lunes, 13 de enero de 2014

Cajas chinas o muñecas rusas













Es la denominación de una técnica literaria que consiste, en general, en la inserción de una historia dentro de otra y así, sucesivamente, hasta que se retorna a la original.

Hecho curioso éste que vamos a presentar porque es un caso particular y cuasi fortuito sobre el empleo de esa técnica. 

Su punto de partida es un texto en el que el autor rememora a un personaje real de su vida: un tío. A través del mismo texto, nosotros recordamos ahora a su autor, Néstor Gorriarán, a quien perdimos de vista hace pocos días pero permanece aquí con idéntica vivacidad que por aquellos tiempos, cuando con el gesto ceremonioso que aplicaba a la lectura, nos decía:


"El recuerdo, a veces se puede tocar" - Carlos Fuentes


Clarividencias


“El recuerdo, a veces, se puede tocar”.
CARLOS FUENTES


            -¡Mami! ¡No me digas que papá...!-rasgó el aire con pausada voz la niña, mientras incorporaba su cuerpito entre las tibias mantas con que su abuela había intentado protegerla del mundo.

    La certeza se clavó como un punzón en el cerebro alelado de la madre y un torbellino de sonidos batalló por palabras. Pero tendió sus redes ese silencio seco que cae de la vida cuando la arrancan de pronto y de cuajo -un silencio boquiabierto, de ojos desorbitados y manos acalambradas-, y las mujeres no pudieron escapar de él. Como fieras lastimadas se arrebujaron en la cama grande, esa guarida donde la familia nace, crece, gasta su carne y libera su luz. El abrazo fue interminable, casi como si alguien lo hubiese preparado para que durara por siempre.

    Y hoy, todavía es siempre.

Carbonilla
Taller de Pasiones Literarias

    

Toda persona «vive» en algún momento de su vida tres acontecimientos fundamentales: el nacimiento, el amor y la muerte.

El acontecimiento abre una brecha en el tiempo, una fisura, una grieta. Por eso, frente a los acontecimientos, sólo cabe el consuelo. Esta es la función de la narración.

Esta es, pues, una de las funciones fundamentales del relato: hacer de lo inhóspito e inquietante algo que nos sea familiar y accesible. Las narraciones hacen posible que podamos soportar la temible amenaza de los acontecimientos.

Los acontecimientos no tienen que ver con la acción sino con la pasión. No «hacemos» acontecimientos, son los acontecimientos los que «nos hacen», nos pasan, e inevitablemente nos forman, nos deforman y sobre todo nos transforman. Yo no puedo decidir vivir al margen de los acontecimientos, puesto que esta decisión no está en mi poder.


De: ÉTICA Y NARRACIÓN
JOAN-CARLES MÈLICH
Universitat Autónoma de Barcelona

De: http://www.raco.cat



domingo, 12 de enero de 2014

Un clásico de la literatura juvenil de principios del XX



(...)  Los que entienden de cosas de comercio saben que los precios suben cuando el negocio que se explota corre algún riesgo. Por ejemplo el té de la India y Ceylán es caro porque lo transportan caravanas que atraviesan regiones infestadas de bandidos. Los europeos deben pagar este riesgo. El hombre que vendía la miel turca tenía sin duda alguna, espíritu comercial. Sabía que pensaban prohibirle que se estacionara cerca de la escuela. Sabía también que si lo habían pensado lo harían y sabía también que pese a su gran surtido de golosinas no conseguiría engolosinar a los profesores y convencerlos de que no era un enemigo de la juventud.

"Los chicos se gastan todo el dinero con el italiano", decían. Y el italiano se dio cuenta que su comercio no duraría mucho tiempo. Entonces aumentó los precios. Si lo obligaban a irse, al menos habría ganado algún dinero. Por ello le explicó a Chele

—Hasta ahora todo costaba diez centavos, pero a partir de hoy cuesta veinte.

Y diciendo esto trabajosamente en una lengua extranjera no cesaba de blandir el hacha pequeñita. Guereb le murmuró a Chele:

— Tira la gorra sobre los caramelos.

Chele estaba encantado con la idea. ¡Lo que se reirían los chicos! ¡Cómo se desparramarían las golosinas! La broma valía la pena. Guereb seguía tentándolo con sus palabras, como tienta el diablo.

— Tira la gorra, ¿no ves que es un usurero?

Chele se quitó la gorra.

— ¿Esta gorra mía tan bonita?, dijo.

El golpe ya había fallado. Guereb cayó mal. Chele era un presumido que se traía las hojas sueltas de los libros de texto.

— ¿Te da mucha lástima la gorra?, preguntó Guereb.

— Claro, dijo Chele. Pero no te vayas a imaginar que tengo miedo. No soy ningún cobarde, pero me da lástima la gorra. Para que veas, si me das la tuya la tiro en seguida.

A Guereb no se le decían semejantes cosas. Era casi como una ofensa. Resopló fuerte y dijo:

— Para tirar mi gorra me basto yo. Es un usurero y si te da miedo te vas. Y con un gesto que demostraba que estaba listo para el combate se arrancó la gorra y se dispuso a lanzarla sobre el puesto cargado de golosinas. Una mano apretó la suya en el mismo instante en que iba a alcanzar su objetivo. Una voz casi varonil preguntó:

— ¿Qué vas a hacer?

Guereb miró para atrás. Boka estaba a sus espaldas.

— ¿Qué vas a hacer?, volvió a preguntar.

Y lo miró con ojos suaves y serios. Guereb gruñó como un león cuando el domador le clava los ojos. Se encogió. Volvió a ponerse la gorra y se sacudió los hombros. Boka dijo despacio:

— No le hagas nada a ese hombre. A mí me gusta la gente valiente, pero aquí no tiene gracia. Vamos.

Y le tendió la mano. La mano estaba llena de tinta. El tintero se había derramado mansamente en el bolsillo y Boka al sacar la mano no se dio cuenta. Pero no tenía ninguna importancia. Pasó la mano por la pared para limpiársela: el resultado fue que la pared quedó marcada y la mano de Boka tan sucia como al principio. Pero el asunto de la tinta quedó liquidado. Boka tomó a Guereb del brazo y juntos se fueron andando. Chele, el niño bonito, se quedó rezagado. Todavía le oyeron decir con voz ahogada, con la amarga resignación del vencido:

— Y bueno, si es verdad que ahora todo cuesta veinte, déme veinte de miel turca.

