jueves, 6 de febrero de 2014

“No es que escribir me produzca un gran placer, pero es mucho peor cuando no lo hago” - Paul Auster











EL CUADERNO ROJO



2

Al año siguiente (1973) me ofrecieron un trabajo de guarda en una granja del sur de Francia. Los problemas legales de mi amiga eran agua pasada, y puesto que nuestro noviazgo intermitente parecía funcionar de nuevo, decidimos unir nuestras fuerzas y aceptar juntos el trabajo. Los dos andábamos mal de dinero por aquel en­tonces, y sin aquella oferta hubiéramos te­nido que volver a Estados Unidos, cosa que ninguno de los dos aún había previsto.

Fue un curioso año. Por una parte, el lugar era precioso: un caserón de piedra del siglo xviii, rodeado de viñas por uno de sus flancos y, por el otro, por un parque nacional. El pueblo más próximo estaba a dos kilómetros de distancia, y no lo habitaban más de cuarenta personas, ninguna de menos de sesenta o setenta años. Era un sitio ideal para que dos escritores jóvenes pasaran un año, y tanto L. como yo, traba­jando de verdad, sacamos en aquella casa mucho más fruto del que ninguno de los dos hubiera creído posible.

Por otra parte, vivíamos permanente­mente al borde de la catástrofe. Los dueños de la finca, una pareja estadounidense que vivía en París, nos enviaban un pequeño salario mensual (cincuenta dóla­res), dietas para la gasolina del coche, y dinero para la comida de los dos perros perdigueros que había en la casa. En con­junto, era un acuerdo generoso. No había que pagar alquiler, y aunque nuestro sala­rio nos viniera corto para vivir, cubría una parte de nuestros gastos mensuales. Nuestro plan era conseguir el resto haciendo traducciones. Antes de abandonar París e instalarnos en el campo habíamos acordado una serie de trabajos que nos ayudarían a pasar el año. Con lo que no había­mos contado era con que los editores suelen ser lentos a la hora de pagar sus deudas. Habíamos olvidado también que los cheques enviados de un país a otro pueden tardar semanas en cobrarse, y que, cuando los cobras, el banco te descuenta comisiones y gastos de cambio. Así que, al no haber dejado un margen para equivoca­ciones o errores de cálculo, L. y yo nos en­contramos frecuentemente en una situa­ción económica desesperada.

Recuerdo la feroz necesidad de nicotina, el cuerpo entumecido por la abstinencia, cuando registraba bajo los cojines del sofá y buscaba detrás de los armarios alguna moneda perdida. Con dieciocho céntimos (unos tres centavos y medio), po­días comprar cigarrillos de la marca Parisiennes, que vendían en paquetes de cua­tro. Recuerdo que les echaba de comer a los perros, y pensaba que comían mejor que yo. Me acuerdo de conversaciones con L., cuando nos planteábamos en serio abrir una lata de comida de perro para la cena.

Nuestra otra única fuente de ingresos aquel año procedía de un tal James Sugar. (No quiero insistir en los nombres metafó­ricos, pero las cosas son como son, qué va­mos a hacerle.) Sugar pertenecía al equipo de fotógrafos del National Geographic, y entró en nuestras vidas porque había colaborado con uno de los dueños de la casa en un artículo sobre la región. Hizo fotos durante meses, recorriendo Provenza en un coche alquilado que le proporcionó la revista, y, cada vez que se encontraba por nuestros pagos, pasaba la noche con noso­tros. Puesto que la revista le abonaba die­tas para sus gastos, nos daba muy amablemente el dinero que tenía asignado para gastos de hotel. Si recuerdo bien, la suma ascendía a cincuenta francos por noche. Así, L. y yo nos habíamos convertido en sus hoteleros particulares, y como además Sugar era un hombre encantador, siempre nos alegrábamos de verlo. El único pro­blema era que nunca sabíamos cuándo iba a aparecer. Nunca avisaba, y la mayoría de las veces transcurrían semanas entre visita y visita. Así que habíamos aprendido a no contar con el señor Sugar. Llegaba de repente como caído del cielo, aparcaba su deslumbrante coche azul, se quedaba una o dos noches, y volvía a desaparecer. Cada vez que se iba, estábamos seguros de que era la última vez que lo veíamos.

Vivimos los peores momentos al final del invierno y al principio de la primavera. Los cheques dejaron de llegar, robaron uno de los perros, y poco a poco acabamos con toda la comida de la despensa. Sólo nos quedaba, por fin, una bolsa de cebollas, una botella de aceite y un paquete de masa para empanada que alguien había comprado antes de que nosotros nos mudáramos a la casa: un resto revenido del verano anterior. L. y yo aguantamos du­rante toda la mañana, pero hacia las dos y media el hambre pudo con nosotros. Nos metimos en la cocina a preparar nuestro último almuerzo: dada la escasez de ingredientes con que contábamos, un pastel de cebolla era el único plato posible.

Después de que nuestro invento permaneciera en el horno lo que nos parecía tiempo de sobra, lo sacamos, lo pusimos sobre la mesa y le hincamos el diente. En contra de todas nuestras expectativas, lo encontramos exquisito. Creo que incluso llegamos a decir que era la mejor comida que habíamos probado nunca, pero me temo que sólo era un ardid, un tímido intento de darnos animo. Pero, en cuanto comimos un poco más, vino la decepción. De mala gana -muy de mala gana- nos vi­mos obligados a admitir que el pastel no había cocido lo suficiente, que el centro aún estaba crudo, incomestible. No había más remedio que ponerlo en el horno otros diez o quince minutos. Considerando el hambre que teníamos, y considerando que nuestras glándulas salivares acababan de ser activadas, abandonar el pastel no fue fácil.

Para entretener nuestra impaciencia, salimos a dar un paseo, pensando que el tiempo pasaría más deprisa si nos alejába­mos del buen olor de la cocina. Me acuerdo de que dimos una vuelta a la casa, quizá dos. Quizá nos dejamos llevar por una profunda conversación sobre algo que he olvidado. Pero, hiciéramos lo que hiciéramos y tardáramos lo que tardáramos, cuando volvimos a la casa la cocina estaba llena de humo. Nos lanzamos hacia el horno y sacamos el pastel, pero era demasiado tarde. Nuestro almuerzo sólo era una ruina. Se había incinerado, reducido a una masa carbonizada y ennegrecida: no se podía salvar ni un trozo.

Ahora parece una historia divertida, pero entonces era cualquier cosa menos una historia divertida. Habíamos caído en un agujero negro y no sabíamos la manera de salir de él. En todos mis años de esfuerzo por convertirme en un hombre, dudo que haya existido un momento en el que me sintiera menos inclinado a reír o a bromear. Era realmente el fin, una situación terrible y espantosa.

Eran las cuatro de la tarde. Menos de una hora después, el imprevisible señor Sugar apareció inesperadamente. Llegó hasta la casa en medio de una nube de polvo: la tierra y la gravilla rechinaban bajo los neumáticos. Si me concentro, to­davía puedo ver la cara boba e ingenua con que bajó del coche y nos saludó. Era un milagro. Era un verdadero milagro. Y yo estaba allí para verlo con mis propios ojos, para vivirlo en mi propia carne. Hasta aquel momento, yo pensaba que co­sas así sólo ocurrían en los libros.

Sugar nos invitó a cenar aquella noche en un restaurante de dos tenedores. Comi­mos copiosamente y bien, nos bebimos va­rias botellas de vino, nos reímos como lo­cos. Y ahora, por exquisita que fuera, no puedo recordar nada de aquella comida. Pero no he olvidado nunca el sabor del pastel de cebolla.





3

No mucho después de mi regreso a Nueva York (julio de 1974) un amigo me contó la siguiente historia. Tiene lugar en Yugoslavia, durante lo que serían los últimos meses de la Segunda Guerra Mundial.

