miércoles, 30 de enero de 2013

Epílogo de "Crear es un placer genial, sensual, nada venial..."

















“Somos tiernos cuando nos abrimos al lenguaje de la sensibilidad, captando en nuestras vísceras el gozo o el dolor del otro.  Somos tiernos cuando reconocemos nuestros límites y entendemos que la fuerza nace de compartir con los demás el alimento afectivo.  Somos tiernos cuando fomentamos el crecimiento de la diferencia, sin intentar aplastar aquello que nos contrasta.  Somos tiernos cuando abandonamos la lógica de la guerra, protegiendo los nichos afectivos y vitales para que no sean contaminados por las exigencias de funcionalidad y productividad a ultranza que pululan en el mundo contemporáneo (...) Sin lugar a duda, el cerebro necesita del abrazo para su desarrollo y las más importantes estructuras cognitivas dependen de éste alimento afectivo para alcanzar un adecuado nivel de competencia. No debemos olvidar, como señaló hace varios años Leontiev, que el cerebro es un auténtico órgano social, necesitado de estímulos ambientales para su desarrollo.”
Luis Carlos Restrepo




    En esta publicación hemos propuesto una selección de la producción escritural 2009-2012 del colectivo humano integrado al Centro de Formación Humanística “Perras Negras”.

    Como es posible apreciar, se despliegan por estas páginas diversos textos escritos por personas de las más variadas características socio-económicas, culturales, religiosas e ideológicas.
    En un mundo impregnado de violencia, veinticinco personas logran reunirse alrededor de una mesa de trabajo, compartir sucesos y emociones procedentes de los más lejanos puntos geográficos y temporales, expresar sus impresiones en un marco de franca tolerancia, y gozar ese triple encuentro con los otros-prójimos (incluidos los ciber-talleristas), con los otros-distantes, y consigo mismos.

    Realmente, podemos sentirnos privilegiados por ello; semejante tregua, semejante milagro, debería ocurrir con más frecuencia. Y éste, justamente, es uno de los propósitos de esta publicación: dar testimonio de que sí es posible encontrar un punto tangencial, un espacio de palpable ejercicio democrático, una zona para el abrazo fraterno. “Cambiar la sociedad es también cambiar sus relatos, lo que narramos de lo que en ella sucede. Amar y criticar deben convivir en lo que contemos”, como sostiene Felipe G. Gil, se convierte para nosotros en la idea emblemática de este acto de comunicación.
    Ahora que en toda la República han sido declaradas -y especialmente difundidas- determinadas franjas “rojas”, también es saludable propagar que los Talleres Literarios son territorios “verdes”, áreas donde se respira esa extraña partícula de aire denominada “Paz”, y por cierto no nos estamos refiriendo a aquella gastadísima frase popular de “la paz de los sepulcros”, porque nada más vivo que el derecho a que la voz de cada uno deje huella de su viaje por el paisaje afectivo de los otros; nada más vivo que el derecho a escuchar cómo resuena en los otros lo que rechazo, lo que me parecía indiferente pero hasta tal vez incorpore, y .lo que acepto.

    Humberto Megget, aquel singular poeta sanducero, desoído por señeras figuras del 45, como lo reconoció con profunda tristeza nuestra muy venerada Idea Vilariño, sin duda alude a ello en el verso: “Tengo miedo a los labios taciturnos que cierran sus moradas”.  
    No otra función que la de impulsar, sostener y defender “el derecho al decir” cumplen los Talleres Literarios. El decir en su más pura acepción etimológica: “expresar la justicia”; o sea, no la caprichosa verbosidad en ruta hacia un dudoso instante de fama sino la clara conciencia de que mi miga puede ser inequívoco pan en el conocimiento y la sensibilidad de otros seres.

    Esta suspensión del canibalismo, ¿es obra de los talleristas, de los orientadores, de alguna línea bibliográfica, de ese ente a veces demasiado abstracto que hemos rotulado “Literatura”? ¿O será alguna estrategia política? ¿A quién responsabilizar del prodigio?

    En principio, qué maravilla que en épocas tan adversas, alguien haya resuelto quebrar las imposiciones de “tener”, para “ser”, por un ratito, una jaula de puertas abiertas y dispuesta a libertar a su pájaro. En el devenir de esos pequeños lapsos suele ocurrir que la misma jaula “se vuelve pájaro”, y entonces, como escribía Alejandra Pizarnik: “¿Qué haré con el miedo?” Porque ver el propio revés, y mostrarlo, también provoca pavor. Y “los otros”, con cuyos pájaros ocultos fantaseamos siniestramente todos (y los suponemos carroñeros, rapaces, monstruos prediluvianos) también sienten horror. De reconocerse. De exponerse. Temor ancestral en la condición humana. Siempre el miedo.

    Pero, ¿cómo? ¿No estábamos en la escena en que alguien + alguien + alguien... se han convertido en pájaros? Entonces ya no hay miedo, porque la escritura provoca el más saludable de los efectos: es liberadora.
    La iluminación de una parcelita de mi interioridad me desviste de aprensiones, hacia mí misma y hacia el otro y el otro y el otro... ¿Qué tienen los otros para despertar mi agresividad? ¡Algún pequeño Paraíso, y zozobras, y angustias, y quebrantos, y debilidades, como yo! En fin, sutilmente también inviste la escritura de variados grados de conciencia, tan necesaria para una convivencia digna y para refinar sentimientos.

    En suma, el prodigio no es exógeno: late en nuestra humana situación; respira a través de esa habilidad aún misteriosa del lenguaje; se yergue a impulsos de la necesidad del decir; se sostiene porque, en definitiva, el otro me importa: es la causa de mi necesidad de decir. (Ninguna otra explicación justificaría cabalmente el fenómeno de los Talleres Literarios que funcionan en cárceles y hospitales siquiátricos, por ejemplo). Ahí radica el portento de esta práctica compartida por este precioso grupo: el otro-yo y los otros-ellos (tan parecidos a mi yo) importan: me importan, nos importan. Para amar y criticar. Porque somos así: un manojillo de contradicciones, de ambigüedades, de desequilibrios subyugados a azaroso equilibrio.  

    Como experiencia testimoniable, es ésta también una invitación a reflexionar en las posibilidades que no estamos siquiera ensayando como sociedad, posibilidades que nos permitirían un crecimiento inusitado por el solo aporte de nuestras coincidencias supremas. Sin renunciamientos. Sin denigraciones. Para amar, criticar, y reconstruir.

    Este mismo espacio de encuentro es, desde sus innominados orígenes, un rotundo ejemplo de esa potencialidad de la miga para ser pan, siempre pan.
     Veinticinco años atrás, esta orientadora no tenía más contacto con la creación que el que le deparara su práctica diaria en el liceo. Hasta que Diana tocó el timbre de su casa. Diana, hoy una amiga especial, escribía cuentos, y andaba buscando a algún docente que le recordara reglas sintácticas y ortográficas. Se acordaron horarios. Los meses fueron pasando; las dudas de “la alumna”, diluyéndose. Pero su escritura era tan atrayente que la profesora estaba desbordada de inquisiciones: ¿Por qué nunca le habían enseñado a enfocar la Literatura desde el punto de vista de esa construcción siempre inconclusa a la que se enfrenta el creador? ¿Cuánto debería estudiar, en soledad, para poder comprender realmente la situación del escritor? ¿Cómo conciliar semejante aventura, semejante utopía, con la rutina? Tal como dice Eduardo Galeano:”Me acerco dos pasos y ella se aleja dos pasos...” aún hoy.