El vendedor de miel turca
El vendedor de miel turca
Dibujo de Károly Reich
Y para pagar sacó su lindo portamonedas verde. El italiano se sonrió y quizá llegó a pensar en lo que ocurriría si mañana todo costase treinta. Pero no era más que un bello sueño. Igual que cuando uno sueña que los billetes de a uno se convierten en billetes de cien. Dejó caer su hachita sobre la miel turca y envolvió en un papel el trozo cortado.

Chele lo miró con ojos desolados.

— ¡Resulta que ahora da menos que antes!

Al italiano le habían crecido las ínfulas. Dijo sarcásticamente

— Ahora, como está más caro hay que dar menos.

Sin mayores explicaciones se dirigió a otro comprador que aleccionado por lo que acababa de escuchar, traía los veinte centavos en la mano. Paseaba el hacha pequeñita con movimientos tan raros sobre la superficie de azúcar, que parecía el verdugo de ese cuento donde un hombre grande decapita a infinidad de hombrecillos del tamaño del pulgar, que tienen cabezas del grosor de una avellana.

Hacía una verdadera matanza en la miel turca.

— ¡Puf!, le dijo Chele al nuevo cliente, no le compre. Es un usurero.

Con las mismas, se metió el pedazo de miel turca en la boca, con papel y todo, porque no se podía arrancar el papel con la mano y con la saliva se despegaba en seguida.

— Esperadme, les gritó a los otros y salió corriendo.

Los alcanzó en la esquina y doblaron por una calle lateral para ir a la calle Soroksa: iban del brazo. Boka caminaba entre los dos y explicaba algo con la voz blanda y seria que le era habitual. Boka tenía catorce años y su rostro mostraba todavía pocos rasgos varoniles. Pero cuando hablaba parecía mayor. Su voz era profunda, suave y severa. Todo lo que decía era igual a su voz. Rara vez hablaba de tonterías y no era nada aficionado a los líos callejeros. Nunca se mezclaba en los pequeños barullos; si le querían hacer árbitro en alguna pelea trataba de esquivarse. La experiencia le había enseñado que nunca se puede satisfacer a las dos partes con el fallo y que el juez acaba por pagar los platos rotos. Sólo cuando se armaba alguna pelea descomunal y los ánimos estaban tan exacerbados que había peligro de intervención docente, mediaba Boka para restablecer la calma. Para decirlo de una vez, Boka parecía un muchacho inteligente y su comportamiento hacía pensar que tendría siempre la actitud de un hombre de honor en la vida, aun cuando esto no le trajese gran provecho.

Para llegar a su casa debían desembocar en la calle Köztelek. La callejuela silenciosa estaba envuelta en un sol primaveral y de la fábrica de tabaco que se alzaba sobre una de las aceras llegaba un suave zumbido. En la calle Köztelek vieron dos siluetas; estaban allí en el medio de la calle y esperaban. Uno era Chonakos, el grandote, y el otro era el rubio Nemechek.

Cuando Chonakos vio llegar a los tres chicos del brazo, se metió los dedos en la boca con un gesto de mal humor y silbó como una locomotora. Este silbido era su especialidad. En cuarto año ninguno podía imitarlo. Un silbido de cochero así, tan agudo, no había en todo el colegio quien supiera imitarlo. La verdad es que el único que llegaba a silbar más o menos de manera parecida era Cinder, el presidente de la "Asociación cultural", pero desde que era presidente, Cinder dejó de silbar. A partir de su nombramiento no volvió a meterse los dedos en la boca. Para un presidente de una asociación cultural que todos los miércoles por la tarde se sentaba en la cátedra, al lado del profesor de literatura, francamente hubiese quedado mal eso de silbar.

Decíamos que Chonakos lanzó un silbido estridente. Los muchachos se le acercaron y formaron grupo en medio de la calle.

Chonakos se dirigió a Nemechek .

— ¿Se lo has dicho a algún otro?

— No, dijo Nemechek .

Los demás preguntaron todos a una

— ¿Qué?

En lugar del rubiecito contestó Chonakos.

— ¡En el Museo ayer volvieron a hacer una barrida!

— ¿Quiénes?

— ¿Y quiénes habían de ser? Los dos Pasztor.

Siguió un gran silencio.

Es necesario que expliquemos qué significa la palabra barrida.

Esta palabra tiene, en la jerga de los colegiales de Budapest, un sentido particular. Cuando un muchacho grande ve que otros más pequeños están jugando por bolitas, por plumas o algarrobas y quiere llevarse todo este material de juego, dice: barro. Es tal la importancia de esta palabra que el muchachón que la pronuncia significa con ella que considera todo lo que está en juego como botín de guerra y que empleará la fuerza si no se lo ceden de buen grado. La barrida es algo así como una declaración de guerra. Es un anuncio corto, pero contundente, de estado de sitio, una proclamación del derecho del más fuerte y de la piratería.

Chele fue quien tomó la palabra primero. Tembloroso, dijo el dulce Chele:

— ¿Así que hicieron barrida?

— Sí. dijo Nemechek  muy serio al ver el efecto que producían sus palabras.

Guereb explotó:

— ¡No podemos seguir aguantando estas cosas! Lo he dicho hace mucho. Tenemos que hacer algo, pero Boka nunca nos lo permite. Si los dejamos estar llegarán a pegarnos.

Chonakos se metió los dos dedos en la boca para silbar de alegría. Siempre estaba dispuesto a tomar parte en revoluciones. Pero Boka le hizo bajar las manos.

— No nos aturdas, le dijo, y con un tono más serio se dirigió al rubiecito:

— Dime cómo fue.

— La barrida?

— Sí. ¿Cuándo fue?

— ¡Ayer por la tarde!

— ¿Dónde?

— En el Museo.

Llamaban así al Jardín del Museo.

— Bueno, cuenta cómo pasó, pero tal como fue, porque necesitamos saber la pura verdad si queremos hacer algo...


Niños de Budapest jugando a las bolitas.
Fotografía de la época
Nemechek  estaba excitadísimo, porque vió que era el centro de un acontecimiento tan importante. Pocas veces le ocurría algo parecido. Siempre era algo así como un cero a la izquierda o como el número 1 en las operaciones de multiplicar o dividir. Ni divisor, ni multiplicador, ni nada. Nadie le hacía caso. Era un muchachito insignificante, flacucho, una criatura débil, muy indicado para pagar culpas ajenas. Empezó a contar y los muchachos juntaron las cabezas.