El tío de S. era miembro de un grupo partisano serbio que luchaba contra la ocupación nazi. Un día, sus camaradas y él amanecieron rodeados por las tropas alemanas. Se habían refugiado en una granja, en un lugar perdido del campo, y la nieve alcanzaba casi medio metro de altura: no tenían escapatoria. No sabiendo qué ha­cer, decidieron echarlo a suertes: su plan era salir de la granja uno a uno, corriendo a través de la nieve para intentar salvarse. De acuerdo con los resultados del sorteo, el tío de S. debía salir en tercer lugar.

Vio por la ventana cómo el primer hombre corría por la nieve. Desde detrás de los árboles dispararon una ráfaga de ametralladora. El hombre cayó. Un instante después, el segundo hombre salió y le ocurrió lo mismo. Las ametralladoras disparaban a discreción: cayó muerto en la nieve.

Entonces le llegó el turno al tío de mi amigo. No sé si vacilaría en la puerta. No sé qué pensamientos lo asaltarían en aquel momento. La única cosa que me han con­tado es que echó a correr, abriéndose paso a través de la nieve con todas sus fuerzas. Parecía que la carrera no tenía fin. Enton­ces sintió de repente dolor en una pierna. Un segundo después un calor insoportable se extendió por su cuerpo, y un segundo después había perdido el conocimiento.

Cuando se despertó, se encontró tendido boca arriba en el carro de un campesino. No tenía ni idea de cuánto tiempo había transcurrido, no tenía ni idea de cómo lo habían salvado. Simplemente había abierto los ojos: y allí estaba, tumbado en un carro que un caballo o un mulo arras­traba por un camino rural, mirando la nuca de un campesino. Observó esa nuca durante algunos segundos, y entonces, pro­cedentes del bosque, se sucedieron violentas explosiones. Demasiado débil para moverse, continuó mirando la nuca, y de repente la nuca desapareció. La cabeza voló, se separó del cuerpo del campesino, y, donde un momento antes había habido un hombre completo, ahora había un hombre sin cabeza.

Más ruido, más confusión. Si el caballo seguía tirando del carro o no, no lo puedo decir, pero, pocos minutos o pocos segun­dos después, un gran contingente de tro­pas rusas bajaba por la carretera. Jeeps, tanques, una multitud de soldados. Cuan­do el oficial al mando vio la pierna del tío de S., rápidamente lo envió al hospital de campaña que habían montado en los alrededores. Sólo era una choza tambaleante de madera: un gallinero, quizá el coberti­zo de una granja. Allí el médico del ejército ruso dictaminó que era imposible salvar la pierna. Estaba destrozada, dijo, y había que amputarla.

El tío de mi amigo empezó a gritar. “No me corte la pierna”, imploró. “Por fa­vor, se lo suplico, ¡no me corte la pierna!”, pero nadie lo escuchaba. Los enfermeros lo sujetaron con correas a la mesa de ope­raciones, y el médico empuñó la sierra. Ya rasgaba la sierra la piel cuando se produjo otra explosión. El techo del hospital se hundió, las paredes se derrumbaron, el local entero saltó hecho pedazos. Y una vez más, el tío de S. perdió el conocimiento.

Cuando despertó esta vez, estaba acotado en una cama. Las sábanas eran lim­pias y suaves, el olor de la habitación era agradable, y aún tenía la pierna unida al cuerpo. Un momento después, miraba la cara de una joven maravillosa, que sonreía y le daba un caldo a cucharadas. Sin saber qué había sucedido, de nuevo había sido salvado y trasladado a otra granja. Cuando volvió en sí, durante algunos minutos, el tío de S. no estuvo seguro de si estaba vivo o muerto. Le parecía que a lo mejor había despertado en el paraíso.

Se quedó en la casa mientras se recu­peraba y se enamoró de la joven maravillosa, pero aquel amor no prosperó. Me gustaría decir por qué, pero S. nunca me contó más detalles. Lo que sé es que su tío conservó la pierna y, cuando terminó la guerra, se trasladó a Estados Unidos para empezar una nueva vida. No sé cómo (no conozco bien los pormenores), acabó en Chicago de agente de seguros.


De: CuentosdelCarajo

3 de febrero de 1947- Nueva Jersey, Estados Unidos


                                                                                              




A la manera de Chéjov: “Nada se cierra de forma definitiva”- Soledad Puértolas

3 de febrero de 1047- Zaragoza























La indiferencia de Eva


Eva no era una mujer guapa. Nunca me llegó a gustar, pero en aquel primer momento, mientras atravesaba el umbral de la puerta de mi despacho y se dirigía hacia mí, me horrorizó. Cabello corto y mal cortado, rostro exageradamente pálido, inexpresivo, figura nada esbelta y, lo peor de todo para un hombre para quien las formas lo son todo: pésimo gusto en la ropa. Por si fuera poco, no fue capaz de percibir mi desaprobación. No hizo nada por ganarme. Se sentó al otro lado de la mesa sin dirigirme siquiera una leve sonrisa, sacó unas gafas del bolsillo de su chaqueta y me miró a través de los cristales con una expresión de miopía mucho mayor que antes de ponérselas.

Dos días antes, me había hablado por teléfono. En tono firme y a una respetable velocidad me había puesto al tanto de sus intenciones: pretendía llevarme a la radio, donde dirigía un programa cultural de, al parecer, gran audiencia. Me aturden las personas muy activas y, si son mujeres, me irritan. Si son atractivas, me gustan.

–¿Bien? –pregunté yo, más agresivo que impaciente.

Eva no se alteró. Suspiró profundamente, como invadida de un profundo desánimo. Dejó lentamente sobre la mesa un cuaderno de notas y me dirigió otra mirada con gran esfuerzo. Tal vez sus gafas no estaban graduadas adecuadamente y no me veía bien. Al fin, habló, pero su voz, tan terminante en el teléfono, se abría ahora paso tan arduamente como su mirada, rodeada de puntos suspensivos. No parecía saber con certeza por qué se encontraba allí ni lo que iba a preguntarme.

–Si a usted le parece –dijo al fin, después de una incoherente introducción que nos desorientó a los dos–, puede usted empezar a explicarme cómo surgió la idea de… –no pudo terminar la frase.

Me miró para que yo lo hiciera, sin ningún matiz de súplica en sus ojos. Esperaba, sencillamente, que yo le resolviera la papeleta.

Me sentía tan ajeno y desinteresado como ella, pero hablé. Ella, que miraba de vez en cuando su cuaderno abierto, no tomó ninguna nota. Para terminar con aquella situación, propuse que realizáramos juntos un recorrido por la exposición, idea que, según me pareció apreciar, acogió con cierto alivio. Los visitantes de aquella mañana eran, en su mayor parte, extranjeros, hecho que comenté a Eva. Ella ni siquiera se tomó la molestia de asentir. Casi me pareció que mi observación le había incomodado. Lo miraba todo sin verlo. Posaba levemente su mirada sobre las vitrinas, los mapas colgados en la pared, algunos cuadros ilustrativos que yo había conseguido de importantes museos y alguna colección particular.

Por primera vez desde la inauguración, la exposición me gustó. Me sentí orgulloso de mi labor y la consideré útil. Mi voz fue adquiriendo un tono de entusiasmo creciente. Y conforme su indiferencia se consolidaba, más crecía mi entusiasmo. Se había establecido una lucha. Me sentía superior a ella y deseaba abrumarla con profusas explicaciones. Estaba decidido a que perdiese su precioso tiempo. El tiempo es siempre precioso para los periodistas. En realidad, así fue. La mañana había concluido y la hora prevista para la entrevista se había pasado. Lo advertí, satisfecho, pero Eva no se inmutó. Nunca se había inmutado. Con sus gafas de miope, a través de las cuales no debía de haberse filtrado ni una mínima parte de la información allí expuesta, me dijo, condescendiente y remota:

–Hoy ya no podremos realizar la entrevista. Será mejor que la dejemos para mañana. ¿Podría usted venir a la radio a la una?

En su tono de voz no se traslucía ningún rencor. Si acaso había algún desánimo, era el mismo con el que se había presentado, casi dos horas antes, en mi despacho. Su bloc de notas, abierto en sus manos, seguía en blanco. Las únicas y escasas preguntas que me había formulado no tenían respuesta. Preguntas que son al mismo tiempo una respuesta, que no esperan del interlocutor más que un desganado asentimiento.