    Responsable de esta amorosa persecución (motor de mi mediana cordura y ancla para medir el nivel de mi perpetua ignorancia) es la escritora Diana Nión, la sabia alumna que me transformó en pequeña réplica anónima de “El maestro ignorante” del afamado filósofo Jacques Rancière, cuyo magisterio se instaura a partir de la concepción de un conocimiento que circula horizontalmente entre los actores del hecho pedagógico ya que todos somos sujetos de saberes, tal como aquella básica actitud de respeto mutuo nos permitió experimentar veinticinco años atrás.
    Por ello, en su nombre, y como tributo esencial al “justo decir”, el profundo agradecimiento a todos y todas quienes han confiado en que andaría con cierta gracia a pesar de tanta carga indespojable. A quienes se han acercado muy recientemente, como Daniel Esmoris; a quienes han adquirido la deseable autonomía, como Susana Matteo, pero profesan el arte de la entrañable fidelidad suscitada por una lectura que a dos voces calmó alguna vez la soledad.
    “Mis amores... Hoy han vuelto... ¡Fueron tantos! ¡Son tantos!” dice aún Delmira y su susurro es tan oportuno para expresar mi sentimiento; y aunque también recuerdo que, según Joao Guimaraes Rosa, “El amor es la vaga, indecisa, palabra”, sé que otro vocablo no hay para envolver a cada una de estas personales presencias con el afecto recíproco al que van impregnando mi existencia. Sí, son mis amores: Telita, Daniela, Marcos, Silvia, Raúl, Anita, Gladys, Adriana, Néstor, Luz, Hugo, Sandra, Eduardo, Marta, Carlitos, Jessica, Francisco, Lilia, Bryan, Pilar, Sonia,... Amores contemplados como principio pedagógico desde aquel remoto Banquete de Platón hasta el discutido Derecho a la Ternura del psiquiatra Luis Carlos Restrepo; amores, sí, de la emocionada razón.

    Por eso nadie mejor que Giorgio Agamben, el más lúcido filósofo del siglo actual, para subrayar la total imparcialidad de estos comentarios impregnados de voluntaria e irresistible subjetividad:

    “La maravilla no es que algo haya podido ser, sino que haya podido negar el no-ser (...)
     La experiencia, que estaba en el centro de la poiesis, era la producción hacia la presencia, es decir, el hecho de que en ella algo pasase del no-ser al ser, de la ocultación a la plena luz de la obra. El carácter esencial de la poiesis no estaba en su aspecto de proceso práctico, voluntario, sino en ser una forma de la verdad, entendida como des-velamiento” (...)
     La jornada del hombre contemporáneo ya casi no contiene nada que todavía pueda traducirse en experiencia. El hombre moderno vuelve a la noche a su casa extenuado por un fárrago de acontecimientos –divertidos o tediosos, insólitos o comunes, atroces o placenteros– sin que ninguno de ellos se haya convertido en experiencia." El contemporáneo no es sólo quien, percibiendo la sombra del presente, aprehende su luz invencible; es también quien, dividiendo e interpolando el tiempo, está en condiciones de transformarlo y ponerlo en relación con los otros tiempos, leer en él de manera inédita la historia, "citarla" según una necesidad que no proviene en absoluto de su arbitrio, sino de una exigencia a la que él no puede dejar de responder. Negar el no-ser es un poder (...)
     El arte es la eterna autogeneración de la voluntad de poder. En cuanto tal, se aparta tanto de la actividad del artista como de la sensibilidad del espectador para presentarse como el rasgo fundamental del devenir universal".


                                                                                                           Profa. Ana Milán
                                                                                                                   ies-ipa
                                                                                                                     2012
    



             Egresada del Instituto de Estudios Superiores y del Instituto de Profesores Artigas en las Especialidades “Idioma Español” y “Literatura”.  Cursó en forma parcial la Licenciatura de Letras en el Instituto de Filosofía, Ciencias y Letras (actual Facultad Católica).
            Se desempeña como docente concursada de aula en el Liceo de Joaquín Suárez (Canelones) y en los Centros de Rehabilitación Punta de Rieles y Metropolitano, además de Cárcel Central, por pertenecer, desde el año 2005, al Proyecto “Educación en Contextos de Encierro” de Enseñanza Secundaria.
            Ha publicado “Cuerpos Apasionados” (Colectivo del Taller de Pasiones Literarias, espacio de escritura creativa del Centro de Formación Humanística PERRAS NEGRAS), “¡Tumbera nunca... la Palabra!” (Textos escritos en cárceles uruguayas entre los años 2006 y 2008) y diversos artículos y producciones en distintos soportes.
                                  



A mí también me mordisquean las perras negras.

    
          


  





martes, 29 de enero de 2013

Narrativa en Centro de Formación Humanística Perras Negras
































Poesía por convicción

BRYAN FRANCIA
















Me presento, soy Bry Francia
con ansias entro en un texto
hago Rap como pasión
poesía por convicción.


21 años y siempre mirando al horizonte
siendo hormiga por momentos
y también rinoceronte.


"Mi música, mi universo
¿Mi poesía? La fiel imagen de eso"




A chorros de tinta


Voy a  volcar en esta hoja sentimientos...
decir a chorros de tinta cómo yo me siento
corazón blindado para seguir con aliento
encarcelo lo malvado en continuo movimiento

Un comportamiento frío, de alguien sensible
atosigado de violencia que pasó en su vida
navegando en versos, busca su mejor salida...
a males que hicieron, grave su profunda herida

lágrimas que caen como lluvia en el invierno
frías como glaciar, percibimos lo externo
no vemos lo demás, eso demuestra este ser
un rostro para la gente y otro para él...

noches heladas, tristes como mármol
ideas fluyendo como ramas en un árbol​​​​​
pensar en dormir y soñar para olvidar
muchas pesadillas, tras la cabeza apoyar


ser testigo de la gran ruleta rusa
municiones infinitas en vida confusa
 rehén de cariño y desengaño
con amor y odio el vidrio empaño.
 ​​
A chorros de tinta, esconde su ser,
preguntas él se hace, al enmudecer,
ya está muy cansado, no quiere más perder,
es tiempo de hablar, y con el rap vencer
el espejo me refleja y no es felicidad
las luces me encandilan y no es bienestar
la lluvia me moja y no es alegría
las nubes me cubren y no es picardía
pero me repongo y pongo un verso
alienado como siempre desde mi comienzo
doble sentido y vivo, esa es la idea
​​​​​​​me protejo en rimas, como jugador que ajedrea

las pasé mal, no te voy a decir que no,
caí en lo oscuro, en lo peor, pero ya pasó
aprendí cosas de eso, todo lo que entra debe salir
por eso se me dio escribir, porque exhalo para vivir
bombas de tiempo, ya no hay más
ahora es rap, mi enfermedad
la mejor cura para el viaje mental
la sutura para mis heridas cerrar
cuando la oscuridad se apodera de mí
 pienso soltar frases al son de mi sentir
encajando cada palabra como un peso menos
alivio en mi cuerpo como disparo certero

hay días de sol, noches de tormenta
no importa cuándo, siempre están mis letras
lírica pura del corazón nace
vida a cada palabra que en mí yace























Algunos integrantes de CHARRÚAS CREW. En el centro, Bryan.