— Empezó así, dijo. Después de almorzar nos fuimos al Jardín del Museo, Weiss y yo, Richter, Kolnay y Barabas. Primero quisimos ir a la calle Eszterhazy al frontón, para jugar a la pelota, pero la pelota era de los del colegio Central y no nos la quisieron prestar. Entonces Barabas dijo "Vámonos al Museo a jugar a las bolitas." Entonces nos fuimos al Museo y nos pusimos a jugar con bolitas contra la pared. Jugábamos a tirar una bolita cada uno. El que le pegaba a cualquiera de las que ya estaban en el suelo se ganaba un montón. Tirábamos por turno. Cerca de la pared se habían juntado como quince, y dos eran de vidrio. En eso Richter gritó: "Se acabó. ¡Vienen los Pasztor!" Y sí que eran ellos. Caminaban con las manos en los bolsillos, con la cabeza gacha, y venían tan despacito, tan despacito que a mí se me helaron las piernas de miedo. De balde éramos cinco. Esos dos tienen tanta fuerza que nos pueden a los cinco. Y tampoco hay que contar que éramos cinco, porque cuando las cosas se ponen feas Kolnay echa a correr y Barabas también, y no quedan más que tres. Y a veces yo también escapo y no quedan más que dos. Y aunque los cinco hubiésemos querido salir corriendo de nada valdría, porque los Pasztor son los corredores más veloces de todo el Museo y de qué sirve correr si lo pescan a uno. Y bueno, como les decía, los Pasztor llegaron cada vez más cerca, más cerca y venga mirar las bolitas. Yo le dije a Kolnay "¡Oye, parece que a estos les gustan las bolitas!" Y el más listo de todos fue Weiss porque dijo en seguida "¡Si éstos llegan hasta aquí habrá una barrida!" Pero yo pensé que no nos harían nada. ¿Y por qué habrían de hacernos algo si no les decíamos nada? Y al principio no nos dijeron nada, se pararon y estuvieron mirando el juego. Kolnay me murmuró al oído "¡Oye, Nemechek , será mejor que paremos!'' Yo le dije "Claro, esto quisieras tú porque acabas de tirar y no le diste. ¡Ahora me toca a mí! ¡Si gano paramos!" El que estaba apuntando era Richter, pero ya le temblaba la mano de tanto mirar a los Pasztor y por supuesto no le dió. Los Pasztor no se movían. Se estaban ahí con las manos en los bolsillos. Entonces tiré yo y gané. Había un montón de bolitas. Quise recogerlas ¡eran como treinta! pero uno de los Pasztor, el más chico, saltó y me gritó "¡Barro!" Cuando me di vuelta Kolnay y Barabas ya se habían escapado, Weiss estaba junto a la pared, más pálido que un muerto, Richter no se había decidido todavía a echar a correr. Yo quise arreglarlo primero por las buenas. Le dije "Disculpe, pero usted no tiene ningún derecho." Pero con las mismas ya se había venido el otro Pasztor y se puso a recoger las bolitas y a metérselas en el bolsillo. El más chico me agarró por las solapas y me gritó "¿No me has oído que he dicho barro?" ¡Y ya para qué iba a decir yo nada! Weiss se puso a llorar. Kolnay y Kende desde la esquina del Museo miraban lo que ocurría. Los Pasztor juntaron todas las bolitas y sin decir ni una palabra se fueron. Esto fue lo que pasó.

— ¡Parece increíble!, dijo Guereb indignado.

— ¡Un verdadero asalto de piratas!

Esto lo dijo Chele. Chonakos silbó para hacer ver que olía pólvora en el aire. Boka estaba silencioso y pensaba. Todos lo observaban. Todos tenían curiosidad por saber lo que diría de estas cosas que venían ocurriendo hacía meses ya, y que él nunca quiso tomar en serio. El incidente que acababa de escuchar era tan indignante que lo sacó de sus casillas. Dijo con voz muy lenta:

— Vámonos a comer. Por la tarde nos reuniremos en el solar. Allí hablaremos despacio. Ahora yo también digo: ¡es inaudito!

Estas palabras gustaron a todos. En este momento todos sentían una gran simpatía por Boka. Los chicos lo miraban con cariño, observaban sonrientes su cabecita inteligente, sus ojos negros y chispeantes donde ahora ardía un resplandor de combate. Hubiesen querido abrazarlo porque al fin lo veían indignado.

Se pusieron en camino. En algún lugar de la calle Josef sonaba una campanita alegre, el sol brillaba y todo era hermoso y todo estaba lleno de alegría. Los muchachos esperaban grandes acontecimientos. En todos ardía el ansia de lucha y la curiosidad por saber lo que ocurriría. Porque cuando Boka decía que iba a pasar algo, entonces sí que pasaba.

Se fueron andando por la calle Ülloi. Chonakos se quedó atrás con Nemechek. Cuando Boka se volvió para mirarlos estaban los dos parados junto a la ventana de la fábrica de tabaco. Una capa de polvo amarillento cubría las maderas.

— ¡Tabaco!, exclamó alegremente Chonakos, silbó y se metió en la nariz un puñadito de polvo amarillo.

Nemechek , el monito esmirriado, también recogió un poco de polvo y con la punta de sus deditos flacos se lo acercó a la nariz. Los dos se fueron estornudando por la calle Köztelek llenos de alegría a causa del descubrimiento que acababan de hacer. Los estornudos de Chonakos parecían truenos o cañonazos. Los del rubiecito sonaban como los bufidos de un cobayo enfadado. Bufaban, se reían, corrían y eran tan felices en estos momentos que hasta se olvidaron de la tremenda injusticia que llegó a conmover al silencioso y severo Boka, al punto de hacerle decir que era una cosa inaudita.

Fragmento del Capítulo 1 de Los chicos de la calle Pal

De: La Editorial Virtual.com (Para continuar leyendo)


Una novela de
Ferenc Molnár
Budapest, Hungría - 12 de enero de 1878
Corresponsal de guerra, periodista, escritor.


No son "pubs" ni "spas" pero...



“...un poema no es algo que se ve, sino la luz que nos permite ver”













Indómita condición
                                                                                               
y abatíme tanto, tanto,
que fui tan alto, tan alto,
que le di a la caza alcance.
JUAN DE LA CRUZ



Eros está

tan solo, a veces, en tu caverna,

que sale a buscarte
a tu otra guarida.


Roza tu soberbia
detrás de las haches, las eles;
olfatea tu miedo
debajo de las efes, las pes.
De tus deformadas vocales
penden gotitas de sudor,
que entonces lame,
y en el lecho felino de la hoja
se recuesta,
se acuesta,
a esperarte en el silencio.