Y, por supuesto, ni una palabra sobre mi faceta de novelista. Acaso ella, una periodista tan eficiente, lo ignoraba. Tal vez, incluso, pensaba que se trataba de una coincidencia. Mi nombre no es muy original y bien pudiera suceder que a ella no se le hubiese ocurrido relacionar mi persona con la del escritor que había publicado dos novelas de relativo éxito.

Cuando Eva desapareció, experimenté cierto alivio. En seguida fui víctima de un ataque de mal humor. Me había propuesto que ella perdiese su tiempo, pero era yo quien lo había perdido. Todavía conservaba parte del orgullo que me había invadido al contemplar de nuevo mi labor, pero ya lo sentía como un orgullo estéril, sin trascendencia. La exposición se desmontaría y mi pequeña gloria se esfumaría. Consideré la posibilidad de no acudir a la radio al día siguiente, pero, desgraciadamente, me cuesta evadir un compromiso.

Incluso llegué con puntualidad. Recorrí los pasillos laberínticos del edificio, pregunté varias veces por Eva y, al fin, di con ella. Por primera vez, sonrió. Su sonrisa no se dirigía a mí, sino a sí misma. No estaba contenta de verme, sino de verme allí. Se levantó de un salto, me tendió una mano que yo no recordaba haber estrechado nunca y me presentó a dos compañeros que me acogieron con la mayor cordialidad, como si Eva les hubiera hablado mucho de mí. Uno de ellos, cuando Eva se dispuso a llevarme a la sala de grabación, me golpeó la espalda y pronunció una frase de ánimo. Yo no me había quejado, pero todo iba a salir bien. Tal vez había en mi rostro señales de estupefacción y desconcierto. Seguí a Eva por un estrecho pasillo en el que nos cruzamos con gentes apresuradas y simpáticas, a las que Eva dedicó frases ingeniosas, y nos introdujimos al fin en la cabina. En la habitación de al lado, que veíamos a través de un

panel de cristal, cuatro técnicos, con los auriculares ajustados a la cabeza, estaban concentrados en su tarea. Al fin, todos nos miraron y uno de ellos habló a Eva. Había que probar la voz. Eva, ignorándome, hizo las pruebas y, también ignorándome, hizo que yo las hiciera. Desde el otro lado del panel, los técnicos asintieron. Me sentí tremendamente solo con Eva. Ignoraba cómo se las iba a arreglar.

Repentinamente, empezó a hablar. Su voz sonó fuerte, segura, llena de matices. Invadió la cabina y, lo más sorprendente de todo: hablando de mí. Mencionó la exposición, pero en seguida añadió que era mi labor lo que ella deseaba destacar, aquel trabajo difícil, lento, apasionado. Un trabajo, dijo, que se correspondía con la forma en que yo construía mis novelas. Pues eso era yo, ante todo, un novelista excepcional. Fue tan calurosa, se mostró tan entendida, tan sensible, que mi voz, cuando ella formuló su primera pregunta, había quedado sepultada y me costó trabajo sacarla de su abismo. Había tenido la absurda esperanza, la seguridad, de que ella seguiría hablando, con su maravillosa voz y sus maravillosas ideas. Torpemente, me expresé y hablé de las dificultades con que me había encontrado al realizar la exposición, las dificultades de escribir una buena novela, las dificultades de compaginar un trabajo con otro. Las dificultades,

en fin, de todo. Me encontré lamentándome de mi vida entera, como si hubiera errado en mi camino y ya fuera tarde para todo y, sin embargo, necesitara pregonarlo. Mientras Eva, feliz, pletórica, me ensalzaba y convertía en un héroe. Abominable. No su tarea, sino mi papel. ¿Cómo se las había arreglado para que yo jugara su juego con tanta precisión? A través de su voz, mis dudas se magnificaban y yo era mucho menos aún de lo que era. Mediocre y quejumbroso. Pero la admiré. Había conocido a otros profesionales de la radio; ninguno como Eva. Hay casos en los que una persona nace con un destino determinado. Eva era uno de esos casos. La envidié. Si yo había nacido para algo, y algunas veces lo creía así, nunca con aquella certeza, esa entrega. Al fin, ella se despidió de sus oyentes, se despidió de mí, hizo una señal de agradecimiento a sus compañeros del otro lado del cristal y salimos fuera.

En aquella ocasión no nos cruzamos con nadie. Eva avanzaba delante de mí, como si me hubiera olvidado, y volvimos a su oficina. Los compañeros que antes me habían obsequiado con frases alentadoras se interesaron por el resultado de la entrevista. Eva no se explayó. Yo me encogí de hombros, poseído por mi papel de escritor insatisfecho. Me miraron desconcertados mientras ignoraban a Eva, que se había sentado detrás de su mesa y, con las gafas puestas y un bolígrafo en la mano, revolvía papeles. Inicié un gesto de despedida, aunque esperaba que me sugirieran una visita al bar como habitualmente sucede después de una entrevista. Yo necesitaba esa copa. Pero nadie me la ofreció, de forma que me despedí tratando de ocultar mi malestar.

Era un día magnífico. La primavera estaba próxima. Pensé que los almendros ya habrían florecido y sentí la nostalgia de un viaje. Avanzar por una carretera respirando aire puro, olvidar el legado del pasado que tan pacientemente yo había reunido y, al fin, permanecía demasiado remoto, dejar de preguntarme si yo ya había escrito cuanto tenía que escribir y si llegaría a escribir algo más. Y, sobre todo, mandar a paseo a Eva. La odiaba. El interés y ardor que mostraba no eran ciertos. Y ni siquiera tenía la seguridad de que fuese perfectamente estúpida o insensible. Era distinta a mí.

Crucé dos calles y recorrí dos manzanas hasta llegar a mi coche. Vi un bar a mi izquierda y decidí tomar la copa que no me habían ofrecido. El alcohol hace milagros en ocasiones así. Repentinamente, el mundo dio la vuelta. Yo era el único capaz de comprenderlo y de mostrarlo nuevamente a los ojos de los otros. Yo tenía las claves que los demás ignoraban. Habitualmente, eran una carga, pero de pronto cobraron esplendor. Yo no era el héroe que Eva, con tanto aplomo, había presentado a sus oyentes, pero la vida tenía, bajo aquel resplandor, un carácter heroico. Yo sería capaz de transmitirlo. Era mi ventaja sobre Eva. Miré la calle a través de la pared de cristal oscuro del bar. Aquellos transeúntes se beneficiarían alguna vez de mi existencia, aunque ahora pasaran de largo, ignorándome. Pagué mi consumición y me dirigí a la puerta.

Eva, abstraída, se acercaba por la calzada. En unos segundos se habría de cruzar conmigo. Hubiera podido detenerla, pero no lo hice. La miré cuando estuvo a mi altura. No estaba abstraída, estaba triste. Era una tristeza tremenda. La seguí. Ella también se dirigía hacia su coche, que, curiosamente, estaba aparcado a unos metros por delante del mío. Se introdujo en él. Estaba ya decidido a abordarla, pero ella, nada más sentarse frente al volante, se tapó la cara con las manos y se echó a llorar. Era un llanto destemplado. Tenía que haberle sucedido algo horrible. Tal vez la habían amonestado y, dado el entusiasmo que ponía en su profesión, estaba rabiosa. No podía acercarme mientras ella continuara llorando, pero sentía una extraordinaria curiosidad y esperé. Eva dejó de llorar. Se sonó estrepitosamente la nariz, sacudió su cabeza y puso en marcha el motor del coche. Miró hacia atrás, levantó los ojos, me vio.

Fui hacia ella. Tenía que haberme reconocido, porque ni siquiera había transcurrido una hora desde nuestro paso por la cabina, pero sus ojos permanecieron vacíos unos segundos. Al fin, reaccionó:

–¿No tiene usted coche? –preguntó, como si ésa fuera la explicación de mi presencia allí.

Negué. Quería prolongar el encuentro.

–Yo puedo acercarle a su casa –se ofreció, en un tono que no era del todo amable.