El día de la presentación del libro, a Bryan lo esperamos y lo esperamos... Pero como ocurre con la mayoría de los ídolos musicales, su agenda rebozaba compromisos, y fue casi natural haber olvidado un evento nada novedoso en su experiencia artística, ya que ha participado de numerosos "toques" y tiene unas cuantas grabaciones en su haber.
Nuestro tallerista es integrante de CHARRÚAS CREW, un interesante grupo de jóvenes que rinden culto al rap, aquí, en Montevideo, Uruguay.
En absoluto pecamos de exagerados al calificarlo así, porque en un momento en que la prensa sólo nos muestra una imagen oscura de nuestra juventud, vale subrayar un perfil luminoso como éste, forjado en un contexto donde ni el dinero ni las marcas ni el afán de protagonismo son los parámetros reguladores.
En principio, porque estos jóvenes trabajan, ocho o más horas; y, para practicar "su pasión" recortan descanso, familia, en fin, no sostienen una postura pour la gallerie; tampoco cuentan con apoyo económico extra, lo cual significa que todo se va construyendo a ritmo artesanal; bien se sabe que la competencia del medio es du-rí-si-ma. 

De tales actos sólo es posible deducir convicciones  muy sanas que, sin embargo, no esgrimen, soberbios, contra los pares que se han equivocado; su didáctica es otra: con su música invitan a la reflexión (así el 21 de diciembre del 2012, cuando en solidario gesto, nacido en forma espontánea de Bryan, actuaron para los internos del Centro de Rehabilitación Metropolitano de Varones, en ocasión de la clausura de cursos en ese Establecimiento.)

Después de esta reseña, ¿les parece que no existen razones para disculpar su olvido? En realidad, sólo hay un espacio enorme para decirle ¡GRACIAS! (Además, ¡cómo no aplaudir a un rappero que se entusiasma con Withman,  con Ginsberg, con Neruuuda!...). Como dice Chojin, querido Bryan, que "el dolor que infecta a otros" siempre afecte de esta manera la sensibilidad de tu cabeza y de tu corazón.



Carta blanca

DANIEL ESMORIS



Daniel se había incorporado a nuestro Centro 
poco tiempo antes del proceso de publicación del libro.
Quería averiguar si de verdad tenía las dotes que suponía para la escritura creativa. 
Su planteo fue muy interesante porque, en principio, y a raíz de esa incertidumbre, buscaba evitar una detención en la marcha de actividades de sus eventuales compañeros. 
Así que empezó a venir solito a "Motivación a la Escritura".
Quien escribe, siempre tiene la sensación de estar caminando por una cuerda que se balancea en el aire; quien está oscilando entre si comprometerse con la escritura o no, puede sentir que, debajo de la cuerda, hay un precipicio. Sí, lo hay, pero nosotros y él confiamos en la fortaleza de sus piernas, en la pureza de su aliento y en el equilibrio de su corazón.
Por eso fue la voz que representó a sus compañer@s en la apertura de la presentación. Su voz dijo:





Señoras y señores, Compañeros talleristas, familiares y amigos:

Hoy, la razón que nos reúne es una pasión. La pasión como un amor más allá de la razón. Como algo más allá de lo que podemos explicar con palabras. Porque aunque quizá tengamos una sensibilidad especial para las letras ninguno de los presentes la podría describir. Es la pasión, justamente, por el lenguaje.
Hoy quiero, pues, presentarles el fruto de ese amor, de esa pasión, de esa obsesión. Quería hablarles de este libro que encierra nuestro esfuerzo y placer, nuestras alegrías y tristezas, nuestros recuerdos y anhelos. Antes que nada debemos agradecer a todos los que de una forma u otra hicieron posibles no sólo esta reunión sino la publicación de esta obra: a la editora Sra. Carmen Galusso, a los trabajadores de la editorial, a quien nos enseña a amaestrar a estas perras negras. Y, porqué no, a nosotros mismos por animarnos, por darnos la oportunidad de emprender esta empresa.
Un libro es como un hijo. Antes de tenerlo en nuestras manos, se pensó y repensó, se planeó, se meditó, y al final sale como tiene que salir. Más que un proyecto es una aventura que nos lleva por los rincones más oscuros de nuestro interior y los llena de luz. Los revive. Al igual que a un niño, hay que acompañarlo en su progreso con infinita paciencia, ya que sólo de esa forma podemos ver lo mejor de él. Es algo que una persona sin experiencia podría tomar a la ligera, pero que luego la conciencia les hace darse cuenta del trabajo y el sacrificio que implica. Y también, al igual que con una criatura, tiene el don de enorgullecemos. Aunque pueda haber muchos que digan lo contrario, nosotros tenemos un amor incondicional que nos lleva a verlo con otros ojos, y cuando pasa a independizarse de nosotros, cuando comienza a ser parte de la vida de otras y otros, todo lo que hicimos tendrá frutos y trascenderá en la admiración de algunos, en la emoción de otros. Y al final lo que nos importa, no es su perfección, sino que pueda superar todas las expectativas que teníamos de él. Es por este motivo que quería presentarles a todos nuestro hijo, a este pequeño gran libro que ocupará para siempre un rincón en nuestro corazón. Muchas gracias a todos y espero que puedan sentirse tan orgullosos como nosotros cuando lo lean. Muchas gracias, buenas noches.

















En el libro, Daniel participó de esta manera:

Confesarse ante una hoja es como hacerlo ante tu amante, pero con una diferencia: ese espacio en blanco sabe todo de ti. Es imposible mentirle. Aún así hay algo que nos impulsa a enfrentarlo y contarle lo que sentimos. Queremos saber la verdad. De no ser así no hubiesen existido oráculos, confesores, adivinos, ni científicos.
Cuando dejamos salir lo más íntimo de nosotros sin restricción, tenemos carta blanca para viajar a nuestro interior y ver lo que somos, tomarlo y modificarlo a nuestro agrado. Y en contrapartida recibimos la mejor respuesta que podemos obtener: la felicidad.

Daniel Esmoris




Actualmente, Daniel está inserto en el Taller de Pasiones Literarias de nuestro Centro, incursionando en Narrativa, específicamente en "cuento". Pronto tendremos oportunidad de leer sus producciones. Parece que también él otorgó "carta blanca" a su creatividad.