Cuando el aullido de tu voz bate alas 
                       de palomas,
se ovilla,
y en el cuenco de su garra
te apresa:
cópula tan deseada, feroz,
efímera...


Indómita condición
la de elevarnos tanto,
para caer,
cada vez más hondo,
en la soledad
del
yo.



Carbonilla
Taller de Pasiones Literarias




viernes, 10 de enero de 2014

"Todo hombre paga su grandeza con muchas pequeñeces, su victoria con muchas derrotas, su riqueza con múltiples quiebras." - Giovanni Papini

9 de enero de 1881- Florencia

El día no restituido


Conozco muchas viejas y hermosas princesas, pero solamente a aquellas que son tan pobres que apenas tienen una pequeña sirvienta vestida de negro y que están reducidas a vivir en alguna degradada villa toscana, una de esas escondidas villas donde dos cipreses polvorientos montan guardia junto a un portal de rejas murado.
Si encuentran alguna en el salón de una condesa viuda y fuera de moda llámenla Alteza y háblenle en francés, ese francés internacional, clásico, incoloro que pueden aprender en los Contes Moraux del abate Marmontel; el francés, en fin, de las gens de qualitéi. Mis princesas responderán casi siempre y luego que hayan penetrado en sus pobres almas -pequeñas y llenas de polvo y de quincallería, como oratorios de fines del siglo XVII-, se darán cuenta de que la vida puede ser aceptada y que nuestra madre no ha sido tan necia como parecía poniéndonos en el mundo.

¡Qué secretos extraordinarios me han susurrado mis hermosas y viejas princesas! Ellas adoran los polvos faciales pero quizás todavía más la conversación y, aunque todas sean alemanas -una sola es rusa, pero por azar-, su delicioso francés ancien régime algunas veces me regala emociones de ningún modo ordinarias, y en ciertos momentos mi corazón se conmueve y siento casi ganas -lo confieso- de llorar como un estúpido enamorado.

Una noche, no demasiado tarde, en el salón de una villa toscana, sentado sobre un sillón de estilo Imperio ante la mesa donde me habían ofrecido un té excesivamente aguado, yo callaba junto a la más vieja y la más bella de mis princesas.

Vestida de negro, su rostro estaba rodeado de un velo negro y sus cabellos, que yo sabía blancos y siempre algo rizados, se hallaban cubiertos por un sombrero negro. Parecía que a su alrededor flotase como una aureola de oscuridad. Esto me agradaba y me esforzaba en creer que aquella mujer fuera solamente una aparición provocada por mi voluntad. El hecho no era difícil porque la habitación se hallaba casi en tinieblas y la única vela encendida iluminaba única y débilmente su rostro empolvado. Todo el resto se confundía con la oscuridad de modo que yo podía creer que tenía ante mi solamente a una cabeza pensil, una cabeza separada del cuerpo y suspendida cerca de mí a un metro del pavimento.

Pero la Princesa comenzó a hablar y toda otra fantasía era imposible en ese momento.

-Ecoutez donc, monsieur -me decía- ce qui m’arriva il y a quarante ans, quand j’étais encore assez jeune pour avoir le droit de paraître folle1.

Y continuó con su grácil voz narrándome una de sus innumerables historias de amor: un general francés se había dedicado a ser actor por amor a ella y había sido asesinado de noche por un payaso borracho.

Pero ya conocía yo ese estilo suyo de imaginación y quería otra cosa mucho más extraña, más lejana, más inverosímil. La Princesa quiso ser gentil hasta el final:

-Me obliga usted -dijo- a narrarle el último secreto que me queda y que ha permanecido siempre secreto, justamente porque es más inverosímil que todos los otros. Pero sé que debo morir dentro de algunos meses, antes de que termine el invierno, y no estoy segura de hallar otro hombre que se interese como usted por las cosas absurdas...

“Este secreto mío empezó cuando tenía veintidós años. En esa época yo era la más graciosa princesa de Viena y todavía no había matado a mi primer marido. Esto ocurrió dos años más tarde, cuando me enamoré de... Pero usted ya conoce la historia. Passons! Sucedió, pues, que cuando llegaba al término de mis veintiún años recibí la visita de un viejo señor, condecorado y afeitado, quien me solicitó una breve entrevista secreta. No bien estuvimos solos, me dijo:

‘Tengo una hija que amo inmensamente y que está muy enferma. Tengo necesidad de volverla a la vida y a la salud y para ello estoy buscando años juveniles para comprar o tomar en préstamo. Si usted quisiera darme uno de sus años se lo devolveré poco a poco, día a día, antes de que termine su vida. Cuando haya cumplido los veintidós años, en vez de pasar al vigésimo tercero usted envejecerá un año y entrará en el vigésimo cuarto. Es usted todavía muy joven y casi ni se dará cuenta del salto, pero yo le devolveré hasta el último de los trescientos sesenta y cinco días, de a dos o tres por vez, y cuando sea vieja podrá recuperar a su voluntad las horas de auténtica juventud, con imprevistos retornos de salud y de belleza. No crea usted que habla con un bromista o con un demonio. Soy simplemente un pobre padre que ha rogado tanto al Señor que le ha sido concedido hacer lo que para los demás es imposible. Con gran trabajo he cosechado ya tres años pero tengo necesidad de tener todavía muchos más. ¡Deme uno de los suyos y no se arrepentirá nunca!’

“En esa época estaba habituada ya a las aventuras curiosas y en el mundo en que vivía nada era considerado imposible. Por lo tanto, consentí en realizar el singular préstamo y pocos días después envejecí un año más. Casi nadie se dio cuenta y hasta los cuarenta años viví alegremente mi vida sin acudir al año que había dado en depósito y que debía serme restituido. “El viejo señor me había dejado su dirección junto con el contrato y me solicitó que le avisara por lo menos un mes antes acerca del día o la semana en que yo deseara disfrutar de la juventud, prometiéndome que recibiría lo que pidiese en el momento fijado.