Pero yo acepté. Pasé por delante de su coche y me acomodé a su lado. Otra vez estábamos muy juntos, como en la cabina. Me preguntó dónde vivía y emprendió la marcha. Como si el asunto le interesara, razonó en alta voz sobre cuál sería el itinerario más conveniente. Tal vez era otra de sus vocaciones. Le hice una sugerencia, que ella desechó.

–¿Le ha sucedido algo? –irrumpí con malignidad–. Hace un momento estaba usted llorando.

Me lanzó una mirada de odio. Estábamos detenidos frente a un semáforo rojo. Con el freno echado, pisó el acelerador.

–Ha estado usted magnífica –seguí– Es una entrevistadora excepcional. Parece saberlo todo. Para usted no hay secretos.

La luz roja dio paso a la luz verde y el coche arrancó. Fue una verdadera arrancada, que nos sacudió a los dos. Sin embargo, no me perdí su suspiro, largo y desesperado.

–Trazó usted un panorama tan completo y perfecto que yo no tenía nada que añadir.

–En ese caso –replicó suavemente, sin irritación y sin interés–, lo hice muy mal. Es el entrevistado quien debe hablar.

Era, pues, más inteligente de lo que parecía. A lo mejor, hasta era más inteligente que yo. Todo era posible. En aquel momento no me importaba. Deseaba otra copa. Cuando el coche enfiló mi calle, se lo propuse. Ella aceptó acompañarme como quien se doblega a un insoslayable deber. Dijo:

–Ustedes, los novelistas, son todos iguales.

La frase no me gustó, pero tuvo la virtud de remitir a Eva al punto de partida. Debía de haber entrevistado a muchos novelistas. Todos ellos bebían, todos le proponían tomar una copa juntos. Si ésa era su conclusión, tampoco me importaba. Cruzamos el umbral del bar y nos acercamos a la barra. Era la hora del almuerzo y estaba despoblado. El camarero me saludó y echó una ojeada a Eva, decepcionado. No era mi tipo, ni seguramente el suyo.

Eva se sentó en el taburete y se llevó a los labios su vaso, que consumió con rapidez, como si deseara concluir aquel compromiso cuanto antes. Pero mi segunda copa me hizo mucho más feliz que la primera y ya tenía un objetivo ante el que no podía detenerme.

–¿Cómo se enteró usted de todo eso? –pregunté–. Tuve la sensación de que cuando me visitó en la Biblioteca no me escuchaba.

A decir verdad, la locutora brillante e inteligente de hacía una hora me resultaba antipática y no me atraía en absoluto, pero aquella mujer que se había paseado entre los manuscritos que documentaban las empresas heroicas del siglo XVII con la misma atención con que hubiese examinado un campo yermo, me impresionaba.

–Soy una profesional –dijo, en el tono en que deben decirse esas cosas.

–Lo sé –admití–. Dígame, ¿por qué lloraba?

Eva sonrió a su vaso vacío. Volvió a ser la mujer de la Biblioteca.

–A veces lloro –dijo, como si aquello no tuviera ninguna importancia–. Ha sido por algo insignificante. Ya se me ha pasado.

–No parece usted muy contenta –dije, aunque ella empezaba a estarlo.

Se encogió de hombros.

–Tome usted otra copa –sugerí, y llamé al camarero, que, con una seriedad desacostumbrada, me atendió.

Eva tomó su segunda copa más lentamente. Se apoyó en la barra con indolencia y sus ojos miopes se pusieron melancólicos. Me miró, al cabo de una pausa.

–¿Qué quieres? –dijo.

–¿No lo sabes? –pregunté.

–Todos los novelistas… –empezó, y extendió su mano.

Fue una caricia breve, casi maternal. Era imposible saber si Eva me deseaba. Era imposible saber nada de Eva. Pero cogí la mano que me había acariciado y ella no la apartó. El camarero me dedicó una mirada de censura. Cada vez me entendía menos. Pero Eva seguía siendo un enigma. Durante aquellos minutos –el bar vacío, las copas de nuevo llenas, nuestros cuerpos anhelantes– mi importante papel en el mundo se desvaneció. El resto de la historia fue vulgar.





Primer día de colegio



Quizá para que yo no estuviera en casa mucho tiempo sola, ya que mi hermana, que me llevaba dos años, iba ya al colegio, mi madre decidió enviarme al jardín de infancia cuando yo apenas tenía cuatro años. Hoy día es más normal, pero en aquella época resultaba un poco prematuro y tengo la impresión de haber escuchado a mí alrededor, a lo largo del curso, algunos comentarios sobre el asunto.

El jardín de infancia se encontraba en el sótano del enorme edificio del colegio, pero no era un sótano lúgubre, sino luminoso. Cuando caía la tarde, se encendían las luces y el aula cobraba una vida distinta, casi agresiva. La luz eléctrica era mucho más invasora que la del sol. Y siempre era igual. La tarde se detenía. En lugar de avanzar, la hora de la salida parecía más y más lejana.

Me impresionó tanto ese día al que había llegado un poco engañada porque nadie me había explicado qué se hacía en el colegio ni cuánto tiempo debía permanecer en él, que cuando, ya en casa, oí decir que había que prepararlo todo para el día siguiente, me quedé paralizada. ¿Tenía que volver mañana?, pregunté, incrédula. Todos los días, me dijeron. Todos los días. ¡Qué tres palabras más terribles bajo su aparente inocencia! Resultaba incomprensible y abrumador. Me parece que fue en ese mismo momento cuando la conciencia del tiempo se instaló dentro de mí de una forma terrible y angustiosa, como si esas palabras —todos los días— hubieran sido una maldición. Y, a partir de ese momento, también, arraigó en mi interior una obsesión: huir de ese tiempo monótono y obstinado que se empeñaba a repetirse día a día, exacto, imperturbable, eliminando toda posibilidad de avanzar, de cambiar.

Ese es el recuerdo que todavía hoy puedo reproducir: echada en la cama, con los ojos abiertos, me estoy diciendo a mí misma que mañana volveré a pasar el día en el colegio, codo con codo con niñas de mi edad, y rodeada de monjas.

Mañana y al día siguiente y al otro. ¿No volvería a tener tiempo para mí?, ¿tendría que estar siempre ahí, observada, empujada, incluida en un grupo? No sé ahora para qué quería yo ese tiempo que me parecía me estaban hurtando. Quizá buena parte de la culpa la tenía la potente luz eléctrica que, después de comer, invadía el sótano. Puede que me asustara demasiado y creyese de verdad que la tarde nunca se iba a terminar.

Pero esa sensación se guardó tan celosamente en mi interior que aún concibo el futuro, ante todo, como una liberación. Las dificultades, penas e inconvenientes que, como es lógico, aguardan dentro de ese tiempo desconocido, aún empalidecen cuando considero su latido. En este mismo momento, el tiempo transcurre. Se oye llover, si llueve, y cada gota cae del cielo adonde vaya a caer, la tierra, un tejado, un paraguas. O hace calor, y son las gotas de sudor las que se deslizan por la piel. Ese caer, ese deslizar, ese avanzar, aún me parece extraordinario.


De: Mi primera vez

De: Pálidopuntodeluz.blogspot.com


miércoles, 5 de febrero de 2014

"La poesía de Trakl es el más conmovedor de los lamentos ante un mundo imperfecto" -Rilke

HUMANIDAD

La humanidad antes de colocar artefactos explosivos,
Un redoble de tambor, frente guerreros oscuros,
Comenzó por la bruma de sangre, los anillos de hierro negro,
La desesperación, la noche triste en el cerebro:
Aquí la víspera de la sombra, y el dinero de roja caza.
Las nubes, los saltos de luz a través del sacramento.
Vive en el pan y el vino un silencio suave
Y los que están reunidos en número de doce
Por la noche duermen en el santuario bajo las ramas del olivo;
Santo Tomás mete la mano en Wundenmal.