Producciones naif de Graciela Bello






lunes, 28 de enero de 2013

... "Gracias quiero dar al divino Laberinto de los efectos y de las causas por el mar, que es un desierto resplandeciente y una cifra de cosas que no sabemos y un epitafio de los vikingos"... Jorge Luis Borges

HUGO VIGLIETTI






         Hugo Viglietti (Montevideo 1953), casado con dos hijas.
         Su vida ha transcurrido entre dos pasiones: el mar y el deporte.
     Marino militar retirado del servicio activo. En la Liga Universitaria de Deportes, se inició como jugador, luego delegado y desde hace tres períodos electorales forma parte del Consejo de Neutrales que dirige dicha Institución. Miembro de las delegaciones uruguayas que representaron a Uruguay en los Campeonatos Olímpicos Universitarios realizados en Tailandia y Serbia y actualmente es el representante uruguayo en la Organización Deportiva Universitaria Panamericana (ODUPA).
         Ejerció la docencia y escribió numerosos artículos y cuentos en publicaciones especializadas de Uruguay y España sobre temas del mar, la Antártida y el deporte universitario. Escribió en coautoría y trabajó en la edición de varios libros sobre dichas temáticas.
         Su último libro, “De Corazón Celeste, Diego Lugano y Sudáfrica 2010” fue publicado en 2011 por Editorial Planeta.







Toby







         Paola miró con poco interés hacia la puerta de su dormitorio. Afuera, una noche con truenos y lluvia incesante desmentía a un verano que demoraba en asentarse. Aún le dolía la garganta y la fiebre no cedía. Fea manera de empezar su sexto cumpleaños. Y para peor parecía que su familia no tenía otro lugar para estar que en su dormitorio.

-         Son las 12, Pao, feliz cumpleaños – dijo su hermana Carina con una sonrisa
-         Te compramos como regalo una canasta de chocolates – dijo su padre apareciendo en el marco de la puerta con una gran canasta

Paola esbozó una sonrisa cansada, mientras pensaba que lo último que quería en ese momento era chocolates. Su padre se acercó y puso la canasta sobre su regazo. Por un instante le pareció que la canasta se movió sola. Con un esfuerzo se incorporó a medias para mirar el contenido de la cesta. Y ahí lo vio. Era como uno de sus muñecos de peluche… pero se movía… era real…

-         Es un cachorrito ¿es para mi? – preguntó con voz temblorosa
-         Si, mi amor – contestó su madre – es nuestro regalo de cumpleaños para ti –
-         Es un perrito, es mi perrito – susurró Paola mientas acomodaba en su falda a esa pequeña y arrugada pelota de pelo rubio y ojos semicerrados.

El cachorro, un cocker dorado de cuarenta días  levantó su hocico y abrió sus ojos. Las miradas de ambos se encontraron y allí nació una inolvidable amistad.  La cara de Paola estaba iluminada por una súbita felicidad. Sus mejillas rosadas por la fiebre, se refrescaban con lágrimas que la surcaban. Fue un momento de ternura íntima que contagió la emoción a sus padres y hermana.

-     Papá, me dijiste que los hombres no lloran – dijo Carina con su clásica risa pícara.
-    Me entró algo en el ojo – fingió el padre también sonriendo – Bueno que nombre le ponemos –
-   Pao ¿Qué te parece llamarlo Toby? – preguntó Carina. Y Paola no dudó. Porque además presumió que su hermana había tenido que ver con el regalo.
-      Dale, se llamará Toby. Mi Tobito – fue su rápida respuesta.

Al otro día la fiebre era historia y Paola jugaba con su cachorrito como si el resto del mundo no existiera. Los años fueron pasando y Toby ocupó su espacio en la familia. Una cariñosa e inquieta mascota que jugaba con todos y a todos devolvía cariño. Pero sobresalía nítidamente la increíble comunión que mantenía con su dueña. Dormía en su cuarto al costado de su cama y cuando Paola estaba en casa no se le separaba. Por cierto ella era quien más le dedicaba,  jugaba con él, le enseñaba cosas y se mimaban mutuamente. En uno de esos juegos cuando Toby tenía dos años, cayó por una escalera y se lastimó la columna. Lograron curarlo pero periódicamente habrían de darle medicamentos para mantenerlo sin dolor. Ella sufrió junto a su perro y nunca imaginó el efecto que esto tendría años más tarde sobre ambos.
Cuando Paola tenía doce años, nubarrones de tormenta se ciñeron sobre la familia. Su padre por razones laborales debía mudarse al extranjero y allí iría toda la familia. En realidad… casi toda. Le explicaron que deberían dejar a Toby, que era imposible llevarlo.

-     Pues entonces se irán sin mí – dijo Paola muy seria
-    Hija, tenemos varias alternativas buenas, se puede quedar con tus abuelos – dijo su padre
-    O con tus tíos y luego en unos años cuando volvamos lo recuperarás – complementó su madre.
-    De ninguna manera. No puedo dejarlo, es como abandonarlo. ¿No entienden? Uds. me lo regalaron, estamos siempre juntos, se va a morir de tristeza – respondió Paola con voz quebrada.


     Los argumentos de unos y otros, a favor y en contra se sucedían pero Paola se mostraba irreductible. Pasaron los días y las discusiones seguían. Pero surgió un argumento muy fuerte. Los abuelos ofrecieron quedarse con ambos, con Toby y con su dueña. Ella les decía que aceptaría dejar su colegio, sus amigas, dejaría todo y se iría con sus padres siempre y cuando aceptaran llevar a Toby. En una sublime demostración de amor y lealtad, había  averiguado todo lo necesario para trasladar a una mascota y ella ofrecía sus ahorros para pagarlo. De lo contrario se quedaría con sus abuelos. Un par de meses después, partía para España una familia con dos padres resignados, dos hijas sonrientes y un perro consentido.
     Paola recordó los primeros juegos en la nieve con Toby. Y también recordó los difíciles momentos de su aclimatación en el nuevo colegio. La diferencia entre ambos hemisferios la hizo llegar a un curso ya empezado y debió remar con mucha fuerza para alcanzar el nivel de sus compañeros. Su madre la ayudaba en lo que podía, pero su gran compañero era Toby. Las largas horas de la noche estudiando y estudiando pasaban con el bicho a sus pies. Más de una vez agobiada por el esfuerzo, Paola se desahogaba en esas madrugadas llorando y hablando con su perro. El parecía entenderla y siempre respondía con sus lengüetazos y sus miradas profundas. Y por supuesto con su eterna compañía.
       La vida tiene sus vueltas. Un día, una puerta quedó mal cerrada y Toby desapareció. La congoja familiar fue grande, pero la tristeza de Paola era difícil de describir. Centenares de carteles en árboles y columnas fueron mudos testigos de los esfuerzos de una joven uruguaya que preguntaba también en uno y mil lugares si habían visto a su perro. Los días fueron pasando y se tornaron en semanas que no menguaban su dolor. Al segundo mes, preocupados por una hija que estaba aprendiendo a convivir con su ausencia pero no lograba apartar una sensación de  tristeza de su espíritu, los padres le ofrecieron adoptar otro cachorro. La respuesta de Paola fue un rotundo no. Seguía yendo a preguntar a determinados lugares y mantenía la esperanza de encontrarlo.
    Uno de ellos era la veterinaria cercana a su domicilio. Allí la trataban con afecto y cortesía pero la respuesta era siempre la misma. En una de esas visitas, a una de las doctoras se le ocurrió algo. No se lo dijo para no despertarle falsas expectativas, pero recordó que el remedio que tomaba el animal no era muy común y que su problema de espalda requeriría o una placa o directamente ese remedio. Hizo una consulta al proveedor del fármaco que fue infructuosa, pero también consultó a las clínicas de la zona donde podían haber sacado una placa de columna a un cocker dorado adulto en los últimos meses. Había tres, de los cuales dos tenían un historial con sus dueños. El tercero en cambio no tenía historial. ¿Tenía tatuaje? Sí, tenía. Cuando corroboró el número sonrió complacida. Bingo. Previa llamada y coordinación con sus nuevos dueños, la doctora llamó a Paola.