“Después de cumplir mis cuarenta años, cuando mi belleza estaba por ajarse, me retiré a uno de los pocos castillos que le habían quedado a mi familia y no fui a Viena más que dos o tres veces por año. Escribía con la debida anticipación a mi deudor y luego participaba de los bailes de la Corte, en los salones de la capital, joven y hermosa como debía ser a los veintitrés años, maravillando a todos los que habían conocido mi belleza en decadencia. ¡Qué curiosas eran las vigilias de mis reapariciones! La noche anterior me adormecía cansada y fanée como siempre y por la mañana me levantaba alegre y ligera como un pájaro que hubiese aprendido a volar hacía poco, y corría a mirarme en el espejo. Las arrugas habían desaparecido, mi cuerpo estaba fresco y suave, los cabellos habían vuelto a ser totalmente rubios y los labios eran rojos, tan rojos que yo misma los habría besado con furor. En Viena los galanteadores se apiñaban a mi alrededor, gritaban maravillas, me acusaban de hechicería y, en el fondo, no entendían nada. Poco antes de vencer el período de juventud que había solicitado, subía a mi carroza y volvía furiosa al castillo, en donde rehusaba recibir a nadie. Una vez un joven conde bohemio que se había enamorado terriblemente de mí durante una de mis visitas a Viena logró entrar, no sé cómo, a mi departamento y estuvo a punto de morir del estupor al ver cuánto me parecía a su adorada pero también cuánto más fea y más vieja era que aquella que lo había embriagado en las calles de Viena.

“Nadie, desde entonces, logró forzar mi voluntaria clausura, interrumpida sólo por la extraña alegría y la profunda melancolía de las raras pausas de juventud en el curso lamentable de mi continua decadencia. ¿Puede imaginarse aquella fantástica vida de largos meses de vejez solitaria separados cada tanto por los fuegos fugitivos de unos pocos días de belleza y de pasión?

“Al principio esos trescientos sesenta y cinco días me parecían inagotables y no imaginaba que pudieran terminar alguna vez. Por eso fui demasiado pródiga con mi reserva y escribí muy a menudo al misterioso Deudor de Vida. Pero éste es un hombre terriblemente exacto. Una vez fui a su casa y vi sus libros de cuentas. Yo no soy la única con la que hizo contratos de ese género y sé que contabiliza muy cuidadosamente la disminución de sus entregas. Vi también a su hija: una palidísima mujer sentada sobre una terraza llena de flores.

“Nunca he podido saber de dónde saca la vida que restituye tan puntualmente, en cuotas de días, pero tengo motivos para creerme que recurre a nuevas deudas. ¿Cuáles serán las mujeres que le han dado los días que me restituye a mí? Quisiera conocer a algunas de ellas pero por más que le haya hecho hábiles preguntas muy a menudo, nunca he tenido la suerte de descubrirlas. Mais, peut être, elles ne seraient pas si étranges que je crois...

“De todos modos ese hombre es extraordinariamente interesante, lo que no le impide hacer bien sus cuentas. Usted no puede imaginar qué espantosa se volvió mi vida cuando me anunció, con la calma de un banquero, que no quedaban a mi disposición sino once días solamente. Durante todo ese año no le escribí y por un momento tuve la tentación de regalárselos y de no atormentarme más. ¿Comprende usted la razón, no es cierto? Cada vez que yo me volvía joven, el momento del despertar era siempre más doloroso porque la diferencia entre mi estado normal y mis veintitrés años se hacía, con la edad, mucho más grande.

“Por otra parte, era imposible resistir. ¿Cómo puede usted pensar que una pobre vieja solitaria rechace cada tanto una jornada o dos o tres de belleza y de amor, de gracia y de alegría? ¡Ser amada por un día, deseada por una hora, feliz por un momento! Vous êtes trop jeune pour comprendre tout mon ravissement!

“Pero los días están por acabarse; mi crédito va a concluir por la eternidad. Piense: ¡me queda solamente un día para disfrutar! Después, seré definitivamente vieja y estaré consagrada a la muerte. ¡Un día de luz y luego la oscuridad para siempre! Medite bien, se lo ruego, en la imprevista tragedia de mi vida. Antes de solicitar este día...

“¿Pero cuándo lo pediré? ¿Qué haré con él? Hace tres años que no vuelvo a ser joven y en Viena casi nadie me recuerda ya y toda mi belleza parecería espectral. Y sin embargo, siento necesidad de un amante, un amante sin escrúpulos y lleno de fuego. Tengo necesidad de que todo mi cuerpo sea acariciado una vez más. Esta cara rugosa se volverá de nuevo fresca y rosada y mis labios darán, por la vez última, la voluptuosidad. ¡Pobres labios, blancos y agrietados! ¡Todavía quieren ser por un día más rojos y cálidos, por un solo día, para un último amante, para una última boca!

“Pero no llego a decidirme. No tengo el valor para gastar la última monedita de verdadera vida que me queda y no sé cómo hacerlo y tengo un loco deseo de gastarla...”

¡Pobre y querida Princesa! Unos momentos antes había levantado su velo y las lágrimas abrieron surcos sutiles en el polvo del rostro. En ese momento, los sollozos, aunque aristocráticamente contenidos, le impidieron continuar. Experimenté entonces un gran deseo de consolar a todo costo a la deliciosa vieja y caí a sus pies -al pie de una princesa arrugada y vestida de negro-, y le dije que la hubiera amado más que cualquier caballero loco y le rogué, con las más dulces palabras, que me concediera a mí, a mí solo, el último día de su bella juventud.

No recuerdo precisamente todo lo que le dije, pero mi actitud y mis palabras la conmovieron profundamente y me prometió, con algunas frases algo teatrales, que sería su último amante, durante un solo día, dentro de un mes. Me dio una cita para cierta fecha en la misma villa y me despedí muy perturbado, luego de haberle besado las magras y blancas manos.

Mientras regresaba a la ciudad, ya de noche, la luna no totalmente llena me miraba insistentemente con aire piadoso, pero pensaba demasiado en la bella Princesa para tomarla en serio. Ese mes fue muy largo, el mes más largo de mi vida. Había prometido a mi futura amante que no la volvería a ver hasta el día fijado y mantuve mi galante compromiso. A pesar de todo, el día llegó y fue el más largo de aquel larguísimo mes. Pero llegó también la noche y luego de haberme elegantemente vestido fui hacia la villa con el corazón estremecido y el paso inseguro.

Vi desde lejos las ventanas iluminadas como no las había visto nunca y al acercarme hallé la puerta de hierro abierta y el balcón lleno de flores. Entré en la residencia y fui introducido en un salón donde ardían todas las antorchas de dos fantásticas arañas.

Me dijeron que esperara y esperé. Nadie venía. Toda la casa estaba silenciosa. Las luces ardían y las flores perfumaban para la soledad. Después de una hora de agitada expectativa, no pude contenerme y pasé al comedor. Sobre la mesa estaban preparados dos cubiertos y flores y frutas en gran cantidad. Pasé a un pequeño salón, suavemente iluminado y desierto. Finalmente llegué a una puerta que yo sabía era la del dormitorio de la Princesa. Di dos o tres golpes, pero no tuve respuesta. Entonces me hice de coraje pensando que un amante puede olvidar la etiqueta y abrí la puerta, deteniéndome en el umbral.