                                                  Traducción de Rodolfo Modern


Revelación y caída

Extraños son los nocturnos senderos del hombre. Cuando
deambulaba de noche junto a pétreos aposentos y ardía en cada uno de
ellos una quieta lucecilla, un candelabro de cobre, y cuando caí helado en
el lecho, se encontraba de nuevo a mi cabecera la negra sombra de la
forastera y en silencio hundí el rostro en las lentas manos. También en la
ventana había florecido azul el jacinto y sobre los labios purpúreos del que
respiraba se posó la vieja oración, cayeron de los párpados lágrimas
cristalinas, vertidas por el amargo mundo. En esta hora a la muerte de mi
padre, era yo el hijo blanco. Con chubascos azules vino de la colina el
viento nocturno, la oscura queja de la madre, muriendo de nuevo y vi el
negro infierno en mi corazón; minutos de brillante calma. En silencio
surgió de un muro calizo un rostro inefable- un adolescente moribundo- la
belleza de una estirpe que regresa al hogar. Blanca como la luna, el frescor
de la piedra envolvió la vigilante sien, fueron extinguiéndose los pasos de
las sobras sobre los peldaños ruinosos, una sonrosada ronda en el
jardincillo.
Me hallaba silencioso en una taberna abandonada bajo las
ahumadas vigas y solitario junto al vino, un cadáver resplandeciente
inclinado sobre algo oscuro, y yacía un cordero muerto a mis pies. Desde
un corrompido azul surgió la pálida efigie de la hermana y habló así su
boca sangrante: hiere, negra espina. Ay aún suenan en mí los brazos
argénteos de salvajes tempestades. Fluya la sangre de los pies lunares, que
florecen sobre sendas nocturnas, mientras la rata chillando se desliza
rápidamente sobre ellas. Centellead, estrellas, bajo mis cejas arqueadas;
           mientras voltea leve el corazón en la noche. Irrumpió una roja sombra con
        llameante espada en la casa, huyó con nívea frente. Oh muerte amarga.
Y habló una voz tenebrosa desde mí mismo: a mi caballo negro
rompí la nuca en el bosque nocturno, cuando la locura brotó de sus ojos
purpúreos; las sombras de los olmos cayeron sobre mí, la risa azul del
manantial y la negra frescura de la noche, mientras yo, un cazador
desenfrenado, perseguía una presa de nieve; en pétreo infierno se abismó
mi rostro.
Y brillando cayó una gota de sangre en el vino del solitario; y
cuando bebí de él, tenía un gusto más amargo que la amapola; y una nube
negruzca envolvía mi cabeza, las lagrimas cristalinas de ángeles
condenados; y silenciosamente manaba de la herida plateada de la
hermana la sangre y cayó una ardiente lluvia sobre mí.
Caminaré al borde del bosque, un silencioso, a quien el velludo sol
de le cayó desde manos enmudecidas; un extraño en la colina de la tarde
llorando que alza los párpados sobre la ciudad de piedra; un venado,
inmóvil en la paz del viejo sauco; oh, sin descanso escucha la cabeza que
las sombras invaden, o bien siguen los pasos vacilantes de la nube azul en
la colina, también graves estrellas. A un lado la silenciosa compañía de los
verdes sembrados, tímido los escolta el ciervo sobre los senderos
musgosos del bosque. Han enmudecido las chozas de los aldeanos y
atemoriza en la negra clama del viento la queja azul del torrente.
Pero cuando bajaba el rocoso sendero, me acometió la locura y
grité fuerte en la noche; y cuando dedos argénteos me incliné sobre las
calladas aguas, ví que mi rostro me había abandonado. Y la blanca voz me
dijo ¡mátate! Gimiendo se irguió dentro de mí la sombra de un niño y me
miró radiante desde sus ojos cristalinos, de modo que me desplomé
llorando debajo de los árboles, de la majestuosa bóveda estrellada.
Peregrinaje sin sosiego a través de las rocas salvajes lejos del
caserío del atardecer, de los rebaños que regresan; a lo lejos apacenta el
sol poniente sobre un prado cristalino y conmueve su canto salvaje, el
grito solitario del ave, agonizando en una calma azul. Pero
silenciosamente llegas en la noche, mientras yo yacía vigilante en la
colina, o bien bramando delirante en la tormenta de primavera; y cada vez
mas negro envuelve el desconsuelo la cabeza solitaria, atroces relámpagos
asustan al alma nocturna, tus manos destrozan mi pecho jadeante.
Cuando marché por el jardín crepuscular, y la negra efigie del mal
se hubo apartado de mí, me abrazó la calma de los jacintos en la noche: y
navegue en arqueada barca sobre el estanque tranquilo, y dulce paz rozó
mi frente de piedra. Mudo yacía bajo la vieja pradera y estaba alto el cielo
azul sobre mi cuajado de estrellas: y como me aniquilé en su
contemplación, murieron la angustia y el dolor más hondo dentro de mí; y
se alzó radiante la sombra azul del muchacho en la oscuridad, un suave
canto; se elevó sobre alas de luna, por encima de las copas florecidas, de
arrecifes cristalinos, el rostro de la hermana.
Con suelas plateadas bajé los espinosos peldaños y penetré en el
aposento encalado. Silenciosamente ardía allí una palmatoria y mudo
oculté entre lienzos purpúreos la cabeza; y arrojó la tierra un infantil
cadáver, una imagen lunar, que lentamente salió de mi sombra, con brazos

quebrantados cayó a causa de pétrea caída, como coposa nieve.

3 de febrero de 1887- Austria
Uno de los iniciadores del Expresionismo

EN UN Álbum ANTIGUO

           " Retornas sin cesar, melancolía, 
  oh regalo del alma solitaria. 
  Arde hasta el final un día de oro. 
  El ser paciente se inclina humilde ante el dolor 
  resonante de armonía y tierno delirio. 
  ¡Mira! Ya va oscureciendo. 
  Otra vez vuelve la noche y se lamenta un mortal 
  y hay otro que sufre con él. 
  Tiritando bajo las estrellas del otoño, 
  año tras año se inclina más profundamente la cabeza. "



CANTO DEL SOLITARIO

                     Armonía es el vuelo de los pájaros. Los verdes bosques
              se reúnen al atardecer en las cabañas silenciosas;
              los prados cristalinos del corzo.
              La oscuridad calma el murmullo del arroyo,
              sentimos las sombras húmedas
              y las flores del verano que susurran al viento.
              Anochece la frente del hombre pensativo.
             
              Y una lámpara de bondad se enciende en su corazón,
              en la paz de su cena; pues consagrados el vino y el pan
              por la mano de Dios, el hermano quiere descansar
              de espinosos senderos
              y callado te mira con sus ojos nocturnos.
              Ah, morar en el intenso azul de la noche.
             
              El amoroso silencio de la alcoba
              envuelve la sombra de los ancianos,
              los martirios púrpuras, el llanto de una gran
              que en el nieto solitario muere con piedad.
             
              Pues siempre despierta más radiante
              de sus negros minutos la locura,
              el hombre abatido en los umbrales de piedra
              poderosamente es cubierto por el fresco azul
              y por el luminoso declinar del otoño,
             
              la casa silenciosa, las leyendas del bosque,
              medida y ley y senda lunar de los que mueren.             
                                             
DE: GeorgeTrakl, Antología Google-site


GEORG TRAKL, EL PROFETA DE OCCIDENTE

I

"Hay dos clases de artistas. Unos traen respuestas y otros preguntas. Hay obras que esperan largo tiempo antes de que se las pueda comprender, pues traen respuestas a preguntas que aún no han sido formuladas". Estas palabras que André Gide escuchara a Oscar Wilde, cuando éste se había convertido ya en el melancólico proscrito Sebastián Melmoth, pueden aplicarse al caso de Georg Trakl, considerado hoy día, junto a Rilke y Stephan George, como el máximo poeta lírico del siglo en lengua alemana. Las respuestas de los poemas de Trakl, sus premoniciones de desolación no podían ser comprendidas por sus coetáneos, confiados todavía en las apariencias del esplendor finisecular. (Tampoco se podía comprender la videncia del poeta ruso Andrés Biely, el que escribía en 1921: El mundo volará / por el estallido de una Bomba Atómica / en gavillas de electrones. / Descarnada hecatombe!) La voz de Trakl fue apenas escuchada durante su vida, por demás corta. Su obra, muy parva, tuvo exigua difusión. Pero por un fenómeno ya corriente en la historia de la literatura, apagado el ruido de las famas más espectaculares (¿quién lee hoy a Marinetti, por ejemplo?) las voces más ocultas y, por lo tanto, más profundas, surgen repentinamente y son las de mayor repercusión.