-     Paola, soy Maricarmen de la veterinaria, Toby ha aparecido – Paola jamás en su vida olvidaría esa frase. Ni tampoco el reencuentro. Llantos y risas entre quienes estaban en la veterinaria y un rabito que se movía incesantemente mientras el perro se revolcaba por el suelo con su dueña. Habían pasado seis largos meses.


  Años más tarde la familia volvió a Uruguay. Y volvió completa. Paola recordó con una sonrisa su fiesta de quince años. El Club engalanado como en toda ceremonia y ella mirando el arco en la puerta por donde debería entrar, cubierto por una guirnalda de flores. Más allá, sus amigos bordeando un pasillo al final del cual esperaban sus padres. Y mientras un vals de Strauss ponía un marco formal al recibimiento, ella entró y comenzó a caminar por el pasillo… llevando con una cadena cortita, a su perro Toby vestido de chaleco, camisa blanca, moñita y gorro negro para la ocasión… la gente sorprendida, reía mientras alternaban su mirada entre la quinceañera de vestido blanco y la simpática figura que caminaba elegantemente a su lado…


    Paola estaba tan ensimismada en sus recuerdos que se sobresaltó al sentir un pequeño murmullo. Miró hacia la cama. Su hija simplemente se había acomodado en sueños. Sonrió. Una vez más la había hecho dormir contándole sus vivencias con Toby. ¡Cuántos años habían pasado! Cerró el álbum de fotos. Cada una encerraba una pequeña historia dentro de una gran historia. La del fiel compañero con quien había compartido su niñez y su adolescencia. Una historia simple de amor y lealtad.






¡Qué rigor!




Miguel entreabrió los ojos y volvió a sonreír. ¡Qué placer, qué calma! El sol, enorme y  majestuoso en lo alto brindaba calor en una justa medida. El agua allí en la playa parecía aceite, ni olas había. Un silencio apacible sumaba a la sensación de paz que sentía. Agua verde, cristalina casi hasta la transparencia, cálida, suave. Se preguntó cuantas veces había pensado en esto… y por fin había llegado el momento oportuno. El nombre del Hotel era de por sí significativo: Caribbean Paradise Ressort. Lo había elegido por Internet entre decenas de opciones. Casi todos ofrecían atractivos similares, “all inclusive” por supuesto, playas de aguas hermosas, instalaciones que competían en la imaginación de arquitectos e inversores tan caprichosos como exquisitos. Pero éste en particular tenía las dos cosas que él buscaba, estaba levantado prácticamente en la arena de la playa, entre palmeras y dunas. Y también tenía lo que sabía que a ella le gustaría, discoteca. Y en efecto Susana había quedado encantada con la idea de estas vacaciones tantas veces postergada.
Cuando llegaron al lugar ella no lo podía creer, era una suite enorme donde resaltaba una bienvenida bordada por una docena de rosas amarillas, su flor preferida. El había tratado de cuidar todos los detalles. Abrió la ventana del dormitorio y allí estaba la playa, la arena y el agua de un verde increíble. Playa Esmeralda, la bautizó Susana plena de entusiasmo. Habían recorrido el lugar entre bromas y sonrisas. Caminaron tomados de la mano como si fueran adolescentes, volvió a sonreír al acordarse cuando ella le señaló un cocotero que parecía inclinarse reverente hacia el mar. Susy quiso ir hasta allí y ensayar una trepada que alcanzó menos de un metro y terminó con ella en el suelo y ambos riendo a carcajadas. Cuando la ayudó a levantarse lo había abrazado y besado con una alegría que le recordó a la Susana de 20 años atrás. 20 años, tres hijos y cuántas millas atrás... La vida del marino mercante es dura, es sacrificada, siempre navegando, licencias cada vez más cortas y menos frecuentes. Pero está claro que la peor parte la lleva ella. Padre y madre a la vez, lidiar con la casa, con los problemas domésticos. Hacía rato que le debía estas vacaciones.
Se acomodó un poco mejor en el bote y no pudo menos de esbozar otra sonrisa de satisfacción. En el Centro Náutico del Ressort tenían todo tipo de embarcaciones. Gomones de diferentes tamaños y formas, como la clásica banana que le gustaba a los chicos, tablas de wind surf multicolores, motos de agua… él había elegido este gomón circular porque quería estar cara al sol y porque tenía un lugar perfecto para poner las botellas de Cerveza Corona que llevaba. En realidad antes de salir las había pedido en el bar que estaba entre las palmeras… y se las había servido una preciosa rubia de provocadora sonrisa. Volvió a sonreír, el sol seguía alto, fantásticamente brillante. Tomó el último sorbo de la última Corona y se quedó mirando la botella vacía en su mano. Debería volver a pedirle otro par a la rubia que seguramente le devolvería otra sonrisa insinuante. Pobrecita, no sabía que era inútil. La noche que había pasado con Susana fue extenuantemente maravillosa. Luego de volver de la discoteca, donde ella no había parado de bailar, despertando admiración en las propias jóvenes caribeñas y en las nórdicas turistas que allí estaban, habían llegado a su suite felices. Habían hecho el amor con sus sentimientos en la piel y en el alma, alternando ternura con pasión. Se habían dormido abrazados y el amanecer… otra sonrisa de Miguel… el amanecer fue increíble, él ya no era joven y cuando se creía exhausto, Susana había logrado despertar otra vez su pasión , aún más arrolladora, sublimemente arrolladora. Terminaron entrelazados sobre la alfombra y entre risas. Ella estaba radiante y feliz, juraría que tenía sus ojos vidriosos…
Sí, cuánto tiempo había pensado en estas vacaciones. Tan solo era proponérselo. Lo bien que había hecho. Se incorporó a medias y miró hacia la playa y hacia el bar entre las palmeras. Le pediría otras cervezas a la rubia, pero estaba tan cómodo en el gomón… esperaría otro rato, igual Susana demoraría aún más. Luego del desayuno, donde Miguel había intentado ser medido para cuidar esos quilitos de más que le molestaban, habían caminado por los alrededores. Era fantástico ver como se mezclaban los verdes tropicales con esas arenas tan blancas. Susy se había empeñado en ir a una sesión de masajes tailandeses que ofrecían en una carpa en la arena y él había optado por tomar sol en un gomón. Se arrepentía un poco de no haber comido algo más en el desayuno, sentía apetito y cansancio físico, pero claro… volvió a sonreír, esta vez con masculina suficiencia… luego de esa noche y ese amanecer quien no estaría cansado? Tenía dos horas para él en soledad y suponía que recién habría pasado la primera. Suponía, porque los relojes y los celulares habían quedado en la mesa de luz. Y allí seguirían durante dos semanas. Estaba desconectado de su mundo laboral y así seguiría. Aunque no pudo menos de pensar en su último buque y sus compañeros. Buena gente, el Capitán un poco rezongón, hombre de cábalas y dichos pero buen marino y no era mal tipo. El problema mayor estaba en la política de los armadores. Les pagaban muy buenos sueldos, pero la estrategia de la empresa era de una muy fuerte exigencia. Cuando uno quería hacer licencia, no enviaban un relevo por lo cual el trabajo se veía exigido. Navegaciones generalmente largas, transoceánicas, estadías en puerto cada vez más breves pues la magia del comercio marítimo a través de contenedores había revolucionado la operativa de las terminales portuarias. Hoy los números mandaban. Pero estas dos semanas, su mundo era Susana y esta tantas veces dilatada escapada al Caribe. “Lo siento Capitán, arréglese sin mi por unos días”… pensó mientras con otra sonrisa se arrellanaba en el gomón.