La habitación estaba llena de suntuosos vestidos tirados por todas partes como en el furor de un saqueo. Cuatro candelabros esparcían alrededor una luz alegre. La Princesa estaba echada en un sillón frente al espejo, ataviada con uno de los más espléndidos vestidos que yo jamás viera.

La llamé y no contestó.

Me acerqué, la toqué y no hizo el menor movimiento. Me di cuenta entonces de que su rostro estaba como siempre lo había visto, pequeño y blanco y algo más triste que de costumbre y un poco asustado. Posé una mano sobre su boca y no sentí respiración alguna; la coloqué sobre su pecho y no sentí ningún latido.

La pobre Princesa estaba muerta; había muerto dulcemente de improviso mientras acechaba ante el espejo el retorno de su belleza. Una carta que hallé en el piso, junto a ella, me explicó el misterio de su inesperado fin. Contenía unas pocas líneas de escritura vertical y marcial, y decía:

“Gentil Princesa:

Me duele sinceramente no poder restituirle el último día de juventud que le debo. No logro ya encontrar mujeres lo suficientemente inteligentes para creer en mi increíble promesa y mi hija se halla en peligro.

Realizaré todavía nuevas tentativas y le comunicaré los resultados, porque es mi más vivo deseo satisfacerla hasta lo último. Considéreme, ilustre Princesa, su devotísimo...”


1. En francés en el original: “Escuche, pues, señor, lo que me ocurrió hace cuarenta años, cuando yo era todavía demasiado joven para tener el derecho de parecer loca”.





 Dos imágenes en un estanque


¿Sólo para volver a ver mi rostro en un estanque muerto, lleno de hojas muertas, en un jardín estéril, me detuve después de tanto tiempo en la pequeña capital? Cuando me aproximaba a ella no pensaba tener otro motivo que éste.
Regresando del mar y de las grandes ciudades de la costa, sentía el deseo de las cosas ocultas, de las calles estrechas, de los muros silenciosos y un poco ennegrecidos por las lluvias. Estaba seguro de hallar todo eso en la pequeña capital, en la ciudad donde había estudiado durante cinco años, con maestros de clásicas barbas blancas, las ciencias más germánicas y más fantásticas.

Recordaba a menudo la querida ciudad, tan sola en medio de la llanura, como una exiliada (he pensado siempre que existen también ciudades desterradas de su propia patria), sin río, sin torres ni campanarios, casi sin árboles, pero totalmente quieta y resignada en torno al gran palacio rococó, en el que charla y duerme la corte. En las calles, a cada cien pasos, hay un pozo y junto al pozo una fuente y sobre cada fuente un guerrero de terracota, pintado de azul y rojo pálido.

Recordaba también la casa en que viví durante los años de mi aprendizaje científico. Mis ventanas no se abrían sobre la plaza sino sobre un gran jardín, cerrado entre las casas, donde había, en un rincón, un estanque circuido por rocas artificiales. A nadie le importaba el jardín: el viejo señor había muerto y la hija, aburrida y devota, consideraba a los árboles como herejes y a las flores como vanidosas. También el estanque había muerto por su culpa. Ningún chorro brotaba ya de su seno. El agua parecía tan cansada e inmóvil como si fuese la misma desde hacía una cantidad enorme de años. Por lo demás, las hojas de los árboles la cubrían casi enteramente e incluso las hojas parecían haber caído allí en otoños míticamente lejanos.

Este jardín fue el sitio de mis alegrías mientras viví en la pequeña capital. Tenía la libertad de poder visitarlo cada hora y cuando los maestros no me llamaban me sentaba con algún libro junto al estanque, y cuando estaba cansado de leer o la luz menguaba, intentaba mirar mis ojos reflejados en el agua o contaba las viejas hojas y seguía con estática ansiedad sus lentos viajes bajo el hálito desigual del viento. Alguna vez las hojas se apartaban o se reunían todas en el fondo y entonces veía en el agua mi rostro y lo contemplaba tan largamente que me parecía no existir más por mí mismo, con mi cuerpo, sino ser solamente una imagen fijada en el estanque por la eternidad.

Fue por eso que corrí inmediatamente al jardín, apenas llegué a la pequeña capital. Habían pasado muchos años, pero la ciudad se mantenía igual. Por las mismas calles estrechas pasaban las mismas mujeres enanas y amarillentas, de cofias ajadas, y los guerreros de terracota, inútiles y ridículos, se apoyaban en el puño de las espadas sobre las habituales fuentes.

Y también el jardín estaba tal como yo lo había dejado, también el estanque estaba como yo lo vi por última vez, antes de regresar a mi patria. Alguna mata de más en los canteros, algunas hojas más en el estanque y todo el resto como antaño. Quise entonces volver a ver mi cara en el agua y me di cuenta de que era diferente, muy diferente de aquella que tan lúcidamente recordaba. El encanto de ese estanque, de ese sitio volvió a apoderarse de mí. Me senté sobre una de las rocas artificiales y con la mano moví las hojas muertas para formar un espejo más grande a mi rostro palidecido y transfigurado. Permanecí algunos minutos mirando mi imagen y pensando en las leyes del tiempo cuando vi dibujarse en el agua otra imagen junto a la mía. Me volví bruscamente: un hombre se había sentado a mi lado y se reflejaba junto a mí en el estanque. Lo miré sorprendido -volví a mirarlo y me pareció que se me asemejaba un poco. Dirigí de nuevo los ojos al estanque y contemplé otra vez su imagen reflejada sobre el fondo sombrío. Al instante comprendí la verdad: ¡su imagen se parecía perfectamente a la que yo reflejaba siete años antes!

En otro tiempo, quizás, aquello me hubiera espantado y seguramente habría gritado como quien se halla preso en el círculo de alguna invencible obsesión. Pero yo sabía ahora que solamente lo imposible se vuelve real algunas veces y por lo tanto no sentí el menor asomo de terror. Tendí la mano al hombre, que me la estrechó, y le dije:

-Sé que tú eres yo mismo, un yo que pasó hace mucho, un yo que creía muerto pero que vuelvo a ver aquí, tal como lo dejé, sin cambio visible.

Y no sé, oh mi yo pasado, qué deseas de mi yo presente, pero sea lo que fuere no sabré negártelo.

