunque los pensamientos querían escapar en tropel por la boca cuando escuchaba la voz del que seguía exigiendo inexorablemente. Reflexiones que las uñas desgarraban sobre la tierra, a medida que las oía: ¡Haya paciencia de alma para atender tanto reclamo! ¡Dónde se ha visto un destino sin pesares! Si fuera por mí…Casi se le escapa la voz por la garganta humana. Pero por algo el alma tiene cualidad de madre. ¿De dónde me salió esa idea? Sacudió la cabeza como para desprenderse de un abrojo. Mientras tanto y ajenos al fisgón, el Ba no dejaba de aconsejar al hombre; un momento con suavidad maternal; otros, con la firmeza de la razón.
“…que alcances el occidente, que tus miembros alcancen la tierra, me posaré después que te hayas cansado y entonces haremos una morada juntos”. “Escúchame, mira, es bueno escuchar para la gente. Sigue el día felizmente, olvida la preocupación”.
El coloquio era largo: insinuaciones, protestas, consejos... hasta que se aflojaron los ánimos. Ante todo estaba el honor del hombre, mantener la identidad. El Ba no lo abandonaría. No dejaría de pronunciar su nombre mientras él viviera. Aún permaneciendo en el mundo subterráneo de huesos sin carne adherida, su Ba mantendría la promesa de retornar en un futuro con el nombre grabado en su memoria, aún sabiendo que en su tumba la prole de ese hombre y los hijos de sus hijos lo perpetuarían en papiros.
De algún lugar salió una voz: “¿Qué animal es ése?”, se escuchó decir. Ni quiso responder el pájaro con cabeza de humano. Había intuido el ansiado momento. Levantó vuelo con altanería de ave mística hacia su futura morada para esperar al ser que tendría que  proteger y guiar por siempre.


Susana Matteo

Taller Temático “El ADN de la Literatura Universal”.

(Esta producción estuvo motivada por la lectura y análisis del texto Diálogo del cansado de la vida con su alma, de la literatura egipcia del tercer milenio A.C., el que recomendamos conocer.)

Centro de Formación Humanística PERRAS NEGRAS


















“La contradicción es el móvil e imprevisible fondo del alma humana”- Alberto Moravia

28 de diciembre de 1907- Italia
Escritor y periodista.

Dejar a Matilde


Un amigo mío camionero ha escrito en el cristal del parabrisas: “Mujeres y motores, alegrías y dolores”. No digo yo que no tenga sus buenas razones para decir que los dolores y las alegrías que le procuran las mujeres tengan más o menos el mismo peso en la balanza de su vida. Digo que, al menos por lo que se refiere a Matilde y a mí, esa balanza andaba muy desequilibrada: por un lado, muy alto, el platillo de las alegrías; por el otro, muy bajo, el platazo de los dolores. De modo que, al final, tras un año de noviazgo de puras peleas, incumplimientos de palabra, bribonadas y traiciones, decidí dejarla a la primera oportunidad.
La oportunidad llegó pronto, una noche que la había citado en la plaza Campitelli, cerca de su casa: Esa noche Matilde, simplemente, no vino. Advertí entonces, tras una horita de espera, que sentía más alivio que disgusto, y comprendí que había llegado el momento de la separación. Incierto entre un dolor amargo y una satisfacción agraz, medio contento y medio desesperado, me fui a casa y me acosté en seguida. Pero antes de apagar la luz me santigüé, solemne, y dije en voz alta:

-Esta vez se acabó, vaya si se acabó.

Este juramento hay que decir que me calmó, porque dormí de corrido nueve horas y sólo me desperté por la mañana cuando mamá vino a avisarme que preguntaban por mí al teléfono.

Fui al teléfono, al apartamento de enfrente, de una modista amiga. De inmediato, la vocecita dulce de Matilde:

-¿Cómo estás?

-Estoy bien -contesté, duro.

-Perdóname por anoche..., pero no pude, de verdad.

-No importa -le dije-, así que adiós... Nos veremos mañana... Te diré una cosa...

-¿Qué cosa?

-Una importante.

-¿Una cosa buena?

-Según... Para mí sí.

-¿Y para mí?

Dije tras un momento de reflexión:

-Claro, también para ti.

-¿Y qué cosa es?

-Te la diré mañana.

-No, dímela hoy.