En el puente de mando del Buque Mercante “Torrens” con bandera de Panamá, el Capitán bramaba su enojo a través de las comunicaciones con el teléfono handy. Del otro lado del teléfono, en la proa, el Tercer Oficial no entendía nada. Había recibido diez órdenes del capitán en el último minuto, más el marinero filipino que a su lado, en un español imposible le hacía sugerencias inentendibles. “Jefe Ingeniero, por favor urgente al puente”. La voz del Capitán rugió ahora a través del circuito general del buque. El Jefe Ingeniero, viejo lobo, intuyó el problema y dejó aprisa la sala de control de máquinas.
         -Presente, Capitán, ¿qué sucede?- dijo el viejo marino al llegar al puente
         -Es este muchacho, el Tercero, está por llegar el helicóptero y no tiene idea de la maniobra de proa, vamos a terminar con el herido en el agua o peor, con el helicóptero empotrado en el buque- dijo el capitán desaforado. ¿Puede quedarse supervisando el Puente, Raúl? Sé que no es lo suyo, pero quiero ir a la maniobra de proa- preguntó el Capitán y sin darle tiempo a responder continuó:
         – Este es el rumbo y la velocidad que pidió el piloto del helicóptero, tan solo hay que mantenerlo.
         El Jefe Ingeniero evaluó rápidamente la situación y respondió:
         – Vaya tranquilo, Capitán, que esto está muy fácil. Tan fácil que ni veo necesidad de registrarlo en el bitácora.
         Sabía que con esto último le otorgaba una cuota de tranquilidad al Capitán, pues registrar que le entregaba el gobierno del buque a un maquinista, podría generarle mañana un dolor de cabeza. El capitán agradeció a su manera con una mueca y salió como una exhalación hacia proa.
El Jefe Ingeniero miró el desconcierto que había en la proa y no pudo menos que darle la razón al Capitán. Esa maldita tormenta de días atrás había roto la rutina de la navegación. Había sido dura y pasó dos noches sin dormir. El mar y el viento habían hamacado fuerte al buque, pero sus motores cumplieron muy bien. No obstante en cubierta la situación fue peor. Se había roto la linga de seguridad de la tercera andana de contenedores y eso tuvo en jaque a media tripulación durante horas. Cuando finalmente el Segundo Oficial había logrado arreglarla, un golpe de mar lo hizo caer y rodar en cubierta. El resultado fue una fractura expuesta dolorosa y fea hasta de verla. Le suministraron morfina para el dolor y antibióticos previendo lo peor que podía suceder en medio del mar… el riesgo a la gangrena. El hombre era valiente, se quejaba poco, pero se le veía sufrir y la fiebre que venía aumentando en las últimas 24 horas era muy preocupante, por lo cual el Capitán había solicitado a la Guardia Costera un helicóptero para evacuar al herido. Para peor el Primer Oficial estaba de licencia y la empresa no lo había sustituido. “Son quince días y no se considera necesario un relevo” decía el escueto fax recibido de la División de Personal. Insensible política laboral, pensó el Jefe Ingeniero. Harían bien esos escritoristas en venir a navegar algún día.
El “Torrens” era un portacontenedor de 30.000 toneladas, que en este momento se aprestaba a recibir un helicóptero para una evacuación aeromédica y navegaba con un Maquinista en el Puente, con el Primer Oficial de licencia por alguna isla del mundo, el Segundo Oficial herido y a punto de ser evacuado y el Tercer Oficial, un novato al que los gritos del Capitán tenían al borde del desmayo. Menudo lío con esta tripulación.
El Helicóptero llegó en hora. Una primera maniobra de aproximación, comunicación con el buque para corregir un poco a estribor el rumbo, una nueva aproximación para estimar el punto adecuado en la eslora. La comunicación entre el piloto y el capitán a través del handy era fluida:
– Voy a necesitar 10 segundos para bajar al rescatista, Capitán, y luego estimo un minuto para fijar la camilla al gancho y subirlos a ambos. Por favor, mantenga rumbo y velocidad y sobretodo no caiga nada a babor.- dijo el Piloto.
         - Ok proceda tranquilo que tengo un buen timonel- respondió el Capitán, ahora con una voz sumamente serena y calma. Sabía que en estas maniobras tiene que haber confianza mutua entre los pilotos y los tripulantes del buque. Confianza y calma.
El helicóptero hizo la aproximación final. El ruido de las turbinas y de las aspas girando encima del buque se hizo ensordecedor. El piloto mantuvo la vertical y el cable comenzó a descender con el rescatista. Durante los próximos dos minutos, buque y helicóptero deberían mantener un sincronismo perfecto navegando y volando en paralelo. Cuando la camilla quedó sujeta al gancho, el Capitán le apretó la mano a su Segundo y le gritó;
 – Te doy un mes para que vuelvas a bordo, gran vago, que te necesito aquí, ya sabes, no busques más excusas.
 El herido le respondió intentando algo parecido a una sonrisa,  mientras la camilla comenzaba a ascender hacia el helicóptero. Menos de dos minutos y la aeronave rompió la vertical para empezar el alejamiento. Capitán y Piloto intercambiaron un saludo por el handy y también con el clásico puño en alto con el pulgar extendido hacia arriba. El Capitán volvió a su cara de guerra, le ladró una última orden al destruido Tercer Oficial y se alejó hacia el puente, mientras pensaba qué odiosa iba a ser el resto de la navegación, relevándose mano a mano en el puente con ese novato inútil del Tercero. No habría un helicóptero para ir a buscar al Primer Oficial y que se deje de embromar con la licencia… ¡Qué rigor!!!

         -Salió prolija esa maniobra, Capitán- le dijo el Jefe Ingeniero al recibirlo en el puente.
         - Sí, esos pilotos de la Marina son buenos profesionales-le contestó. – ¿Y por acá todo tranquilo?
         -Bueno, sí, tranquilo, pero me gustaría que pegara una mirada en el radar- dijo el Jefe como al descuido.
         Con una luz de alerta el Capitán se aproximó a la pantalla y puso la máxima escala.
         – No veo nada raro- respondió al cabo de unos segundos.
         -Ponga la escala menor Capitán y mire por la amura hacia el oeste- insistió el Jefe.
         Algo apareció. ¿Qué era eso? Jugó con los controles, aumentó contraste, disminuyó ganancia. Ahí estaba el punto. Quieto, sin velocidad. Miró la carta náutica. La costa más cercana estaba a 90 millas y allí no figuraban ni islas, ni arrecifes, ni rocas, nada en esa zona.