El hombre me miró con cierto estupor, como si me viera por primera vez, y respondió después de unos instantes de vacilación:

"Quisiera estar un poco contigo. Cuando tú creíste partir definitivamente yo permanecí aquí, en esta ciudad donde no pasa el tiempo, sin moverme, sin hacer nada, esperándote. Sabía que regresarías. Habías dejado la parte más sutil de tu alma en el agua de este estanque y de esta alma yo he vivido hasta hoy. Pero ahora quisiera unirme nuevamente a ti, permanecer estrechado a ti, viviendo contigo, escuchando de ti el relato de tus vidas de todos estos años. Yo soy como tú eras entonces y no conozco de ti más que lo que tú conocías entonces. Comprende mi ansiedad de saber y de escuchar. Hazme de nuevo tu compañero hasta que partas una vez más de esta ciudad exiliada del mundo y del tiempo."

Asentí con la cabeza y salimos del jardín tomados de la mano, como dos hermanos.

Comenzó entonces para mí uno de los periodos más singulares de mi vida, esta vida mía tan diferente ya de la de otros hombres. Viví conmigo mismo -con mi yo transcurrido- algunos días de imprevista alegría. Mis dos yo caminaban por las calles mal empedradas, en medio del silencio que reinaba desde hacía tanto tiempo en la pequeña capital -¡un silencio que databa del siglo decimoctavo!-, y conversaban incesantemente tratando de recordar las cosas que vieron, los hombres que conocieron, los sentimientos que los agitaron, los sueños que dejaron un amargo sabor en sus espíritus. Las dos almas -la antigua y la nueva- buscaron juntas la universidad, silenciosa y sepulcral como un monasterio montañés -recorrieron el jardín a la francesa, detrás del palacio rococó, donde las estatuas, mutiladas y ennegrecidas, no concedían más de una mirada a las alamedas infinitas- y se aventuraron hasta el Liliensee, una chacra mal excavada que por decreto de los viejos príncipes había llegado a obtener el nombre de lago. ¡No puedo recordar aquellos días de paseos y de confidencias sin que desfallezca por un instante mi corazón! Pero luego de las primeras horas de efusión, después de los primeros días de evocaciones, comencé a sentir un tedio inenarrable al escuchar a mi compañero. Ciertas ingenuidades, ciertas brutalidades, ciertos modos grotescos que continuamente exhibía me desagradaban. Me percaté, además, al hablar extensamente con él, de que estaba lleno de ideas ridículas, de teorías ya muertas, de entusiasmos provincianos hacia cosas y seres que yo ni siquiera recordaba. Confiaba en ciertas palabras, se conmovía con ciertos versos, se exaltaba ante ciertos espectáculos que a mí, en cambio, me inspiraban muecas o sonrisas. Su cabeza estaba llena todavía de ese romanticismo genérico, desproporcionado, hecho de cabelleras desmelenadas, de montañas malditas, de bosques tenebrosos, de tempestades y de batallas con redoblar de truenos y tambores, y su corazón se deshacía en aquel pathos germánico (flores azules, luna entre nubes, tumbas de castas novias, cabalgatas nocturnas, etcétera) del cual vivían los esmirriados petimetres melancólicos y las señoritas rubias un poco obesas.

Su ingenuo orgullo, su inexperiencia del mundo, su ignorancia profunda de los secretos de la vida, que al principio me divertían, terminaron por cansarme, por suscitar en mí una especie de compasión despreciativa que poco a poco llegó a la repugnancia.

Durante algunos días aún supe resistir mi deseo de insultarlo o de huir, pero una mañana, luego de que hubo declamado con gran énfasis un lied estúpidamente conmovedor, sentí que mi desprecio iba transformándose en odio.

"Y sin embargo, pensé, yo mismo he sido en otra época este hombre del que me burlo, este joven ridículo e ignorante. Él es todavía, de alguna manera, yo mismo. Durante estos largos años yo he vivido, he visto, he adivinado, he pensado y él ha permanecido aquí, en la soledad, intacto, perfectamente igual a ese que era yo el día en que dejé estos lugares. Ahora mi yo presente desprecia a mi yo pasado -y sin embargo en ese tiempo yo creía, más que hoy todavía, ser el hombre superior, el ser alto y noble, el sabio universal, el genio expectante. Y recuerdo que entonces despreciaba a mi yo pasado, mi pequeño yo de niño ignorante y sin refinamiento todavía. Ahora desprecio a aquel que despreciaba. Y todos estos menospreciadores y menospreciados han tenido el mismo nombre, han habitado el mismo cuerpo, se presentaron ante los hombres como un solo ser vivo. Después de mi yo presente, se formará otro que juzgará a mi alma de hoy tal como yo juzgo hoy a la de ayer. ¿Quién tendrá piedad de mí si yo no la tengo para mí mismo?"

Mientras yo pensaba esto, el yo antiguo me hablaba y declamaba. Yo no tenía nada ya para decirle y callaba; él no tenía nada más para decirme, pero, en vez de callar, fabricaba frases y recitaba poesías horriblemente extensas. ¿Qué había ahora de común entre nosotros? Habiendo agotado los recuerdos del pasado lejano, yo no podía hablar con él del pasado próximo, de todo mi mundo reciente de bellezas conocidas, de corazones amados y destrozados, de paradojas improvisadas en torno de la mesa de té, y mucho menos del sueño doloroso que ocupa ahora íntegramente mi alma. Era inútil decirle todo eso; él no me comprendía. El sonido de ciertas palabras que me sugería toda una escena, las asociaciones de ideas de un perfume, de un nombre, de un rumor nada le decían a su alma. Me rogaba que le hablara, y si consentía, me escuchaba con curiosidad pero sin sentir, sin comprender, sin revivir conmigo lo que yo le narraba. Sus ojos se perdían en el vacío y apenas yo enmudecía recomenzaba sus declamaciones y sus melosidades sentimentales.

Llegó, pues, un día en que el odio contra ese pasado yo mío no supo ya contenerse. Le dije entonces con mucha firmeza que no podía más vivir con él y que debía separarme de su compañía para acabar con mi disgusto. Mis palabras lo sorprendieron y lo entristecieron profundamente. Sus ojos me miraron suplicando. Su mano me estrechó con más fuerza.

"¿Por qué quieres dejarme -dijo con su odiosa voz de teatral apasionamiento-; por qué quieres dejarme una vez más tan solo? ¡Te he estado esperando durante tanto tiempo en silencio, durante tantos años he contado las horas que me acercaban a estos momentos! Y ahora que estás conmigo, ahora que te amo, que hablamos del amor y de la belleza del mundo, de los pesares de sus criaturas, ¿quieres dejarme solo en esta ciudad tan triste, tan lentamente triste?"