Ya en 1917 Rilke escribía: "la poesía de Trakl es un objeto de existencia divina para mí... el más conmovedor de los lamentos ante un mundo imperfecto". En 1953, en su estudio "Georg Trakl", Martin Heidegger lo llama "Poeta del Occidente aún oculto, de una nueva generación regenerada que sucederá a la actual", considerándolo el sucesor de Hölderlin. La interpretación heideggeriana de la poesía de Trakl ha suscitado muchas discusiones. Se le reprocha haber negado el cristianismo de Trakl, pese a las explícitas declaraciones hechas en este sentido por el poeta. Por otra parte, la ambigüedad esencial de la poesía de Trakl, el que se expresa por imágenes más que por conceptos, posibilita las más diversas interpretaciones. Dice, por ejemplo, Michael Hamburger (en su libro Reason and Energy): "Aun se podría llega a afirmar que Trakl era marxista, por su visión del capitalismo en decadencia".



II

Pese a una ejemplar sentencia de Heidegger, en el sentido de que mientras más grande es un artista más desaparece su persona tras su obra, no podemos menos que dar una breve visión de la vida de Georg Trakl. Nació en Salzburgo, el 3 de febrero de 1887. Su ciudad natal y el paisaje comarcano estarán presentes casi siempre en sus poemas, descritos en una forma meticulosa, aunque vistos como a través de sueños. Aparece un mundo de nostalgia y decadencia, propio de una ciudad que durante la Edad Media había tenido un gran esplendor, y que vivía de un pasado irrecuperable...

De las iglesias pardas
Las imágenes puras de la muerte nos miran
Los escudos de los grandes señores de antaño...

También la poesía de Trakl alude profusamente a la melancólica casa de sus antepasados en donde era un niño que al claro de luna salía a dar de comer a las ratas. El paisaje decadente del otoño, la infancia, la muerte, serán los grandes temas de su poesía. Sus poetas favoritos fueron Baudelaire, Verlaine y Rimbaud. Ellos fueron sus maestros junto con Nietzsche y Dostoievski, cuya obra amaba particularmente. Admiraba a Whitman, pero hallaba pernicioso el optimismo discriminado del bardo norteamericano.

En el colegio, Trakl fue un alumno mediocre, y al llegar la adolescencia se tornó insociable, hablaba corrientemente de suicidio y se aficionó al uso de las drogas. Algunos de sus biógrafos sugieren que a éstas pudo aficionarse por influencia de su madre, la cual era opiómana, según puede deducirse de algunos poemas de Trakl, como "Sebastián en sueños":

La madre traía al niño a la luna clara
A la sombra del nogal y del viejo saúco
Ebria del zumo de la adormidera...

Michael Hamburger señala que estudió farmacia a fin de tener un más fácil acceso a las drogas. Estudió dos años en la Universidad de Viena y de este entonces parece datar su repulsión a las grandes ciudades, a las que ve enfermas, poseídas por el espíritu del mal, aunque:

Callada, en oscuras cavernas, sangra una humanidad muda
Forjando con durísimos metales el rostro que ha de redimirla.

Por oposición a la ciudad, se vuelve Trakl a la naturaleza, a la que ve exenta de la culpa de la caída. Abandonó Viena para establecerse en Innsbruck. En dicha ciudad colaboró en la revista Der Brenner. Ludwig von Ficker que la dirigía cuenta que a principios de 1914 un anónimo benefactor le envió una importante suma de dinero para ser distribuida entre dos colaboradores de su revista: Rilke y Trakl "cuyos poemas no entiendo –señalaba el mecenas–, pero en los cuales veo la marca del genio". Trakl al llegar al Banco a recibir su parte sintió tal repugnancia ante su buena fortuna que se negó a llenar las formalidades necesarias, y se retiró sin recibirla.

El atentado de Gabriel Princip en Sarajevo inició la catástrofe presentida por Trakl. Fue destinado al frente polaco. La visión de los mutilados, de las matanzas, de los desertores ahorcados fue superior a sus fuerzas. Intentó suicidarse. Fue internado en el Hospital de Cracovia con el diagnóstico de "demencia precoz". Allí se suicidó con una fuerte dosis de cocaína, en circunstancias no muy esclarecidas, el 3 ó el 4 de noviembre de 1914. Moría a los veintisiete años de edad, devorado en plena juventud por el Moloch de la guerra, como Alain Fournier, Wilfred Owen, Sydney Keyes, y como ellos, sin que su gran obra alcanzara a ser cumplida.


En El Mercurio, Santiago (11.02.1962), p.12
Jorge Teillier- Artículos y Entrevistas

De: SISIB y Facultad de Filosofía y Humanidades Universidad de Chile

El grito- E. Munch

“Eso es lo que son. Eso es lo que son todos ustedes... todos ustedes los jóvenes que sirvieron en la guerra. Son una generación perdida... No respetan nada. Se están matando con el alcohol” - Gertrude Stein

3 de febrero de 1874- Estados Unidos
La colección de los Stein
París era una fiesta
por Florencia Rolón / Fotos: Gentileza The Metropolitan Museum of Art

A principios del siglo XX, una familia norteamericana compuesta por Gertrude Stein, su hermano Leo, Michael y su esposa Sarah, se trasladó a París, instalándose en el barrio de Montparnasse. Los Stein fueron los primeros en comprar obras de Matisse y Picasso, y en recibir a los artistas en sus hogares. Con los años, la familia montó una importante colección de arte moderno. La exposición The Stein Collect: Matisse, Picasso and the Parisian Avant-Garde ofrecida por el Museo Metropolitan de Nueva York recorre la historia de esta gran familia de mecenas.

“Si tienes la suerte de haber vivido en París cuando joven, luego París te acompañará, vayas adonde vayas, todo el resto de tu vida, ya que París es una fiesta que nos sigue”, es la cita que abre París era una fiesta, el libro póstumo de Ernest Hemingway, y que traza los recuerdos del escritor norteamericano en sus años de juventud en la capital francesa. Los años 20 en París fueron, además de una fiesta, una ciudad que cobijó en sus bares, sus apartamentos y sus librerías a una generación de artistas fuera de serie en sus inicios de pobreza y búsqueda. F. Scott Fitzgerald daba comienzo a sus borracheras legendarias, Pablo Picasso pintaba a su corte de amantes, Ezra Pound empezaba a transformar la poesía, Sylvia Beach les prestaba libros en Shakespeare & Co. y Gertrude Stein se instituía como el faro intelectual de los inmigrantes, mientras un joven Hemingway abandonaba el periodismo y se entregaba en días espartanos y noches báquicas a producir esa “prosa tan pura que no se corrompa”. No hace mucho Woody Allen con su película Midnight in Paris rindió tributo a esa época de un modo magistral. Y en estos días arribó al Metropolitan Museum of Art (MET) neoyorquino la exposición itinerante The Stein Collect: Matisse, Picasso and the Parisian Avant-Garde, un proyecto realizado en colaboración con el Museum of Modern Art de San Francisco (SFMoMA) y el Grand Palais de París, que sirve como corolario a tan espumante momento de la humanidad.


La generación perdida

La historia dice que Gertrude Stein (1874-1946, escritora de vanguardia, poetisa, dramaturga y feminista estadounidense) estimuló a Hemingway para que dejara el periodismo y se consagrara por entero a la literatura. En su hogar no se podía pronunciar dos veces el nombre de James Joyce. El novelista norteamericano relata que a quien lo hacía “no se lo invitaba nunca más”. Stein tenía una opinión inflexible sobre el convulsionado mundillo de escritores que consumían su talento y sus días en las terrazas de los bares de París: los apodaba “la generación perdida”.