         -Debe ser una reverberación del radar, Raúl, me esperan cinco días de navegación mano a mano con el Tercero, no me voy a desviar por ese punto- le dijo como buscando su aprobación.
         -También puede ser una balsa del buque ese que se hundió con la tormenta de hace tres noches. ¿CVómo se llamaba Capitán?
         - Poseidón- respondió el Ingeniero como sin darle importancia
         -Justamente, lo estuvieron buscando día y noche con buques y helicópteros, trillaron toda esta zona, los vimos pasar varias veces y no encontraron nada- replicó el Capitán
         -Sí, claro, más que casualidad que justo nosotros nos fuéramos a cruzar con una balsa con náufragos ¿no? – el Jefe dejó caer su comentario como viejo zorro que era y miró al Capitán. Podía apostar cómo iba a reaccionar…
         El Capitán le echó una mirada de odio y gritó:
         -Timonel, timón todo a babor, rumbo 015- Y Ud., Jefe, sirva para algo y enganche el segundo motor que vamos a precisar más velocidad- le dijo en voz baja al Jefe Ingeniero a su lado. – A la orden, Capitán- sonrió el Jefe pensando que había ganado su imaginaria apuesta.

         A medida que el buque se aproximaba, el punto en el radar iba creciendo.
         - Tengo algo a la vista, Capitán, justo en la proa- gritó el Tercero agitando los prismáticos y sintiéndose útil por primera vez en el día
         El buque continuó acercándose y ya se divisaba la forma del blanco. Dios, en efecto era una balsa salvavidas pero no se veía movimientos en su interior. El Capitán hizo tocar la sirena, nada. Ajustó los prismáticos, al costado de la balsa pudo leer un nombre y su piel se erizó: “Poseidón”
         -Tercero, arríe el Zodíaco y vaya con un hombre a revisar la balsa, podría haber alguien adentro. Llévese el handy y téngame al tanto. Y que sea rápido-
         A los pocos minutos el bote Zodíaco navegaba raudo hacia la balsa, mientras el Torrens quedaba quieto en medio de la nada. Qué tranquilo que estaba el mar ahora, reflexionó el Capitán, pensar la tormenta que habían pasado apenas unos días atrás. ¡¡¡Qué rigor!!!

         La voz nerviosa  del Tercero a través del Handy, rompió la paz del momento:
          –Capitán, hay dos hombres, hay dos hombres,
         Los sucesos se precipitaron. A los pocos minutos estaban todos en la cubierta del Torrens. Uno de los náufragos estaba muerto y presentaba ya una rigidez post mortem. El otro hombre aún vivía, aunque se le veía muy mal. Estaba insolado, la mirada perdida en un delirio incierto. Aunque suponía que no le entendería, el Capitán quiso darle ánimo:
         – Tranquilo, amigo, ya está con nosotros, se va a poner bien.
          Curiosamente el hombre pareció sonreír  y movió los labios. El Capitán arrimó su oído a la cara del pobre diablo y al cabo de unos instantes dijo:
          – Repite una palabra, es un nombre, dice “Susana, Susana”.