No respondí a sus palabras sino con un gesto de rabia. Pero cuando me adelanté para irme sentí su brazo aferrarme con violencia y escuché de nuevo su voz que me decía sollozando:

"No, tú no partirás. ¡No te dejaré partir! Soy tan feliz ahora de poder hablar a alguien que puede comprenderme, a alguien que todavía tiene un corazón, ardiente, que viene de las ciudades de los vivos, que puede escuchar todos mis gemidos y acoger mis confesiones. ¡No, tú no partirás, no podrás partir! ¡No permitiré que te vayas!"

Tampoco esta vez respondí y todo el día permanecí con él sin hablar. Él me miraba en silencio y me seguía siempre.

Al día siguiente me preparé para irme pero él se plantó ante la puerta y no me dejó salir hasta que no le hube prometido que me quedaría con él durante todo el día.

Así pasaron todavía cuatro días. Yo intentaba eludirlo, pero él me perseguía constantemente, aburriéndome con sus lamentaciones e impidiéndome, aun por la fuerza, abandonar la ciudad. Mi odio, mi desesperación crecían de hora en hora. Finalmente, al quinto día, viendo que no podía liberarme de su celosa vigilancia, pensé que sólo me quedaba un medio y salí resueltamente de casa seguido de su lamentable sombra.

También aquel día anduvimos por el estéril jardín donde tantas horas había pasado yo con su alma, y nos aproximamos, también aquel día, al estanque muerto cubierto de hojas muertas. También aquel día nos sentamos sobre las falsas rocas y separamos con la mano las hojas para contemplar nuestras imágenes. Cuando nuestros dos rostros aparecieron juntos sobre el espejo sombrío del agua, me volví rápidamente, aferré a mi yo pasado por los hombros y lo arrojé de cara al agua, en el sitio donde aparecía su imagen. Empujé su cabeza bajo la superficie y la sostuve quieta con toda la energía de mi odio exasperado. Él intentó resistirse; sus piernas se agitaron violentamente pero su cabeza permaneció bajo el remolino trémulo del estanque. Después de algunos instantes sentí que su cuerpo se aflojaba y debilitaba. Entonces lo solté y cayó aún más abajo, hacia el fondo del agua. Mi odioso yo pasado, mi ridículo y estúpido yo de otros años había muerto para siempre. Abandoné con calma el jardín y la ciudad. Nadie me molestó jamás por este hecho. Y vivo ahora todavía en el mundo, en las grandes ciudades de la costa, y me parece que me falta algo cuyo preciso recuerdo no poseo. Cuando me asalta la alegría con sus tontas risas pienso que soy el único hombre que ha matado a su yo y que vive todavía. Pero esto no es suficiente para que permanezca serio.


 NADA ES MÍO

Asora, 18 setiembre

El mayor problema del hombre, como de las naciones, es la independencia. ¿Se puede resolver? Lo que poseo parece ser mío, pero soy poseído siempre por aquello que tengo. La única propiedad incontestable debería ser el Yo, y, sin embargo, aquilatando bien, ¿dónde está el residuo absoluto, aislado, que no depende de nadie?

Los demás participan, ausentes o presentes, en nuestra vida interior y externa. No hay manera de salvarse. Aun en la soledad perfecta me siento, con espanto, átomo de un monte, célula de una colonia, gota de un mar. En mi espíritu y en mi carne hay la herencia de los muertos; mi pensamiento es deudor de los difuntos y de los vivientes; mi conducta está guiada, aun contra mi voluntad, por seres que no conozco o que desprecio.

Todo lo que sé lo he aprendido de los demás. Cualquier cosa que adquiera es obra de otros, y ¿qué tiene que ver que la haya pagado? Sin el operario, sin el artesano, sin el artista, estaría más desnudo que Calibán o que Robinsón. Si quiero moverme tengo necesidad de máquinas no fabricadas por mí y guiadas por manos que no son mías. Me veo obligado a hablar una lengua que no he inventado yo mismo; y los que han venido antes me imponen, sin que me dé cuenta, sus gustos, sus sentimientos y sus prejuicios.

Si desmonto el Yo pedazo por pedazo, encuentro siempre trozos y fragmentos que proceden de fuera; a cada uno podría ponerle una etiqueta de origen. Esto es de mi madre, esto de mi primer amigo, esto de Emerson, esto de Rousseau o de Stirner. Si realizo a fondo el inventario de las apropiaciones, el Yo se me convierte en una forma vacía, en una palabra sin contenido propio.

Pertenezco a una clase, a un pueblo, a una raza; no consigo nunca evadirme, haga lo que haga, de unos límites que no han sido trazados por mí. Cada idea es un eco, cada acto un plagio. Puedo arrojar a los hombres de mi presencia, pero una gran parte de ellos seguirá viviendo, invisible, en mi soledad.

Si tengo criados, debo soportarlos y obedecerles; si tengo amigos, tolerarles y servirles, y los dineros quieren ser guardados, cultivados, protegidos, defendidos. Potencia equivale a esclavitud. Nada en realidad me pertenece. Las pocas alegrías que disfruto las debo a la inspiración y al trabajo de hombres que ya no existen o que nunca he visto. Conozco lo que he recibido, pero ignoro quién me lo ha dado.

He conseguido reunir algunos miles de millones. No lo habría podido hacer si millones de hombres no hubiesen tenido necesidad de lo que les podía vender, si millones de hombres no hubiesen inventado las fórmulas, las máquinas, las reglas sobre las cuales se funda la vida económica de la tierra. Abandonado a mí mismo, habría sido un salvaje, un comedor de raíces y de perros muertos. ¿Dónde está, pues, el núcleo profundo y autónomo en el que ningún otro participa, que no ha sido generado por ningún otro y que pueda llamar verdaderamente mío? ¿Seré, en realidad, un coágulo de deudas, la esclava molécula de un cuerpo gigantesco? ¿Y la única cosa que creemos verdaderamente nuestra -el Yo- es, tal vez, como todo lo demás, un simple reflejo, una alucinación del orgullo?


Fragmento de GOG

De: CiudadSeVa.com



Una verdadera lástima que
una sensibilidad artística
de esta magnitud
se haya puesto al servicio
del fascismo.
A miles de "princesas" no
les serán nunca restituidos
sus derechos a gozar
de la Vida, porque los crímenes
de lesa humanidad
se perpetúan instante por instante.
¡Qué vergüenza que hayas escrito
uno de los cuentos más conmovedores
que existen!