-No me mates...

-Está bien... ¿Sabes por qué te he telefoneado hoy? Porque hace un día precioso, es fiesta, y podríamos ir en moto al mar. ¿Qué te parece?

Me quedé incómodo porque no me esperaba esa propuesta tan cariñosa, hecha con una voz tan dulce. Después pensé que, en el fondo, tanto daba hoy como mañana: iríamos a la playa y yo, en lo mejor, le diría que la dejaba y así me vengaría también un poco. Dije:

-Está bien, dentro de media hora paso a buscarte.

Fui a recoger el ciclomotor y luego, a la hora fijada, me presenté en casa de Matilde y le silbé para llamarla, como de costumbre. Se precipitó en seguida abajo, lo noté; normalmente me hacía esperar Dios sabe cuánto. Mientras corría hacia mí atravesando la plaza, la miré y me di cuenta una vez más de que me gustaba: bajita, dura, morenísima, con la cara ancha por abajo como un gato, la boca sombreada de pelusilla, los ojos negros, astutos y vivos, el pelo muy cortito, tan espeso y tan bajo sobre la frente que evocaba el pelamen de un animal salvaje. Pero pensé: “Desde luego que me gusta, me gusta mucho, pero la dejo”, y advertí con alivio que la idea no me turbaba en absoluto. Cuando la tuve delante, todavía jadeando por la carrera, me preguntó en seguida con voz tierna:

-¿Qué? ¿Aún estás enfadado por lo de ayer?

Contesté huraño:

-Vamos, monta.

Y ella, sin más, subió al sillín de la moto agarrándose a mí con las dos manos. Salimos.

Una vez en la vía Cristoforo Colombo, entre los muchos automóviles y motos del día festivo, con el sol que ya quemaba, empecé a pensar sañudamente en lo que debía hacer. ¿Cuándo tenía que decirle que la dejaba? Al principio pensé que se lo diría en cuanto llegásemos a la playa, para estropearle la excursión y a lo mejor traerla inmediatamente después a Roma: una idea vengativa. Pero después, pensándolo mejor, me dije que, a fin de cuentas, también me estropearía la excursión a mí mismo. Mejor, pensé, disfrutar de la vida y -¿por qué no?- de Matilde hasta cierto momento, digamos que hasta las dos, después de comer. O bien, incluso, esperar al final de la excursión y decírselo mientras regresábamos, por esta misma vía Cristoforo Colombo, sin volverme, así, como por azar. O incluso también esperar a llegar a Roma y decírselo en la puerta de su casa: “Adiós, Matilde. Te digo adiós porque hoy ha sido la última vez que hemos estado juntos”. Entre tantas ideas no sabía cuál escoger; al final me dije que no debía hacer planes; en el momento oportuno, no sabía cuál, se lo diría. Entre tanto Matilde, como si hubiera adivinado mis reflexiones, se apretaba fuerte a mí, e incluso me había cogido con la mano la piel del brazo, como pellizcándome, con ese pellizco que se llama mordisco del asno, y que en ella era una demostración de afecto. La oí, después, decirme al oído con una voz alegre y tierna:

-¡Eh! ¿Sabes que tienes que ir al peluquero? Con tanto pelo ni hay sitio para un beso.

Digo la verdad, esas palabras y el pellizco me hicieron cierto efecto. Pero de todas formas pensé: “Sigue, sigue... Ya es demasiado tarde”.

Una vez en Castelfusano cogí hacia Torvaianica, donde sabía que no había balnearios, que sólo agradan a quienes van al mar a ponerse morenos, sino nada más que matorrales y la playa desierta. Al llegar a un sitio muy solitario, con un monte bajo que pululaba, verde e intrincado, por el declive hasta la tira blanca de la playa, dejé la moto en el borde del camino; y después corrimos juntos a más no poder por los senderos, rodeando los gruesos arbustos batidos por el viento, hasta el mar. La llevaba de la mano, pero este gesto cariñoso lo había impuesto ella; y yo la dejé hacer; así me sentí de nuevo enternecido, como en los buenos tiempos en que la quería. Pero me di cuenta de que seguía decidido a dejarla, y esto me devolvió la confianza.

-Voy a desnudarme detrás de aquella mata -dijo ella-. No mires.