Tras su paso por el Grand Palais de París, la muestra que se podrá visitar hasta el 3 de junio hace un recorrido por la historia de una familia norteamericana asombrosa: la familia Stein, dueña de una de las más increíbles colecciones de arte moderno. Cuando los hermanos Gertrude, Leo y Michael Stein se asentaron en París a principios del siglo anterior, lograron integrarse rápidamente a los círculos intelectuales vanguardistas, en donde conocieron las obras de Picasso y Henri Matisse, por las que sintieron una gran admiración y con los que entablaron una estrecha amistad, transformándose en sus principales mecenas.

De igual modo, se interesaron en obras de artistas impresionistas y cubistas, incomprendidos en su momento, de los que no dudaron en impulsar sus carreras adquiriendo sus piezas, exponiéndolas en su estudio, en sus célebres reuniones sabatinas, y dándolas a conocer en Estados Unidos. Tal fue el caso de Paul Cézanne, Auguste Renoir, Pierre Bonnard, Juan Gris, Henri Toulouse-Lautrec y Francis Picabia, entre otros. En la exposición del MET se pueden admirar cerca de 200 dibujos, pinturas, libros ilustrados y esculturas de los artistas que definieron el arte del siglo XX.

El objetivo de esta exhibición es el de revelar la importancia del mecenazgo en el mundo del arte. La muestra asimismo destaca cómo el mecenazgo sirvió para crear nuevos estándares en el gusto por el arte moderno, a través de la visión de la modernidad de Leo Stein y de sus intercambios con los intelectuales de la época; de la amistad de Gertrude con Picasso; de la relación de Sarah con Matisse y de los proyectos que Gertrude desarrolló con artistas en los años 20 y 30. “El legado de la familia Stein es una prueba de que los coleccionistas individuales juegan un papel decisivo en la historia del arte”, afirmó en su momento el director del SFMoMA Neal Benezra.
Sin duda, los Stein son en gran parte responsables de la revolución del siglo XX en las artes visuales. Logros que fueron consecuencia de su patrocinio de aventura, de los profundos lazos establecidos con los principales entendidos de la época y del mitológico salón de reuniones de París. Desde el primer momento en que se atrevieron a admirar a la “impúdica” Woman with a Hat de Matisse (1905), los Stein apostaron por el arte moderno alterando la carrera de los artistas más importantes del siglo.

En la exploración por The Stein Collect: Matisse, Picasso and the Parisian Avant-Garde, valdrá la pena detenerse en algunas obras. De Matisse, Blue Nude, Woman with a Hat, Self-Portrait y Sarah Stein; y de Picasso, Melancholy Woman, Boy Leading a Horse, Still Life, y el retrato de Gertrude Stein. El recorrido es cronológico, aunque sigue el orden de adquisición y no de realización, y procura enlazar las obras con los principales temas y puntos de referencia de la historia del arte y la vida de los Stein.

Complementan las obras una rica gama de materiales de archivo, incluyendo fotografías, álbumes de familia, escenas de películas y correspondencia que brindan una nueva perspectiva sobre la visión artística de esta innovadora familia. Un catálogo, profusamente ilustrado, acompaña la exposición, con flamantes investigaciones y ensayos originales de una serie de expertos franceses y estadounidenses en el campo. “Estados Unidos es mi país, pero París es mi hogar”, así de rotunda era la escritora Gertrude Stein cuando tenía que situar el centro geográfico de sus sentimientos. Y el MET nos invita a su hogar por unos meses.

The Stein Collect: Matisse, Picasso and the Parisian Avant-Garde se exhibe hasta el 3 de junio. The Metropolitan Museum of Art, 1000 Fifth Avenue, Nueva York.

Fuente: www.metmuseum.org
De: almamagazine.com

Gertrude Stein- Picasso
¿Sabías que la “generación perdida” de Hemingway, Scott Fitzgerald y Faulkner empezó en un taller?

De no ser por Gertrude Stein y un taller de reparación de coches parisino la genial “generación perdida” de escritores norteamericanos no se llamaría así.

“Todos sois una generación perdida”, le dijo una vez la novelista y poetisa Gertrude Stein a Ernest Hemingway (el excéntrico escritor estadounidense que inmortalizó los Sanfermines de Pamplona). Y como recogen los libros de Historia de la Literatura, y cualquier amante de la buena narrativa puede comprobar, esa fue, precisamente, la frase que éste puso al frente de su primera gran novela, “París era fiesta”.

Lo curioso del caso es que el origen de la expresión tuvo lugar en un espacio tan aparentemente poco literario como un taller de reparación de vehículos. Stein, que apoyó a los jóvenes escritores norteamericanos -como Hemingway, Dos Passos, Scott Fitzgerald, Hart Crane, Ezra Pound, Djuna Barnes, Sherwood Anderson, Waldo Peirce, E. E. Cummings y Archibald MacLeish-  expatriados en el París de la década de 1920, tomó la expresión del dueño de un taller parisino que, al ver la torpe reparación que del automóvil de la escritora había hecho uno de sus mecánicos, reprendió a éste diciéndole que todos eran una “génération perdue”. Y Gertrude Stein añadió dirigiéndose a Hemingway al relatarle la anécdota: “Eso es lo que sois. Eso es lo que sois todos vosotros... todos vosotros los jóvenes que servísteis en la guerra. Sois una generación perdida... No respetáis nada. Os estáis matando con el alcohol”. El término, “generación perdida”, hizo fortuna.

La expresión "generación perdida" con la que se recuerda a los escritores norteamericanos de los años 20, 30 y 40 nació en un taller de coches de París.


De: © 2012 EuroTaller








Gertrude Stein pieza clave de las vanguardias
Por Vanessa Díez

La casa de Gertrude Stein en París fue lugar de encuentro de los artistas de las vanguardias y Woody Allen lo retrata. Incluso convierte a Stein en la consejera literaria de su protagonista, puede permitirse la licencia pues es su París, totalmente subjetivo, si él la hubiera tenido disponible en su tiempo puede que también le habría pedido consejo.

Escritora estadounidense de alto nivel experimental, se la considera una renovadora del género memorialístico por textos como la Autobiografía de Alice B. Toklas (1933), y la Autobiografía de todo el mundo (1937). Cultivó varios géneros (ensayo, autobiografía, poesía y teatro). Además de incluir entre sus temas la homosexualidad como en Q.E.D. o en Tender Buttons. Mujer de fuerte personalidad, feminista y lesbiana, que convivió más de 25 años junto a su pareja Alice B. Toklas.

Vivió en Francia desde 1903, su casa se convirtió en centro de reunión de los movimientos de vanguardia con mayor influencia en las artes y las letras del siglo XX. Fue una figura clave del ambiente artístico y literario de su tiempo.

París era la capital literaria del mundo, quien quiera conocer los veladas de Stein y su hermano, y las de ella y su compañera con Picasso, Braque, Hemingway, Gris, Matisse, Max Jacob, Pound, Fitzgerald,… que lea The Autobiography of Alice B. Toklas (1933). Francia era la segunda patria de Stein, el lugar adecuado para crear su obra, donde se toleraba la vida que quería llevar.

“Esto es porque los escritores tienen que tener dos países, aquel al que pertenecen y aquel en el que viven realmente. El segundo es romántico, está separado de ellos mismos, no es real pero realmente está ahí. Los ingleses victorianos tenían así a Italia, los estadounidenses del principios del siglo diecinueve tenían así a España, los de mediados de siglo diecinueve tenían así a Inglaterra, mi generación la generación del fin del siglo diecinueve tuvo así a Francia… el otro país que necesitas para ser libre es el otro país no el país al que realmente perteneces… La nación estadounidense es ahora casi victoriana, muy claramente victoriana, muy tempranamente victoriana, ella es un rico y dulce hogar pero no es un lugar de trabajo. La casa de tus padres nunca es un lugar de trabajo es un bonito lugar para crecer” (Gertrude Stein‘s America).