El viaje




         Amanecía en San Juan de Capistrano, un pequeño pueblo del sur de California. A mitad de camino entre las cosmopolitas Los Ángeles y San Diego y lejos del brillo de esas ciudades, San Juan mostraba con austero orgullo, construcciones cargadas de historia.
Entre ellas se ubicaban justamente las ruinas de la vieja iglesia y monasterio en cuyos alrededores se estaban congregando todos para la partida. La Misión, como se le llamó en su momento, había sido construida en 1776 para difundir el cristianismo y civilizar a las tribus indígenas. Destruida parcialmente por un terremoto, fue luego expropiada durante la revolución mexicana, para ser finalmente devuelta a la iglesia católica, durante el mandato de Abraham Lincoln.
Miré con placer la imagen que la hora de entreluces me regalaba. A mi lado estaba mi inseparable y fiel compañera. La sabía fuerte, pero aún así cuidaría de ella con particular cariño durante  todo el viaje. Ligeramente detrás estaban alineados mis lugartenientes. Les tenía confianza. Valientes y decididos, su ayuda sería fundamental habida cuenta de los peligros que sin duda enfrentaríamos durante el largo trayecto que nos esperaba. Más allá, hasta donde la vista me permitía alcanzar, los distinguí a todos ya listos esperando la señal de partida. Es el momento. Me pongo en movimiento y sin necesidad de voces estentóreas, casi en silencio, todos me siguen. Las ruinas van quedando en soledad. Los habitantes del pueblo que sabedores de nuestra partida, madrugaron para saludarnos, lo hacen con palabras de aliento y de cariño. Ellos conocen el motivo de este viaje y los sacrificios que conlleva. Algunos nos ofrecen comida, otros, abrigo. Manos que se agitan, voces cálidas, sonrisas y ojos húmedos llenos de esperanza en un futuro retorno. Las personas que allí quedan saben que el viaje es inevitable. Y también saben al igual que yo, que no todos volverán.
Los primeros días fueron calmos. Devoramos kilómetros a un ritmo sostenido durante las horas diurnas y descansamos durante las noches. Nada enturbiaba el buen ánimo, pero la experiencia me indicaba que nos estábamos acercando a una zona de peligro. En ciertas zonas de Centroamérica, como la que ahora estábamos atravesando al cruzar el Yucatán, las tormentas tropicales se hacen sentir con fiereza en esta época del año. Los medios de comunicaciones alertan sobre los tifones y huracanes que se mueven cerca o hacia centros poblados. Pero estas tierras semidesérticas por las que transitamos reciben poca cobertura.
No obstante lo vengo sintiendo en la piel desde hace unas horas. La presión atmosférica disminuye, el gris del cielo va adquiriendo un matiz amenazador y el viento arrecia. Sé lo que debemos hacer y trasmito mis órdenes. Aceleramos. Las estribaciones de la Cordillera Neovolcánica, allí donde se anuda con la Sierra Madre Oriental nos brindarán refugio. Mis líderes se mueven bien y ayudan a apurar la marcha. Sobre la derecha veo venir unas nubes oscuras. Se van acercando. Creo que confluirán con nosotros al llegar a las montañas. Debemos apurarnos más. Llego sobre los rezagados y grito con más fuerzas. Ya todos ven el peligro. El cielo se oscurece definitivamente, lluvia y viento aumentan. Veo unos remolinos que confirman formaciones ciclónicas. Al frente se divisan ya las montañas, falta muy poco. Seguimos a máxima velocidad, pero la tormenta nos viene alcanzando. Hay ráfagas que superan los cien nudos de velocidad y arrastran ramas y piedras que golpean a mis compañeros. Veo caer a algunos. No puedo detenerme, los arengo a todos, más rápido. Ya se distinguen las cuevas salvadoras en las montañas donde los primeros se están refugiando con uno de los líderes. Muevo al resto, ya estamos allí. La tormenta nos toma de lleno, parece noche y el ruido ensordecedor aumenta la sensación de horror. Pero seguimos con determinación, las cuevas nos van recibiendo y al adentrarnos en ellas, el silencioso contraste con la naturaleza desmadrada en el exterior, nos recuerda cuan vulnerables somos. Recuperando el aire voy recorriendo los pasadizos que ya conocía. Ha habido bajas y algunos quejidos de dolor señalan también heridos. Pero el grueso está a salvo y respiro más tranquilo.
A la mañana siguiente la tormenta era historia y retomamos el camino. Debíamos seguir adelante. Por unos días no tuvimos sorpresas. Sorteamos las cadenas montañosas y llegamos al Golfo de México, una de las partes más agradables de la travesía. Nos refrescamos en sus cálidas y cristalinas aguas, donde los corales competían caprichosamente en formas y coloridos. Habiendo alimentado el cuerpo y el espíritu continuamos el camino. No debíamos perder tiempo y continuamos rumbo al sur. Días después nos recibió la selva del Amazonas. Sabía la ruta adecuada para atravesarla sin que nos topáramos ni con indígenas, ni “garimpeiros”, los famosos y nada amistosos buscadores de oro. Y hacia allí no dirigimos. El mayor riesgo e imposible de prevenir en la jungla son los animales depredadores, pero para cada caso tenía alternativas previstas.
Seguimos avanzando en bloque, hasta que una vez más el instinto me avisó sobre un peligro latente. Atravesábamos un claro en el bosque. Los clásicos ruidos de aves que conforman interminables coros en la selva, se habían acallado. Mandé apurar la marcha. Un silencio sepulcral se cernía sobre nosotros y allí las vi. Una bandada de águilas volaba raudamente hacia nosotros. Águilas crestadas y tropicales, las mayores aves de presa del mundo que incluso atacan humanos. Medían más de dos metros y su pico puntiagudo, tarsos y garras poderosas les daba una temible fortaleza depredadora, a la cual sumaban una fuerza llamativa que les permitía alzar en vuelo a presas bastante más pesadas que ellas. A velocidad de vértigo se abalanzaban sobre mi contingente. Una vez más nos desplegamos con los líderes gritando órdenes. Desperdigarse y avanzar a máxima velocidad hacia la parte más cercana del bosque. Todos actuaron en consecuencia en un rápido e irónicamente ordenado desorden. Una vez más me moví hacia los más rezagados. Los graznidos acicateaban nuestros movimientos. Por un instante nuestra táctica pareció distraerlas, pero rápidamente eligieron presa y picaron hacia sus víctimas. Cruelmente sus picos desprendían carne buscando ojos y puntos sensibles. Parecían cientos. Nos defendimos como pudimos avanzando siempre hacia la arboleda. Los gritos y gemidos se confundían con los graznidos de saña de águilas halcones que también atacaban. Hasta que por fin llegamos todos al tupido follaje que impedía el vuelo de las águilas. Una vez más habíamos perdido compañeros, pero el grueso estaba a salvo. Una vez más agradecí a mis líderes. Una vez más me sentí tranquilo. Seguiríamos avanzando un par de días más entre la selva. La velocidad de avance disminuiría pero podríamos zafar con mayor seguridad del peligro de las águilas. Qué ironía, cuántos países veneran a estas aves depredadoras. En efecto culturas milenarias como el Imperio Bizantino, los romanos, los egipcios, los Mayas y aztecas, entre otros, han asimilado la figura del águila como símbolo de poder. Más acá en el tiempo quizás el águila nazi sea la comunión más perfecta de crueldad entre símbolo y sistema.
Cuando quedó atrás la selva, ya supe que llegaríamos sin mayores inconvenientes. En efecto los días se fueron precipitando en forma calma mientras avanzábamos rumbo a nuestro destino. Había pasado poco más de un mes desde nuestra partida en la Baja California, cuando arribamos a la ciudad de Goya en Argentina. Fuimos muy bien recibidos y allí quedaría una parte de nuestro contingente. Al día siguiente partí con el resto. La última etapa era aún más tranquila y necesitaba que así fuera pues estaba cansado. Atrás habían quedado las tormentas, las águilas, los peligros y si bien las heridas habían cicatrizado, el esfuerzo físico y los años me estaban pasando factura.
Finalmente en una hermosa tarde de noviembre, llegamos a nuestro destino final. La ciudad de Salto en Uruguay, también nos recibe con la gente en las calles disfrutando una primavera que se mostraba en todo su esplendor. El punto central de la llegada es la Plaza Artigas, donde el verde de las palmeras y los cipreses se mezcla con los rosales y el pálido fucsia de los jacarandá en una sinfonía de colores y perfumes que conforman una verdadera caricia al alma. Miro a mis cansados y sonrientes compañeros intercambiando saludos con los lugareños y me invade una sensación de serena felicidad. Siento que el viaje ha terminado y que cumplí con mi deber, ese que señalan viejas tradiciones cuyos orígenes se pierden en la historia misma de los tiempos. Estoy cansado. Mi fiel compañera está a mi lado, como siempre disfrutamos en silencio este momento de ternura y satisfacción. También veo al lado a uno de mis principales lugartenientes. Me mira con ojos de admiración y devoción bajo su característica capa azulada. En los últimos tramos del viaje no se me separó e intenté trasmitirle toda mi experiencia y mis enseñanzas. Seguro será un buen Jefe  cuando llegue el momento. Me siento cansado. Realmente cansado. Voy a cerrar los ojos.

         Unos escolares charlaban animados en la plaza cuando de repente sintieron un pequeño ruido a sus espaldas. Julio el más rápido de ellos se acercó y recogió algo del suelo.

-      Miren, cayó desde ese árbol, parece que está muerta – dijo mientras sostenía en el hueco de sus manos infantiles el cuerpo inerte de una golondrina.
-         Sí, pobrecita, habrá llegado agotada -  comentó Fabiana
-      Pobrecita o pobrecito – terció la Maestra acercándose a ellos, para agregar luego – las golondrinas hembra suelen anidar mientras las golondrinas macho les buscan el sustento y las cuidan. Y juntos emigran en bandadas siempre a la búsqueda de climas cálidos. Hay estudios que señalan que estas simpáticas aves que todas las primaveras llegan a Salto vienen desde Centro y Norteamérica. Luego cuando aparece el otoño, vuelven a emigrar a su sitio de origen.

               Desde lo alto de una rama dos golondrinas asistían en silencio al diálogo. Una de ellas tenía un curioso color azulado en sus alas.




A much@s les resultará familiar
esta imagen pues es la tapa de
un libro muy popular, a esta altura.
Nuestras públicas felicitaciones a su autor,
querido integrante del Taller,
que nos ha deleitado con variadas anécdotas
acerca del proceso de escritura
de la obra.
En cambio, estamos seguros de que en esta otra
no podrán reconocerlo.
Es más, sepan que está usando un disfraz
muy a tono con su antigua profesión
para que no se propaguen comentarios malignos
acerca de su actual estilo de vida.
¡Ah, sí! Nuestro "Pedrito" ha sido cautivado
por la onda de los tatuajes.
¿Qué quién es Pedrito? Pedrito es el personaje
de un cuento de Alejandro Dolina.
La razón del apodo pertenece a los intramuros del Taller pero...
es indudable que pasamos muy bien.