Y yo me pregunté si no sería cosa de decírselo ahora; recibiría la ducha fría justo en el momento en que estaba desnuda, llena de la felicidad que le daba aquel sitio tan bonito y la excursión al mar. Pero cuando me volví hacia ella y vi asomar por la mata sus hombros delicados, con los brazos levantados, y quitarse la falda por la cabeza, se me fueron las ganas. Tanto más cuanto que ella decía, siempre con su voz cariñosa:

-Giulio, no te creas que no me doy cuenta; me estás mirando.

Así fuimos a tumbarnos en la arena, yo boca abajo y ella hacia arriba, con la cabeza en mi espalda como en un cojín. El sol quemaba mi espalda, la arena me quemaba el pecho y su cabeza me pesaba en la espalda, pero era un dulce peso. Ella dijo, tras un largo silencio:

-¿Por qué estás tan callado? ¿En qué piensas?

Y yo contesté espontáneamente:

-Pienso en lo que tengo que decirte.

-Pues dilo.

Estaba a punto de decirlo de veras cuando ella, voluble como las mariposas que vuelan de una flor a otra y nunca se dejan coger, dijo de pronto:

-Mira, mientras tanto úntame los hombros, que no quiero quemarme.

Renuncié una vez más a hablar y, cogiendo el frasquito de aceite, le unté la espalda desde el cuello a la cintura. Al final ella anunció:

-Me duermo. ¡No me molestes!

Y me quedé turulato de nuevo, pensando que, en el fondo, no le importaba nada saber lo que quería decirle.

Matilde durmió quizás una hora; después se despertó y propuso:

Caminemos a lo largo del mar. Es pronto para bañarse, pero al menos quiero mojarme los pies en el agua.

Volvió a cogerme de la mano y juntos corrimos a través de la playa hacia la orilla. Las olas eran grandes y ella, siempre de mi mano, empezó a dar carreritas hacia adelante y hacia atrás, según las olas avanzaran o refluyeran, entre un viento que soplaba con fuerza, gritando de alegría cada vez que una ola, más rápida que ella, la embestía y le subía hasta media pierna. No sé por qué, al verla tan feliz, me dieron unas ganas crueles de estropearle la felicidad y grité fuerte, para superar con la voz el estruendo de mar: “Ahora te digo esa cosa”. Pero ella, de forma imprevista, me abrazó repentinamente con fuerza, diciéndome: “Cógeme en brazos y llévame al medio del agua, inténtalo, pero no me dejes caer”. De modo que la cogí en brazos, que pesaba mucho aunque era pequeña, y avancé un poco entre toda aquella confusión de olas que se cruzaban, montaban unas sobre otras y refluían. Mientras tanto me preguntaba por qué ella había hecho este gesto; y concluí diciéndome que, con su intuición femenina, había adivinado que lo que quería decirle no le iba a gustar. Ahora, desvanecido el peligro de oírme decir aquella cosa, me invitaba a volver a la orilla. Volví y la dejé con delicadeza en la arena; me dio un beso en la mejilla, diciendo:

-Y ahora comemos.

Abrimos el paquete del almuerzo y comimos los bocadillos de ternera que mi madre me había preparado. Después, durante dos horas, siempre la misma canción. Yo tenía en la punta de la lengua lo que quería decirle, pensaba decírselo porque el momento me parecía favorable, estaba a punto de decirlo cuando ella, de pronto, me hablaba de forma cariñosa o hacía un gesto imprevisto, o incluso me quitaba la palabra de la boca. Varias veces me volvió la idea de una de esas mariposas blancas de la col, que en primavera son las primeras y las más inasibles, feliz de quien consigue echarles mano. Después, cuando ya desesperaba de llegar a mi declaración, me propuso de golpe y porrazo:

-Bueno, dime ahora esa cosa.

Estaba a punto de abrir la boca cuando ella gritó:

-No, no me la digas, espera, déjamela adivinar. Veamos: ¿quieres decirme que me quieres mucho?

-No -respondí.

-¿Entonces quieres decirme que soy muy mona y te gusto?

-No.

-Entonces, ¿que nos casaremos pronto?

-No.

-Estas son las tres únicas cosas que me interesan -dijo ella sacudiendo la cabeza-. Basta, no quiero saber nada.

-No, tengo que decirte que...

Pero ella, tapándome la boca con la mano:

-Chitón, si quieres que te dé un beso.