Stein pertenece al movimiento vanguardista del siglo XX. Su frase Rose is a rose is a rose (una rosa es una rosa es una rosa), parte del poema Sacred Emily contenido en el volumen Geography and Plays, de 1913 es una muestra. Acuñó su propio estilo, llamado Litismo, una especie de tautología verbal. Utilizaba un procedimiento mecánico. En “Composition and Explanation” (1926) explica cómo escribió Three Lives (1909) y The Making of Americans (1925). Su procedimiento era triple: escribir todo en un presente continuo, escribir usando todo (cada objeto, cada situación, cada perspectiva), escribir comenzando otra vez, una y otra vez (el ahora como tiempo perpetuo). Así rompió con la linealidad del relato y su secuencialidad anecdótica. Leer la prosa de Gertrude Stein es toda una experiencia del lenguaje. Y pensar que todo comenzó con su fobia a las comas.

De: Letras en Vena




El aforismo "Rosa es una rosa es una rosa es una rosa" fue escrito por Gertrude Stein formando parte del poema escrito 1913 "Sacred Emily" (Sagrada Emilia, juego de palabras con Sagrada Familia), que apareció posteriormente en el libro publicado en 1922 Geography and Plays (Geografía y representaciones).

En este poema, la primera "Rosa" es el nombre de una persona. Stein utilizó variaciones del aforismo en otros escrito, y "A rose is a rose is a rose" es probablemente la cita más famosa de la autora. Su significado se ha interpretado con frecuencia como "las cosas son lo que son", una expresión del principio de identidad, "A es A".

En el pensamiento de Stein, la frase expresa que tan solo empleando el nombre de una cosa ya se invoca el imaginario y las emociones asociadas con el objeto. A medida que la cita se difundía en sus propios escritos y en la cultura en gran medida, Stein llego a decir en un momento: " ¡Escúchenme ahora! No soy idiota. Sé que en la vida diaria no solemos decir esto es esto es esto. Si, no soy boba, pero pienso que con aquel verso la rosa se hizo roja por primera vez en la historia de la poesía en inglés en cientos de años." (Four in America). También se cita el aforismo para ilustrar el principio de recursión.

Ella misma dijo a una audiencia en la Universidad de Oxford que la declaración se refiere al hecho de que cuando el Romanticismo utiliza la palabra "rosa" que había una relación directa con una rosa real. Para períodos posteriores en la literatura esto ya no es cierto. Las épocas siguientes al romanticismo, sobre todo de la era moderna, el uso de la palabra rosa para referirse a la rosa real, sin embargo, también implica, a través del uso de la palabra, los elementos arquetípicos de la época romántica. También se deduce de la retórica de la ley de la repetición thricefold para enfatizar un punto, como se puede ver en los discursos que se remonta a los sofistas.

A Rose Is A Rose

Jezebel...from Israel...
Who never read a book
Charmed the literati
And a smile was all it took...
I was laughing with Picasso
When she first entered the room
But Gershwin, Tristan Tzara
And Man Ray saw her too
There was never any doubt
All would try to take her home
But she refused their every move
Preferred to be alone
And a rose...a rose is a rose
Zelda had a breakdown
Fitzgerald hit the bar
His hand was broken, words were spoken
Didn't get too far
Hemmingway was smoother
More debonair and fun
But he would say her repartee
Was meaner than a gun
And a rose...
A rose is a rose is a rose is a rose
Said my good friend Gertrude Stein
She knows that I go to the ol' Deux Magots
And I drink Pernod through the night
Jezebel...from Israel...
Who never read a book
She charmed the literati
And a smile was all it took
Before her Joyce will babble
And Pound has gone insane
Eliot is paralyzed by
Thoughts of April rain
When she refused Lennin
He vowed to start a war
Stravinsky beat The Rite of Spring
Right there on the floor
And a rose...a rose is a rose
A rose is a rose is a rose is a rose
Said my good friend Gertrude Stein
She knows that I go to the ol' Deux Magots
And I drink Pernod through the night
And then one night she's missing
A riot soon began
No one could stand the thought of Jezzie with another man
I raced down winding streets
I broke into her house
You'll never guess who Jezebel
Was kissing on the couch...
A rose...a rose is a rose...
Hi Jezzie. Hi there Gertrude
Am I interrupting something?
A rose is a rose is a rose is a rose...

De: http://minimalmau.blogspot.com


Un elemento clave para situar y analizar la obra de Stein es el de las vanguardias históricas. El período de experimentaciones lingüísticas extremas que llevaron a redefinir los lenguajes del arte y la poesía. La relación de Stein con ellas es compleja. Amiga cercanísima de Picasso y Juan Gris, asiste a la génesis y el desarrollo del cubismo en el cual interviene directamente como coleccionista de arte. La influencia de este movimiento en su obra es notable, como han notado los críticos en diferentes escritos y ella misma, por ejemplo en Picasso: “Yo estaba sola en aquella época entendiendo a Picasso, quizá porque yo estaba expresando lo mismo en literatura”

Imbuida en esta vanguardia primera, menos militante y más centrada en lo estructural, Stein no participa ni tiene especial simpatía por los movimientos vanguardistas organizados, como el futurismo o el surrealismo.

Esto no inhabilita la consideración de su obra dentro de la episteme vanguardista, con cuyo núcleo no siempre se la suele asociar. Stein, a pesar de vivir en París durante las décadas clave en el desarrollo del cubismo, escribió toda su obra en inglés, territorio que suele considerarse ajeno a las concepciones ortodoxas de las vanguardias. En este sentido la obra de Stein constituye una especie de eslabón perdido dentro de las poéticas vanguardistas, fundamentalmente escritas en lenguas romances, aunque indudablemente profundiza en la indagación de sus prácticas y principios.

A pesar de la radicalidad de su escritura, las ramificaciones de su presencia son más amplias de lo que podría pensarse. Por ejemplo, aunque no es el tipo de modelo que se suela recordar en primer lugar al hablar de las raíces del movimiento beat, ciertos rasgos e intereses del popular movimiento norteamericano tienen una importante conexión con Stein.

En lo que respecta a la propia elaboración textual steiniana se han señalado algunas claves que, si no resuelven por completo la sorpresa que produce el encuentro con su obra, al menos nos ayudan a comprender algunos de sus rasgos más personales. En Composición como explicación, la autora organiza una revisión del proceso de escritura hasta esos años atendiendo a tres rasgos indudablemente originales: la repetición, el presente continuo y el multiperspectivismo —al que se refiere como un escribir haciendo “uso de todo” (504). La atención a estos aspectos es, por sí misma sorprendente y, no cabe duda de que todos ellos juegan un papel de gran importancia en la constitución de su escritura. Especialmente la repetición y la insistencia en una escritura en presente contribuyen de manera sustancial a la construcción de textos “planos” —para decirlo con la expresión que utiliza Richard Kostelanetz (xviii)—, estrategia que aleja sustancialmente su escritura de los modelos tradicionales en los que el desarrollo de la escritura dependía de una narración temporal que hacía avanzar una historia a través de una serie de pasajes cumbre. Se trata en ese sentido de un posicionamiento paralelo al rechazo que la pintura cubista manifiesta por la perspectiva óptica.


Fragmento de: Gertrude Stein: retratos, composición, repetición
Autores: Benito del Pliego1 & Andrés Fisher2.
Filiación: Appalachian State University, Boone, NC, USA.


De: Revista Laboratorio ©2009 - url: www.revistalaboratorio.cl



YO SOY ROSA

Una rosa es una rosa es una rosa es una rosa

Yo soy Rosa mis ojos son azules
yo soy Rosa quién eres tú
yo soy Rosa y cuando canto
yo soy Rosa como toda cosa.


ESTANZAS EN MEDITACIÓN

        VI

POR qué soy si yo soy inciertas razones puedes incluir.
Queda quedar proponer reponer escoger.
Llamo al descuido que la puerta está abierta
que si ellas pueden rehusar abrir
nadie puede correr a cerrar.
Sean pues mías por lo tanto.
Todos saben que escojo.
Por lo tanto si por lo tanto antes que cierre.
Yo por lo tanto ofreceré por lo tanto ofrezco esto.
Lo que si yo rehuso perder puede perderse es mío.
Yo seré bien bienvenida cuando venga.
Porque yo estoy viniendo..
Ciertamente yo vengo habiendo yo venido.

Estas estanzas han concluido

De: Atlas de Poesía