¿Qué podía hacer yo? Me quedé callado; y ella quitó la mano y puso sus labios, en un beso largo que me pareció sincero.

Al final habíamos hecho de todo: tomado el sol, dormido, un semibaño, habíamos hablado; pero no le había dicho aquella cosa y ya sólo nos quedaba irnos. De modo que nos vestimos cada uno detrás de su mata y yo una vez más, mientras me metía los pantalones, pensé que ese era el momento adecuado. Me levanté y dije con voz natural:

-Lo que quería decirte, Matilde, es esto: he decidido dejarte.

Pronunciadas estas palabras miré hacia la mata tras la que ella se ocultaba, pero no vi nada. El viento ahora soplaba más fuerte que nunca y sólo se oían, en aquel lugar desierto, la voz del viento, baja y modulada, y el estruendo del mar. Matilde parecía que no estaba, como si mis palabras la hubieran hecho desvanecerse en el aire, como los torbellinos de arena que el viento levantaba sin tregua de las dunas blancas y empujaba hacia arriba, hacia el monte bajo. Dije: “Matilde”, pero no obtuve respuesta. Grité entonces: ¡Matilde!”, y tampoco contestó. Inquieto, incluso un poco asustado, pensando que, quién sabe, estuviera llorando de dolor, o quizá se hubiera desmayado, me puse a toda prisa la camisa y corrí hacia la mata detrás de la cual debería estar. No estaba: en la arena no vi más que su bolso y sus zapatitos rojos. Pero justo en el momento en que me volvía llamándola, la sentí que se me echaba encima, con violencia hasta el punto de que no pude aguantar en pie y caí boca arriba, con ella. Matilde ahora se sentaba a horcajadas en mi pecho y me decía:

-Repite lo que has dicho. Vamos, repítelo.

La arena me soplaba en la cara, punzante; ella reía sin parar y yo por fin contesté flojo:

-Bueno, no lo repito, pero déjame en paz.

Pero ella no se levantó en seguida y dijo:

-¿Y eso era todo? Te digo la verdad, creía que era algo más importante.

Después me soltó; me levanté yo también y, de repente, advertí que estaba contento de habérselo dicho y de que no lo hubiera tomado en serio y se lo tomara como una de las muchas bobadas que se pueden decir entre enamorados. En resumen, volvimos a subir la pendiente cogidos de la cintura. Y yo le dije que la quería mucho; y ella me contestó ya un poco reservada, porque no se temía que la dejara: “También yo”. Poco después corríamos de nuevo por la vía Cristoforo Colombo.

Pero al llegar a su casa me dijo, cogiéndome la mano:

-Giulio, ahora es mejor que no nos veamos unos días.

Me sentí casi desfallecer y consternado, exclamé:

-Pero, ¿por qué?

Y ella, con una buena carcajada:

-He querido hacer una prueba. Querías dejarme, ¿eh? Y luego, sólo ante la idea de no verme unos días, pones una cara así de triste. Está bien, nos vemos mañana.

Corrió hacia arriba y yo me quedé como un bobo, mirándola alejarse.


De: CiudadSeVa.com


Película basada en su novela.





jueves, 25 de diciembre de 2014

En esta Nochebuena


En esta Nochebuena, agradeceré el rico plato de comida que el trabajo nos ha permitido poner en la mesa, el vaso de refresco que otros trabajadores prepararon para la sed de los domingos, el rostro arrugadito pero todavía sonriente de mi madre, las graciosas ocurrencias de mi hija, los llamados de mis querid@s amig@s, los preciosos mails de algun@s alumn@s, la energía para seguir intentando amasar cada granito de esperanza en un mundo más justo, más honesto...

Por eso, en esta Nochebuena, recordaré que en los hospitales del mundo hay personas que sufren, que en los manicomios del mundo hay personas que deliran, que en las cárceles del mundo hay personas sin tiempo ni espacio, que en las villas del mundo hay seres condenados a la invisibilidad, que en las calles del mundo hay reptiles que cazan gente con las redes del dinero y que en los campos del mundo los verdaderos animales -nuestr@s herman@s- viven en armonía ahora bajo las estrellas nocturnas.

Así que, en esta Noche del Alma, sólo puedo pedir, a todas las divinidades, que en cada uno de nosotr@s amanezca la Conciencia Colectiva.